PRÓLOGO
Érase una vez, hace muchos años, el reino de Elaria vivía en devota armonía con los dioses. Con cada ofrenda generosa y cada ritual sagrado, las deidades se fortalecían, alimentadas por la fe de un pueblo que creía en algo más grande que sí mismo. Fue una época de pureza, de amor compartido entre el cielo y la tierra, donde la gratitud fluía como los ríos que surcaban el valle.
Pero como todas las cosas buenas, los tiempos cambiaron. La gente cambió. Y el reino de Elaria cambió con ellos.
La codicia, como una enredadera venenosa, se enroscó en los corazones de los hombres y gobernó sus pensamientos. Perdieron el respeto los unos por los otros, y en su ceguera, buscaron culpables donde no los había. Señalaron a los dioses, aquellos que durante siglos los habían protegido. Las ofrendas se espaciaron hasta desaparecer, las plegarias se tornaron en blasfemias, y el odio se extendió por la tierra como un incendio imposible de apagar.
Zeus, herido por tanto desprecio, ordenó a los dioses retirar su presencia del mundo mortal. Que los hombres siguieran su propio camino, que forjaran su destino o sucumbieran a él. Y con la partida de los dioses, la podredumbre que ya anidaba en los hogares y envenenaba los corazones no encontró freno. Los templos fueron saqueados y derribados, sus piedras esparcidas como los huesos de una fe olvidada. La humanidad cayó en desgracia, y aún así, Zeus se negó a intervenir.
Pasaron los años. Las tierras alcanzaron su punto más bajo, y la esperanza parecía un recuerdo lejano, un susurro de tiempos mejores. Fue entonces cuando un rey ascendió al trono con una convicción inquebrantable: era posible hallar la paz con los dioses una vez más. Su nombre era Jeon Seohyun, y dedicó su vida a reconstruir la fe en quienes lo rodeaban.
No fue una tarea sencilla. El corazón del reino estaba carcomido por años de abandono, y renacer de las cenizas requería tiempo y paciencia. Pero Seohyun no cejó en su empeño. Poco a poco, fue sembrando la palabra de los dioses, regándola con su ejemplo, hasta que la gente comenzó a escuchar de nuevo.
Seohyun sabía que no viviría eternamente. La muerte, inexorable, alcanza a todo mortal. Para asegurar que su obra perviviera, trajo al mundo dos hijos sanos y les inculcó los caminos divinos desde la cuna. Cuando llegara su momento, ellos gobernarían Elaria con la misma fe que él había recuperado, y su legado no moriría con él.
Lamentablemente, no todo lo que nace del bien está a salvo del mal. El Rey Seohyun tardaría en aprender esta amarga lección. Y cuando lo hizo, ya era demasiado tarde.