Capítulo 8
Narrador:Al final de un pasillo hecho de restos metálicos, aparece una figura colosal que parece absorber la poca luz que hay: El Rey. Su presencia es tan pesada que Dante siente que sus nuevos huesos de metal se doblan.
Dante: (Tratando de avanzar, arrastrando los pies) —¿Qué es este lugar?... ¿Quién eres tú?
Narrador: El Rey no responde. De su mano derecha cuelga una cadena gruesa que se extiende por el suelo. Al final de la cadena, arrodillado y de espaldas, hay un niño pequeño. El niño tiembla, y el sonido de los eslabones chocando contra el metal es lo único que rompe el silencio.
Dante: (Un instinto protector se dispara en su pecho) —¡Oye! ¡Suéltalo! ¡Déjalo ir!
Narrador: Dante corre hacia ellos. Su mano está a centímetros de tocar el hombro del niño, desesperado por darle la vuelta y verle la cara. Necesita saber quién es. Necesita entender por qué ver a ese niño le rompe el alma.
Dante: —¡Mírame! ¡Dime quién eres!
Narrador: Justo cuando sus dedos están por rozar la tela sucia de la camisa del niño, el Rey da un tirón violento de la cadena. El niño es arrastrado hacia la oscuridad absoluta con una fuerza inhumana. Dante se lanza al suelo para alcanzarlo, pero el suelo desaparece. Lo último que ve antes de caer es la mano del niño extendiéndose hacia él, pero la oscuridad se lo traga antes de que sus dedos se toquen.
(Al día siguiente: El Despertar)
Dante: (Se despierta de golpe, estirando la mano hacia el aire, como si aún intentara atrapar algo que ya no está) —¡NO!
Narrador: El silencio del laboratorio lo golpea. Su mano extendida tiembla. Es una mano fuerte, pero en ese momento se siente inútil.
Marie Curie: (Apareciendo a su lado con una expresión analítica) —Otra vez... tu pulso llegó a niveles críticos. Parecía que estabas persiguiendo un fantasma.
Dante: (Baja la mano lentamente y cierra el puño, con una mirada perdida) —Era un sueño... pero se sentía más real que esta habitación. (Intenta sonreír, pero no le sale) —Creo que necesito un vaso de agua, doctora. O un chiste malo... cualquiera de las dos sirve.
Narrador: Unos minutos después, Dante sale de la sala médica por su propio pie. Ya no camina como si pesara una tonelada; ahora se mueve con normalidad. En el área común del refugio, el grupo está terminando de comer.
Dante: (Aparece apoyado en el marco de la puerta con una sonrisa de lado) —¿Qué pasa, equipo? ¿Ya se acabaron la comida sin el protagonista?
Miray: (Se levanta) —¡Dante! ¡Te ves mucho mejor!
Rayan: (Lanzándole una manzana con fuerza) —A ver si esos reflejos nuevos sirven de algo, ¡atrapa!
Narrador: Dante ni siquiera se mueve de su sitio. Su brazo se dispara a una velocidad que el ojo apenas sigue y atrapa la manzana en el aire. Pero, al cerrar la mano, la manzana estalla en mil pedazos por la presión de sus dedos.
Dante: (Mirando los restos de fruta en su mano) —Rayos... creo que todavía no sé medir el "apretón".
Euren: (Riéndose) —Por eso mismo vas a empezar a entrenar ahora mismo. Rayan, Mirco, ayúdenlo a bajar al piso de abajo del refugio.
El Entrenamiento)
Narrador: El piso es una sala reforzada con placas de acero. Dante comienza con lo básico: control de peso. Marie Curie lo observa desde la cabina con sus monitores.
Fuerza Bruta: Dante intenta levantar una pesa de 200 kg. Lo hace tan fácil que parece que levanta un juguete. "Esto es demasiado ligero", dice, mientras Marie le añade más discos hasta casi llegar a la media tonelada.
Técnica: Mirco intenta golpearlo con una vara de entrenamiento. Dante tiene que esquivar sin usar su fuerza, solo su agilidad. Al principio es torpe y tropieza, pero poco a poco sus nuevos sentidos le permiten "sentir" el aire moviéndose antes del golpe.
Habilidad: Rayan lo pone frente a un saco de boxeo reforzado. "No lo golpees con todo, Dante. Controla el impacto".
Dante: (Sudando, con los circuitos bajo su piel brillando levemente) —Es difícil... es como intentar escribir con un martillo gigante. Pero... (lanza un golpe rápido y preciso que se detiene a milímetros del saco) ... creo que le estoy agarrando el truco.
Miray: (Observándolo desde la banca, impresionada) —Nunca te había visto tan concentrado.
Dante: (Sin quitar la vista del saco) —Tengo que estar listo, Miray. No quiero depender siempre de ustedes. A partir de ahora, yo soy el escudo.
Rayan: —Espero que eso sea cierto. No quiero que nos estorbes en las misiones y, sobre todo, no creas que por tener mejoras puedes burlarte de mí.
Dante: (Suelta una carcajada mientras se limpia el sudor con el antebrazo) —¿Burlarme de ti, Rayan? No te preocupes. Pero tranquilo, dejaré que te encargues de los enemigos pequeños para que no te sientas inútil.
Rayan: (Aprieta los puños y sonríe con arrogancia) —¿Ah, sí? Pues vamos a ver si esos circuitos aguantan un golpe de verdad. ¡Euren! Deja de mirar y ven aquí. Si Dante es "el escudo", veamos cuánto aguanta antes de que lo mande de vuelta con la doctora para que lo suelde otra vez.
Mirco: (Divertida, cruzándose de brazos) —Esto se va a poner interesante. ¿Apuestas, Miray?
Miray: (Suspirando, pero con una sonrisa) —Apuesto a que terminan rompiendo algo.
Euren: (Caminando hacia el centro del área de entrenamiento, ajustando su brazo mejorado) —Bien, basta de hablar. Dante, quieres ser el escudo, ¿verdad? Rayan tiene razón en algo: el campo de batalla no te va a dar tiempo para "calibrarte".
Narrador: Euren se pone en posición de combate. Su brazo emite ese característico zumbido verde de energía. Rayan saca su espada de madera de entrenamiento y se coloca al otro lado.
Euren: —Atacaremos a la vez. Dante, si de verdad eres el escudo de este equipo, demuéstranos que podemos confiar nuestra espalda a tu fuerza. ¡Ahora!
Dante: (Su expresión cambia de bromista a una de concentración absoluta. Se planta firme, rompiendo ligeramente el suelo bajo sus pies) —¡Vengan con todo! ¡No me voy a mover ni un milímetro!