Amor Con Sabor A Café by May Rodriguez at Inkitt
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Amor con sabor a café

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Summary

Cuando le dicen a Armand que ha heredado una pequeña cafetería, pensó que tendría dinero fácil. Trabajando junto a Sean, aparece Gabriel, un joven que cada sábado ocupa la misma mesa junto a la ventana… el cual está lleno de secretos. La tranquilidad de Armand no tarda en tambalear cuando comienza a notar que ser el dueño de una cafetería, no es tan simple como su abuela lo hizo parecer. Pese a los problemas a su alrededor, Armand deberá decidir a quién abrir su corazón, ya que Sean también se ha convertido en una persona importante. Y aunque estaba decidido a no darle una segunda oportunidad al amor... ¿Podrá decidirse por alguno de ellos?

Status
Ongoing
Chapters
11
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

Aroma a pasado

El sonido de la cafetera rota fue mi bienvenida, otra vez, como si quisiera recordarme que este lugar no piensa hacerme la vida fácil.

—Genial… —murmuré, dándole un golpecito y convencido de que reviviría por arte de magia. No pasó nada, claro.

La cafetería de mi abuela huele a polvo viejo mezclado con canela, y el suelo cruje cada vez que lo camino como si quisiera quejarse conmigo. Las paredes están llenas de fotos antiguas y estanterías torcidas; parecen guardar secretos que nunca me interesaron, aunque ahora me tocan de cerca. Es muy hermoso y el ambiente es acogedor; sin embargo, yo no pedí nada de esto, es más, me obligaron; mi padre con su cara seria me entregó las llaves y dijo que me hiciera cargo, sin opción de negarme.

Me dejé caer en una de las sillas del rincón, mirando cómo la luz de la tarde atravesaba las cortinas amarillentas; afuera el pueblo seguía igual de lento, como si el tiempo estuviera dormido.

Odio las cafeterías aesthetic- vintage desde que Marcus me rompió el corazón en un lugar así. Tantos meses de entregarlo todo, para descubrir que me estuvo engañando semanas atrás. ¡Siempre es lo mismo! Te hablan como si fueras su enemigo, y después, solo te confiesan la verdad cuando descubres que tiene otro celular con cientos de mensajes que no podría repetir sin vomitar. Con esto, juro que no volveré a amar a nadie y menos a hombres atractivos, porque esos son los peores.

Así comienza mi vida de celibato. Pero, aunado a todo mi drama, este lugar me trae otros buenos recuerdos. Solamente tengo una semana al mando y cada día que pasa, es un recuerdo nuevo que creí olvidado.

Entonces, el timbre de la puerta sonó, sacándome de mis recuerdos, y pensé que sería otro vecino con ganas de criticar la decoración, pero no; era un chico que entró sin titubear, se sentó en la mesa junto a la ventana y sacó un libro, un cuaderno y un bolígrafo. Ni siquiera me miró, lo cual ya era extraño; porque aquí todo el mundo se fija en quién está dentro, y más cuando no saludas como si fueras de la familia.

—¿Quieres algo? —pregunté, arrastrando las palabras más por deber que por interés.

—Un té negro, por favor —respondió él, con una voz tranquila y segura, casi como si llevara toda la vida pidiéndomelo.

Lo anoté en una libreta arrugada que encontré en el mostrador, aunque tuve que rebuscar entre cajas para encontrar el té. Mientras lo servía, no pude evitar mirarlo de reojo; parecía de mi edad, tal vez un poco mayor, con el pelo oscuro cayéndole sobre la frente y esa expresión de quien se siente en casa en cualquier sitio. Estaba tan concentrado en lo suyo que ni siquiera se dio cuenta de mis intentos fallidos por hacer funcionar la máquina.

Había algo raro en él, y no en un mal sentido, más bien en esa calma que yo no tenía y en el modo en que parecía inmune al ruido y a mi cara de fastidio. Se lo serví sin más escándalos y me retiré.

Mientras esperaba que el chico probara el té, me quedé apoyado en el mostrador y sin darme cuenta empecé a perderme entre recuerdos.

De niño solía correr entre estas mismas mesas, escondiéndome detrás de las sillas mientras mi abuela reía y fingía buscarme. Recuerdo sus manos siempre tibias, oliendo a café recién molido, y la forma en que me dejaba probar un sorbo de leche espumada como si fuera un premio. Cuando el local se llenaba, yo ayudaba a llevar vasos de agua a las mesas, creyendo que era el trabajo más importante del mundo; y al final del día, cuando cerrábamos, nos sentábamos en la ventana a ver pasar la gente mientras compartíamos un trozo de pastel que no se vendió en el día.

Todo eso parecía tan lejano ahora, como si no hubiera sido yo el que lo vivió, sino otro chico más feliz, menos enredado en las expectativas de un padre que nunca está conforme con nada.

—¿Está bien? —la voz del cliente me sacó del trance.

Me di cuenta de que lo había estado observando demasiado tiempo, siguiéndolo con la mirada sin querer; él me miraba también como si hubiera notado mi distracción. Sentí un calor incómodo subirme al cuello.

—Ah… sí, perdón —balbuceé, girándome rápido hacia la cafetera estropeada, fingiendo que tenía algo importante que revisar—. Es que… pensé que el té tal vez estaba demasiado fuerte.

No sé si se creyó mi excusa, pero lo escuché reír suavemente, y esa risa ligera quedó flotando en el aire más tiempo del que debería.

Después, me mantuve ocupado en cualquier cosa que encontré: limpiar tazas, ordenar las servilletas, incluso intentar que la cafetera funcionara aunque sabía que estaba perdida. Cualquier excusa servía para no volver a cruzar su mirada. Aun así, cada tanto sentía ese cosquilleo extraño en la nuca, como si supiera que él me observaba de reojo, aunque fingía estar muy concentrado en su cuaderno.

El tiempo pasó más rápido de lo que esperaba. Cuando levanté la vista otra vez, el sol ya caía detrás de los tejados del pueblo y la luz entraba dorada por la ventana. El cliente comenzó a irse, pero antes de salir por la puerta, me miró una vez más y sonrió, como si me estuviera agradeciendo algo que ni yo entendía.

El timbre de la puerta sonó detrás de él y de pronto la cafetería quedó en silencio. Me encontré sonriendo solo como un idiota, porque no tenía ni idea de por qué me había importado tanto que sonriera.

Apagué las luces una a una y caminé entre las mesas, pasando la mano por los respaldos de madera, y llegó otro recuerdo de cómo, de niño, me quedaba dormido en una de esas sillas mientras mi abuela contaba el dinero de la caja. Ahora era yo quien debía contarla, aunque apenas hubiera lo suficiente para sentir que el negocio respiraba.

Me apoyé en la puerta antes de salir, mirando hacia la calle vacía y nunca pensé que me quedaría atrapado en un pueblo tan pequeño, mucho menos al mando de una cafetería olvidada.

Mientras caminaba a mi casa, recordé que mi padre estuvo al mando de la cafetería seis meses, apenas lo suficiente para convencer a todo el pueblo de que seguía en buenas manos. Luego, como siempre, decidió por cuenta propia que yo “necesitaba hacerme cargo de algo en serio” y me entregó las llaves con instrucciones: horarios, proveedores, cuentas, todo escrito en una libreta que parecía más un manual militar que una guía de negocio. Al menos no me dejó solo del todo, tengo dos empleados: uno que hace las diligencias y otro “multiusos” llamado Sean, que recibe la mercancía, limpia y hasta arregla cosas cuando se rompen… y que cuando nos presentaron, creí que quería matarme, porque comenzó a respirar como un Bulldog con asma.

Les pago un sueldo que es casi simbólico, pero suficiente para lo poco que hacen; después de cubrir recibos, impuestos y demás, todavía me queda una diferencia considerable para mí, lo que no está mal para alguien que pensaba que este lugar sería una ruina.

Al llegar a casa, suspiré. De nuevo a dormir y despertar para continuar con la rutina otra vez. Sin embargo, no lo admití en voz alta, pero ya estaba esperando que mañana él volviera a sentarse en la misma mesa junto a la ventana.

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Good Writing

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Compelling Plot

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Great Character

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Strong Dialog

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author

Me encanta como inicia la historia es prometedora

4 months
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