Prólogo
Éramos tan parecidos y, al mismo tiempo, tan diferentes. Nunca faltaban las sonrisas que nos hacían cómplices, ni los abrazos que nos volvían uno solo. Éramos simplemente... instantes.
—Vivamos de momentos, Noah —me dijo—. No pensemos en el pasado ni en el futuro. Vivamos el presente. Dejemos las dudas a un lado, dejemos de pensar tanto y aprovechemos lo que tenemos ahora. Eso es lo que, al final, nos hará felices... lo que quedará guardado en nuestra memoria.
—Sobrepienso porque me aturden los sentimientos —respondí casi en un suspiro—. Porque se enredan en mi mente, confunden mis pensamientos... Nunca lo entenderás, Nicolás.
—Ese es el problema, Noah —dijo, mirándome con esa calma que siempre me desarmaba—. No tienes que entenderlo, solo vivirlo.
—Pero yo...
—Noah, prométeme algo —interrumpió—. Prométeme que siempre nos haremos sonreír. Que, si alguna vez nos perdemos, nos volveremos a encontrar. Y cuando lo hagamos, me abrazarás como hoy... y como siempre. ¿Lo prometes?
¿Cómo podía prometer algo de lo que ni siquiera estaba segura de poder cumplir?¿Cómo explicarle al corazón que dejara de latir tan fuerte cada vez que lo veía?¿Y cómo ordenar a mi mente que dejara de pensar en él de una manera distinta?
Pero aun así, lo intenté.
—Lo prometo, Nico —susurré con la mirada baja.
Él sonrió y besó mi frente. En ese instante, mi corazón colapsó.
¿Qué somos?