Inmortal.

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Summary

Un vikingo joven emprende la búsqueda de hermana quien se encuentra perdida y gracias a ello descubrirá su origen. Los dioses, criaturas míticas y enemigos buscarán evitar su destino.

Genre
Fantasy
Author
Faelin
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

La leyenda de la tormenta.

Hace mucho tiempo, en un lugar cerca de las montañas, un pueblo pequeño de apenas cincuenta personas integradas por mujeres, niños y ancianos vivían tranquilamente a la espera de que sus valientes guerreros volvieran de su travesía.

Los vientos fríos, el clima atronador y los dioses apenas eran piadosos para el poblado de Vljir. Al mando de aquel lugar estaba una de las mayores guerreras que el mundo había conocido, su nombre una leyenda y su presencia una advertencia.

Astrid "la tormenta", quien era conocida por sus proezas en batalla se encontraba descansando y de paso cuidando de los pobladores. Pues dentro de su vientre un pequeño regalo descansaba a la espera de nacer.

"¿Quién era el padre?"

Era la pregunta que se hacían la gente en el poblado, pues corría el rumor que aquel ser dentro de su "Jarl"(como se le llamaba a los grados más altos), era hijo de una deidad que venía de un pacto con aquella divinidad.

Con el paso del tiempo todo pareció ser un simple rumor que corría en la leyendas de que se contaban en la fogata, pero la única verdad es que Astrid esperaba con ansias a su pequeño.

Las noches la valiente guerrera se bañaba en leche y comía carne cruda con la esperanza de un bebé sano como dictaban sus tradiciones. No había precaución o medida que la mujer no tomará para dar a luz.

Las horas se convirtieron en días, los días en semanas y las semanas en meses. El gran día estaba por llegar, pero una noche…

El cielo fue iluminado por las llamas que reposaban en antorchas y en el oriente los "drakkar", se hicieron presentes. Un grupo de vikingos arribó al poblado, no tardaron en dar la alerta para tratar de defenderse u ocultarse. Los cuernos aullaban el peligro mientras las armas eran tomadas, pero fue en vano…

La sangre corrió en la nieve aquella noche de luna roja, los guerreros sin problema masacraron una a una a los pobladores. Astrid, negada en permitirles la victoria sin pelear, tomó su hacha para acabar con algunos enemigos con aquel talento para el combate. Las cabezas rodaban, los miembros se desprendían y el líquido carmesí humeaba en salpicaduras que daban prueba del poder que poseía la futura madre, aquella escena daba esperanzas de victoria antes de que una flecha impactará la espalda de la guerrera.

Una tormenta se formó en el cielo, conforme la guerrera se incaba por primera vez en su vida, para ser la última. Las espadas se clavaron en la mujer que miró a la luna y soltó una plegaria con su último aliento con sus manos acariciando su vientre redondo que protegía con el resto de su cuerpo.

Los vikingos para celebrar su victoria comenzaron a beber y comer lo que encontraron en el poblado, todo fue una fiesta para celebrar el baño de sangre. Las pocas mujeres que sobrevivieron fueron tomadas a la fuerza al igual que los niños, los gritos de dolor eran una exclamación al cielo por ayuda que eran ahogados por la dagas que cortaban los cuellos al terminar.

Ninguno de sus dioses acudió a su rescate, la creencia en las deidades se diluía en el aire o al menos eso se pensaba…

Entre todo el bullicio un sonido casi imperceptible se dio paso, era la piel de la gran guerrera abriéndose lentamente…

Su vientre se partió en dos, para dar paso a una criatura envuelta en sangre, un chillido espeluznante hizo acto de presencia llamando a los guerreros atravesando el techo donde aún celebraban. Un pequeño ser de apenas treinta centímetros se alzó y sin darles tiempo a reaccionar…

*Tas*

Un estruendo se escuchó de pronto en medio de la fogata donde varios niños escuchaban atentos la historia que contaba un señor grande de barba, un golpe seco de su zarten, golpeó el suelo y todos salieron corriendo. El gran hombre había logrado su cometido, asustar a los niños que se acercaban en la noche a la fogata del pueblo para oír sus historias o bueno todos salvo un pequeño.

Un nene de apenas unos ocho o nueve años se había quedado abrazado a sus piernas y viéndolo con sus ojos color azul claro, donde una marca en su ojo derecho lo hacían inconfundible a los demás…

—¿Y luego que paso? —preguntó aquel pequeño sin quitarle la mirada de encima.

—Bueno eso es todo, al menos por hoy —contestó el hombre con una sonrisa seca y apagando el fuego.

El pequeño de cabello único, en un claro color menta ennegrecido por la suciedad, agradeció al hombre por tan genial historia y se giró para salir corriendo rumbo a su hogar o bueno lo que alguna vez lo fue.

A las afueras del poblado de "Serjid", se encontraba una casa hecha con troncos que a pesar del maltrato de la madre naturaleza se mantenía en pie. El pequeño abrió con cuidado la puerta para entrar, saludó al aire y avisó que había llegado como si las paredes o las habitaciones vacías le fueran a responder.

Aquel niño de apariencia descuida se acercó hasta un hacha que reposaba en la pared, sacó una botella de vino y la vertió encima del arma, después un pequeño pedazo de madera se encendió.

—Señor Aren, espero que esté bebiendo en el valhala y que su alma reciba su premio —extendió su mano con un vaso de hidromiel en ella como brindando y la llevó a su boca, pero no tardó en escupir— Ay, esto sabe muy amargo, ¿Cómo les gusta esto?

Un trago más al vaso terminó con el brindis y el nene peli verde claro se dirigió a limpiarse. Si bien al niño no le gustaba asearse tan seguido, tenía la enseñanza de que la higiene era fundamental para su bienestar. Una charola con agua fue suficiente para que el pequeño pudiera darse un baño con un trapo, para evitar sentir frío y al estar listo se metió dentro de su cama cubierto por la piel de un lobo, todo para el día siguiente comenzar como todos los días.

En un mundo ideal la única preocupación para un niño de nueve años debería ser jugar, pero para el pequeño eso es más que un sueño un tanto difícil. No era que no pudiera jugar, pero si no hacía sus deberes era casi una sentencia de muerte.

Aquel pequeño se levantó temprano para ponerse traje de piel, sus botas y una capucha con la cabeza de un lobo. El frío por primera vez en mucho tiempo había atenuado, los animales estarían fuera de sus refugios y prometía ser buen día para la caza, eso siempre y cuando no se topará con alguna bestia de las historias que le contaba su difunto padre.

La pequeña cuesta que llevaría al joven cazador, estaba apenas cubierta por una ligera capa de nieve, que gracias a la luz del sol hacía que tuviera un brillo hermoso como de cristales de colores pequeños. El bosque en mucho tiempo parecía tener vida, algunos sonidos delataban a las criaturas que ahí habitaban, el aroma al rocío de la mañana aún estaba presente y el sol comenzaba a calentar el frío clima.

El niño avanzó hasta un claro que gracias al calor se había comenzado a derretir,al menos lo suficiente para que el agua volviera a correr, así que para aprovechar su buen día el pequeño decidió lavar su ropa que llevaba tiempo sucia. Poco a poco el pequeño se desnudo dejando a la vista su cuerpo blanco apenas cubierto por la piel de lobo, se acercó con cuidado a la orilla para comenzar por su ropa interior que tenía algunas marcas de sus accidentes ocasionales al orinar. En cuanto quedó limpia la puso a secar al sol y seguio con el resto de su atuendo.

—¡Ey, Ely! —una voz apareció interrumpiendo. Otro pequeño niño castaño oscuro rapado de los lados de su cabeza a diferencia de la pequeña melena del nudista.

—Hola, Frey —contestó el pelo verde sacando el resto de su ropa al sol.

—¿Vas a ir de caza hoy ? —preguntó el castaño deteniéndose delante.

—Si, ya no tengo nada de reserva y quería atrapar algo.

—Mi hermano me llevará donde están los venados, ¿Quieres ir?

—Claro, pero tengo mi ropa secando haya —señaló con su dedito.

—No te preocupes, te presto mi playera —apareció a un lado un chico un par de años mayor, con un trineo pequeño detrás de una soga.

El hermano de Freyard, era el próximo guerrero del pueblo y éste gozaba de una reputación bastante buena como cazador, era una oportunidad única para que el pequeño afinara sus habilidades. Nikki siendo un tanto mayor le prestó su playera al chico desnudo, que apenas le cubría una parte de los muslos para que los tres se pusieran en marcha. No fue mucho el camino hasta donde esperaba su primer presa, un venado joven que estaba comiendo bayas, sería un premio perfecto.

Los tres cazadores se organizaron para rodear con sigilo a la bestia, el plan era relativamente sencillo y solo dependían de un buen disparo. Ely como lo llamaba su mejor amigo se preparó y acomodo una flecha en el arco que su padre hizo para él, aquel arco hecho de madera roja con una empuñadura cubierta por metal con un pequeño zafiro justo en el medio. Un respiro profundo se dio paso y la flecha se recargo con cuidado en su dedo, la cuerda se tensó mientras la vista estaba clavada en el objetivo.

Frey levantó la mano listo para de la señal y después de un instante la cerró. Ely soltó su flecha que dio de lleno en el cuello de alce y después una segunda flecha proveniente del arco de Nikki lo derribó. El trabajo se había cumplido, así que los tres se acercaron lentos a ver su premio que aún jadeaba buscando aire.

—Bien, terminalo Freyird —comentó el chico mayor extendiendo su daga al hermano menor.

La duda en el pequeño niño que nunca había tomado una vida era obvia, ¿Acaso sería capaz de hacerlo, arrebatarle el aliento a un ser?

—hermano yo no… —titubeó el castaño viendo el arma.

—Anda, no ves que está sufriendo —comentó de nueva cuenta Nikki.

Ely a sabiendas del corazón tan noble de su amigo, sin temor o duda en su mano arrebató el arma del chico y se acercó donde el ciervo jadeaba. El pequeño peli verde colocó su mano encima del animal moribundo, pues el tacto de su mano siempre calmaba a las bestias que estaban en agonía como si fuera una última despedida.

—Gracias por alimentarnos y dar tu vida para nuestro bienestar y que Freyja te lleve a su reino —levantó su mano con el arma en ella y después la bajó con fuerza clavándola en el ciervo que dejó de respirar, conforme sus sangre bañaba la mano en un riachuelo cálido carmesí.

—Einar, mi hermano tenía que hacerlo y no tú —reclamó el chico mayor acercándose para confrontarlo.

—No lo obligues, cuando matas por primera vez tu vida ya no es la misa y lo sabes —comentó Elis Einar quien en propia carne había comprendido aquellas palabras a la fuerza al tener que tomar la vida de su alimento—. Aún tiene tiempo de ser feliz y no vivir con esa carga.

El niño mayor muy a regañadientes aceptó lo dicho por el menor, quien tomó la mano de su amigo y comenzaron a destazar al animal para poderlo colocar en el pequeño trineo.

Al final los niños volvieron al poblado con su premio encima del madero después de recoger la ropa del peli verde. La repartición se hizo a partes iguales dándole al pequeño Elis suficiente comida para olvidarse de esa tarea un par de días, así podría tal vez jugar con sus amigos en el poblado.

La tarde continuó junto al resto de tareas que el infante tenía que hacer: cortar madera, recolectar semillas, traer y hervir agua, al menos eso hacía hasta que el cuerno del pueblo sonó en un estruendo que recorrió todas las casas del poblado. Eso significaba sólo una cosa…

—¡Mi hermana volvió! —gritó el pequeño Einar para salir corriendo hacia el puerto dejando de lado los leños que cargaba, pues los grandes Drakkar habían vuelto de su viaje.

El pequeño de ojos celestes claro dio saltos y brincos evitando obstáculos hasta llegar a la orilla donde la niebla cubría el agua, pero en ella unas luces poco a poco se abrieron paso revelando los imponentes barcos y el pequeño solo veía atento como estos se acercaban a la orilla. Sus ansias de ver a su hermana lo impulsaron para acercarse hasta la orilla y como si de un sueño se tratara, el pequeño solo anhelaba que fuera verdad encontrarse con el ser que más amaba.

Por desgracia no siempre los sueños son realidad…

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