El dragón blanco

Summary

Min Yoongi es un príncipe que no encaja. Un omega de cabello platinado en una familia de alfas. Protege su orgullo con una lengua afilada y se niega a ser el trofeo sumiso que el Rey espera. Su desprecio encuentra un objetivo cuando conoce a Kim Taehyung, un caballero que, tiene la osadía de derribar del caballo al príncipe heredero, Hoseok, frente a todos. Yoongi lo odia al instante y se promete a sí mismo que será él quien ponga de rodillas a ese alfa.

Status
Ongoing
Chapters
58
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

El polvo del valle tenía un sabor amargo, como el del papel viejo. Yoongi tiró de las riendas de su semental negro, obligándolo a mantener el paso lento detrás de la litera de su padre. Odiaba la lentitud del viaje, odiaba la tela que le rozaba el cuello y, por encima de todo, odiaba la forma en que el sol hacía brillar el oro en el estandarte que abría la marcha.

Adelante, donde el camino se ensanchaba, el dragón dorado de cuatro garras ondeaba contra el cielo pálido. El fondo negro de la bandera parecía absorber la luz, pero el dragón, ese reptil de cuatro dedos que proclamaba su herencia de príncipes, relucía con una arrogancia que sentía como una herida abierta en la nuca.

Hoseok cabalgaba a la vanguardia. Desde su posición, Yoongi solo veía el brillo de su cabello negro, tan oscuro como el de Namjoon y Jungkook, que flanqueaban al heredero. Su primo y sus hermanos formaban un muro de alfas perfectos, una barrera de hombros anchos y mandíbulas firmes que el pueblo saludaba con vítores.

Yoongi, en cambio, era un destello de nieve en un mar de luto. Su cabello platinado, que parecía haber sido forjado en una mina de plata, ondeaba sobre su túnica de viaje. Era el único rastro que quedaba de su padre alfa, un recordatorio de que la sangre de los Min podía ser tan pálida como el hielo y tan fría como el acero.

—Deja de mirarlos como si quisieras degollarlos, Yoongi —la voz de Jin llegó desde el interior de la litera.

El príncipe giró la cabeza. Su padre omega lo observaba a través de las cortinas. Jin vestía ropajes negros, un luto eterno que no solo era por su esposo, sino por el hermano que debería haber sido rey. La corona de heredero debería haber descansado sobre sus sienes si las leyes no fueran dictadas por los alfas, pero ahora pertenecía a Hoseok.

—No los miro a ellos —mintió el príncipe, regresando la vista al camino—. Miro el estandarte. Está mal tensado.

Jin soltó un suspiro cansado y sacó una mano para acariciar la brisa, indicándole a su hijo que se acercara. Yoongi espoleó suavemente a su caballo hasta quedar a la par de la ventana de la litera.

—Hoseok es la cara del reino —dijo su padre, estirando los dedos para acomodar un mechón platinado que se había escapado hacia los ojos de su hijo—. Él es el sol que el pueblo necesita ver. Pero tú... tú eres su escudo. No dejes que tu temperamento opaque su luz en este torneo. Si vas a pelear, hazlo con la cabeza.

—¿Su escudo? —dijo riendo secamente—. Querrás decir su sombra. El primo omega que se disfraza de caballero para que el heredero parezca más brillante por comparación.

—Eres el hijo de tu padre —susurró Jin, y por un momento, sus ojos se empañaron con el recuerdo del alfa que ya no estaba—. Él también creía que el respeto se ganaba con el filo de una espada, no con el linaje. Pero él no era un príncipe con un reino que cuidar. Escúchame bien, mañana el mundo verá a Hoseok ganar el favor de las damas y los lores. Tú solo necesitas ganar la justa. No busques gloria. Que nadie tenga nada que decir sobre tu casta cuando dejes a sus campeones en el barro.

El príncipe no respondió. Se limitó a inclinar la cabeza, una negativa silenciosa que su padre leyó perfectamente. Él no quería silencio. Quería que el estrépito de su lanza al romper el escudo de un alfa resonara hasta en la capital.

El trote de un caballo interrumpió la tensión. Hoseok se había desprendido de la vanguardia y regresaba hacia ellos con esa sonrisa que parecía capaz de calentar el valle entero. Al frenar junto a ellos, una ráfaga de viento arrastró su esencia. Un olor penetrante a tabaco y madera oscura. Su cabello negro estaba perfectamente peinado, a pesar de las horas de cabalgata, y sus ojos brillaban con un entusiasmo que al príncipe siempre le resultaba agotador.

—¡Próxima parada, la Fortaleza del Gran Señor Park! —exclamó su primo, colocándose al otro lado de Yoongi—. Dicen que los barriles de vino ya están abiertos y que las damas omegas de la casa han cosido favores para todos nosotros. ¿Qué dices, Yoongi? ¿Crees que alguna se atreva a darte su pañuelo a ti o seguirán teniéndote miedo?

—Solo un imbécil querría un trozo de tela estorbando en su armadura, Hobi —respondió el príncipe sin mirarlo—. Los favores no desvían las lanzas.

El heredero dejó escapar una carcajada y le dio una palmada en el hombro, una muestra de afecto que el otro soportó con los músculos tensos.

—Siempre tan romántico. Namjoon está allá adelante analizando el mapa por décima vez y Jungkook está contando cuántas flechas le quedan. Parecen un pelotón de fusilamiento en lugar de una comitiva real. Deberían relajarse. Habrá bailes, música y tal vez alguna alianza política que no requiera derramar sangre.

—He oído que el Señor de estas tierras ha traído caballeros del Sur —interrumpió Yoongi, ignorando las menciones a los bailes—. Dicen que montan caballos más ligeros y que sus lanzas no son de fresno. ¿Sabes quiénes son? ¿Alguna casa menor con hambre de gloria?

Hoseok suspiró, su sonrisa flaqueando un poco ante la insistencia de su primo.

—No lo sé, Yoongi. Supongo que habrá de todo. Hidalgos pobres, segundones buscando fortuna... el tipo de gente que cree en las canciones de caballería. Pero nadie que pueda tocar a un Min, ¿verdad?

—La complacencia es lo que tira a los reyes de sus monturas, primo —sentenció Yoongi—. No me importa quién sea el favorito de las damas. Me importa quién tiene el brazo lo suficientemente firme para no temblar cuando me vea venir.

Hoseok lo miró un largo segundo, su expresión suavizándose. S

—A veces olvido que eres el más feroz de nosotros cuatro —dijo en voz baja antes de espolear a su caballo de vuelta al frente—. ¡Nos vemos en las puertas!

La llegada a la fortaleza fue un despliegue lleno de hipocresía que hizo que al omega se le revolviera el estómago. Miles de campesinos y nobles de menor rango se agolpaban a los lados del camino, inclinando la cabeza ante el paso del dragón dorado. Los murmullos corrían como la pólvora, una marea de voces que apenas podía filtrar.

—Allá está el heredero... es tan apuesto como dicen... —decía una mujer.

—Mira al de cabello blanco... ¿Es el príncipe omega? —susurró un noble local a su esposa—. He oído que está un poco loco. Dicen que el Rey le permite justar solo porque su padre lo consiente.

—Es una aberración —respondió otro, creyendo que el ruido de los cascos ocultaba su voz—. Un omega con espada es como un perro con corona. Tarde o temprano, la naturaleza pondrá a cada uno en su lugar.

El príncipe apretó las riendas de cuero hasta que los nudillos le ardieron. Su mirada se clavó en el noble que había hablado, un hombre gordo envuelto en pieles baratas. No le gritó, ni sacó su daga. Simplemente lo observó con sus ojos agudos, fríos y cargados de una promesa de violencia que hizo al hombre palidecer; que retrocedió un paso, perdiéndose entre la multitud.

Una vez dentro de los muros de la fortaleza, el caos del recibimiento se disipó en la eficiencia de los criados. Namjoon y Jungkook se encargaban de supervisar el aposento de su padre y la seguridad del heredero. Los banquetes de bienvenida estaban listos; el olor a carne asada y vino especiado empezaba a flotar en el atardecer.

Yoongi no entró al gran salón. Mientras las antorchas se encendían y la realeza se preparaba para lucir sus prendas, él caminó en dirección opuesta, hacia el ala de los establos y el armamento. Donde el ambiente era más honesto; olía a paja, a sudor de caballo y a aceite.

Se detuvo frente al pabellón real, pero no entró. Se quedó parado de espaldas a la fiesta, con las manos entrelazadas detrás de la cintura. El sol se estaba ocultando, tiñendo el cielo de un naranja sangriento que hacía que su cabello blanco pareciera encendido, una llama fría contra la oscuridad que empezaba a devorar el campo de justas.

Desde la colina de los establos, el campo se veía desierto, con las vallas de madera marcando las líneas de lo que sería una carnicería, un baile de caballos y hombres hambrientos. Yoongi lo observó en silencio, ignorando la música que empezaba a sonar en el castillo. Sabía lo que vendría. Sabía que todos vitorearían a Hoseok, que celebrarían la gracia del heredero y la fuerza de su hermano mayor.

Él tendría que luchar el doble. Tendría que ser el doble de rápido, el doble de cruel. Tendría que arrancar el respeto de las gargantas de esos alfas que lo miraban con asco por encima de sus copas de vino.

Un viento frío sopló desde el valle, agitando su cabello. Yoongi exhaló un suspiro que se convirtió en una nube de vapor.

—Pronto —susurró para sí mismo, sus ojos fijos en el punto exacto donde la arena se encontraba con la oscuridad.

Se dio la vuelta y entró en la penumbra del establo, buscando su lanza. En la oscuridad, lo único que brillaba era su cabello, como una promesa de que, incluso en la noche más cerrada, el hielo de los Min nunca se derretía.