DEDICATORIA
No para ti, lector. Sino contra ti. Y, paradójicamente, a tu favor.
Si has llegado hasta estas líneas buscando compañía, consuelo o una mano que sostenga la tuya mientras caminas por el valle de sombras, cierra ahora mismo este libro. Devuélvelo a su estante. Nadie debería leer lo que no está dispuesto a recibir como se recibe una carta de despido o un diagnóstico en una sala de hospital. No escribo para abrazarte. Escribo porque he habitado ciertas noches —esas donde el sueño no llega y el diálogo interior se vuelve una asamblea de fantasmas acusadores— y de esas noches he traído restos. Fósiles de vigilia. Fragmentos de una lucidez que no quise buscar, pero que me encontró a mí, acurrucado en la esquina de una habitación a las tres de la madrugada, sintiendo el peso absurdo de los párpados y la liviandad aún más absurda de todo lo demás. Este libro es el acta de esas noches. Y te lo entrego no como quien da un testimonio, sino como quien pasa una enfermedad: para que sepas que existe, para que reconozcas sus síntomas si algún día te visita, para que no te sientas único en tu desgracia, aunque sepas, en el fondo, que la desgracia siempre es intransferible.
Dedico estas páginas, en primer lugar, a los que ya no pueden leer. A los que la conciencia les pesó demasiado y decidieron apagar el ruido por la vía radical del silencio definitivo. A los que caminaron hasta el borde del acantilado y, en lugar de retroceder, saludaron con una mano al horizonte y con la otra se despidieron de sí mismos. Ustedes no son cobardes en mi diccionario. Son, quizás, los únicos que entendieron que el problema no tenía solución, solo gestión, y que estaban demasiado cansados para seguir gestionando. Ojalá hayan encontrado, en ese instante final, lo que yo aún busco entre estas palabras: el descanso de ser. También dedico estas líneas a los que nunca preguntaron. A esos seres que atraviesan la existencia con la misma naturalidad con que el pez atraviesa el agua. Que no se preguntan "¿para qué?" porque la pregunta ni siquiera les cabe en el idioma. Que aman sin desconfiar del amor, que trabajan sin sentir que venden su tiempo, que mueren sin haber ensayado la muerte. Les envidio con la envidia limpia que se tiene al pájaro que vuela sin saber que vuela. Ustedes son la salud. Yo soy la herida que escribe sobre la salud sin comprenderla. Y dedico, cómo no, a los que ya no están. No a los muertos —esos ya tienen su silencio— sino a los que se fueron de mi vida sin morirse: los rostros que fueron mapa y ahora son territorio extranjero, las voces que habitaron mi oído y hoy son ruido de fondo en una frecuencia que ya no sintonizo. Todo amor derrotado ha escrito, sin saberlo, un párrafo de este libro. Toda ausencia ha puesto su firma al pie de estas páginas, aunque su nombre no aparezca.
Pero si aún sigues aquí, con el libro abierto en las manos y esa mezcla de curiosidad y aprensión que precede a las malas noticias, entonces esta dedicatoria también es para ti. Para ti, que has sentido el desgarro. Para ti, que te has visto desde fuera en medio de una conversación y has pensado: "Este que habla no soy yo, o sí, pero no sé quién es ese 'yo'". Para ti, que has deseado algo con todas las fuerzas de tu ser y, al obtenerlo, has sentido el vacío ensancharse, como si el deseo cumplido fuera solo el marco de una puerta que da a una habitación aún más vacía. Para ti, que has amado creyendo que el amor era un puente entre dos soledades y has descubierto, con los años, que era solo el ruido de dos cadenas golpeándose. Para ti, que has trabajado décadas y una mañana, frente al café, te has preguntado: "¿Dónde quedaron los días? ¿Quién los vivió mientras yo estaba ocupado ganándome la vida?". Para ti, que has mirado la muerte de cerca —en una enfermedad, en un accidente, en la muerte de otro— y has sentido que el suelo bajo tus pies no era suelo, sino una capa fina de hielo sobre un agua negra y profunda. Para ti, que has gritado "¿por qué?" al universo y has recibido como respuesta el silencio más absoluto, ese silencio que no es hostil ni amable, sino simplemente ajeno, como la indiferencia de una piedra.
Para ti escribo. No porque tenga respuestas. No las tengo. No porque haya encontrado una salida. No la hay. Escribo porque el que busca compañía en el abismo no es menos digno que el que la busca en la cima. Escribo porque el dolor que no se nombra se vuelve veneno, y el que se nombra se vuelve, si no remedio, al menos mapa. Un mapa que no lleva a ningún tesoro, pero que al menos te dice: "Aquí hay ciénaga. Yo caí. Tú puedes rodearla, o caer también, pero ya sabes que existe". Este libro no te hará feliz. Te lo advierto con la honestidad del que no tiene nada que vender. Si buscas felicidad, hay bibliotecas enteras dedicadas a ese autoengaño. Manuales de autoayuda que prometen desbloquear tu potencial, gurús que venden paz interior a plazos, religiones que hipotecan el sentido de esta vida a cambio de una eternidad sin pruebas. Todo eso existe. Todo eso está al alcance de un clic. Esto es otra cosa. Esto es un libro que no quiere curarte, sino mostrarte la herida con nitidez. Que no busca calmarte, sino afilar la pregunta. Que no promete sentido, sino que te acompaña —sin tocarte, sin invadir tu espacio— mientras miras de frente la falta de él. Es, si quieres, un libro de filosofía para animales que han tenido la desgracia de volverse conscientes y ahora no pueden volver atrás. Para primates que se miran las manos y se preguntan qué hacen con ellas, para qué las mueven, hacia dónde van cuando se mueven.
Alguna vez leí que los antiguos egipcios, cuando enterraban a sus muertos, les colocaban en la tumba un ejemplar del Libro de los Muertos. Era un manual para el viaje: conjuros, mapas, nombres de dioses que había que pronunciar para sortear los peligros del inframundo. Sin ese libro, el alma vagaba perdida para siempre, devorada por monstruos que no sabía cómo nombrar. Este libro no es eso. No hay inframundo al otro lado de la muerte que requiera conjuros. Solo hay el mismo vacío de antes de nacer. Pero hay un inframundo en vida. Hay días en que el peso de existir se vuelve una losa. Hay noches en que las preguntas acorralan. Hay momentos —en medio del trabajo, del amor, de la rutina— en que la realidad se descascara y deja ver, por un instante, el rostro de Gorgona de lo absurdo. Para esos momentos, este libro pretende ser un bastón. Un bastón quebradizo, hecho de la misma madera podrida de la que están hechas todas las preguntas, pero un bastón al fin. Algo a lo que agarrarse mientras pasa el vértigo.
Y ahora, lo más importante. Cuando termines este libro —si tienes la fortaleza o la temeridad de terminarlo— no esperes una revelación final. No la hay. El último capítulo no cierra nada; solo abre más la puerta por la que ya has entrado. Y esa puerta da a un pasillo que da a otra puerta, y así hasta el infinito, o hasta el agotamiento, que es la única forma humana del infinito. Lo que sí tendrás, cuando cierres la última página, será algo más valioso que una respuesta: tendrás una pregunta más limpia. Habrás limpiado tu mirada de algunos consuelos baratos. Habrás reconocido, en estas páginas, fragmentos de tu propia voz interna, esa que habla en la ducha, en el insomnio, en los momentos de fatiga. Habrás comprobado que no estás solo en tu desamparo —consuelo pequeño, pero consuelo al fin, aunque me haya pasado varias páginas diciendo que no iba a consolarte. Y entonces, solo entonces, empezará tu trabajo. El libro termina. Tu confrontación, no. Yo me retiro. La página se acaba. Pero lo que has empezado a mirar —esa grieta, ese deseo, esa soledad, esa muerte— seguirá ahí, esperándote. Como ha estado siempre. Como estará siempre. Hasta que tú también entres en el silencio que no necesita palabras.
Para los que se atreven a mirar.
Para los que, habiendo mirado, no apartan la vista.
Para los que, a pesar de todo, siguen.