Prólogo
Nuestra historia comienza donde empiezan todas las historias: con la venida al mundo de un bebé.
Eran las 23:53, el hospital se encontraba iluminado tenuemente por las luces nocturnas. En el pasillo, un hombre de cabellos castaños esperaba atento al nacimiento de su hijo o hija, su tercer bebé, al que dos hermanas aguardaban en casa.
Grande fue la sorpresa del hombre al ser llamado a la sala de parto y descubrir que no había nacido uno, sino dos niños gemelos. Un niño respiraba tranquilamente mientras su madre lo cargaba en el brazo izquierdo, y una niña lloraba a todo pulmón, revoloteando con fuerza en el otro, bastante vigorosa para ser una recién nacida.
Este nacimiento era esperado por la gente de dos pueblos: el de los magos y el de los demonios, ya que sus reyes habían logrado concebir a dos nefilim que los guiarán como gobernantes.
A pesar de que el rey mago ya tenía herederos, la llegada de ambos niños fue bien recibida porque tenían herencia demoníaca y humana, por eso se decidió que ellos gobernarían.
Los demonios serían liderados por el niño y los magos por la niña, para que en un futuro ambos pueblos fueran uno solo y sus culturas pudieran mezclarse con naturalidad.
Pero la maldad acechaba, y la paz de ambos pueblos se vería perturbada cuando, una noche, uno de los infantes desapareció: el niño, el segundo en llegar al mundo, que desapareció de la cuna donde dormía cómodamente.
Se sabía que este bebé no poseía las aptitudes mágicas de su padre, pero aun así era un miembro de la realeza. Su desaparición dejó un gran dolor en ambos pueblos.
Se desplegaron operativos de búsqueda a lo largo de todo el país, no hubo piedra que no fuera removida para encontrar al joven príncipe, pero la búsqueda fue en vano.
Sin su príncipe, ambos pueblos solo tendrían un líder. La madre de ambos niños sufrió una pena terrible, pero prometió descargar su furia sobre aquel que hubiera osado apartar a su hijo de su lado.
Mientras tanto, en la salida de un drenaje, el príncipe dormía, pero el hambre interrumpió su apacible sueño y el bebé comenzó a llorar.
El clima estaba por cambiar: el cielo era gris y una lluvia amenazaba con caer. Sin duda, una situación desastrosa para nuestro pequeño amigo.
De repente, como crujidos sobre la tierra, unos pasos se escucharon a lo lejos. Un hombre vestido con un blanco y elegante traje se encontró con el bebé que lloraba.
El hombre levantó al bebé en brazos y, con un chasquido, llamó la atención de su asistente que se acercó rápidamente.
—Mira qué caprichoso es el destino, tú, pequeñín, ¿no tienes un hogar, verdad? —tocó al infante en su frente y pudo conocer todos sus secretos. —¿Tu falta de capacidad mágica es la razón? No te preocupes, el tiempo pone todo y a todos en su lugar. —Nuestro misterioso amigo entregó al infante a los brazos de su asistente.
—Víctor, toma a este bebé y dile a Minerva que lo alimente —ordenó el elegante hombre—. Hay que encontrarle una familia… y sé exactamente quiénes serán los adecuados.
Era una pacífica noche en una casa ubicada en las cercanías de un bosque, donde una pareja se encontraba con su pequeño hijo. El padre, de piel morena, ojos marrones almendrados y mirada serena, estaba sentado contemplando la televisión mientras sostenía a su hijo dormido contra su pecho. La señora de la casa, una elfa de cabellos dorados, ojos verdes como esmeraldas y piel blanca y tersa, se mecía en una silla tejiendo una bufanda para su marido.
La serenidad de la noche fue interrumpida por unos golpes que sonaron con una seguridad extraña para esa hora. Creyendo que era un vecino, la mujer abrió la puerta. Lo que vio fue al hombre de traje blanco, con corbata morada y varios relojes colgando de su atuendo. Lo más llamativo era su cabello naranja y su mirada, que parecía haber visto pasar muchas eras.
El sujeto misterioso no pidió permiso para entrar, no lo necesitaba. Detrás de él venía su asistente, Víctor, cargando al bebé en brazos. Ambos caminaron hasta la sala donde se encontraba el padre con su hijo.
—Oh, Antonio, es bueno verte en casa… y ver que el pequeño Mario ya ha crecido —dijo el hombre, tocando la cabecita del bebé. Cuando la esposa de Antonio se acercó a la sala, ambos se preguntaban el motivo de la visita nocturna.
Antonio no pudo contener la duda y preguntó:
—Oh… señor Cronos, ¿a qué debemos su visita esta noche?
El hombre se tomó un momento, los miró y expresó con serenidad una petición:
—Verán… este niño fue abandonado. Lo encontré cerca de una salida de drenaje mientras buscaba una de mis tantas flores, en una situación muy deplorable… al parecer lo abandonaron por no tener aptitudes mágicas —paseó un poco por la sala y finalmente se dirigió a ellos. —Antonio, Angélica… ustedes deben ser sus padres.
El silencio inundó el lugar ante tal petición.
—Los escogí porque sé que tu sentido del deber es enorme. Después de todo, eres uno de mis cazadores más eficientes, Antonio. Viendo ese panorama, ¿quién más podría ser la persona adecuada para enseñarle buenos valores, sino ustedes? —exclamó con suficiencia y orgullo.
—Pero… ¿por qué nosotros, señor Cronos? —preguntó Antonio, mirándolo con una ceja levantada.
—Oh, mi querido Antonio, los caminos del destino… son muy inciertos… y los caprichos del mismo son misteriosos.
—No se le ocurrió nadie más, ¿verdad? —replicó Antonio, burlándose un poco de Cronos.
Cronos carraspeó y continuó con su discurso:
—Eso es irrelevante, mi querido Antonio. Lo importante es que este niño necesita un hogar, y tú eres la mejor opción.
Antonio y Angélica se rieron suavemente y asintieron, aceptando la responsabilidad de cuidar al niño.
Cronos hizo una reverencia y salió de la casa, seguido por Víctor y por Antonio, que se dirigía a cerrar la puerta.
Y así, sin quererlo, nuestro protagonista encontró un hogar que se convertiría en su refugio cuando las tormentas que le esperan en la vida se desataran y tenga que hacerles frente.