Capítulo 1
2026
Ya era la enésima vez que me estaba sintiendo indecisa, siempre era lo mismo conmigo.
Tengo al frente a un chico que a penas estaba conociendo esta semana, se veía que era atento y amable, aun así yo no quería que esta persona me tratase de esa forma. No tengo mente para que llegue otro ser humano en mi vida y capture mi atención. Nadie puede hacerlo palpitar de una manera intensa como tiempo atrás, y no solo me sentía triste e incómoda al saber que las intenciones del chico eran buenas, pues desde que mi mente obtuvo inseguridades por montón, el miedo también intervenía.
Y a pesar de que, por dentro, mi ego disfrutaba que otras personas estén embobadas por mí y querer conquistarme... Aun no me sentía lista para amar a alguien más.
Y es que odiaba ese sentimiento, pues odiaba seguir estando enamorada de él porque sabía que las probabilidades de volver con esa persona eran casi nulas.
2020
Mamá y papá habían salido de su habitación tras el grito que pegó mi hermano, estaban perplejos. Parecía una escena de película lo que estaba sucediendo en aquel entonces, donde quería saltar en un balcón, y mi hermano, quien sostenía mi brazo con lágrimas que caían a mis mejillas.
—Hanne mírame, ¡Hanne, mírame! No quiero perderte, no hagas esto por favor. —mi hermano encontraba la forma de que sus suplicas fueran escuchadas.
La forma en cómo me encontraba, demacrada y asustada con solo ver al fondo donde estaba a punto de caer, hacían que extendiera mi otro brazo hacia Andrew, haciendo que mis ojos se acumulen de lágrimas mientras me subía con paciencia y esfuerzo. No dudé en abrazar a mi hermano después de encontrarme en tierra firme.
—Prometimos crecer juntos, y eso quiero seguir haciendo, recuérdalo, solems por siempre.
Trataba de tragar toda la saliva y aspirar todos los mocos que estaban saliendo sin parar de mi nariz.
Al día siguiente amanecí con los ojos hinchados, sensibles y brillosos, y aquello que estaba viendo en el espejo era símbolo de que este no era mi mejor año. De que no me encontraba siendo yo misma.
Andrew, durante toda la semana siguiente había estado muy al tanto de mí, y, a pesar de ser mi hermano mellizo, se ha comportado como un padre para mí mientras el nuestro se hallaba de viaje. Mamá buscaba no entrar en un estrés que la consumiera a desquitarse conmigo como solía hacerlo con ambos, estaba cariñosa, dulce y amable.
En cuanto a mí, sentía que el mundo seguía derrumbándose, que no podía seguir queriéndome como yo era. Me estaba desmoronando por dentro.
Al mirarme al espejo todos los días, subirme a la balanza, mi mente entraba en pánico y quería deshacerse de lo que veía en ese momento. Mi piel tenía cicatrices de granos, el pelo con frizz, mi nariz con esa horrible forma de verse de perfil, mi manera de reírme y mi cuerpo pegado a una grasa que solo lo podía sentir con el tacto de mi mano. Mi cuerpo era antiestético, no tenia los suficientes atributos, mi brazo lo sentía como si cargara dos lonjas de carne al igual que mis piernas. Me comparaba con los posters de los artistas que veía a mi alrededor, hasta ahora.
¿Cómo ellas podían tener un cuerpo perfecto? ¿Por qué no puedo ser como ellas? ¿Me veo demasiado fea?
Estaba llena de inseguridades, al principio... creí que mi ex compañera de escuela no tenía razón en lo que decía, pues yo me sentía bien.
No fue hasta que un chico que me gustaba hace un tiempo atrás mencionara que aspectos de mi físico daban asco. Y seguía remarcándose con el tiempo. Sentí que ya no tenía sentido estar presente en este mundo, o solo simplemente era lo que todo adolescente pasaba a los 17 años.
A los pocos días de haberme casi ido al otro lado, mamá había llegado del trabajo con varias cosas, entre una de ellas, una libreta, que hasta ahora no le encontraba sentido, porque no me gustaba escribir a mano las cosas que me piden o que pienso, ya que me he acostumbrado demasiado al teléfono.
Y Andrew, el solo dispuso a ver lo que estaba haciendo, siempre cuidando de mí.
Mis amigas no estaban enteradas de ello y esperaba que siguiera así. Sin embargo, el contacto entre nosotras se hacía más lejano.
—¿No has intentado hablar con gente desconocida en internet? Digo, te puede sacar del foco cuando necesitas desestresarte. — Fue lo que había dicho Andrew mientras me hallaba escuchando música y preparando un regalo para mandárselo a mi amiga por su cumpleaños, pues no podía verla debido a la pandemia.
Fue en ese entonces, que por haber actuado y obedecido a mi hermano, lo conocí.
“Siento que te he visto antes” fue el efecto mariposa que creía que había pasado en mi mente. Un mensaje de un chico, quien solo tenía una foto de él posando en el espejo.
2026
Odio sentirme así, y es que aun no dejo de pensar en él. Mi mente evitaba a los chicos que parecían correctos, ya sea actuando de forma coqueta, porque mi mentalidad trabajaba de una forma extraña, y creo que se trataba de solamente buscar solo la atención más no el amor de ellos.
Lo odiaba.
Lo extrañaba.
2020
—Pues yo no te he visto antes jeje —las palabras que salían de mi boca los colocaba a la par en el chat.
¿Pero que estaba haciendo? Se suponía que solo era “para pasar el tiempo sacándome del foco.”
En la foto tenía el cabello ondulado, de tez clara, y un lunar peculiar entre la comisura de sus cálidos y rosados labios y su nariz ancha, o eso es lo que mi vista podía captar en esa pequeña foto.
Parecía un chico tímido, que no mataba a ninguna mosca.
Se llamaba Steven, era de mi edad, y parecía residir en Liverpool, a unas horas de Londres, aunque sea canadiense
Era atento, cordial y seguro de sí mismo.
—Y, ¿por qué sientes que tu eres así? Tus ojos son como destellos, unos bonitos destellos. —fue lo que leí al volver a entrar al chat.
Steven
No era de socializar mucho, a penas tenía dos compañeros con los que trataba de entablar confianza. Mi curiosidad estuvo por los aires al ver una publicidad en una red social sobre un aplicativo con el que podías entrar a comunidades con tus mismos gustos.
La comunidad de anime, que era uno de mis gustos preferidos, parecía ser interesante.
No sé por qué me pone tan nervioso esto, si solo es una comunidad virtual, con gente que comparte lo mismo que yo: el amor por el anime o los mangas... todo eso que me hace sentir menos solo cuando estoy en mi cuarto, con los audífonos puestos y el mundo allá afuera en pausa.
Comencé a mirar los perfiles, sin atreverme a escribir nada todavía. Solo exploraba, sin saber a dónde mirar. Y entonces vi uno peculiar. Su perfil era como esos personajes que uno encuentra y no olvida. Tenía una foto de perfil de su rostro con un gatito al lado y una frase en japonés que me sonó poética cuando lo coloqué en el traductor. Por lo que veía en sus posts, le gustaban las series que a mí también me encantaban. Eso me dio una chispa. Una excusa. Un punto en común.
Me quedé ahí, con el celular mirando el buzón de mensajes privados. ¿Qué le digo? ¿“Hola”? ¿Demasiado seco? “Hola, me gusta tu perfil” Eso suena raro. Me sentí como si estuviera a punto de saltar a una piscina helada, sabiendo que el agua podría estar bien... o podría no estar bien.
Al final escribí:
“Siento que te he visto antes”
Yo qué sé, tenía una vibra similar en su foto, y a mí me encanta Marie Iitoyo. Era lo primero que me salió.
Esperé.
Un minuto.
Dos.
Cinco.
Y entonces... llegó la respuesta:
“Pues yo no te he visto antes jeje”
Sonreí. Pequeña, cortita, pero fue una respuesta. No me ignoró. No pensó que era raro —o si lo pensó, al menos fue amable. Y eso bastó para que algo en mí se aflojara. Tal vez no era tan difícil. Tal vez sí podía hablar con gente que no conozco. Tal vez, solo tal vez, algo bueno estaba empezando.
Y es que era hermosa, esos ojos rasgados que deslumbraban ternura, su largo y espectacular cabello lacio, de color azabache y esos brackets amarillos que llevaba puesto.
Su nombre era Hanne, provenía de familia japonesa y británica.
Con el tiempo, hablar con ella se volvió algo tan natural como respirar. Al principio solo hablábamos por mensajes en el servidor, tímidos y breves, pero poco a poco fuimos encontrando nuestro ritmo, como dos personajes que descubren que comparten la misma canción favorita sin haberlo planeado.
Un día me agregó en Instagram. Recuerdo haber sentido ese pequeño susto en el pecho, ese que da cuando alguien empieza a entrar un poco más en tu vida. Pero acepté sin pensarlo dos veces. Luego vinieron las conversaciones largas, esas que se alargan sin darnos cuenta hasta que el reloj marca las 3:00 a.m. y no quieres colgar aunque ya no tengas nada que decir, solo quedarte en silencio, sabiendo que la otra persona está ahí.
Y sí, era gracioso y tierno a la vez oír sus leves ronquidos.
Empezamos a hablar por videollamada. Al principio me daba un poco de vergüenza que me viera la cara, pero ella se reía cuando me cubría con la cobija casi la mitad de mi rostro y hacía bromas o caras graciosas para romper el hielo. Su risa era contagiosa, era como la de un bebé cuando lo mimas demasiado. Me di cuenta de que me gustaba verla sonreír en esa ventanita del Zoom más de lo que me gustaban muchos capítulos de mis animes favoritos.
Y luego vino Minecraft. Nunca pensé que un juego de cubitos pudiera volverse nuestro pequeño mundo compartido. Construimos una casa de madera con flores en el bosque, con ventanas enormes y luces de redstone que no funcionaban del todo como queríamos, pero a ella le encantaban. Cada vez que yo le hacía una torre con flores o un cartel ridículamente chistoso, me decía que era su “arquitecto de confianza”. Por mi parte, yo solo quería verla feliz, aunque fuera detrás de una cámara que no tenía tanta calidad.
A veces me descubro pensando en ella en momentos aleatorios del día. En su voz. En la forma en que me escucha como si mis palabras importaran. En lo fácil que se volvió querer hablarle, reír con ella, buscarla.
Y en ese mismo rincón del alma donde antes solo había encajaban mis planes académicos, ahora hay un lugar reservado para Hanne.
No sé en qué momento pasó, pues se había hecho una persona importante para mí.
Tal vez fue una de esas noches en las que nos reíamos sin parar porque se había atascado un cerdo en la puerta de nuestra humilde casita. O quizá fue cuando me contó, con los ojos brillando a través de la pantalla, sobre sus sueños de ser actriz algún día. O cuando me dijo que yo era alguien que le daba paz... y se quedó en silencio, como si las palabras fueran demasiado grandes para soltarlas completas.
Pero en algún punto, sin hacer ruido, sin pedir permiso, me di cuenta:que me estaba enamorando de Hanne.
Y entonces, como si esa frase abriera una puerta en mi mente, me llegó otra verdad, más profunda, más extraña, más difícil de aceptar:
Me estoy enamorando de alguien a quien nunca he visto en persona.
No sé cómo se mueve al caminar. No sé cómo huele su perfume. No sé si le tiembla la voz cuando está nerviosa o si sus ojos se cierran un poco cuando se ríe. Todo lo que conozco de ella son pedacitos de píxeles, palabras que viajan por el internet, voces comprimidas por micrófonos baratos y stickers graciosos en chats que se quedan guardados.
Y aún así, la siento más real que mis hermanos o mi madre.Es su risa la que me calma, su mensaje el que espero cada mañana, su forma de verme —aunque sea a través de una cámara— la que me hace sentir visto de verdad.
¿Está bien esto? ¿Está bien sentir todo esto por alguien que solo vive en mi pantalla?
No tengo todas las respuestas. Pero sé lo que siento.Y lo que siento...Es bonito y sincero.
Y si eso no es amor, entonces no sé qué otra cosa podría ser.
Hanne
Steven con el pasar de los meses se había convertido en esa persona que necesitaba, era atento, buscaba la forma de comunicarme con él, y siempre sonriente en las videollamadas o haciendo chistes mientras jugábamos algún videojuego.
Era algo sumamente maravilloso.
Nunca imaginé que en medio de una pantalla, entre tantas palabras escritas y miles de mensajes de texto, podría encontrarme con alguien que llegara a significar tanto.Y sin embargo, aquí estoy. Pensando en él. Pensando enSteven.
Al principio solo éramos dos personas compartiendo el mismo gusto por el anime, los videojuegos, y esas pequeñas cosas que hacen que el tiempo pase volando. Recuerdo la primera vez que me habló... algo tonto y simple, como “te pareces a Marie Iitoyo” porque le gustaba esa actriz. Al principio lo tomé como una broma, pero luego nos fuimos conociendo, compartiendo más de lo que pensaba.
Las videollamadas fueron surgiendo poco a poco, y con cada una de ellas, me sentía más cómoda, más cercana. Me di cuenta de que disfrutaba escuchar su voz con ese acento un poco canadiense que quedaba de él, de cómo se reía de las tonterías más simples, de cómo sus ojos se asimilaban a una sonrisa con cada conversación. Cada vez que la pantalla se encendía con su cara, me sentía menos sola, como si, por fin, tuviera a alguien que me entendiera, que no me juzgara.
Y lo peor es que no quería admitirlo, pero... al parecer me estaba enamorando de él.
De Steven.
De un chico que nunca he visto en persona. Que solo existe a través de una pantalla, de una llamada, de un mensaje.
—¿Cómo pude dejar que esto sucediera?
Pero lo peor no era solo darme cuenta de que me gustaba. Lo peor era el miedo que sentía.
Miedo de que él, algún día, me confesara sus sentimientos.Porque si lo hacía, ¿y si me rechazaba? ¿Y si al final, después de todo este tiempo, pensara que soy solo una chica de internet, sin nada real que ofrecer?¿Y si... me dejaba de hablar?
Yo, que había pasado meses sola, a pesar de que Andrew siempre estaba allí para apoyarme, para escucharme, él era mi refugio. Mi mejor amigo, mi confidente. Pero por alguna razón, no podía hablarle de Steven. No podía contarle lo que sentía por alguien que, a pesar de no estar cerca, se había vuelto una parte tan importante de mi vida.
Pero ahora, mientras veía sus mensajes, la incertidumbre se hacía más fuerte. Cada palabra que él escribía, cada gif de gatito que soltaba, me hacía sonreír, pero también me daba miedo.
¿Qué pasaría si todo esto se desmoronara?
¿Y si me enamoraba de alguien que jamás podría estar conmigo en la vida real?
Las preguntas me ahogaban, pero a la vez... sentía que si no lo decía, me perdería la oportunidad de ser feliz. Pero, ¿y si esa felicidad era solo una ilusión creada por las pantallas y las palabras?
Aún así, quisiera detener el tiempo, porque la primavera hacía crecer las flores y a su vez, hacía crecer ese sentimiento que tenía por una persona que vivía por otra parte del país.
Nos reímos. Hablamos. Jugamos. Nos entendemos.Pero en el fondo, hay un sentimiento que no nos atrevemos a decir:
“Me gustas, ¿y tú? ¿sientes lo mismo?”