El principio del fin.
La nieve caía sobre el cuerpo del joven que yacía inmóvil en el vasto bosque blanco.
Se incorporó de golpe, respirando con dificultad, y bajó la mirada hacia sus manos. Estaban manchadas de un rojo metálico. Sangre.
El pánico lo recorrió cuando comprendió que no sabía dónde estaba.
Entonces ocurrió.
Un grito desgarrador atravesó el bosque.
No era un sonido cualquiera. Aquel rugido hizo huir a los pájaros de las copas de los árboles, rompiendo el silencio helado. El joven lo reconoció al instante. Sin pensarlo, echó a correr, perdiéndose entre los árboles cubiertos de nieve.
Mientras avanzaba, algo comenzó a formarse a su espalda.
Una oscuridad densa, viva, que devoraba todo a su paso. Si se atrevía a mirar atrás, podía ver cómo el bosque desaparecía, tragado por aquella negrura infinita.
Aterrorizado, siguió corriendo. Las fuerzas empezaban a abandonarlo. Estaba a punto de rendirse cuando un destello iluminó el camino frente a él.
—No te rindas. Un poco más… y llegarás a un lugar seguro.
La voz era cálida. Tranquila. Casi irreal.
El joven avanzó hacia la luz mientras la oscuridad se acercaba cada vez más. La distancia entre ambas se reducía. El mundo parecía contener la respiración.
Corrió con todo lo que le quedaba.
Y justo cuando la luz y la oscuridad estaban a punto de colisionar—