Capítulo 1 - Volver a nacer
Lo último que recuerdo antes de morir es que todo iba según lo planeado.
Yo lideraba la incursión. El equipo Delta.
Nuestro objetivo era capturar a Abdul Al-Ben Malik, un líder terrorista de alto valor que se escondía en un edificio a las afueras de Dagbed, la capital de Kair.
Habíamos limpiado varias plantas. Avanzábamos rápido. Silenciosos. Eficientes.
Recuerdo estar frente a otra puerta más. Una de tantas. Una última, pensé. La operación estaba a punto de terminar. Después… nada.
Una explosión. El impacto contra el suelo. Oscuridad.
Cerré los ojos convencido de que ese era el final. Hasta aquí he llegado, pensé.
Nunca me había planteado seriamente qué hay después de la muerte. Ahora creo que empiezo a entenderlo. No es paz. No es calma. Es oscuridad.
Un vacío espeso, acompañado de un ruido ininteligible, constante, como si algo estuviera mal sintonizado.
¿En serio esto es todo? ¿Un vacío… con ruido? Entonces lo noté. Presencias.
No podía verlas, pero sabía que estaban ahí. Y cuanto más me concentraba, más claro se volvía el sonido. Voces. No podía distinguir si me hablaban a mí o hablaban entre ellas.
De repente, la oscuridad empezó a retirarse.
Como si algo la estuviera devorando.
Luz.
Una luz blanca, agresiva, que me obligó a intentar cerrar los ojos… pero no pude.
—Sargento Hicks, ¿puede oírme?
La voz sonaba distante. Artificial. Irreal.
—¿Eres… un espíritu del limbo? —murmuré, sin estar seguro de si aún tenía boca—. ¿O esto es lo que queda de mí?
Hubo una breve pausa.
—Sargento, si puede oírme, apriete mi mano.
Entonces entendí algo.
Quizá no había muerto. Pero tampoco había salido impune.
La luz se estabilizó poco a poco.
Un techo blanco. Demasiado blanco.
Intenté mover la cabeza, pero un dolor seco me atravesó el cráneo. Sentí el peso de tubos, cables, algo presionando mi pecho.
—Tranquilo, sargento —dijo la voz, ahora más cercana—. No intente moverse.
Parpadeé varias veces hasta enfocar un rostro conocido.
—Capitán… —murmuré.
Asintió con gravedad.
—Ha estado inconsciente trece días.
Trece.
Tragué saliva.
—¿El equipo? —pregunté.
El capitán tardó unos segundos en responder. Los suficientes como para que ya supiera la respuesta.
—La mitad no lo consiguió.
El silencio que siguió fue peor que cualquier explosión.
—Necesito que me diga qué recuerda —continuó—. Todo. Desde la preparación de la operación hasta el último segundo antes de la detonación.
Lo miré, intentando ordenar recuerdos que se sentían… fragmentados. Distorsionados.
—Es para comprobar si su memoria ha salido ilesa —añadió.
Quise asentir.
Quise responder.
Pero algo dentro de mí se retorció.
Quizá no había muerto.
Pero estaba seguro de una cosa.
Nada había salido ileso.