Capítulo 1
EL PESO DE LA LUZ
La luz siempre llegaba primero.
Cael abrió los ojos y ya estaba ahí, filtrándose por la ventana, calentándole la cara. No era una luz amable. Era la misma de todas las noches. La que precedía al grito. La que siempre llegaba tarde.
Se incorporó de golpe, el corazón galopando, las sábanas enredadas en sus piernas como si hubiera peleado con ellas. La habitación era la de siempre: pequeña, una cama, una mesa con una vela gastada, un armario que chillaba. Y en la pared, su kunai de fuego, colgada como un tesoro.
Respiró hondo. Una vez. Dos. Hasta que el corazón se calmó.
*Siempre la misma mierda.* Luz, calor, alguien gritando... y después nada.
Se levantó, metió la cara en el cuenco de agua fría y se quedó así unos segundos, aguantando la respiración. Cuando sacó la cabeza, el mundo ya no daba vueltas. Solo dolía un poco menos
Miró su reflejo. Un chico de quince años, pelo revuelto, ojeras que no eran nuevas.
—Hoy es el día —dijo en voz alta.
El reflejo no respondió. Pero la kunai, colgada en la pared, pareció brillar un segundo.
Cael sonrió. Una sonrisa torcida, de esas que no salen perfectas pero salen sinceras.
—O sobrevivo o aprendo. Las dos están bien.
Agarró la kunai y salió.
-EL CAMINO AL MONSTRUO
El sol apenas empezaba a calentar cuando Cael cruzó las puertas de Ágata.
La ciudad despertaba con su ritmo de siempre: panaderos abriendo puertas, niños correteando, mujeres lavando ropa en la fuente. Gente normal. Gente que no tenía pesadillas con luces que quemaban.
Cael a veces envidiaba eso. Pero hoy no. Hoy tenía una misión.
—¡Cael!
La voz lo detuvo en seco. No necesitó girarse para saber de quién era.
—Lía.
Ella estaba apoyada en una pared, con los brazos cruzados y esa expresión de “ya era hora”. Su uniforme de aprendiz impecable, su látigo de agua enrollado en la cintura, y dos dagas más de las que Cael no se acordaba.
—¿Otra vez juntos? —Cael sonrió. Una sonrisa grande, de las que piden guerra.
—Otra vez. Y guarda esa sonrisa. Hoy no hay suerte que valga.
—¿Quién dice que fue suerte?
—Yo. Y el moretón que aún tengo en el brazo por cubrirte el culo.
Cael se encogió de hombros.
—Bueno, pero sobrevivimos.
—Sobrevivir no es ganar. Es no haber perdido del todo.
Cael la miró. Lía tenía razón. Pero no iba a dársela.
Empezaron a caminar. Ella iba rápido, como siempre. Cael intentaba seguirle el paso sin parecer que le costaba.
—¿Sabes algo del monstruo? —preguntó.
—Un deslizador. Rango Hierro. Nada especial.
—¿Por qué apareció por aquí?
Lía se detuvo un segundo. Lo miró.
—¿Siempre preguntas tanto?
—Siempre. Dicen que es mi encanto.
—Pues deja de encantar.
Cael se rió. Ella no. Pero por un segundo, Cael juraría que sus labios se movieron. Solo un poquito.
Siguieron caminando.
-- EL BOSQUE SUSURRANTE
El puesto de avanzada estaba a una hora. Dos soldados aburridos los recibieron con indiferencia.
—El monstruo está a quinientos metros. No se acerquen si no están seguros. No queremos rescatar cadáveres.
—Tranquilo —dijo Cael—, nosotros...
—Vamos —lo interrumpió Lía, tirándole del brazo.
Se internaron en el bosque. Los árboles, gruesos y viejos, tapaban el sol. El aire se volvió más fresco, más húmedo. Y más silencioso.
Cael dejó de sonreír.
—¿Lo sientes? —susurró Lía.
—¿Qué cosa?
—El olor. Los monstruos huelen raro. Como a quemado, pero frío.
Cael olió. Nada. Solo tierra y hojas mojadas.
—Yo no...
Entonces lo sintió.
Un peso en el pecho. Como si alguien estuviera muy triste muy cerca. Como si esa tristeza no fuera suya, pero estuviera ahí, prestada. Caliente y fría a la vez.
—Ya está aquí —dijo Lía.
El monstruo apareció entre los árboles.
Era más grande de lo que esperaban. Como un lagarto, pero con patas demasiado largas y una piel que parecía moverse sola. Sus ojos, dos puntos negros, los miraban fijo. Pero lo peor no era su tamaño. Lo peor era lo que emitía.
Esa tristeza. Ese peso.
—Mierda —dijo Lía.
El monstruo atacó.
- LA PELEA
Lía reaccionó primero. Su látigo de agua silbó en el aire, alcanzando al monstruo en una pata. La criatura rugió, pero no pareció sentir demasiado.
—¡Flanquéalo! —gritó Lía.
Cael asintió y corrió hacia un costado. La kunai en la mano. El corazón latiendo fuerte. Pero no de miedo. De algo que no sabía explicar.
*Es ahora.*
Saltó sobre una roca, ganó altura, y se lanzó contra el monstruo con la kunai en alto.
El deslizador lo vio venir. Abrió la boca. De ella salió un chorro de aire cortante.
Cael intentó esquivar, pero el golpe le dio de lleno en el hombro. Salió volando y aterrizó de espaldas contra un árbol.
El dolor fue inmediato. Y con el dolor, algo más: rabia. Su propia rabia. Por ser torpe. Por no haber podido. Porque Lía lo viera así.
—¡¿Qué haces?! —gritó Lía, mientras el monstruo se giraba hacia ella—. ¡Te dije que flanquearas, no que te lanzaras como un idiota!
—¡Lo intenté! —se quejó Cael, levantándose con dificultad.
Lía esquivó un zarpazo y contraatacó con el látigo. La hoja de agua alcanzó al monstruo en el costado, pero solo lo enfureció más.
—¡No doy abasto! —gritó ella—. ¡Haz algo útil!
Cael miró a su alrededor. El dolor en el hombro le nublaba la cabeza. La kunai, en el suelo. El monstruo, cada vez más cerca de Lía.
Y entonces lo vio.
Una roca. Grande. Sobre el monstruo.
—¡Lía! —gritó—. ¡Distráelo un segundo!
—¡¿Qué?!
—¡Confía en mí!
Ella dudó. Pero no tenía opción.
Cargó contra el monstruo con el látigo en alto, gritando como una posesa. El deslizador se giró hacia ella, dejando la espalda descubierta.
Cael agarró la kunai, trepó la roca como pudo —con un hombro que le gritaba que parara— y saltó.
No hacia el monstruo.
Hacia la roca.
Clavó la kunai en una grieta, usó el impulso para impulsarse, y cuando el monstruo levantó la cabeza para ver qué pasaba...
Cael ya estaba cayendo.
Con todo su peso. Con toda su torpeza. Con la kunai apuntando hacia abajo.
Y en ese instante, la rabia volvió.
No era solo suya. Era la del monstruo también. Un eco. Un espejo. Por un segundo, Cael sintió lo que sentía la bestia: miedo, hambre, soledad. Todo mezclado en un nudo caliente.
La kunai brilló. Pero no como fuego. Como algo más antiguo. Más profundo.
Cuando la hoja entró, el monstruo no rugió. Suspiró.
Como si, en el fondo, hubiera estado esperando eso.
Cael aterrizó al lado, rodó, y quedó boca arriba, mirando el cielo, sin poder creerlo.
—Lo... lo logré —susurró.
Lía se acercó, jadeando. Lo miró. Después miró al monstruo. Después lo miró a él otra vez.
El monstruo empezó a deshacerse. Su cuerpo se volvió una niebla fina, gris, que el viento se llevó. Pero algo quedó en el suelo. Una pequeña piedra oscura, como un fragmento de carbón, que latía débilmente.
Cael, sin pensar, la guardó en el bolsillo.
Lía lo notó. Sus ojos se estrecharon. Pero no dijo nada.
—Eso fue... —empezó ella.
—¿Increíble? —sonrió Cael, aún en el suelo.
—Estúpido. Eso fue estúpido. —Hizo una pausa. Lo miró fijo—. Pero... rápido. Demasiado rápido para un novato.
Cael se encogió de hombros. Le dolía todo, pero sonreía.
—La suerte.
—La suerte —repitió Lía, lenta— no hace brillar las armas.
Algo en su voz cambió. Como si hubiera visto eso antes. Como si le recordara a alguien.
Cael la miró, sin entender.
—¿Lía?
Ella negó con la cabeza. Rápido. Demasiado rápido.
—Nada. Vamos, torpe. Hay que volver antes de que anochezca.
Pero mientras caminaba, Cael notó que miraba el suelo donde había muerto el monstruo. Donde él había guardado la piedra.
-EL REGRESO
Cuando llegaron al puesto, los soldados los miraron con sorpresa.
—¿Lo mataron? —preguntó uno.
—Él —dijo Lía, señalando a Cael con el pulgar—. De la manera más tonta que vi en mi vida.
Cael se encogió de hombros.
—Pero está muerto, ¿no?
El soldado soltó una carcajada.
—Este chico tiene futuro.
Cael sonrió. Lía puso los ojos en blanco.
Pero cuando empezaron a caminar de regreso a Ágata, ella dijo, sin mirarlo:
—Para ser tu primera vez... no estuvo tan mal.
Cael sintió que el pecho le crecía.
—¿En serio?
—Dije “no tan mal”. No “bien”.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo.
—Para ti.
—Cállate y camina.
Caminaron en silencio un rato. El sol empezaba a ponerse. El camino se teñía de naranja.
—Oye, Lía —dijo Cael, cuando ya casi llegaban.
—¿Qué?
—¿Tú crees que los monstruos... sienten?
Lía se detuvo. Esta vez no lo miró con desprecio. Lo miró con algo que parecía cansancio.
—Sienten lo que los creó. Rabia. Miedo. Hambre. A veces... tristeza.
—¿Y por eso atacan?
—Porque no saben hacer otra cosa.
Cael pensó en el peso que había sentido. En ese vacío. En cómo el monstruo había suspirado al morir.
—Entonces no es su culpa.
Lía no respondió. Solo reanudó la marcha.
Pero antes de que Cael la alcanzara, dijo en voz baja:
—Nunca lo es.
- EL FRAGMENTO
Esa noche, en su habitación, Cael sacó la piedra oscura.
La acercó a la vela.
La piedra latía. Un latido lento, pesado, como el de un corazón que ya no quiere seguir pero sigue igual.
Cael entrecerró los ojos. Y entonces lo vio.
Una cara. La suya. Pero con los ojos vacíos. Llenos de algo que no era odio. Era algo peor: indiferencia. Como si la vida ya no importara.
Soltó la piedra como si quemara.
Rodó por el suelo y se quedó quieta. Latía. Latía. Latía.
Cael se acostó y se tapó la cabeza con la manta.
No durmió bien.
Pero esta vez, antes de que la pesadilla viniera, escuchó algo nuevo:
*“Todavía no estás listo... pero pronto...“*
Cael abrió los ojos de golpe.
La habitación estaba vacía. La piedra, en el suelo, ya no latía.
Pero él sabía, con una certeza que no podía explicar, que nada volvería a ser igual.
Y por primera vez en mucho tiempo, sonrió.
No porque estuviera feliz. Sino porque, después de todo, había sobrevivido.
Y había aprendido.
*O sobrevivo o aprendo.
Hoy había hecho las dos.
-FIN
AUTOR:
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