Todo tuyo bajo la luz de la luna

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Summary

Un picnic bajo el atardecer, un roce accidental de manos. Andrew y Cameron, amigos de siempre, sienten por primera vez que algo ha cambiado. Entre risas por viejos recuerdos, el aroma a tierra mojada y el silencio cargado de promesas, la cercanía de años se transforma en deseo lento y ardiente. Caricias sutiles, pelaje erizado y latidos que se aceleran... hasta que ya no pueden fingir que solo son amigos. Una historia de amor tierno, slowburn y pasión que quema despacio hasta explotar.

Genre
Lgbtq
Author
Zimbus
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Todo tuyo bajo la luz de la luna

La tarde era pura caricia, cargada con ese aroma profundo a tierra mojada que solo el bosque conoce. Yo, Andrew, me dejé caer sobre la manta, siguiendo con la mirada el vuelo perezoso de un ave, mientras Cameron se ensimismaba en retirar el papel de aluminio de un sándwich de atún con una concentración casi absurda.

No sabía si lo hacía por evitar mi mirada o si, de verdad, aquel envoltorio era lo más fascinante del mundo en ese momento.

—¿Vas a comértelo o estás empezando una colección de trofeos de aluminio? —bromeé, incapaz de frenar la sonrisa que se me escapaba.

Su risa brotó como el sonido de una campana de bronce cálida y profunda, instalándose directamente en mi pecho. Al levantar la vista, sus ojos azules tan magnéticos chocaron con los míos.

—Depende —respondió con un brillo de picardía en la mirada—. ¿Tienes algo más interesante que un sándwich de atún para el postre?

Me hice el pensativo, tocando mis labios con la punta de mi dedo.

—Mmm... veamos... ¿Qué tal una buena historia? Como aquella vez que te bañaste en café y empezaste a dar saltos gritando. Dijiste que te habías distraído porque viste "algo hermoso".

—¡Oye! —protestó él, aunque su sonrisa lo delataba—. Eso fue hace siglos, y ese "algo hermoso" eras tú. Me perdí mirándote, eso es todo. Pero tú no eres ningún santo.

—¿Qué me dices de cuando te quedaste encajado entre las ramas por mirar al cielo? Parecías un lobo posando para una revista... hasta que la rama dijo “ni lo sueñes, guapo".

Nuestras carcajadas estallaron al unísono, perdiéndose entre los árboles. Por un instante, el tiempo se detuvo y el sol, estaba en su descenso lentamente empezando a dibujar sombras alargadas sobre la hierba, tiñéndolo todo de oro.

Entonces, casi por accidente, su mano recorrió la manta y sus dedos rozaron los míos, fue un contacto tan fugaz que por un segundo dudé de mis sentidos. Pero el calor que prendió en mi pelaje y el vuelco súbito de mi corazón me confirmaron que era real.

Cameron no se alejó, se quedó allí, con la mirada perdida en el horizonte, fingiendo que nada había sucedido. Mi mirada recorrió su mandíbula tensa y la punta de sus orejas, que se agitaron de una forma casi imperceptible, la sonrisa en mi hocico se hizo más profunda, con un movimiento lento y deliberado, llevé mi mano sobre la suya, mis dedos se entrelazaron con los suyos, sin decir una palabra, tomé su mano y la puse sobre mi pecho, justo ahí donde mi pulso latía con fuerza.

Su reacción fue el regalo que esperaba: sorpresa, seguida de una vulnerabilidad que nunca había visto. El calor de mi cuerpo y el latido desbocado lo desarmaron, sus ojos, antes juguetones, se suavizaron por completo, aquel silencio no fue incómodo; fue como un pacto, un refugio tan cálido y seguro como el sol que se hundía tras el bosque.

Caminamos de vuelta a casa bajo la luz del atardecer y nosotros seguíamos unidos por ese hilo invisible que era el roce de nuestras manos. No era un agarre firme, sino un entrelazado suave, como si nuestras palmas buscaran fundirse la una en la otra.

De vez en cuando, el pulgar de Cameron acariciaba el dorso de mi mano, enviando descargas eléctricas por toda mi columna y yo le respondía de la misma forma, era una conversación privada para la que no hacían falta palabras. El silencio era la certeza de saber que estábamos exactamente donde debíamos estar.

—¿Te acuerdas de aquel picnic? —preguntó de pronto.

Sonreí, dejando que el recuerdo me inundara.

—¿El día que nos cayó la tormenta y tuvimos que refugiarnos en la cueva? Acabamos comiendo sándwiches helados mientras veíamos la lluvia.

—Te quitaste la camisa para secarte —murmuró Cameron, y su voz se volvió más baja e íntima—. No sabía cuánto me gustaba la lluvia hasta ese día.

Sentí el calor subir a mis mejillas, aunque ya hacía frío. Mi corazón se aceleró al recordar la escena, el recuerdo de mi pelaje mojado y el de él ofreciéndome su camisa para secarme, no era solo la camisa; era su mirada, su cuerpo tan cerca del mío, su calor.

—¿Estás sugiriendo que debería mojarme más seguido? — Dije con un toque de burla en mi voz.

Cameron soltó una risa ahogada y se inclinó hacia mi oreja. Sentí su aliento caliente.

—Quizás... o tal vez te estoy diciendo que hay algo en la lluvia que me hace quererte cerca.

El camino se volvió más estrecho, nuestros pasos se hicieron más lentos y la tensión entre nosotros era una cuerda tensada al máximo, una electricidad que hacía vibrar el aire. No era momento de hablar, solo de sentir, al llegar a casa, la luna ya estaba en su punto más alto del cielo.

Cameron abrió la puerta pero se detuvo en el umbral sin soltarme, nuestras miradas se cruzaron de nuevo, ya no había bromas. Solo la quietud de saber que algo estaba a punto de cambiar.

Se acercó más y no retrocedí; me limité a absorber el calor de su cuerpo. El roce de nuestros hocicos fue una caricia casi etérea, y por un segundo, el mundo dejó de girar.

Más tarde, nos hundimos en el sofá, con los hombros apenas rozándose mientras una música suave y relajante de jazz llenaba la estancia. Mi mano seguía presa en la suya, sentí cómo su pulgar trazaba círculos lentos en mi piel, mi pulso comenzó a calmarse y me di cuenta de que no nos habíamos soltado desde el picnic.

—¿Te divertiste? —susurró.

—Más de lo que imaginaba — respondí, mirándolo a sus ojos que estaban fijos en mí y la luz cálida hacía que el azul en ellos se viera aún más profundos.

—Me alegra —dijo él, sonriendo.

El silencio regresó, me acomodé dejando que mi brazo rozara el suyo. El contacto del pelaje me hizo estremecer, apoyé la cabeza en su hombro y él no se movió; al contrario, pareció encajar conmigo. La tensión del exterior se disolvió en una cercanía pura y sencilla.

—He recordado algo más del picnic —dijo Cameron, mirándome de reojo.

—¿Ah, sí?

—Te quedaste dormido en mitad de todo y tuviste el sueño más ruidoso que he oído nunca. Soñabas con un banquete gigante de bellotas. Te oí decir: "Más bellotas, por favor".

Solté una carcajada.

—¡Lo había olvidado! Es… ridículo.

—Sí, lo es —asintió él con ternura.

Pero me encantó, te veías tan en paz y tan feliz. Sentí mis mejillas sonrojarse, la forma en que lo dijo, la calidez en su voz, no era una burla él lo dijo como si fuera el recuerdo más dulce del mundo luego se recostó en el sofá y me jaló suavemente para que también me recostara. Mi cabeza se apoyó en su hombro, Cameron puso su brazo alrededor de mí el contacto es natural, su mano que sostenía la mía, ahora estaba en mi pecho.

Cameron no se había movido, nos quedamos así en silencio, la música de fondo era el único sonido donde no había necesidad de hablar, solo la sensación de su abrazo alrededor de mí, ambos nos sentíamos cómodos y seguros, es la calma antes de la tormenta.

Pero había algo más, podía sentir el ritmo de su corazón acelerándose, como si intentara escapar de su pecho. Entonces, sin pensarlo dos veces moví mi hocico, la posé en el suave pelaje de su cuello, justo debajo de la oreja, sentí un escalofrío que recorrió su cuerpo.

Mi propia respiración se hizo más lenta y más profunda, el aire cálido de mis fosas nasales escapó rozando su pelaje, pude sentir cómo los pequeños pelos de su cuello se erizaban en respuesta a una reacción instintiva que le excitó más.

Con la punta de mi hocico, tracé una línea imaginaria desde su cuello hasta su mandíbula, mis manos se movieron de las suyas hacia su pecho explorando con suavidad el ritmo de su corazón. Sentía el latido bajo mis dedos, un golpeteo fuerte y ansioso.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó en un susurro casi inaudible, una mezcla de sorpresa y rendición.

—Solo... sintiendo —respondí, con la voz más quebrada de lo que esperaba.

Me moví de nuevo y esta vez, mi hocico rozó su mejilla, el calor de mi aliento parecío incendiar su piel, se quedó petrificado, entregado a mis caricias. Sus ojos azules brillaban con un deseo innegable, me acerqué más eliminando cualquier rastro de distancia entre nuestros cuerpos.

—Estás... —su voz se quebró. Tomó aire y terminó en un tono mucho más bajo—Me estás volviendo loco.

Sonreí contra su piel pero no dije nada, seguí explorando, del cuello a la oreja, una y otra vez, su respiración se volvió errática. Me separé apenas un centímetro para mirarlo a los ojos, había algo allí que me gritaba que esta noche sería distinta, me incliné y le soplé al oído:

—Todo tuyo.

Fue una invitación y promesa, su mano, apoyada en mi espalda, se cerró suavemente sobre mí, el mensaje es claro, él quería que me entregara por completo.

—Eso me gusta —jadeó, con la voz ronca.

El aire se había vuelto denso, cargado de una electricidad imposible de ignorar, cameron me sujetaba con una mano en mi espalda mientras la otra tocaba mi mejilla, nuestras respiraciones se fundieron en una danza lenta y el mundo exterior se desvaneció, dejando solo el jazz de fondo y el latido salvaje de nuestros corazones. No habló, pero sus ojos lo dijeron todoy con una lentitud deliberada, se inclinó y rozó con sus labios la punta de una de mis orejas, un temblor me recorrió desde las almohadillas de las patas hasta la frente.

Fue una caricia tan leve que apenas existió, pero la intención era demoledora. Su aliento cálido resbaló por mi mejilla, y entonces, la punta de su lengua emergió, trazando un camino lento y sugerente desde mi pómulo hasta la curva de mi cuello un suspiro entrecortado escapó de mis labios.

Sentí mi propio pelaje erizarse bajo su tacto, cada caricia era como una descarga, una promesa silenciosa que hacía vibrar cada fibra de mi ser, el contraste de su lengua cálida contra mi piel era exquisito; una exploración sin prisas que me dejaba sin aliento.

Mis manos se movieron por instinto: una recorrió su pecho, sintiendo el galope de su corazón; la otra se hundió en el suave pelaje de su espalda, acariciándolo con urgencia. Se detuvo en la base de mi cuello, su aliento aún quemando.

—¿Se siente bien? —susurró.

Mi respuesta fue un gemido ahogado, un sonido que se disolvió en el aire. La pregunta era retórica; mi cuerpo ya estaba gritando la respuesta, sentí su lengua detenerse un instante, presionando con suavidad antes de continuar, más lento y profundo, hacia la piel sensible tras mi oreja.

Cada roce me empujaba más hacia el abismo. Momentos después, sus labios encontraron el lóbulo de mi oreja, succionando con delicadeza.

—Me gustas tanto... —vibró su voz contra mi oído. Era pura seda ahora, teñida de un deseo que me consumía.

Tras los besos en el sofá, compartimos un instante de silencio que nos puso en pie, sus ojos cargados de promesas, buscaron los míos. No hacían falta más palabras y la tensión que había chisporroteado toda la noche se convirtió en una marea que nos arrastraba, al abrir la puerta del dormitorio, nos recibió un aire cálido y la luz de la luna filtrándose por la ventana. La cama, amplia y desordenada, creaba una atmósfera de confesión.

Me giré para mirarlo, su silueta se recortaba contra la claridad, las orejas alerta, los ojos fijos en mí. Se acercó sin prisa, el roce de su pelaje contra el mío volvió a erizarme. Sus manos, firmes pero delicadas, encontraron el nudo de mi camisa.

Con un movimiento fluido, la deslizó fuera de mis hombros. El aire fresco sobre mi piel desnuda se sintió eléctrico, él hizo lo mismo con la suya, ahora, sin barreras, nuestros cuerpos se entrelazaron como si hubieran estado esperando este momento toda la vida.

El colchón cedió suavemente bajo nosotros, el calor de su cuerpo contra el mío era como una melodía conocida. Cameron se deslizó sobre mí, sus manos expertas recorriendo mi espalda, trazando cada curva, cada músculo tenso por la anticipación. La punta de su nariz rozó mi cuello, su aliento cálido perdiéndose en mi pelaje.

Cerré los ojos, saboreando cada matiz, nuestras respiraciones se sincronizaron en un ritmo compartido que llenó la habitación. Había una urgencia contenida, un deseo que crecía con cada roce una pequeña sonrisa algo pícara, curvó sus labios; un gesto que contrastaba con la intensidad de su mirada.

Sus caderas se movieron apenas un susurro, un roce intencionado que me hizo jadear, la tensión era un hilo de plata a punto de romperse.

—¡Acércate!—susurré.

El movimiento fue casi imperceptible, pero su cuerpo se presionó contra el mío, su calor era un incendio. Sentí su respiración acelerada fundirse con la mía. Y entonces, en ese instante de cercanía absoluta, tomé la iniciativa, mis labios buscaron los suyos en un beso robado, intenso y hambriento, mi lengua buscó la suya, explorando cada rincón, reflejando toda la tensión acumulada.

Él respondió con la misma pasión, sus manos aferrándose a mi cintura, profundizando la conexión, el mundo exterior dejó de existir. Solo estábamos nosotros, en ese abrazo, en ese beso que lo decía todo sin pronunciar una sílaba, nuestros alientos se fundieron en uno solo, nuestros corazones latían como un tambor rítmico en el silencio de la alcoba. Fue un momento de entrega total, donde todas las barreras que habíamos alzado durante tanto tiempo se disolvieron por fin.

Nuestros labios se separaron con un suspiro compartido, abrí los ojos lentamente y encontré los suyos. Una pequeña sonrisa se asomó en su rostro, todo se sentía seguro e íntimo, la cama era nuestro refugio y el lugar donde podíamos ser nosotros mismos, sin máscaras ni miedos.

Sabía que esto no era el final, sino un comienzo hermoso y prometedor, la emoción, aunque contenida, seguía vibrando bajo la superficie; una chispa lista para prender de nuevo al menor contacto.

Cerré los ojos una vez más, saboreando el instante, lo que acabábamos de compartir era solo un preludio de cuán profundo podíamos llegar... y yo estaba ansioso por recorrer cada paso del camino.