Huésped del Abismo

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Summary

​"No eres el dueño de tu cuerpo; solo eres el recipiente de algo que la realidad no puede contener." ​En la metrópolis de Oskorei, donde el humo de las máquinas oculta la podredumbre del alma, la vida de Kaelen cambia de forma irreversible. Tras un encuentro con lo prohibido, su sangre deja de ser roja para convertirse en Aceite Negro, una sustancia viva que resuena con una música aterradora: la Sinfonía del Vacío. ​ Mientras su humanidad se fragmenta y sus manos se transforman en herramientas de una violencia que no reconoce como suya, Kaelen deberá emprender un viaje desesperado hacia el Mar de Sal. En el camino, tendrá que enfrentarse a una verdad que duele más que la carne desgarrada: quizás el monstruo que habita en él no es un invasor, sino el verdadero heredero de este mundo en ruinas.

Genre
Fantasy
Author
Matías
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Carne Útil

El frío no era una temperatura; era un clavo al rojo vivo atravesándole el pecho. Kaelen abrió los ojos, pero la oscuridad de la cueva era tan densa que por un segundo pensó que el Abismo finalmente le había robado la vista. Intentó mover su brazo derecho, pero el miembro no respondió; estaba entumecido, pegado al suelo de piedra por una capa de escarcha y algo más espeso: su propia sangre, que ahora tenía un brillo aceitoso, casi negro. —Todavía no —susurró, y su voz sonó como el crujido de un glaciar rompiéndose—. Todavía no me lleves. Apretaba los dientes y movía las piernas en un rítmico y ridículo espasmo, intentando bombear calor a un cuerpo que ya no le pertenecía; eran los movimientos instintivos de alguien harto de existir, pero encadenado a la vida por el inevitable y lúcido rigor del dolor.

Sobre él, las estalactitas daban la sensación de estar en un lugar prohibido, un templo de dientes de hielo. Se meneaban y bailaban bajo una luz inexistente, desprendiéndose ocasionalmente para estallar contra el suelo con un eco estruendoso que profanaba el silencio de la guarida. El goteo incesante del deshielo —un llanto rítmico provocado por el sol exterior— y el bramar del viento, que se internaba como una aguja en cada rincón de la cueva, tejían la mortaja que envolvía al joven. Kaelen, sentado con la espalda fundida al hielo, había usado su último aliento para adentrarse en las fauces de la caverna. Buscaba perder a sus perseguidores, sí, pero también cavar su propia tumba; el cansancio y la agonía de esa extraña enfermedad, que lo devoraba desde hacía meses, lo habían empujado a un estado de sumisión total. Esperaba su muerte sin paz, aferrado únicamente a la gélida esperanza de reunirse con su madre, cuya luz se había extinguido bajo el peso de esa misma plaga. Todo comenzó con un sabor metálico, un regusto a cobre viejo que inundó su boca como una premonición. Al escupir, el horror se hizo carne: su saliva era de un amarillo enfermo y pálido, una secreción que exhalaba un hedor férreo, idéntico al de la sangre humana expuesta al aire. Descubrió, con un horror mudo, que el inquilino que ahora reclamaba su cuerpo reaccionaba violentamente a la adrenalina y al calor. Bajo la dermis, algo comenzó a agitarse con la urgencia de un insecto acorralado, una criatura ciega atrapada entre capas de tejido y sebo. Podía verlo a través de la piel traslúcida: palpitaciones rítmicas y ajenas que deformaban sus brazos y piernas. No eran espasmos musculares; eran los movimientos de una voluntad distinta, una presencia que antes no estaba y que ahora lo habitaba con la autoridad de un parásito devorando a su anfitrión. En ese momento de revelación, sintió una pulsación hostil en sus entrañas; algo dentro de él latía con un ritmo propio, confirmando que ya no estaba solo en su propio cuerpo.

Fuera de la cueva, la mañana era una anomalía. Las nubes negras que solían asfixiar los montes oscuros se habían retirado, revelando cumbres de formas imposibles que se alzaban como deidades primitivas condenadas a la piedra, observando con desprecio el infierno blanco. El clima tormentoso de las laderas se detuvo en un silencio antinatural, e incluso los mares salvajes de la costa apaciguaron sus olas, como si el mundo contuviera el aliento. Pero ese pálido sol no era esperanza; era un mal presagio. La tregua del clima fue la sentencia de Kaelen, permitiendo que la procesión de captores siguiera sin error el rastro de su sangre negra, que destacaba sobre la nieve como una mancha de tinta en un sudario. Prefería mil veces el abrazo del entumecimiento, que el frío apagara el fuego de la infección, antes que caer prisionero de aquellas formas antropomorfas que acechaban en la penumbra.

Un sonido metálico, un clang rítmico y pesado, rebotó en las paredes de hielo. No venía de la naturaleza; era el sonido de botas reforzadas golpeando el hielo. Alguien, o algo, se acercaba desde la profundidad. La herida en su brazo ardía como el fuego, vestigio de la emboscada sufrida días atrás a manos de aquellos nómadas que vagaban sin cesar por el desierto de hielo. Eran cosechadores de carne en un páramo donde la vida no es un regalo, sino un error del sistema; en estas laderas, nadie respira por voluntad del destino. Aquí, estar vivo es un acto de rebeldía.

Kaelen apoyó la frente contra la roca fría. No era el miedo a la muerte lo que le humedecía los ojos, sino la perspectiva de tener que luchar una vez más. Estaba cansado; no un cansancio de horas de sueño perdidas, sino un agotamiento que nacía de la médula, una fatiga de años acumulada en cada cicatriz. El sonido de las botas se detuvo justo a la entrada de su refugio. —Levántate —se ordenó a sí mismo, aunque su brazo derecho se sentía como plomo fundido—. Solo una vez más.

Bajo la luz verde de la linterna que el gigante llevaba al pecho, Kaelen pudo ver la piel grisácea y rugosa, cicatrizada por el frío y la guerra. No era un humano. Los orcos de la frontera eran conocidos por su resistencia, pero este había ido más allá: sus colmillos estaban reforzados con fundas de acero y su mirada carecía de la furia salvaje de las tribus; tenía la mirada de un funcionario que evalúa chatarra. El siseo del tanque en su espalda llenó el silencio de la cueva con un calor agresivo que olía a aceite quemado y ozono.

—Soy... —Kaelen tosió, escupiendo un hilo de esa sangre negra sobre la bota del gigante—. Soy lo que quedó después de que tus nómadas intentaran cobrar su diezmo.

El orco se inclinó y su armadura crujió como una placa tectónica. Acercó el visor de su rejilla a la cara de Kaelen, inhalando el olor de su herida. —Sangre negra —gruñó el altavoz—. Estás infectado por el Abismo, "carne útil". Eso te hace valioso... o muy peligroso.

—¿El Abismo? —exclamó Kaelen con una angustia que le deformó el gesto—. ¿Qué estás diciendo?

El ser mórbido soltó una carcajada que parecía emerger de una garganta llena de grava y bilis; una resonancia perturbadora que rebotó en las paredes de hielo, multiplicándose en un eco deforme que tensó los nervios de Kaelen hasta el punto de ruptura. Sin previo aviso, el gigante proyectó sus manos —dos masas de cuero cicatrizado— y lo atrapó por los hombros con una brusquedad que hizo crujir sus articulaciones. Con un desprecio animal, lo lanzó por los aires; el cuerpo de Kaelen surcó la penumbra hasta que la pared de roca lo recibió con un golpe seco y absoluto, un impacto que pareció astillar el poco aliento que aún le quedaba en los pulmones.

—Arriba, despojo —dijo el gigante entre risas malvadas—. Vendrás con nosotros.

Detrás de él, su séquito de figuras encogidas observaba como carroñeros aguardando las sobras. Eran seres de naturaleza vulgar cuyas sombras se proyectaban torcidas contra el hielo; algunos lucían rostros tallados por un pavor servil, mientras otros destilaban una fascinación enferma ante la degradación ajena. Dos de estos acólitos se arrastraron hacia Kaelen, quien yacía quebrado, bebiendo el aire a sorbos cortos. Entre risas que oscilaban entre la burla cruel y una malevolencia pura, sellaron su destino con el mordisco del hierro frío: esposas y grilletes que le robaron el último vestigio de dignidad. Lo arrastraron sin clemencia, como quien mueve un saco de vísceras, hacia el exterior.

Allí, bajo la luz herida de un sol que no calentaba, aguardaba el transporte: una bestia colosal que recordaba a los antiguos bisontes de los relatos ancestrales, pero deformada por una biología hostil y caprichosa. Era un Toxodonte, una montaña de carne y pelaje lanudo que exhalaba nubes de vapor fétido por sus fauces. Una joroba de músculo macizo se alzaba sobre sus hombros, coronada por cuernos gruesos y astillados que parecían querer desgarrar el cielo plomizo. Su rostro permanecía oculto tras una cortina de pelos maltratados que caían desde la coronilla como un velo mortuorio, dándole el aspecto de una deidad ciega y prisionera. Kaelen, arrastrado hacia la cegadora y violenta claridad del exterior, sintió cómo el aire gélido le quemaba los pulmones antes de ser arrojado sin ceremonia sobre el lomo del animal. Cayó entre fardos de mercancías rancias, trozos de carne putrefacta que exhalaban un vapor fétido y los cadáveres rígidos de aquellos que, a diferencia de él, habían logrado encontrar el descanso. Mientras el gigante líder daba la orden de marcha, Kaelen hundió los dedos en el pelaje áspero de la bestia, sintiendo la vibración sorda de un mundo que se ponía en movimiento para llevarlo lejos de su sepulcro de hielo. Así comenzó el trayecto del joven que, con una ingenuidad ahora ajena, creyó que moriría en la soledad de una cueva.