CAPÍTULO 1
Me he enamorado de alguien a quien considero superior. Es extraño para mí, porque siempre que he presenciado esos, para mí, falsos sentimientos llamados “amor”, he pensado que no eran más que una elección conveniente.
¿Por qué los llamo falsos? Porque así los entiende mi persona: elegir a alguien y amarlo; alguien que, por lo general y casi como requisito implícito, debe ser inferior a uno mismo.
¿Inferior en qué aspecto? Eso depende de las propias carencias. Si la preocupación es el dinero, se busca a alguien por debajo del nivel socioeconómico; si es la estética, se elige acorde a ella.
En mi caso, todas esas barreras se han roto. Ella es hermosa, de una belleza que deslumbra apenas se asoma por el rabillo del ojo.
He lidiado con este estado de enamoramiento por un tiempo y la he observado con atención, tanta como me ha sido permitida, sin intención de sonar ególatra. No lo soy, ni de cerca. No me considero el protagonista de nada.
Pero ella parece brillar sin esfuerzo…
Eso, su inteligencia, es lo que más me desconcierta. Me inquieta que no haga ningún intento por demostrarla. O tal vez me asusta pensar que sí lo hace, pero de una manera tan sutil que me resulta difícil captarla.
Porque eso implicaría que no solo es inteligente, sino que se mueve en un nivel distinto de inteligencia.
Ahora me encuentro muy feliz. He tenido la inusual, por no decir imposible, oportunidad de tenerla muy cerca, a unos dos cuerpos de distancia. Sí, estoy, sin ningún tipo de dudas, contento. Mis oídos no escuchan bien lo que dice, pero su voz… oh, su voz, tan suave como la recuerdo.
Estoy inmóvil.
¿Cómo he llegado a esta situación?
Mi corazón debe estar latiendo a unas mil revoluciones por minuto, pienso, envolviendo mis dedos alrededor de mi muñeca. No hay pulso. No lo siento. Pienso brevemente. Cierto: ella me estaba contando algo importante. Dirijo mi atención hacia ella con rapidez.
Sus ojos grandes están posados en mí. Su ceño fruncido. Jamás la había visto de esa manera. Esa expresión fue lo primero, hasta ahora, que se ha sentido… real.
-¿Me pusiste atención? -exclamó, algo molesta, aunque sabía que no había reproche en sus palabras.
-Lo siento, estaba distraído por un momento.
-¿Distraído? Eso no es común. O al menos no lo es que lo admitas.
-Es que sentí un déjà vu -dije, mientras mis ojos recorrían el lugar: una pequeña laguna con un puente de madera que la cruzaba por el centro, rodeada por una barandilla que bordeaba la masa de agua. Junto a mí, un banco. Ella estaba sentada allí y, en ese momento, se puso de pie y dio un paso hacia mí. Contuve la respiración.
-¿Un déjà vu? Tal vez te hablé tanto del libro que terminé rompiendo tu sentido de la realidad -dijo, con los ojos fijos en mí, mientras una sonrisa descarada pero sutil aparecía lentamente en su rostro.
Ahí está, pensé. Gracias a Dios. Así era ella: sin temor a mostrar, ni siquiera a exagerar, sus emociones. Otra cosa que me gustaba.
-Es posible. He repasado tantas veces las palabras de El Hobbit que acabé mezclándolas con mi propia vida -respondí, más relajado, siguiendo su broma. Así nos entendemos.
-Entonces finalmente te ha acabado gustando~ -afirmó, casi en tono musical.
-Sí, me ha gustado bastante. Tal vez… hasta me ha vuelto, de alguna manera, más valiente.
Fui sincero, en parte. Lo cierto es que solo leí ese libro, más de una vez y con mucha atención, porque sabía que era su favorito. Creo que se puede conocer bastante bien a alguien descubriendo y analizando lo que ama. Todos tenemos esos gustos que, por algún motivo íntimo, nos definen. Quería encontrar en el libro las razones de su cariño por él. Quería conocerla.
-Más valiente… -repitió, con esos mismos labios-. Algo así como yo.
-¿Como tú? -pregunté, repitiendo ahora yo.
-Como yo. Esto aún no te lo he contado -dijo, haciendo una breve pausa. Desvió la mirada, que hasta entonces había estado en constante contacto con la mía, pero la regresó casi de inmediato-. Conocí el libro hace varios años, justo antes de entrar a la academia de danza. Me hubieras visto en ese momento: mi cuerpo temblaba y el estómago se me contraía de los nervios. Seguramente estaba tan pálida que habrías salido corriendo al ver mi lúgubre cara -dijo, soltando una pequeña risa que no pude acompañar-. Iba a convivir con más gente, a tener clases con otras personas. Quería hacerlo, pero tenía miedo.
Justo ese día decidí leer El Hobbit. Aún faltaban algunos días para que empezaran las clases. Y lo que encontré ahí… me cambió. La forma en que Bilbo salió de su zona de confort, ese valor que tuvo… Si él pudo, pensé que yo también podía, aunque apenas lograra sostenerme en pie de los nervios. Pero ¿qué más da? ¿Cómo se habrá sentido Bilbo al enfrentarse a una araña gigante en la oscuridad? Yo podía ver. Eso ya era una ventaja, ¿no?
Esa era su razón.
Una razón tierna, que dio frutos.
Ella ahora era, efectivamente, una bailarina talentosa. No me imagino cuánto debió esforzarse. Es valiente. Me alegro por ella. Creo que, después de escuchar aquello, el libro me pareció aún mejor. Claro, conmigo no fue nada parecido. Pero al saber que era una parte indiscutible de su vida, también quise que fuera parte de la mía.
No dije nada. No había nada que pudiera decir; aún estaba digiriendo sus palabras, su confesión.
Ahora podía sentir mi corazón. Latía de manera desbocada. Respiro profundamente para calmarme, pero en su lugar se siente como si mis pulmones cubrieran mi corazón, o más bien como si le dieran estocadas intermitentes con cuchillos de hueso sin filo.
-Esa es una confesión nueva -me apresuré a decir.
Ella tenía los ojos puestos en mí, observando cómo mi pecho se inflaba de manera irregular y cómo secaba mis manos sudadas en el pantalón de forma disimulada. Naturalmente, yo me daba cuenta de todo, pero me era imposible controlarlo.
-¿Te ha sorprendido? Después de todo, no soy tan perfecta como todos piensan, ¿no? -dijo, con una voz suave, casi insegura.
Tenía razón. No existen seres humanos perfectos. Pero ella, ante mis ojos, en ese momento, se veía más perfecta que nunca.