Mientras el otro duerma

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Summary

Max Aldana nunca quiso vivir la vida de su hermano. Mucho menos casarse en su lugar. Cuando el heredero de la familia desaparece tras un escándalo y cae en coma, Max acepta suplantarlo para evitar la ruina. Solo tiene que sostener la mentira el tiempo suficiente. Aprender a moverse como él. A hablar como él. A ser él. Pero Valentina no estaba en el plan. Criada entre silencios, vigilada bajo la excusa de una enfermedad que nadie termina de nombrar, Valentina ha aprendido a no hacer preguntas. Hasta que empieza a notar que el hombre que tiene enfrente no es el mismo que le escribía esas cartas. Los gestos no coinciden. La mirada tampoco. Y sin embargo, es la primera vez que alguien realmente la ve. Dos personas atrapadas en una mentira que empieza a pesar más de lo que pueden cargar. Porque enamorarse bajo un nombre prestado no es solo una traición. Es una trampa: cuanto más real se vuelve lo que sienten, más cerca están de destruirlo todo. Y cuando la verdad salga —y va a salir— ninguno de los dos va a salir ileso. Una historia de identidades robadas, secretos que heredamos sin querer y un amor que nació en el lugar más equivocado posible.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: El domingo de Maximiliano.


El domingo empezaba, para Maximiliano Vidal, con el sonido de una puerta que se cerraba.

No era un portazo. Las mujeres que llegaban al penthouse del edificio Vidal Tower sobre la avenida Libertador no daban portazos: estaban demasiado bien educadas para eso, o demasiado esperanzadas, o ambas cosas, que en el fondo vienen a ser lo mismo. Era un cierre suave, casi discreto, el tipo de sonido que hace una puerta cuando quien la cierra todavía guarda la ilusión de que el ruido de su partida podría volverlo a despertar.

Maximiliano no abrió los ojos.

Escuchó los pasos sobre el parquet —tacones altos, ella los había dejado puestos toda la noche, lo cual decía algo sobre la clase de noche que habían tenido— y después el silencio, y después nada más. Esperó treinta segundos contando con los dedos debajo de la almohada, una costumbre que tenía desde los veinte años y que nunca le había fallado: si en treinta segundos no escuchaba el regreso de los pasos, se había ido de verdad.

Se había ido de verdad.

Abrió un ojo. La luz de las nueve de la mañana entraba oblicua por los ventanales que iban del piso al techo, esa luz de Buenos Aires en marzo que tiene algo de desvergüenza, que lo ilumina todo sin pedir permiso. El dormitorio era grande como una pista de tenis, decorado por una interiorista sueca que había cobrado el equivalente al PBI de un país pequeño y había llenado el espacio con muebles de líneas rectas, telas de lino crudo y el tipo de arte abstracto que nadie entiende pero todo el mundo respeta. En la mesita de noche del lado izquierdo había una copa de vino vacía, una cartera de charol negro que se había olvidado —o dejado— y tres almohadas desacomodadas.

Se sentó en la cama. Era domingo.

El domingo, en la cosmogonía particular de Maximiliano Vidal, no significaba descanso ni misa ni almuerzo familiar. Significaba la reunión semanal con sus estados de cuenta, una hora en el gimnasio del piso quince, y si el tiempo acompañaba, un par de horas en el club con Rodrigo Bustamante, que era la única persona en Buenos Aires capaz de hacerle reír con suficiente frecuencia como para tolerar su compañía.

Se levantó en calzoncillos, fue al baño, se cepilló los dientes mirándose en el espejo con la misma expresión evaluadora con que miraba los balances: ¿cuánto rinde esto, cuánto cuesta mantenerlo, cuándo conviene vender? Cuarenta y cinco minutos después estaba duchado, afeitado y vestido con pantalones de gabardina gris y una camisa blanca con los primeros dos botones desabrochados. Se sirvió café negro en la cocina —una cocina que usaba principalmente para el café y para calentar medialunas— y se asomó a la terraza.

Buenos Aires en domingo tenía una quietud que la semana no podía permitirse. La avenida Libertador abajo se extiraba hacia el río invisible detrás de los edificios, y la ciudad dormía todavía esa especie de sueño culposo del sábado a la noche, el tipo de sueño que tiene resaca. Desde los dieciséis pisos de altura, las copas de los plátanos de la plaza Mitre parecían un mar verde tranquilo. Una mujer paseaba un perro blanco diminuto. Un chico en bicicleta doblaba la esquina. El cielo era de ese azul pálido de principios de otoño que en Buenos Aires dura aproximadamente dos semanas antes de que llegue el frío de verdad.

Maximiliano tomó el café. Pensó, sin querer, en la mujer de la noche anterior.

¿Cómo se llamaba? Cecilia. No: Celeste. Celeste algo, estudiante de diseño o de comunicación, que había conocido en el cóctel de la galería de arte de la calle Arroyo donde había ido porque Rodrigo le había dicho que el dueño de la galería quería hablar de una inversión. La inversión había resultado ser una idea mediocre disfrazada con lenguaje de moda, pero Celeste —o Cecilia— había resultado ser exactamente lo que el miércoles necesitaba. Alta, con ese pelo rubio oscuro de raíz un poco descuidada que Max encontraba vagamente erótico, y con la costumbre de reírse cubriendo la boca con los dedos, lo cual le parecía encantador las primeras dos veces y levemente irritante la vigésima.

Habían pasado cuatro días juntos con la lógica informal de esas semanas que empiezan sin intención de serlo: el jueves en su cama, el viernes en Osaka porque ella quería sushi, y el sábado en el penthouse con la botella de Château Pichon Baron que él guardaba para ocasiones que lo merecieran y que ahora, con la claridad que da el domingo y el café negro, reconocía como un error de cálculo.

No la iba a llamar.

No era crueldad. Era economía emocional, una distinción que Maximiliano Vidal había aprendido de la manera más cara posible, tres años atrás, con una mujer cuyo nombre todavía le producía algo parecido a un cortocircuito en el esternón. Desde entonces había establecido reglas claras: nunca más de una semana, nunca dejarse llevar por el impulso de abrir el Château Pichon, y nunca —jamás, bajo ninguna circunstancia— creer que lo que sentía en el tercer día se parecía a algo que valiera la pena conservar.

Había sobrevivido tres años así. Era un método imperfecto pero funcional.

Entró, dejó la taza en el lavadero, tomó el teléfono y marcó el número de Rodrigo.

—¿Sabés qué hora es? —contestó Rodrigo con voz de haber dormido exactamente cuatro horas y media.

—Las nueve y veinte. ¿Estás vivo?

—Biológicamente. En términos de funcionamiento motor, todavía por verse. ¿Qué querés?

—Club. A las doce. Almorzamos y después tenis.

Un silencio. Maximiliano podía imaginar a Rodrigo mirando el techo de su departamento en Palermo, calculando si tenía energía suficiente para levantarse o si era más razonable volver a dormir.

—¿Pagás vos? —preguntó Rodrigo.

—Siempre pago yo.

—A las doce estoy. —Una pausa. — ¿Viniste solo o tenés que esperar que se vayan?

—Ya se fue.

—¿Fue bien?

—Lo suficientemente bien.

—Ese es el criterio más triste del universo, Max.

—A las doce, Rodri.

Cortó antes de que Rodrigo pudiera decir algo más, lo cual era siempre lo más eficiente con él. Rodrigo Bustamante tenía una teoría sobre las relaciones sentimentales de Maximiliano que repetía con variaciones cada vez que tenían más de tres cervezas, y que básicamente sostenía que Max era un hombre que había confundido el miedo con la libertad y que eso tarde o temprano le iba a salir caro. Max pensaba que Rodrigo había visto demasiadas películas italianas y que debería concentrarse en sus propios desastres amorosos, que eran sustanciales y variados.

Volvió a la terraza. Abajo, en la ciudad, Buenos Aires seguía existiendo con su indiferencia habitual. Un colectivo de la línea 130 doblaba despacio por la esquina. Las palomas en la cornisa del edificio de enfrente hacían lo que hacen las palomas, que es no hacer nada de manera muy ruidosa. El perro blanco de la señora ya había desaparecido.

Maximiliano Vidal miraba su ciudad como si le perteneciera, porque en gran medida le pertenecía, y pensó que era un domingo bastante decente y que no tenía ninguna razón para sentir lo que sentía, que era una especie de vacío difuso, del tipo que no duele exactamente sino que zumba, como un fluorescente que está a punto de fundirse.

No le dio importancia. Nunca se la daba.

Era muy bueno en eso.


El Club de Polo de la Ciudad de Buenos Aires, que los socios llamaban simplemente el Club y los no socios llamaban de otras maneras, ocupaba quince hectáreas de Palermo con la serena convicción de quien sabe que el espacio no es un lujo sino un derecho. Había canchas de tenis inmaculadas con tribunas de madera verde, una piscina que sólo se usaba en temporada alta, un restaurante con manteles blancos almidonados donde el servicio era invisible en el buen sentido, y una barra larga con taburetes de cuero marrón desde donde se podía ver el primer campo de polo a través de los ventanales.

Rodrigo Bustamante ya estaba en la barra cuando llegó Max, con un Campari soda que parecía todavía sin tocar y una expresión de hombre que ha cruzado la ciudad en remise haciendo un esfuerzo sobrehumano.

—¿Campari? ¿A las doce del mediodía? —dijo Max sentándose.

—Es rojo. Mi cuerpo necesita algo rojo. —Rodrigo se quitó los anteojos, los limpió con la punta de la camisa, los volvió a poner.— Tengo una resaca de categoría médica, Max. No me juzgues.

—¿Qué pasó anoche?

—Lo que siempre pasa cuando Fede Morales organiza algo: cerveza, gin, y en algún punto de la noche alguien saca un bajo eléctrico y todo se va al carajo. —Hizo una pausa.— La amiga de Gisela era lindísima, por cierto.

—¿Y?

—Y era la novia de alguien. De Fede, específicamente, que es la combinación más inconveniente posible. —Rodrigo tomó el Campari con un aire de mártir.— ¿Cómo estuvo tu noche?

—Celeste.

—¿Ese es su nombre o una descripción del cielo?

—Su nombre.

—Ah. —Rodrigo giró en el taburete para mirarlo de frente, lo cual con sus anteojos le daba un aire de biólogo estudiando una especie interesante.— ¿Y la vas a volver a ver?

Max no respondió. El mozo se acercó y Max pidió agua mineral y el menú.

—No —dijo Rodrigo—. Claro que no.

—¿Pedís algo o seguís con el psicoanálisis?

—Las dos cosas son compatibles. —Rodrigo abrió el menú sin mirarlo porque se lo sabía de memoria.— ¿Sabés cuántas mujeres llevás en lo que va del año?

—¿Me vas a dar un número?

—Siete. Y estamos en marzo. A este ritmo para diciembre llegás a veintiocho, que es estadísticamente una mujer cada trece días, lo cual es —

—Rodrigo.

—¿Qué?

—Pedí el lomo.

Rodrigo cerró el menú. —El lomo —le dijo al mozo que se había materializado silenciosamente junto a la barra.

—Igual que él —agregó Max.

El mozo se fue. Rodrigo tamborileó los dedos sobre la barra de madera lustrada.

—¿Cómo está tu hermano? —preguntó, con el tono con que uno pregunta cosas que no son las que realmente quiere preguntar.

Algo en los hombros de Maximiliano se tensó levemente. Lo suficiente para que Rodrigo, que lo conocía desde los catorce años, lo notara.

—No sé —dijo Max.— Bien, supongo. No hablamos hace dos semanas.

—¿Dos semanas?

—Tuvimos... una discusión.

—¿Sobre ella?

Maximiliano miró al mozo que atendía el otro extremo de la barra. Miró el campo de polo vacío a través del ventanal, con el pasto todavía húmedo de la noche anterior. Miró su vaso de agua.

—No quiero hablar de eso —dijo.

—Santi está saliendo con Camila —dijo Rodrigo, que nunca había entendido exactamente el concepto de tema cerrado.— Todo el mundo lo sabe, Max. Los vieron en el Alvear la semana pasada.

—Dije que no quiero hablar de eso.

—Lo sé. Lo digo igual porque creo que si no lo decimos en voz alta se va a quedar ahí pudriéndose y —

—Rodrigo. —La voz de Maximiliano no subió ni un decibel. No necesitó hacerlo.

Rodrigo levantó las manos en un gesto de rendición. Volvió al Campari. Hubo un silencio que duró lo que tarda un hombre en decidir que es más sano hablar del tiempo.

—¿Tenis después del almuerzo? —preguntó Rodrigo.

—Tenis.

—Te voy a ganar.

—No me vas a ganar.

—No te voy a ganar —confirmó Rodrigo, con la dignidad de quien ha aceptado una verdad desagradable.— Pero un hombre puede soñar.

Los lomos llegaron. Afuera, sobre el primer campo, un mozo de cuadra cruzaba con una manguera al hombro, el vapor de su aliento visible en el aire de la mañana. Los plátanos del borde del campo tenían esas primeras hojas amarillas que en Buenos Aires anuncian el otoño con tres semanas de anticipación, siempre impuntuales, siempre inevitables.

Maximiliano Vidal comió su lomo, escuchó a Rodrigo hablar de la amiga de Gisela con el entusiasmo moderado de quien relata una batalla que perdió, tomó dos tazas de café doble, y en ningún momento pensó en Camila Reyes ni en su hermano Santiago ni en el hueco en el esternón que no dolía sino que simplemente estaba ahí, como una habitación a la que uno ya no entra pero tampoco termina de cerrar.

Era muy bueno en eso.

El martes siguiente, a las siete y veinte de la mañana, el teléfono del penthouse sonó tres veces seguidas, y cuando atendió era la voz de su abuelo, Don Rodrigo, que le dijo: «Necesito verte. Esta noche. Solo. Es urgente».

La voz del abuelo tenía algo diferente. Algo que Maximiliano, en veintinueve años de escucharla, no supo identificar de inmediato.

Tardó todo el día en entender que era miedo.