El Laberinto de las Pesadillas

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Summary

¿De qué trata la vida? Muchos dicen que de ser feliz… Pero, ¿qué pasa cuando nunca lo fuiste? Él murió a manos de quien debía protegerlo… y despertó en el Laberinto de las Pesadillas, un juego creado para entretener a entidades que manipulan la vida humana como si fueran piezas descartables. Sus recuerdos de la vida pasada y la nueva se mezclaron, confundiendo su mente… pero también dándole una ventaja que ningún otro jugador tendría. Ahora, atrapado en un mundo donde cada paso puede costarle la vida, deberá enfrentarse a peligros mortales, a sus propios miedos y a la versión de sí mismo que nunca pudo ser. Porque si el mundo insiste en romperlo, él insistirá en buscar la felicidad. Aunque tenga que empezar desde cero… Aunque tenga que desafiar incluso a los dioses.

Genre
Fantasy
Author
Denis
Status
Complete
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
16+

Primera vida

Capítulo 0


Primera vida


“¿Y si te dijera que, desde que tengo memoria, siempre estuve solo?”

No lo digo para que sientas pena.


Ni siquiera espero que lo entiendas.


Es solo… la verdad.


La alarma vibró sobre el velador.


7:00 a.m.


Brrr… Brrr…


—Haa… —dejé escapar un bostezo largo, arrastrando los pies fuera de la cama.


Aún tengo sueño…


Me pesan los pies.


Pero ya es hora.


Siempre es hora.


Tomé la mochila. Ni siquiera miré los cuadernos; los dejé caer dentro como si diera lo mismo si estaban ordenados o no.


Total, a nadie le importa.


Abrí la puerta.


El pasillo estaba oscuro.


Frío.

Silencioso.

Pero al fondo…


Clink.


Clink.


El sonido metálico de una cuchara chocando contra un tazón.


Cada paso que daba hacía que ese sonido se volviera más claro.


Más presente.

Más molesto.

Y entonces la vi.

Sentada.


Moviendo la cuchara de un lado a otro, como si algo la molestara.


—Buenos días, mamá —murmuré al sentarme.


Ni un “buenos días”.


Ni un gesto.


Ni siquiera un suspiro.


Solo esa mirada.


Esa que no ve.


Esa que atraviesa.


Como si yo fuera un error que respira.


Como si fuera el recuerdo de algo que no salió como debía.


Bajé la vista.


Preparé un sándwich en silencio.


El pan crujió más fuerte que cualquier palabra en esa casa.


—Ya me voy.


Nada.


Otra vez nada.


A veces me pregunto si alguna vez me quiso en realidad.


Caminé hacia la salida.


El eco de mis pasos fue lo único que me acompañó.


Cuando crucé la puerta, respiré hondo.

El aire frío me golpeó el rostro.


Me enderecé.

Relajé los hombros.

Forcé una sonrisa.


Ahí estaba.


El otro yo.


No recuerdo cuándo nació.

Solo sé que apareció cuando más lo necesitaba.


Era más fácil fingir que romperme.


A los demás les gustaba esa versión.

El que ríe en el momento correcto.

El que no incomoda.

El que no necesita nada.


Lo creé para sobrevivir.

Y ahora todos lo prefieren.

Pero nadie ha visto al verdadero yo.


Y nunca lo permitiré.


El día fue como cualquier otro.


Sol.

Risas en el salón.

Almuerzo sin importancia.

Despedidas vacías.


—Nos vemos mañana, hermanito.

—Hasta mañana, bro.


Sonreí como siempre.


Ellos se alejaron.

Aun así, no dejé de sonreír.


El celular vibró.


Un nombre apareció en la pantalla.


Abrí el chat.


El mensaje era corto.

Demasiado corto.


¿Ya decidiste?


Escribí.

Borré.

Volví a escribir.


Al final envié solo:

“Luego te aviso”.


Guardé el celular y seguí caminando.



Sin rumbo fijo.


Sin prisa.


Solo dejando que las horas pasaran.


Y en mi cabeza no había silencio.


Solo la misma pregunta repitiéndose una y otra vez.


¿Me voy… o me quedo?


Busqué razones.

Ninguna pesaba lo suficiente.


Lo decidiría cuando llegue a casa.


El sol ya moría cuando me encontré frente a la puerta.


Ni siquiera recordaba el trayecto.


Me detuve.


El cielo ardía en tonos anaranjados…


Inhalé.


Exhalé.


Busqué la llave en mi bolsillo.


Mis dedos tardaron en encontrarla.


Giré la cerradura lentamente.


El clic resonó en el silencio.


Como una sentencia.


Abrí la puerta con cuidado


Y lo primero que pensé al mirar dentro fue:


quería creer que podíamos mejorar.


En serio lo intenté…


Muchas noches me quedé mirando el techo de mi cuarto, esperando encontrar el momento exacto en que todo empezó a romperse.


Pero nunca hubo un momento.


Fue algo lento.


Silencioso.


Como una grieta que se abre sin hacer ruido.


Nunca quise juzgarte.


Quería entenderte.


Sabía que te hicieron daño…


Lo sabía mejor que nadie.


Pero el dolor no justifica convertirte en lo mismo que te rompió.


Di un paso al frente y entré.


La sonrisa se quedó afuera, justo antes de cruzar el umbral.


Adentro no había máscaras.


Solo yo.


El olor a alcohol rancio flotaba en el aire.


Botellas vacías rodaban por el suelo.

Y en el sillón…


tú.


Con la mirada perdida.


Me quedé observándote.


Esperando sentir rabia.


lástima.


Cualquier cosa.


Y en ese instante lo entendí.


No era cuestión de esperar.


Ni de intentarlo otra vez.


Algunas cosas no mejoran.


Solo se repiten.


Me quedé congelado un momento.


Intentando recordar cuándo se fue todo a la mierda.


Sabía que nunca fuimos una familia común.


Y cuando lo entendí… terminé por aceptarlo.


Él casi nunca estaba en casa.


Cuando venía, traía algo parecido a la felicidad.


Risas cortas.

Mesas compartidas.

Momentos que parecían normales.


Pero cada visita se volvió más breve.


Primero fueron disculpas.


Después excusas.


Y al final… silencio.


Cada vez se le veía menos.


Y tú empezaste a irte por días para estar con él.


Me decías que volverías pronto.


Que no tardarías.


Y me quedaba solo.


Totalmente solo.


Y el tiempo pasó.


Días.

Meses.

Años.


Y la promesa de que algún día seríamos una familia… se quebró esa noche.


El recuerdo sigue intacto en mi cabeza.

Apareciste en la oscuridad de mi habitación.


Sin tocar la puerta.


Sin decir mi nombre.


Me despertaste de golpe.


Estabas llorando.


No era un llanto suave.


Era uno deshecho.


Roto.


La botella colgaba de tu mano como si fuera lo único que te sostenía en pie.


El olor a alcohol llenó el cuarto antes que tus palabras.


—Mamá… ¿qué pasó? —pregunté, todavía con la voz atrapada en el sueño.


Di un paso hacia ti.


Creí que ibas a caer.


Intenté sostenerte.


Y entonces—


El golpe.


Seco.


Mi cabeza se fue hacia un lado antes de que entendiera lo que había ocurrido.


La mejilla comenzó a arder.


No gritaste primero.


Golpeaste.


Después vinieron las palabras.


Cada palabra más pesada que la anterior.


Como si mi sola existencia fuera el problema.


Yo solo me quedé ahí.


Sin entender.


Sin moverme.


Sin defenderme.


Y cuando cumplí dieciséis…


Él se fue.


Sin despedida.


Sin explicación.


Simplemente eligió otra vida.


Otra persona.


Y tú…


Tu te quedaste congelada en ese instante.

Como si el reloj se hubiera detenido esa noche.


Pero yo no.


Yo seguí creciendo.


Y eso parecía molestarte.


Nuestra relación no se torció de golpe.


Fue más sutil.


Más lenta.


Una palabra fuera de lugar.


Una mirada más larga de lo normal.


Un silencio que duraba demasiado.


Tu resentimiento empezó a tener dirección.


Y esa dirección era yo.


No gritabas siempre.


A veces solo me mirabas como si fuera el culpable de que él se hubiera ido.


Como si mi existencia fuera el recordatorio de tu fracaso.


Y golpe tras golpe —no siempre con la mano— algo en mí se fue astillando.


Hasta que un día…


me quebré.


No hice ruido.


No lloré.


No te enfrenté.


Hice algo peor.


Sonreí.


Me volví amable.


Comprensivo.


Fácil.


Construí una versión de mí que no necesitara nada.


Una máscara.


Y no sabes cuánto la odiaba…


pero era eso o desaparecer…


Pero tuve suficiente.


—Me voy… —murmuré.


Y no fue un impulso.


No fue rabia.


Fue agotamiento convertido en decisión.


Las dudas que me habían perseguido todo el día dejaron de hacer ruido.


Había tenido suficiente.

No de ti.


De mi.


De seguir esperando algo que nunca iba a llegar.


Pasé de largo.


Esquivando todas las botellas que se cruzaban en mi camino.


El pasillo estaba oscuro.


Frío.


Igual siempre.


Abrí la puerta de mi habitación.


El cuarto de siempre.

El techo de siempre.

Las mismas grietas.

Las mismas sombras que aprendí a memorizar de niño.


Había crecido aquí.


Y por un instante vi todas las versiones de mí que habían dormido en esa cama.


El niño que esperaba que las cosas mejoraran.

El adolescente que aprendió asoportar.

El que fingía que nada dolía.


Todos seguían aquí.


Menos yo.


El silencio pesaba.


Yo y esta casa.


Nada más.


Y eso ya no era suficiente.


Tomé el celular.


Mis manos estaban firmes.


Estaba decidido.


Escribí el mensaje.


Y lo envié.


No tardó en responder.


—Voy para allá. Alista tus cosas.


Eso fue todo.

Nadie intentó detenerme.


Nadie preguntó por qué.


Apagué la pantalla.


Esta vez no estaba huyendo.


Solo estaba dejando de esperar...


Mientras guardaba mis cosas no noté que estaba haciendo demasiado ruido.


Grave error.


—Creo que eso es todo… —murmuré, mirando el cuarto por última vez—. ¿Qué se me olvida?


El celular vibró.


El sonido cortó el silencio como un disparo.


Miré la pantalla.


Ella.


Contesté rápido.


—Sí… ya casi termino.


Escuché el ruido del motor al otro lado.


—¿Ya saliste?


Hice una pausa.


—La reserva todavía no la confirman… pero lo harán.


Silencio breve.


—Sí Te espero afuera.


Corté.


La pantalla se apagó.


Y el cuarto volvió a quedarse en silencio…


—Tsh… Elian, maldición… haces mucho ruido.


Su voz arrastrada salió desde el sillón.


La escuché.


Pero decidí que no valía la pena responder.

Y seguí empacando.


—¡Elian! ¿Qué tanto haces? ¡No me obligues a ir a tu cuarto! —gritó, ahora con rabia mientras se levantaba.


El chirrido de la puerta al abrirse rompió el aire.


Su presencia llenó el pasillo antes que sus pasos.


Me detuve.


Inhalé.

Exhalé.


Esta vez no era para calmarme.

Era para asegurarme de que no iba a retroceder.


Miré el pasillo.

Lo iba a cruzar por última vez.


Comencé a caminar.

No se veía distinto.


Eso era lo peor.


Empecé a caminar.


—Me duele la cabeza… —murmuró, sosteniéndose en la pared—. ¿No piensas responder? Por Dios.


No me detuve.


Al salir del pasillo, nuestras miradas chocaron.


Botella en mano.

Ojos vidriosos.

El mismo olor.


Por un segundo, el recuerdo volvió.


La habitación.


El golpe.


La rabia.


La culpa.


Pero esta vez no retrocedí.


No sentí miedo.


No sentí esa necesidad desesperada de arreglarlo todo.


Solo entendí algo con una claridad brutal.


Ya no me correspondía salvarla.


Y tampoco iba a seguir hundiéndome con ella…


Y por un breve instante se quedó mirándome.


Como si estuviera intentando entender lo que veía.


—¿Qué es lo que llevas ahí…?


—Saldré —respondí sin mirarla—. No me esperes.


Seguí caminando hacia la puerta.


—Jaj… —rió amargamente—.

—¿Salir a estas horas? ¿Con bolso en mano?


Bebió directamente de la botella.


—Planeas irte… y no volver.

No respondí.


—Así que harás lo mismo...


Me detuve.


—Haz lo que quieras. No me interesa. Eres igual a ese bastardo —escupió—. Piérdete. Y no regreses.


Algo se acomodó dentro de mí.


No fue dolor.


Fue claridad.


El que soportaba en silencio.

El que sonreía para que no gritara.

El que fingía que nada dolía.


Ese ya no estaba.


—¿Hablas en serio? —pregunté, mirándola a los ojos por primera vez.


Sus pupilas estaban perdidas.

Clavadas en mí… pero enfocando algo que no estaba ahí.


—Hace dos años me tratas peor que a un extraño.


—Para empezar… nunca fuimos una familia.


Respiré hondo.


—¿Alguna vez te importé de verdad? No me vengas con que soy igual a él…


Ella no respondió.


Solo bebió.


—Me alegra que no intentes detenerme.


Había demasiadas cosas acumuladas.


Pero lo que salió fue lo que más dolía.


—Ahora entiendo por qué te dejó.


El aire se tensó.


—Repite eso —dijo, levantando la botella—. Repite lo que acabas de decir, basura.


No aparté la mirada.


—Ahora entiendo por qué te cambiaron.


Me di la vuelta.


El golpe vino primero.


Después el estallido del vidrio contra la pared.


—¿Tú qué mierda sabes? —escupió—.

—¡Ojalá nunca te hubiera tenido!

¡Mi vida habría sido mejor sin ti!


El pecho se me cerró.


Por un segundo todo se volvió pequeño.


La sala.

La botella.

Yo.


El niño regresó.


Esperando que dijera que no era verdad.


No lo dijo.


Respiré.


Y entendí.


Nunca iba a escuchar lo que necesitaba.


—Adiós, Sandra...


La palabra “mamá” se quedó atrapada en la garganta.


Y ahí murió.


—Ojalá algún día seas feliz.


abrí la puerta.


Y esta vez…

No miré atrás.


Me quedé pensativo por un momento.


Repasando una y otra vez lo que acababa de ocurrir.


Hasta que la vibración del celular en mi bolsillo me devolvió a la realidad.


—Ya estoy afuera… —dije con la voz aún quebrada.


—¿Qué te pasó? Ya voy llegando, espérame un poco más.


Mientras la escuchaba, pensé que nada más podía salir mal.


Era libre.

Había salido.

Todo había terminado.

Miré la pantalla.


Notificación: Reserva confirmada.


—Acaban de aceptarla —dije, caminando sin mirar atrás.


Entonces mi mente se nubló.


No alcancé a procesar lo que ella gritó al otro lado de la llamada.


—¡Elian, esquívalo!

—¿Esquivar…?


Escuché pasos.


Rápidos.


Desesperados.


Intenté girarme.


Demasiado tarde.


Un dolor agudo me atravesó la espalda.


Luego otro.


Y el suelo golpeó mi cuerpo con violencia.


El aire se escapó de mis pulmones.


—¡Es lo que te mereces! —gritó entre sollozos—.


—¡Todo… todo es tu culpa!

¿Por qué…?


Creí que ya no le importaba.


Que yo ya no le importaba.


Pero no podía estar más equivocado.


El tiempo comenzó a moverse lento.


La vi.


Sus ojos no estaban vacíos.

Estaban llenos de algo que ya no tenía vuelta atrás.


Y entendí algo…


No planea detenerse.


Cada puñalada ardía como fuego bajo la piel.


Quería levantarme.


Quise arrastrarme.


Pero no pude.


Ella no me dejaba…


—¡Si no te hubiera tenido, todo habría sido mejor! —dijo gritando.


Las lágrimas comenzaron a mezclarse con la sangre en el suelo.


Y entonces lo sentí.


Miedo.


No quería morir.


No así.


No de esta forma.


—Ghg… —tosí sangre.

Qué mierda…

Qué vida tan jodida tuve.


Y como si fuera una broma cruel, vi mi vida pasar frente a mis ojos.


La infancia.


El pasillo oscuro.


El golpe.


La máscara…


A lo lejos escuché otra voz.


—¿¡Qué mierda estás haciendo!?


Un cuerpo se interpuso.


Un empujón.


El sonido del cuchillo cayendo.

Pero ya era tarde.


Mi vista se volvió borrosa.


Y por un instante… no hubo nada.


Ni dolor. Ni frío. Ni yo.



Cuando volví a abrir los ojos…


Todo estaba borroso.


Luces pasando a gran velocidad.


El sonido del motor forzado.


La autopista.


Intenté mover la cabeza.


Mi cuerpo no respondió.


Quise hablar.


No pude.


Tenía frío.


Cada vez más frío.


Quería creer que mi vida no terminaría así.


Que no podía terminar así.


Que esto solo era una pesadilla…


De la cual despertaría, estando a tu lado.


Un gemido débil escapó de mis labios.


Y entonces la vi.


Valeria.


Sus manos firmes en el volante.


Sus ojos llenos de pánico.


—Por favor, resiste… falta muy poco —dijo con la voz rota.


Sabía lo que estaba haciendo.


Estaba intentando salvarme.


Pero yo también sabía algo.


Mi cuerpo ya no respondía.


Estaba perdiendo demasiada sangre.


Y aun así… lo único que podía pensar era en ella.


¿Qué habría pasado si te hubiera conocido antes?


Contigo entendí que no tenía que fingir.


Que no necesitaba esa sonrisa vacía.


Tú fuiste la excepción.


La única que vio lo que había detrás de la máscara…


Entonces recordé la primera vez que te vi.


—Oye… ¿por qué te fuerzas en sonreír?


La primera vez que la vi pensé:

¿Quién es esta mujer?


¿Por qué me habla como si me conociera?

Trabajaba en esta cafetería.


Pensé que solo hacía conversación.


—No sé de qué hablas —respondí sonriendo.


Ya con eso debería bastar, pensé.


—Corta el rollo —dijo tranquila—. Esa sonrisa está vacía.


No supe qué decir.


Pero ella sí sabía lo que veía.


Sin darme cuenta…


ese fue el inicio de todo.


Recordarlo ahora solo hacía que doliera más.


Tal vez debí ignorarte ese día.


Tal vez así no te habrías involucrado conmigo.


¿Habría sido mejor no conocernos?


Antes de ti, mi vida era gris.


Contigo…


por primera vez fue real.


Tenía miedo.


No quería dejarte.


Conociéndote, sé que te culparás de todo.


Pensar que podrías cargar con esto el resto de tu vida…


me destroza.


Reuní las pocas fuerzas que me quedaban

y dije:


—Gra… gracias, Vale… —tosí sangre, pero seguí—.


—Shh… no digas nada —dijo llorando—.

—Solo mantente despierto, ¿sí? Hazme ese favor.


Intenté asentir.


No supe si lo logré.


El mundo se movía demasiado rápido… y demasiado lento al mismo tiempo.


Tragué saliva.


Sabía que tenía razón.


Cada palabra me estaba quitando aire.


Intenté quedarme callado.


De verdad lo intenté.


Pero había cosas que no podía llevarme conmigo.


Si cerraba los ojos ahora… sin decirlo…


sería peor.


Tomé aire.


El pecho ardió como si me lo estuvieran desgarrando por dentro.


—Mi… tiempo contigo… —respiré con dificultad— fue lo mejor… de mi vida…


Ella soltó una risa rota entre lágrimas.

—Sí… eso ya lo sé… —dijo, pero su voz temblaba—. Solo aguanta un poco más.


Las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas.


Y dentro de mí solo había un pensamiento:

No quiero morir.


No quiero que termine así.


Pero si este era el final…


no quería que mi última mentira fuera una sonrisa vacía.


—Te amo… —susurré.


Y sonreí.


Pero esta vez…


no era una máscara.


Era real.


—Yo también te amo… no sabes cuánto… —respondió acelerando más—. ¡No te atrevas a cerrar los ojos!


Mis párpados pesaban.


Mucho.


Demasiado.


Quería decirle que no era su culpa.


Que no se rompiera por esto.


Pero el cuerpo ya no respondía.


—Vive… una vida feliz… —murmuré apenas.


—¡No, no, no! ¡Elian! —gritó—.

—¡Falta poco! ¡Aguanta un poco más!

—¡No me dejes, por favor!

—¡Eli...


El mundo empezó a apagarse.


No de golpe.


Como una luz que parpadea antes de rendirse.


El motor. Los gritos. El viento.


Todo se fue alejando.


El frío desapareció.


El dolor también.


Y por primera vez en mucho tiempo…

no sentí miedo.


Solo una certeza.


Contigo… fui yo.


Mis párpados cayeron.


Escuché su voz romperse una última vez.


Luego…


silencio.


Oscuridad.


Así terminó mi primera vida.


O…


eso creí.


Final capítulo 0