Prologo
Antes de que todo ardiera, ya algo se había apagado en ella.
El verano llegó con un silencio demasiado limpio.
Uno de esos que engañan. Que te invitan a cerrar las cortinas, a preparar té con tilo y manzanilla y a creer —aunque sea por minutos— que el mundo afuera sigue siendo el mismo.
Pero Emma ya sabía que no lo era.
Lo sentía en la médula desde que Frank dejó de sonreír. Desde que Mika comenzó a dormir sin que nadie cantara. Desde que el álbum de fotos se convirtió en un ritual… y no en un recuerdo.
Ese día —el primero— no empezó con gritos.
Comenzó con una casa vacía, con el vapor de la infusión flotando sobre la mesa, con el crujido suave del sofá al sentarse. Y terminó con sangre. Con carne rota. Con una anciana que ya no era anciana. Con Mia dejando de gritar. Y con Emma al volante, con el alma entumecida y la voz quebrada, diciendo:
“No llores, amor… por favor, hazlo por mami.”
Nadie avisa cuándo empieza el fin del mundo.
Pero a Emma le bastó ver esos ojos.
Los de la anciana.
Los de Mika.
Los suyos reflejados en el retrovisor.
Tan abiertos que ya no sabían si lo que miraban seguía vivo.
Así comenzó.
Así terminó.
El mismo día.
En la misma mujer.