Sombras de Hielo

Summary

En el vibrante campus universitario de 2026, Elsa Arendelle, una joven de 18 años reservada y brillante, cree haber encontrado en Jack Frost al compañero perfecto: divertido, protector y siempre dispuesto a hacerla sonreír. Juntos comparten sueños, risas y planes de futuro. Pero una noche de invierno, una verdad devastadora llega a sus oídos como un viento helado: la persona en quien más confía le ha sido infiel… y no con cualquiera, sino con la única persona que Elsa consideraba intocable, su hermana menor Anna. Entre el dolor, la traición y los lazos familiares que se resquebrajan, Elsa deberá decidir si congela su corazón para siempre o encuentra la fuerza para enfrentar una herida que nadie esperaba.

Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1

El sol de febrero de 2026 se filtraba tímido entre los edificios modernos de la Universidad Nacional, tiñendo de dorado los senderos de adoquines y los bancos donde los estudiantes se apiñaban con cafés en mano. Elsa Arendelle caminaba con paso ligero por el pasillo principal del edificio de Artes y Humanidades, su largo cabello platino suelto ondeando como una cascada de nieve cada vez que giraba la cabeza para buscarlo.

Y ahí estaba.

Jack Frost —o simplemente Jack, como todos lo llamaban— apoyado contra la pared junto a la fuente central, con esa media sonrisa traviesa que siempre le aceleraba el pulso. Llevaba la chaqueta de cuero negra que ella le había regalado en Navidad, jeans oscuros y una bufanda azul que Elsa le había tejido (aunque él juraba que era “demasiado cool” para admitirlo en voz alta). Cuando sus ojos se encontraron, el mundo pareció ralentizarse.

—Llegas tarde, reina del hielo —dijo él, separándose de la pared con esa gracia despreocupada que la volvía loca.

Elsa puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar que sus labios se curvaran en una sonrisa.

—Solo cinco minutos. Y no soy reina de nada… todavía.

Jack soltó una risa baja y, sin importarle que varios compañeros pasaran a su lado, la tomó de la cintura y la acercó hasta que sus narices casi se rozaron.

—Para mí siempre lo serás —murmuró, y antes de que ella pudiera protestar, la besó suave, lento, como si tuvieran todo el tiempo del mundo.

Un par de silbidos juguetones resonaron a lo lejos, pero a ellos no les importó. Cuando se separaron, Elsa tenía las mejillas ligeramente sonrosadas y los ojos brillantes.

—Te extrañé —susurró ella, aunque solo habían estado separados desde la noche anterior.

—Y yo a ti. Cada maldito segundo —respondió Jack, entrelazando sus dedos con los de ella mientras empezaban a caminar hacia el edificio de Ciencias—. ¿Lista para sufrir Química Orgánica conmigo?

—Solo si me dejas copiarte los apuntes después —bromeó Elsa, apretando su mano.

Pasaron la mañana sentados uno al lado del otro en el auditorio grande. Jack no prestaba demasiada atención a la explicación del profesor; en cambio, dibujaba pequeños copos de nieve en el margen del cuaderno de Elsa, cada uno más detallado que el anterior. Ella fingía regañarlo con la mirada, pero terminaba sonriendo cada vez que él le pasaba el lápiz para que agregara algo. En un momento, mientras el profesor escribía en la pizarra, Jack se inclinó y le susurró al oído:

—¿Sabes que eres lo más bonito que he visto en toda mi vida?

Elsa giró la cabeza, sorprendida por lo sincero que sonaba su voz entre el bullicio del salón.

—Jack… —empezó a decir, pero él ya le había robado un beso rápido en la mejilla antes de volver a su postura “atenta”.

Al mediodía, en lugar de ir a la cafetería abarrotada, se escaparon al pequeño jardín trasero de la biblioteca, ese rincón que casi nadie conocía. Se sentaron bajo un cerezo que empezaba a brotar, y Jack sacó de su mochila dos sándwiches envueltos en papel aluminio y una botella de chocolate caliente que había comprado esa misma mañana.

—¿Lo calentaste en el microondas del dormitorio? —preguntó Elsa, divertida.

—Claro que sí. Solo lo mejor para mi chica —respondió él, guiñándole un ojo mientras le pasaba el termo.

Comieron en silencio un rato, solo disfrutando de la compañía. Elsa apoyó la cabeza en el hombro de Jack y cerró los ojos, sintiendo el calor de su cuerpo contra el frío de febrero.

—¿En qué piensas? —preguntó él, jugando con un mechón de su cabello.

—En que no quiero que este momento termine nunca —admitió ella en voz baja—. Contigo todo se siente… fácil. Como si el mundo fuera menos pesado.

Jack dejó el sándwich a un lado y la abrazó por completo, rodeándola con ambos brazos hasta que Elsa quedó prácticamente sentada en su regazo.

—Entonces hagamos que no termine —dijo, besándole la frente—. Prométeme que siempre vamos a tener días como este. Tú y yo. Contra el mundo si es necesario.

Elsa levantó la vista y lo miró fijamente, sus ojos azules brillando con una mezcla de ternura y algo más profundo.

—Te lo prometo —susurró.

Y bajo ese cerezo que apenas empezaba a florecer, se besaron de nuevo. Esta vez fue más largo, más intenso, como si estuvieran sellando algo invisible entre ellos. Las manos de Jack en su espalda, las de ella enredadas en su cabello, el sabor a chocolate caliente en los labios de ambos. El resto del campus seguía su ritmo frenético, pero en ese rincón del jardín, el tiempo pertenecía solo a ellos.

Cuando por fin se separaron, jadeando ligeramente, Jack apoyó su frente contra la de ella y sonrió.

—Te amo, Elsa Arendelle.

Ella sintió que el corazón le daba un vuelco.

—Y yo a ti, Jack Frost. Más de lo que las palabras pueden decir.

El timbre lejano anunció el inicio de la siguiente clase, pero ninguno de los dos se movió de inmediato. Se quedaron allí, abrazados, riendo bajito, robándose besos cortos y promesas silenciosas, como si el resto del día —y del mundo— pudiera esperar un poco más.

Porque en ese preciso instante, en febrero de 2026, nada más importaba excepto ellos dos.