Capítulo 0
Una delgada pero firme mano golpeteó con fuerza la puerta rompiendo el silencio de la noche. El eco de los nudillos contra la madera parecieron más que urgentes. No se trataba de ninguna llamada amable, sino de una exigencia.
–¡Abre! ¡Maldición! ¡Abre de una puta vez!–
Adentro, la respiración de Sun-Li se volvió errática, como si el aire se hubiera vuelto espeso y difícil de tragar.
Chao Zeng estaba ahí, de pie, con dos puños a sus costados, la mandíbula apretada y sus ojos cargados de tormenta.
–Señor Chao…–
Apenas puso un pie adentro, él la arrastró hasta la pared del pasillo de entrada, sujetando su cabeza con los dedos cerrados de su mano, tirando de su cabello, e hiriéndola con toda intención.
–¡¿Cómo te atreves a largarte del evento sin mi permiso?!– gritó sin siquiera hacer el esfuerzo por contenerse. Su voz resonó en todo el departamento.
La joven mujer intentó mantenerse firme a pesar del miedo que sentía. No lo consiguió del todo. Tembló plenamente ahí pegada a su ofuscado pecho.
Abrió la boca para responder pero ninguna palabra salió de sus labios. El terror que le tenía estaba siempre ahí. Jamás la abandonaba. Se instalaba en su estómago, un nudo frío que no podía deshacer. El sonido de esa voz masculina la atravesaba como cuchillos, la dejaba sin aliento, sin espacio para defenderse.
El eco de los gritos se colaba por cada rincón de su mente, apretándola entera. La angustia se multiplicaba porque lo conocía bien, sabía de todo lo que era capaz cuando la rabia lo dominaba.
–¿Qué pasa, niña tonta?– Zeng sonrió malévolo, todavía sin soltarla. Bajó el tono de voz pero no la fuerza de su agarre. La tenía cerca, muy cerca porque así le gustaba que estuviera. –¿Todavía no has entendido que me perteneces? Todas las decisiones sobre ti las tomo yo, ¿me escuchas? ¡Solo yo!–
Lo siguiente que hizo fue hundir su boca en el frágil y femenino cuello, empezando a devorarla con besos húmedos, atrayéndola todavía más hacia él.
Sun-Li no pudo evitar reaccionar y mostrar resistencia. Se arqueó para poder esquivar dicho contacto.
–¡No, por favor! ¡Así no!– le suplicó pero ninguno de sus ruegos valdría de nada. Los dos lo sabían. Ella buscaba una salida que no existía.
Zeng soltó una risa que la heló y después deslizó con agresión sus labios hasta cubrir los suyos. La sujetó atrapándola y le clavó la erección en el abdomen.
Decir que estaba muy excitado era poco. Él siempre la deseaba de aquella manera, feroz y salvaje. Lo ponía a cien demostrar el dominio y poder que tenía sobre ella.
La chica dejó de resistirse simplemente porque era en vano el esfuerzo.
Cerró los ojos y tan solo dejó que continuara.
Las frías manos se metieron bajo su camisón, y le rodearon los muslos, después fueron más allá haciéndola soltar un traicionero gemido.
Sun-Li se estremeció y a Zeng le pulsó el pene de lujuria y ardor.
–Me perteneces… Grábatelo bien y jamás lo olvides…– volvió a besarla con intensidad, sin piedad. Después la miró de nueva cuenta. Sus ojos centellaron con algo peligroso. –Me has desobedecido, y eso vas a tener que pagarlo–

En punto de la medianoche, el heredero Chao decidió que era hora de marcharse, y mientras terminaba de abotonarse la camisa, el silencio era su único lenguaje.
Su mirada no buscó los ojos avellana de su bella amante. Se mantuvo inexpresivo. Ya no había en él aquella furia inicial, sino solo esa indiferencia que dolía más que cualquier otra cosa.
En su cama, mientras sujetaba esa sábana blanca meticulosamente para ocultar su desnudez, Sun-Li lo miró, esperando… una palabra, un gesto, cualquier cosa, algo.
Pero Zeng simplemente tomó su cartera, su reloj y su celular. Abrió la puerta, listo para marcharse. Sin despedirse. Sin mirarla. Sin decir una sola palabra.
El golpe seco al quedarse sola, resonó en el pecho, más fuerte que cualquier adiós. El silencio que quedó fue incluso más cruel que su presencia.
La joven no se movió al principio. Se quedó ahí, consciente de que nunca volvería a ser ella misma, de que su cuerpo no le pertenecía, como si aún esperara que él regresara… Deseando que lo hiciera, pero a sabiendas de que no lo haría, al menos no con amor ni con ternura.
Sin aviso alguno las lágrimas comenzaron a caer. No sollozos ruidosos, y tampoco gritos, sino más bien un llanto suave y roto que solo emitían quienes habían aprendido a sufrir en silencio.
Se rodeó con los brazos y tembló haciendo verdaderos esfuerzos para evitar deshacerse por completo, pero las lágrimas siguieron resbalando por lo largo de su rostro. Los recuerdos la abordaron.
Casi cuatro años habían transcurrido ya.
Cuatro años siendo su sombra, su refugio secreto, su desahogo y su prisión. Cuatro años esperándolo en la oscuridad.
Acababa de cumplir dieciocho años cuando llegó a Chao Global Enterprise. Había llegado con la ilusión del futuro colgando y un formulario entre las manos, buscando postularse a un programa de créditos estudiantiles que solicitaban en la universidad. Sin embargo por alguna razón que aún no podía explicarse, no había sido dirigida a una oficina académica, sino al piso más alto, a tomar la vacante como asistente del vicepresidente ejecutivo, quien además era hijo del CEO.
Lo vio por primera vez desde el umbral de la elegante oficina del piso treinta y uno. Estaba de pie, de espaldas a la puerta, con una postura recta, imponente. Llevaba un traje oscuro perfectamente entallado, el saco colgando con elegancia sobre sus hombros. A través del ventanal se colaba la luz de la ciudad, bañando su silueta en un resplandor severo. Cuando se giró, el aire pareció detenerse, y ella pudo ver que Chao Zeng no era simplemente atractivo, sino magnético.
Con una altura mayor al promedio, y veintinueve años, a Sun-Li le pareció como sacado de una revista. Tenía los pómulos altos y definidos, cincelados en piedra, y una mandíbula fuerte que hablaba de autoridad. Su piel era clara, pero no pálida, y contrastaba con el castaño oscuro de su corto pelo, perfectamente peinado hacia atrás. Pero habían sido sus ojos los que la habían dejado impactada. Negros y calculadores, observaban con una calma que asustaba. No tenían ternura, ni curiosidad, ni siquiera desdén. Solo frialdad, como si midiera el mundo en términos de utilidad.
El mundo había parecido detenerse en cuanto posó esos ojos sobre los de ella.
La jovencita había sentido que su corazón daba un potente vuelco. De pronto, se había sentido incapaz de decir que estaban cometiendo un error, que ella no era más que una estudiante, sin nada que la avalara como profesionista.
Él tampoco había dicho nada. Tan solo la había escaneado con mirada rápida, evaluando un objeto nuevo en su escritorio.
La habían contratado de inmediato, y extrañamente sin pedirle papeles. Ese día se había convertido en secretaria personal del presidente, quien en solo cuestión de días había pasado a tomar el cargo mayor, luego del retiro de su anciano padre.
Aunque su jefe no la miraba y ni siquiera la llamaba por su nombre, Sun-Li se sintió comprometida a hacer su trabajo con la mayor eficacia desde el inicio, pasando a ser una sombra obediente dentro del edificio de cristal. Todo marchando de aquel modo hasta que una mañana algo terminó por torcerse…
Su padre, Fang Gu, había buscado verse con el flamante y nuevo presidente, sin que ella lo supiera. Y había suplicado por un préstamo en nombre de su hija, argumentando necesitar la fuerte cantidad para un tratamiento médico de su otro hijo.
Con una sonrisa burlona, Zeng le había respondido que no era un maldito centro de caridad y tampoco un banco. Pero entonces, descarado y sin escrúpulos, Gu había utilizado la carta que siempre había cuidado tan bien, hasta que llegara el momento oportuno. Y ese lo era.
–¡Le ofrezco a mi hija! Ah que es una preciosidad, ¿cierto? Usted puede verla aquí a diario. Es tan sumisa como un corderito. Además… no ha conocido varón aún, todavía es una hembrita pura, si sabe a lo que me refiero. Una noche con ella puede valer lo que le pido y hasta más. Pero si no está interesado… No se preocupe, ya encontraré a alguien más…–
–¡No atreva a ofrecérsela a nadie más!– la voz de Zeng había hecho que los ventanales de la oficina temblaran. Ya no mostraba aquella expresión helada, sino que en su rostro había algo distinto, oscuro. –Acepto su oferta. Pero no quiero solo una noche. Le propongo un trato, Fang...–
Y así sin más, su padre y su jefe habían negociado su cuerpo y su inocencia como vil mercancía.
–¡¿Cómo pudiste, papá?!– le había recriminado incrédula. El dolor, la decepción, el enojo y la indignación reflejados en su voz rota, en su humedecida mirada. –¡Soy tu hija!–
Pero Gu no se había mostrado avergonzado ni arrepentido.
–Tu hermano necesita ese maldito tratamiento tan costoso– había respondido como si fuera una excusa suficiente. –¡Tú sabes que yo haría lo que fuera por salvar a mi hijo!–
Sun-Li se había quedado muy quieta entonces. Adoraba a Xi-Riu, su hermano mayor, pero su padre siempre había hecho diferencias entre los dos. Mientras su hijo varón era su adoración, y su más grande orgullo, ella no era más que ese error por el cual su esposa había muerto en la sala de partos el día de su nacimiento.
–Conseguiré el dinero en otro lado– había dicho ella como respuesta final.
Después de confrontar a su progenitor se había ido directo al corporativo. Sus manos temblando al cerrar los dedos en dos puños, apretándolos como si así pudiera encontrar la valentía que le faltaba.
Frente a la puerta, había sentido cómo el estómago se le encogía. El nombre dorado grabado en la placa le parecía más amenazante que nunca. CEO (執行長)
–Adelante–
Zeng no se levantó de su asiento al recibirla, ni siquiera había levantado la vista para verla.
–Señor Chao...– comenzó, su voz quebrándose y ella esforzándose por sonar firme.
Un silencio denso se había instalado en el aire. Su garganta se había cerrado casi por completo, y el miedo la había estado abrazando sin piedad alguna.
–¿Sí?–
–Esta es mi carta renuncia. No puedo estar de acuerdo con el... trato que usted y mi padre hicieron a mis espaldas. Es por eso que debo dejar esta empresa hoy mismo–
Zeng no había respondido nada durante unos cuantos minutos. Su expresión gélida.
–¿Por qué no estarías de acuerdo, Sun-Li?– le había preguntado poniéndose de pie y quedando frente a frente.
Por unos segundos ella no había sido capaz de hablar. Titubeó demostrando entonces ser débil y vulnerable.
–P...porque... porque no es correcto. Usted... usted es mi jefe. Es mucho mayor que yo–
–Y sin embargo eso no ha sido impedimento para sentirte atraída hacia mí, ¿cierto?– la sonrisa la había dejado paralizada al igual que sus palabras. –Desde luego, me he dado cuenta de cómo me miras–
Las mejillas femeninas habían ardido con vergüenza. A ella no le había quedado otra opción más que bajar la mirada y guardar silencio.
Al ver que no respondía, el presidente se había apresurado a continuar.
–No veo cuál sea el problema si dos personas se sienten atraídas, y comienzan una relación–
Sun-Li había levantado el rostro sintiendo una gran impresión, el corazón latiéndole con mucha más fuerza.
–¿Yo… yo le parezco atractiva?– en ese entonces ella había sido tan inocente, tan ingenua que no había entendido todavía el poder que podría poseer solo por su exquisito y jovial cuerpo, y lo deslumbrante que era su rostro.
Ah, pero Zeng no había estado dispuesto a decírselo. Tan solo se había hundido de hombros.
–Bueno… Eres bonita, claro. Nada especial, pero bonita a final de cuentas–
Sun-Li no comprendió.
–Si piensa que no tengo nada especial… ¿Entonces por qué quiere…. ¿Por qué quiere hacer “eso” conmigo?–
Con otra calculada sonrisa, él había ido acercándosele con lentitud para poder así tomarla del mentón en una caricia frívola.
–Porque soy hombre– había contestado como si eso lo explicara todo. –Y uno muy ocupado. A veces necesito, ya sabes, descargar algo de tensión, y tú eres perfecta, siempre estás aquí, al alcance de mi mano. Los dos saldríamos ganando, tú y tu familia serían muy bien beneficiados. Yo podría darles todos esos lujos que jamás han tenido–
Aquella declaración la había afectado demasiado, pero fueron sus manos las que la hicieron sentir que se quemaba.
–No queremos ni necesitamos lujos. Si mi padre lo buscó fue solo a causa de la leucemia de mi hermano–
Al parecer de Zeng, aquel desgraciado de Fang Gu no solo quería el tratamiento del chico, sino más, mucho más. No le quedaba duda de que era un maldito vividor y un oportunista. Sin embargo se ahorró sus comentarios, a final de cuentas a él le convenía, y mucho todo aquel asunto. Iba a obtener eso que tanto había deseado… A la dulce, hermosa y virginal Sun-Li. Su obsesión desde el primer día en que la vio.
–¿Ya te lo pensaste bien? ¿Cuál es tu respuesta definitiva, dulzura?–
Ella había permanecido estática, los pensamientos yendo de un lugar a otro en su interior. Sintiéndose profundamente frustrada.
–Lo lamento– había negado mientras caminaba hacia la puerta tras su espalda. –No puedo hacerlo…–
Sun-Li había huido casi corriendo hasta la entrada de aquel importante emporio, con una sola idea latiendo en su cabeza… No volver ahí jamás. Sin embargo antes siquiera de que hubiera conseguido llegar al primer piso, su celular había comenzado a sonar insistentemente con el número del doctor Qin.
Ver ese nombre en la pantalla la había hecho responder de inmediato.
–¿Doctor, pasa algo? ¿Cómo está mi hermano?–
–Soy tu padre, niña. Estoy en el hospital. El doctor me prestó su celular porque de otra forma no ibas a responderme. Xi-Riu ha sufrido un paro respiratorio esta mañana. Consiguieron restablecerlo, pero esto puede volver a ocurrir en cualquier momento. Necesitamos que empiece el las quimioterapias ya mismo–
–Quiero hablar con el doctor Qin–
–Lo que dice su padre es cierto, y lo lamento mucho. Tememos que el paciente no pase con vida de esta noche. Necesitan dar autorización para iniciar su tratamiento, o de otro modo… tendrán que llevárselo de aquí. El hospital se deslindará de toda responsabilidad ante la posibilidad de que fallezca–
Solo con escuchar esas palabras de voz del propio médico, Sun-Li había sentido que nada importaba más que la vida de su hermano, su compañero de la infancia, su mejor amigo.
–Pídale a mi papá que firme lo que haya que firmar. Yo me encargaré de pagarlo, pero por favor, ya no se demoren más–
Así, con el alma hecha trizas, la pobre y desolada jovencita se había visto obligada a regresar a la oficina de aquel hombre, siendo muy consciente de que nunca más volvería a ser la misma, de que Chao Zeng iba a destruirle el corazón de todos los modos posibles.
Y como si ya la hubiese estado esperando, él había estado ahí, al frente de su escritorio, sentado sobre la planicie y mirándola atentamente.
–¿Y bien?– arqueando una ceja con prepotencia, había empezado por cuestionarla.
Ella ni siquiera lo había estado mirando a la cara, sus ojos avellana nadaban en el brillo de sus lágrimas, pero tomó el aire que necesitaba para poder responderle.
–Acepto el trato, señor Chao–
Zeng había sonreído apenas.
–Quítate la ropa ahora mismo, Sun-Li…–
Aquella había sido su primera vez. Su primera experiencia con el sexo. Un acto meramente elemental, casi primitivo. Sin palabras dulces, y tampoco ningún tipo de consideración o ternura.
Las manos masculinas no habían temblado al tocarla, no habían buscado acariciarla ni admirarla, solamente habían tomado.
El encuentro había sido breve, silencioso, sin alma. Nada más que un choque de cuerpos. Sin besos, sin miradas.
Ella había permanecido quieta, contenida, con sus ojos cerrados esperando a que terminara mientras transportaba su mente hacia otro lugar, a uno donde el techo no fuera tan blanco, a donde no se sintiera tan vacía.
Él no había pronunciado su nombre siquiera. No había dicho nada al respecto. No le había preguntado si se encontraba bien, aún menos había notado sus lágrimas.
Desde aquel entonces, trabajaban juntos hombro a hombro como presidente y asistente. Y también compartían cama, pero no amor. Solo rutina y sumisión. Durante cuatro largos años.
Lo peor de todo era que lo amaba.
No sabía cómo había pasado. Ni cuándo. Quizás había sido en uno de esos silencios entre una orden y otra, cuando lo había visto bajar la mirada por un segundo y parecer humano. O tal vez cuando rozaba su mano sin querer y su piel temblaba.
Todavía no era capaz de entenderlo, pero había sido un día de aquellos cuando había dejado de odiar sus encuentros y había empezado a esperarlo, había empezado a mirar su rostro buscando señales de algo más, a justificar sus gritos y su frialdad, a soñar con una versión de él por seguro nunca existiría.
Había sido una estúpida por demasiado tiempo, pero lo quería, de verdad lo hacía. Aunque doliera y la destruyera.
Beijing era inmensa. Ruidosa. Viva. Llena de luces que se alzaban como constelaciones artificiales sobre una ciudad que nunca parecía dormir. Para Dago Kento, sin embargo, todo era nuevo, abrumador y a la vez maravilloso.
Caminaba por las calles con su vieja mochila al hombro y un paso firme que desmentía el vacío de su billetera. Tenía apenas lo suficiente para subsistir esa noche y, si la suerte lo permitía, dormir bajo un techo. Pero en sus ojos brillaba una convicción limpia, sin grietas. Estaba allí por un sueño, y eso lo hacía sentir invencible.
Sus zapatos desgastados lo habían llevado, como por instinto, hasta el corazón de la ciudad deportiva. Al fondo, iluminado por reflectores que aún parpadeaban sobre el césped, se alzaba el estadio de los Dragons. Inmenso. Majestuoso. Casi sagrado.
Luego de admirarlo por largos minutos, se detuvo frente al corporativo anexo, Chao Global Enterprise, cuyas paredes de vidrio reflejaban el brillo de los carteles publicitarios y el eco del siempre glorioso equipo local. Sabía que a esa hora ya todo estaría cerrado.
Era casi medianoche, pero planeaba volver al amanecer. Esperaría cuanto hiciera falta. Solo necesitaba que lo vieran, que le dieran una oportunidad. Una sola.
Se acercó lentamente, con reverencia, como si estuviera frente a un templo, y exhaló largo, como queriendo soltar de golpe los kilómetros recorridos, el cansancio.
El camino desde Nozawa, su natal pueblo en Japón, hasta China, había sido más que pesado. Llevaba seis días viajando, de aventones en carreteras, también en un sinfín de autobuses, y lo más duro, en una balsa y después en un barco que le había costado la totalidad de sus ahorros, pero por fin estaba ahí y solo por eso cada cosa había valido la pena.
Entonces metió la mano dentro de su camiseta y sacó la medalla de plata que colgaba de su cuello. Era antigua y gastada en los bordes. Había pertenecido al abuelo Kento, un pescador silencioso y valiente en su juventud, un hombre que podía mirar una tormenta de frente y no parpadear. Se la había dado a su hijo, Haruto quien a su vez era su padre. Él se la había entregado la noche antes de partir, colocándosela con manos temblorosas y voz baja.
–Para que no olvides de dónde vienes, y hasta dónde puedes llegar– le había dicho con lágrimas y emoción paternal.
Ahí en su presente, Dago la besó, cerrando los ojos. Sintió una punzada en el pecho. No de tristeza, sino de fe. De esas que ardían bonito.
–Voy a lograrlo– susurró al aire de la noche. –Papá, mamá, abuelo… Se los prometo–
Se quedó un rato más, mirando el estadio con la devoción de un niño frente a un sueño hecho piedra y acero. No tenía contactos, ni padrinos, ni garantías. Solo sus ganas, su talento, y una historia por escribir. A sus veinticinco años recién cumplidos, después de tantas caídas, aún conservaba algo que muchos ya habían perdido. La capacidad de creer. Y eso, en su mundo lo era todo.
Con una última mirada al letrero del equipo, dio media vuelta y se alejó calle abajo, buscando algún lugar donde descansar aunque fuesen solo unas cuantas horas.
La ciudad seguía brillando a sus espaldas. Él sonreía porque por primera vez en mucho tiempo… estaba justo donde debía estar.
Y aunque sus sueños solo hablaban de béisbol, el destino tejía en silencio algo más grande y completamente imprevisto. En ese país desconocido, lo esperaba un cruce inesperado que podía cambiarlo todo. Algo que Dago no sabía que necesitaba. Algo que no estaba buscando, pero que terminaría por darle un nuevo sentido a todo su existir.