Fragmentos del mismo cielo

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Summary

Cada historia es una puerta. Detrás de cada una, un universo distinto: fantasía, tragedia, esperanza, traición, amistad. Esta colección de relatos invita a recorrer emociones diversas, mostrando que, aunque cambien los escenarios y los personajes, las emociones que nos atraviesan siempre encuentran la forma de conectarnos.

Genre
Fantasy
Author
Miserus
Status
Ongoing
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
18+

El guerrero inmortal

En la antigua Grecia, en tiempos de héroes y titanes, había un guerrero cuyo nombre aún se susurra entre las ruinas: Kael.

Era fuerte como los muros de Esparta, ágil como un lobo en caza, valiente hasta la imprudencia. Sus enemigos lo temían, sus aliados lo admiraban, y su sombra se alargaba más allá de los campos de batalla.

Pero Kael no era solo un soldado. Era un hombre que desafiaba la autoridad, incluso la de los dioses. No inclinaba la cabeza ante altares, ni aceptaba que la justicia fuera dictada desde el Olimpo.

Y por eso, los dioses lo odiaron.

En una noche de guerra, mientras los hombres dormían y la sangre aún se secaba en las espadas, los dioses se reunieron en el Olimpo.

Zeus, con voz de trueno, habló:

-"Kael es un guerrero formidable, pero también es un rebelde. Ha osado desafiar nuestra autoridad, ha derramado la sangre de aquellos que nos eran gratos. No podemos dejar que su orgullo quede impune."

Los demás asintieron. Hera recordó su insolencia, Ares su arrogancia, Atenea su desprecio por la estrategia divina.

Y así decidieron su castigo.

Lo condenarían no a morir, sino a lo contrario:

A vivir para siempre.

La inmortalidad como tormento. Una eternidad sin descanso, sin fin, sin tumba.

Al principio, Kael se rió.

Pensó que era una broma, un truco cruel pero sin consecuencias. "¿Acaso no es el mayor don vivir para siempre?", se decía.

Continuó luchando, derramando sangre, conquistando territorios.

Pero pronto la maldición mostró sus garras.

Sus amigos envejecían. Sus camaradas caían uno a uno. Las ciudades que defendió se volvieron polvo, los reinos que conquistó se borraron del mapa. Y él seguía allí, intacto, con el mismo rostro, con las mismas manos manchadas de guerra.

Kael comenzó a comprender que no le habían dado un regalo, sino una prisión.

El recuerdo más doloroso era Elara.

En su juventud, cuando apenas tenía diecinueve años y su corazón aún era puro, la había conocido en Esparta.

Era un día soleado. El viento cálido llevaba risas de niños y gritos de mercaderes. Y allí estaba ella: una joven de cabellos dorados y ojos azules como el mar. Kael se sintió atrapado en ese instante, como si el mundo hubiera dejado de girar para presentársela.

Hablaron. Rieron. Y en el descubrió algo que la guerra nunca le había mostrado: ternura.

Se prometió volver a su lado, después de la gloria, después de la sangre.

Pero la guerra siempre reclama más de lo que promete.

Cuando los dioses lo maldijeron, también le arrebataron el futuro con Elara. Ella envejeció, esperándolo, y murió sin que Kael pudiera morir a su lado. Su tumba aún florece, mientras él camina entre cadáveres sin poder unirse a ella.

Los siglos lo transformaron.

De guerrero orgulloso pasó a ser un espectro vivo. Odiaba a los dioses, odiaba a la vida, odiaba a sí mismo. Lo único que deseaba era descansar.

Pero la muerte lo rechazaba como un río que no acepta al náufrago.

Se lanzaba en las batallas sin temor, esperando la lanza, la espada, la flecha. Siempre caía, siempre sangraba, siempre despertaba de nuevo.

La maldición era clara: podía sufrir, pero nunca morir.

En el presente, Kael yacía en un campo de batalla. El suelo estaba cubierto de cadáveres, el aire olía a hierro y a humo. Sus manos sostenían una espada rota. Su pecho subía y bajaba contra su voluntad.

Y en medio de la masacre, su mente lo traicionó: lo llevó de regreso a la juventud, a Esparta, a los días luminosos en que Elara reía. Recordó la calidez de su mirada, la promesa de un futuro que nunca llegó.

El contraste lo desgarró. Miró alrededor: solo muertos, solo ceniza. Y entendió, con la fuerza de mil tormentas, que todo lo que había amado estaba perdido para siempre.

De pronto, la niebla se alzó sobre el campo.

Y de ella emergió una figura imponente: Zeus, con su cabellera blanca, sus ojos de estrella y su trono reluciente. El aire temblaba bajo su presencia, y hasta los cuervos callaron.

-"Kael, mi querido mortal" -tronó Zeus, con voz que parecía partir los cielos- "Me alegra ver que sigues luchando con tanta pasión y ferocidad. Pero también me entristece ver que no has aprendido de tus errores."

Kael se levantó, con los labios ensangrentados, y lo enfrentó con rabia.

-"¿Qué errores?" -rugió- "Mi único error fue desafiar a dioses injustos y crueles. Castigan a quienes se oponen, y perdonan a los que matan en su nombre. ¡Su justicia es hipocresía!"

Los ojos de Zeus brillaron, sorprendido por la audacia.

-"Kael, eres valiente. Pero ingenuo. La justicia y la crueldad son relativas. Lo que es justo para un dios puede ser cruel para un hombre."

Kael apretó los puños.

-"¡No! Lo que haces no es justicia. ¡Eres un tirano que solo protege su poder!"

El trueno de la risa de Zeus retumbó en el campo vacío.

-"Eres valiente, pero estúpido. Nadie desafía a los dioses y sobrevive. Tú no vivirás... tú existirás. Eternamente."

Y la figura de Zeus se deshizo en la niebla.

Kael quedó solo.

Se arrodilló entre los muertos. El barro le cubría el rostro. El silencio lo envolvía como un sudario.

Y comprendió, con un dolor que ni mil espadas podrían infligir, el verdadero alcance de la maldición:

No lo habían condenado a vivir.

Lo habían condenado a agonizar.

A ser testigo eterno de la muerte, del olvido, de lo efímero.

A sentir el vacío de todo lo perdido.

A buscar descanso en vano.

Se tendió junto a los cadáveres.

Cerró los ojos, esperando ser uno más. Soñó con ver a Elara, con escuchar su voz. Soñó con la paz que nunca había tenido.

Pero entonces, su pecho volvió a levantarse. Su cuerpo, desgarrado, se negó a morir.

Los dioses lo obligaban a respirar, una vez más.

Y así, Kael pensó su tragedia.

No tendría tumba.

No tendría descanso.

No tendría redención.

Sería un prisionero de la eternidad.

El campo de batalla lo recibió como un sepulcro sin fin. Los hombres que murieron serían recordados en cantos, en estatuas, en relatos. Pero Kael, el inmortal maldito, sería olvidado.

Y mientras el viento soplaba entre los cadáveres, Kael cerró los ojos una vez más, deseando que fuera la última.

Pero no lo fue.

Y nunca lo sería.