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Entre Mármol y Tierra | Kookmin

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Summary

Lo tenía todo… excepto libertad. Jimin nació entre rascacielos y cenas de gala en el corazón de Seúl, donde el dinero habla más fuerte que los sentimientos. Pero una firma lo arrastra lejos del mármol y el lujo hacia una chacra perdida entre campos abiertos, donde el barro mancha zapatos caros y el silencio pesa distinto. Jungkook no tiene fortuna ni apellido influyente. Tiene manos marcadas por el trabajo, una casa sencilla y un corazón que no sabe amar a medias. Un matrimonio impuesto. Dos mundos que chocan. Y una pregunta inevitable: ¿puede la tierra ofrecer más que el oro? Entre tormentas, amaneceres rurales y miradas que queman lento, Jimin descubrirá que la verdadera riqueza no brilla… late.

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1
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n/a
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16+

ÚNICA PARTE

El apellido de Jimin pesaba más que el oro.

Heredero único del imperio financiero de su familia en el corazón de Seúl, Park Jimin creció entre mármol italiano, lámparas de cristal y decisiones que nunca tomó por sí mismo. Su sonrisa aparecía en revistas, en eventos de caridad, en fotografías perfectamente calculadas. Pero jamás había sido dueño de su destino.

Hasta que lo obligaron a firmarlo.

—Es por la estabilidad de la familia —dijo su padre, con voz de contrato frío—. Una alianza necesaria.

¿La alianza? Matrimonio.

¿Con quién? Con un hombre que ni siquiera pertenecía a su mundo.

Jeon Jungkook. Campesino. Dueño de una pequeña chacra a las afueras de la ciudad, en tierras heredadas por generaciones. Sin títulos universitarios extranjeros. Sin trajes hechos a medida. Sin apellido que abriera puertas.

Pero con algo que el dinero nunca compró: dignidad.

Jimin no lloró cuando escuchó la decisión. No gritó. Solo sintió cómo su vida de seda se convertía en lino áspero.

La boda fue sencilla. Demasiado sencilla para los estándares de la familia Park. Nada de catedrales, nada de orquestas. Solo un salón discreto y firmas rápidas. Jungkook llegó con un traje negro simple, perfectamente planchado. Su postura recta. Sus manos curtidas por el trabajo.

Y sus ojos.

Negros. Firmes. Intensos.

Jimin evitó mirarlo demasiado. No quería sentir curiosidad. No quería humanizar su desgracia.

Cuando el auto dejó atrás los rascacielos y las luces interminables de Seúl, el silencio entre ambos se volvió más denso que cualquier discusión.

—No tienes que hablar conmigo si no quieres —dijo Jungkook finalmente, con voz tranquila—. Pero tampoco voy a tratarte como un prisionero.

Jimin giró el rostro, sorprendido.

—¿Ah, no? —su tono era elegante, pero filoso—. ¿Y qué soy entonces?

Jungkook sostuvo su mirada sin temblar.

—Mi esposo.

No había arrogancia en su voz. Solo una verdad simple.

La chacra era grande. No lujosa, pero amplia. Campos verdes, árboles frutales, un establo al fondo y una casa blanca de madera con ventanas abiertas que dejaban entrar el viento.

El aire olía distinto. A tierra húmeda. A libertad cruda.

Jimin bajó del auto mirando sus zapatos caros hundirse ligeramente en el suelo.

—No hay servicio doméstico, supongo —murmuró.

—No —respondió Jungkook—. Pero hay desayuno caliente todos los días.

Esa primera noche fue incómoda. Compartir habitación con un desconocido. Una cama amplia pero sin dosel ni sábanas de seda egipcia. Solo algodón limpio.

Jimin se sentó al borde del colchón.

—No sé hacer nada de esto —confesó en voz baja, casi para sí mismo.

—¿De qué?

—Vivir así.

Jungkook no se burló. No suspiró con fastidio.

Se acercó despacio.

—Entonces aprendemos juntos.

Jimin levantó la mirada.

—Tú ya sabes.

Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Jungkook.

—Aprender a quererte aquí también es nuevo para mí.

Silencio.

El corazón de Jimin hizo algo extraño. Como si se hubiera tropezado.

Los días siguientes fueron un choque cultural brutal. Levantarse al amanecer. Escuchar gallos en lugar de notificaciones. Ver a Jungkook trabajar con las mangas arremangadas, la camiseta pegada al cuerpo por el sudor, músculos marcándose con cada movimiento.

Jimin fingía indiferencia.

Pero miraba.

Una mañana intentó ayudar.

Duró exactamente siete minutos antes de que sus manos suaves se llenaran de tierra.

—Esto es ridículo —resopló.

Jungkook dejó la herramienta y se acercó.

—Ven.

Tomó sus manos.

Grandes. Cálidas. Firmes.

Le limpió la tierra con un paño húmedo, con una delicadeza que no coincidía con su fuerza.

—No tienes que demostrarme nada.

—No quiero ser una carga.

Jungkook lo miró directo.

—No lo eres.

La sinceridad dolía más que cualquier crítica.

Esa noche, Jimin no se encerró en la habitación. Se sentó en el porche. El cielo estaba lleno de estrellas. No como las artificiales de las galas. Estas eran reales. Indomables.

—Nunca había visto tantas —murmuró.

Jungkook se sentó a su lado.

—Aquí no compiten con edificios.

El viento movió el cabello de Jimin. Por primera vez, no pensaba en lo que había perdido. Pensaba en lo que estaba descubriendo.

—¿Te avergüenza? —preguntó de pronto.

—¿Qué cosa?

—Que te obligaran a casarte conmigo.

Jungkook tardó en responder.

—No.

Jimin lo miró, incrédulo.

—¿Por qué?

Jungkook respiró hondo.

—Porque desde el momento en que te vi, supe que eras más que tu traje caro.

Esa frase se quedó flotando entre ellos.

El cambio no fue inmediato. Jimin seguía extrañando el lujo. La comodidad. Sus amigos. Las cenas exclusivas. Pero comenzó a notar detalles.

Jungkook siempre dejaba una flor silvestre en la mesa del desayuno.

Siempre calentaba el agua antes de que Jimin despertara.

Siempre, siempre lo miraba como si fuera algo valioso.

Una tarde, una tormenta azotó los campos. El viento golpeaba las ventanas. Jimin, acostumbrado a edificios sólidos, sintió miedo.

—¿Es normal? —preguntó, intentando sonar tranquilo.

Jungkook se acercó y cerró bien las contraventanas.

—Sí.

Un trueno fuerte hizo que Jimin diera un pequeño salto.

Jungkook no se rió.

Lo tomó por la cintura.

Instintivo.

Protector.

—Estoy aquí.

La cercanía era distinta bajo la lluvia. El calor compartido. El olor a tierra y madera.

Jimin levantó la mirada lentamente.

—No tienes que fingir que te gusto.

La respuesta fue inmediata.

—No finjo.

Sus rostros estaban demasiado cerca.

El beso fue suave. Tentativo. Como si ambos estuvieran pidiendo permiso.

Jimin esperaba pasión brusca, posesiva. Pero Jungkook besaba como cultivaba la tierra: con paciencia.

Manos firmes, pero cuidadosas.

El mundo exterior desapareció.

No había herencias.

No había obligaciones.

Solo dos hombres descubriendo algo que no estaba en ningún contrato.

Después de eso, la distancia se volvió imposible.

Jimin comenzó a caminar por los campos sin quejarse del barro. Aprendió a distinguir frutas maduras. Incluso rió cuando una gallina lo persiguió.

Jungkook lo miraba como si cada pequeño logro fuera una victoria épica.

Una noche, mientras cenaban algo simple, Jimin habló.

—Pensé que iba a odiarte.

Jungkook levantó la ceja.

—¿Y ahora?

Jimin sostuvo su mirada, firme.

—Ahora creo que estoy empezando a necesitarte.

La confesión fue más íntima que cualquier caricia.

Jungkook dejó los cubiertos.

Se acercó.

Apoyó su frente contra la de Jimin.

—No quiero que vivas sintiendo que te quité algo.

—No lo hiciste.

Silencio.

—Me quitaste el miedo.

Eso lo cambió todo.

Con el tiempo, Jimin dejó de comparar. La casa de madera empezó a sentirse hogar. Las mañanas frías se volvieron cálidas entre abrazos. Las noches ya no eran incómodas.

Eran cómplices.

Jungkook trabajaba más duro que nunca. No para demostrar nada. Sino para que Jimin supiera que, aunque no hubiera lujos, nunca faltaría cuidado.

Un día llegó una carta desde la ciudad. Una invitación a un evento exclusivo. La familia Park esperaba que Jimin asistiera.

—Podemos ir si quieres —dijo Jungkook con serenidad.

Jimin observó el sobre.

Luego lo dejó sobre la mesa sin abrir.

—No quiero ir si tengo que fingir que esta no es mi vida.

Jungkook se quedó quieto.

—¿Estás seguro?

Jimin sonrió.

—Mi vida ahora huele a campo, no a perfume caro.

Se acercó.

Tomó el rostro de Jungkook entre sus manos.

—Y no lo cambiaría.

El beso que siguió no fue tímido. Fue seguro. Hambre contenida convertida en certeza.

Jimin ya no era el heredero atrapado.

Era un hombre que eligió quedarse.

Esa noche, bajo el mismo cielo lleno de estrellas, Jimin apoyó la cabeza en el pecho de Jungkook.

—¿Sabes qué es lo más extraño?

—¿Qué?

—Nunca me sentí tan rico.

Jungkook sonrió contra su cabello.

—Entonces estoy haciendo bien mi trabajo.

—No —susurró Jimin—. Estás haciendo algo mejor.

El viento movía los árboles. La tierra descansaba después de un día largo.

Y en medio de la chacra, lejos del mármol y los reflectores, dos vidas que empezaron como obligación se transformaron en elección.

No hubo lujo.

No hubo contratos nuevos.

Solo manos entrelazadas.

Y la certeza de que el amor, cuando es verdadero, no necesita oro para brillar.


Fin?

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Good Writing

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Strong Dialog

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