Capítulo 1. Un sueño Fortuito: Primera parte.
-¿Elyon? -La voz que le susurró estaba a su lado -. ¿Elyon? -Esta vez, junto al susurro, Elyon sintió una mano mover su hombro izquierdo; pese a aquella insistencia, él permanecía aún sumido en lo que para muchos parecería un trance-. ¡¿Elyon?!
Aquel susurro sí que lo escuchó; fue más alarmante.
-¿Ah?
Elyon parpadeó dos veces. La luz del día empezó a molestarle cuando abrió los ojos casi por completo y entrevió borrosas varias cabezas enfrente de él. Notó también la pizarra verde del fondo y al profesor en medio que escribía en ella.
-Desde la Física es posible definir al tiempo como la separación de los acontecimientos que son sometidos al cambio -decía. La tiza blanca con la que escribía hacía contraste con el saco crema que llevaba-. Sin embargo, su significado puede variar según la disciplina que lo aborda. Por ejemplo: en mecánica cuántica se entiende que el tiempo es absoluto, es decir, que es un escalar cuya medida es idéntica para todos los observadores.
Elyon dejó de prestar atención cuando sintió nuevamente aquella mano mecer su hombro izquierdo.
-¿Otra vez soñando a mitad de clase? -le cuestionó el chico de al lado.
Elyon ladeó un poco la cabeza a su izquierda y lo vio. Kaleb parecía no tener más de quince años. Tenía el pelo muy oscuro que le cubría hasta sus anteojos, y ojos rasgados, como todos los sureños. Los sureños habían venido desde Oriente Asia mucho antes de la Gran Guerra del Hambre -dicen algunos-, arribando en la parte sur de la isla que en la actualidad es conocida como Miyanari. Miyanari por el comandante Hacoto Miyanari, nombrado así por el presidente Starlin Blutle en agradecimiento a sus victorias durante la Gran Guerra del Hambre.
Kaleb llevaba un suéter de cuello redondo con una camisa blanca debajo. Casi todos los sureños vestían con suéter en cualquier época del año, ya que entre los sureños se consideraba como una elegancia muy distintiva a los del norte, aunque no todos los del sur pensaban así.
Sobre su escritorio, Kaleb tenía una copia en tapa dura de "Política para principiantes", del Miyanes sureño y socialista Tahaka Hayato. Sobre este libro descansaba su iPhone blanco.
-Elyon, ¿estás bien? -el muchacho lo miró con preocupación-. ¿Estuviste allí otra vez?
-Disculpa, Kal. ¿Cómo? -Así le llamó Elyon, aunque sabía que Kaleb era su nombre correcto. Al muchacho de ojos oscuros no le molestó para nada; se lo había permitido desde primero, cuando una tarde, mientras jugaban al ajedrez, le llamó Tyon en lugar de Elyon. Elyon era norteño, de piel a canelada.
-¿Estuviste allí otra vez? -volvió a preguntar el muchacho; hablaba con tono bajo y calmado.
-Sí. -Elyon dio la respuesta después de frotarse la mano en el párpado derecho. Tenía un corte de pelo muy bajo, con unas ondas en descenso y alto raspado a los lados. Era un corte de pelo muy común entre la gente de su edad . En realidad Elyon no era norteño por nacimiento pues habia nacido en el este de Miyanaris al igual que su difunta madre, pero sus padres eran descendientes directos de los primeros hombres en llegar a la parte norte de la Isla desde occidente, mucho antes de que llegaran los sureños, o eso es lo que dicen los libros de historia.
Kaleb no dijo ninguna otra cosa durante un instante. Él sabía perfectamente que cuando Elyon se encontraba en aquel "limbo", como le decía a veces, despertaba siempre confundido.
Elyon volvió la mirada al frente, justo en las palmas de sus manos, y las contempló: estaban pálidas y temblorosas. Aún tenía miedo.
-Así que... -suspiró mientras aún veía las tres líneas oblicuas-. ¿Era solo otro sueño? -se preguntó, como aturdido.
Otras veces él había experimentado sucesos analógicos: sueños intermitentes que ocurrían durante el día o en la noche; solía quedarse "ido en su limbo". O eso era al menos lo que le contaban sus amigos. Muchos lo clasificaban como narcoléptico; sin embargo, su terapeuta no le había dado tal diagnóstico todavía.
-¿Otra vez la chica? -la voz que intervino se escuchó detrás. Elyon volteó la mirada, posponiendo así sus pensamientos. En la otra fila, tras la espalda de Kaleb, se encontraba sentado otro chico más alto como de su edad; él también era norteño, pero de esos que tenían la piel pálida. En su cara se marcaba una sonrisa que contrastaba perfectamente con el color rosado de sus labios, el verde suave de sus ojos y el negro oscuro de su pelo rizado, algo descuidado.
-No, Caín, por favor, no ahora.
Suplicó Elyon con una mirada preocupante. Caín tampoco había nacido en el norte, pero sus padres también eran descendientes directos de esos supuestos primeros hombres en llegar a la isla.
Caín amplió ambas comisuras dejando al descubierto los dos colmillos que sobresalían entre sus dientes. Elyon le había contado también a él sobre sus sueños; Caín siempre se burlaba.
-Vamos, Lyon. ¿El mismo sueño, otra vez? -susurró inclinándose un poco hacia la oreja izquierda de Elyon-. ¿Misma chica? -inquirió, y el aliento de menta reciente, llegó hasta las fauces nasales de Elyon.-. Hermano-continuó, sonriendo tan descaradamente mientras cubría su boca con la camiseta blanca sin cuello que llevaba puesta esa tarde-. Recuerda que los mejores sueños húmedos se dan cuando tienes una almohada entre las piernas. - Y movió las dos piernas y la cadera mientras se reía.
-Cielos, para -dijo Elyon con voz leve. Lo fulminó con la mirada-. Que molesto. Estos sueños son mucho más que esa tontería, y lo sabes. -Elyon volvió la mirada a sus manos; temblaba, todavía temblaba-. En este último, vi a un hombre convertirse en un monstruo.
-¡¿Un hombre?! -dijo Caín sobresaltado-. ¿Con su monstruo? -preguntó y echó una risita-. ¿Más monstruo que este?
Kaleb volteó la cara y ocultó otra risita. Sabia que lo que intentaba Caín era molestar a Elyon, como siempre.
-Un monstruo, no su monstruo -dijo Elyon frunciendo el ceño-. Él se convirtió en un mon...
-¿Joven Wilson? -la voz del profesor se escuchó intimidante e indiferente cuando interrumpió aquello que probablemente habría terminado en una gran reprimenda por parte de Elyon hacia uno de sus tan queridos amigos . Pero Elyon volvió la mirada al frente sin mas; el Profesor Charlie, también norteño, sostenía la tiza blanca, rígido. La mirada fútil pese a estar oculta tras los lentes, fue claramente visible para todos los presentes.
-Eins decía que los observadores en movimiento experimentan el tiempo de forma diferente; que el tiempo es relativo, que es perfectamente posible que dos acontecimientos tengan lugar de forma simultánea desde la perspectiva de un observador. Yo le pregunto: ¿usted qué opina con respecto a esto? -Elyon no gesticuló palabra alguna, corroborando así las sospechas de este-. Limítese a escuchar lo que enseño y no a interrumpir mis clases, por favor.
Elyon inclinó la cabeza, avergonzado.
Se oyó el timbre.
II
-¿Todo bien? -Kaleb golpeó dos veces sobre la mesa del comedor antes de hacerle aquella pregunta-. ¿O sigues pensando en lo mismo?
Elyon resopló, angustiado. Caín empezó a atragantarse con la carne y dejaba caer varias sobras encima de la mesa, indiferente a la elegancia y decoro con la que comían las chicas de la mesa de al lado.
-Déjalo -intervino Caín, con la boca llena-. ¿No te das cuenta que sigue pensando en esos malditos sueños? -dijo mientras masticaba la carne.
Kaleb entornó la mirada en el muchacho.
-Caín, por favor, ¿podrías comer una vez en tu vida como una persona y, podrías ser un poco más empático con él? -Kaleb movió el cuadernillo de dibujos que tenía al lado para que las sobras de aquel desastre no embarraran las hojas.
Kaleb había empezado a dibujar cuando Elyon comenzó a contarle sobre los sueños; la idea había sido suya: aprendería el arte del dibujo para poder plasmar en papel con imágenes sus susodichos sueños, con el propósito de analizar cada imagen y encontrar algún significado en ellas. Hasta ahora, no habían encontrado nada relevante, y Elyon había dejado de asistir a las consultas con su terapeuta.
Caín limpió con la servilleta blanca sus labios y volvieron a adquirir aquel rosado atractivo.
Una mosca comenzó a merodear por los alrededores de la mesa.
-Me doy cuenta -dijo el muchacho de ojos verdes, limpiando también sus manos con la servilleta blanca-. Pero es lo mismo de siempre, Ka. Sueños aquí, allí, allá, y más sueños. Yo ya estoy harto de eso; deberías estarlo tú también, sino pregúntale, pregúntale cuándo fue la última vez que fue a terapia. ¿Cuándo, Elyon?
-Comencemos -Elyon ignoró la pregunta-. Kal, abre la libreta, por favor, te contaré lo que vi en este último sueño.
Kaleb abrió la libreta, aunque la verdad también estaba interesado en escuchar la respuesta de Elyon, porque era importante para Kaleb saber si aún tenía algún tipo de relación con su terapeuta.
Elyon primero le contó lo del sueño dentro de otro sueño: había visto a la chica de pelo largo en ese primer sueño, pero luego despertó en la habitación de Caín. Kaleb pidió descripción exacta de lo que había visto en su segundo sueño; Elyon dijo que recordaba lo normal dentro del cuarto de Caín: estaba en su habitación, vio su cama, las ventanas, las estrellas. Kaleb tomó aquellas descripciones y trazó las líneas y los ángulos formando con su lápiz de carbón en la hoja la habitación de Caín. Luego, Elyon le contó que en ese segundo sueño salió del cuarto hasta llegar a la malla que rodeaba el condominio y se encontró al otro lado con un hombre. Kaleb se detuvo y pensó; sabía que olvidaba algo, pero luego escuchó y volvió a plasmar en la siguiente hoja todos los edificios de Shaman y la malla, y el boceto de un hombre transformándose en una criatura monstruosa. Estuvieron varios minutos en aquello, hasta que Elyon terminó. Por supuesto, los dibujos de ahora solo eran meros bocetos; Kaleb le daría la forma correcta en otro momento, tal vez cuando llegara a casa.
Una mosca se posó en la comida de Caín, sobre la carne, y luego pasó a la mesa. Caín, enfurecido, miró atentamente al insecto; luego levantó la mano derecha y la bajó veloz con malicia hacia ella. Elyon bloqueó el ataque poniendo su mano en medio; ambos brazos chocaron. El insecto se fue.
-Es una vida -dijo Elyon, molesto-. ¿Por que consideras que es insignificante acabar ahora con su existencia?
-Solo es una mosca, Elyon. Ay, no, por Dios, no, me vengas con tus cosas raras. -Dijo, Cain, tapándose los oídos.
- Todas las vidas son importantes- Le dijo Elyon de todos modos. - Su vida, no es menos importante que la nuestra solo por ser lo que es.
-Lo siento, lo siento, ¿ puedo comerme ya mi albóndiga de vaca? La existencia de la carne de esa vaca con la que se hizo esta albóndiga también es importante para mi estomago. - Dijo Caín llevando otro trozo de carne a su boca. Conocía perfectamente la filosofía de su mejor amigo: «Cada ser, criatura, por más insignificante que parezca, tiene derecho a conserva su vida hasta donde le sea posible». Era el motivo por el cual Elyon había negado comer espaguetis con albóndigas esa tarde en el comedor.
-¿Qué le pasa? -Elyon señaló con la barbilla al hombre de uniforme verde que recogía la basura; Caín y Kaleb voltearon para ver al hombre.
-Es el señor Gatsuki, Kimono Gatsuki. Le he saludado en ocasiones -dijo Kaleb.
-Sí, pero, ¿qué tiene? Esa mirada, la tristeza en ella, ¿Por qué?
El hombre tenía el pelo negro y ojos rasgados, era sureño al igual que Kaleb.
-Bueno, he escuchado por las noticias sureñas que los del norte mataron a su familia hace tres semanas. Dijeron que llegó a su casa y, cuando abrió la puerta, recibió un fuerte golpe en la nuca que le dejó inconsciente por varios minutos; y que cuando despertó, vio a un norteño violando a su esposa embarazada. Sí, violando a su esposa embarazada.
Kaleb lo vio con angustia. Sabía que, tristemente, muchos norteños seguían en su afanada concepción de que los sureños eran seres inferiores provenientes de Oriente Asia, llegados para robar sus tierras y recursos. Algún día él haría que todos en Miyanaris dejaran atrás estas ideas.
-Entiendo -murmuró Elyon mientras veía al hombre echar los platos desechables en la bolsa negra.
Los noticieros norteños, quienes tenían mas cobertura en el país solían ignorar estos casos trágicos que involucraba a sureños, para que otros países no les vieran de mala manera.
-Y supongo - articuló Caín, apretando los puños- que aún no han encontrado a los malditos bastardos hijos de perra.
Tanto Elyon como Caín se sintieron culpables.
Se oyó el timbre.
-No -dijo Kaleb. Guardó la libreta dentro de su mochila-. Vamos, Caín, tenemos clase de literatura en diez minutos. Lyon, no te quedes dormido, ve a clase- dijo mientras tomaba las bandejas. Arrojó todo dentro del depósito, saliendo después por la puerta grande junto a Caín.
Elyon recostó la cabeza sobre su mesa y pensó en Gatsuki. Su madre habría salido a la calle a protestar por aquella atrocidad. Se quedó dormido, otra vez.
Despertó, divisando las mesas y todo su alrededor; no había nadie más aparte de él.
«¿Qué hora era?» Se preguntó, sacando el móvil y encendiendo la pantalla con una punzada.
«2:30 P.M.»
-¡Mierda! -masculó-. ¡Mierda! ¡Mierda!
Había perdido la clase de matemáticas, pero tendría tiempo para historia.
Puso su mochila tras su espalda y sintió con su mano el roce de algo tras de él. Cuando se levantó y volteó, vio los hilos que cubrirían toda su silla.
«Caín, te voy a...»
Después de los sueños, Caín jugaba con su percepción haciéndole bromas, como ponerse una peluca y fingir que había venido de otro mundo para dar un escarmiento. ¿En qué momento puso los hilos? ¿Antes de irse? No. Conociéndolo, habría pedido permiso para ir al baño, volviendo hasta el comedor para poner los hilos tras su espalda mientras dormía. ¿Por qué hilos esta vez? ¿Qué significaba esta broma? ¿Debilidad? No, tal vez fragilidad. La última había sido hielo bajo su chaqueta, todo mientras dormía. El hielo significó la frialdad con la que recibía los problemas de su sueño, o eso dijo Caín.
Elyon miró hacia la puerta; otro hilo se extendía a través de ella. Llegó y tocó el hilo. ¿Por qué? ¿Por qué molestar incluso a los de limpieza con esta broma? ¿Qué quería esta vez?
El hilo le condujo hasta el baño de hombres. ¿Estaba él aguardando en el baño?
Cuando entró, vio que la otra parte del hilo atravesaba el techo laminar e indagó para encontrar el hueco por donde sobresalía. Las luces blancas de las bombillas en el techo le ofuscaban la vista, y parpadeó dos veces. Descartó que aquello fuera obra de Caín. ¿Qué era entonces?
Oyó un sonido extraño, como pisadas tras el techo. Se quedó absorto, con el ceño fruncido y vio escarchas como diminutas motas de polvo cayendo de arriba. Pensó que alguien estaba caminando tras el techo, lo cual sería por más y mucho ilógico, debido al espacio y los ángulos tras el techo; nadie podría estar de pie allí y mucho menos caminar en él. Pero aún así preguntó...
-¿Hay alguien ahí?
Por supuesto, como lo esperaba, no obtuvo respuesta. Sin embargo, continuó escuchando los pasos, suaves, lentos, dirigiéndose hacia las cabinas del baño. Elyon tragó seco.
-¿Hay alguien? -volvió a preguntar.
Se oyó una alarma y él dio un respingó. Cuando reparó en que el sonido provenía de su bolsillo, recordó que era la alarma de su móvil.
Lo sacó de su bolsillo.
«2:40 P.M. Historia, no lo olvides.»
Él había puesto aquella nota para no olvidar la clase. Inspiró y dejó salir el aire con cuidado.
Curiosamente, el sonido de las pisadas desapareció también. No podría estar en otro de sus sueños. ¿O sí? Puso su mano en su cara. ¿Qué diría Elene si viera que estos sueños perturbaban la buena vida que se suponía debía estar viviendo?
Rascó su brazo izquierdo cuando sintió la comezón. Prosiguió a caminar hacia la salida, desmotivado, con pasos lentos, la cabeza gacha, pero se detuvo cuando escuchó tras de él la carcajada de una niña. Se volteó, extrañado, viendo hacia la tercera cabina con la puerta entreabierta que se movía todavía. ¿Una niña? ¿Aquí? Dio dos pasos de vuelta y llamó, pero no recibió respuesta alguna. Volvió a llamar y todo fue un silencio inusitado. La puerta se volvió a mover al rato.
Elyon siguió caminando hacia la cabina y, con el cuarto paso, la puerta de la misma azotó contra el lado lateral, abriéndose en un estruendoso estallido, y una niña sureña con ropas blancas salió de ella. No pudo verla claramente, aunque lo intentó; la pequeña desapareció frente a sus ojos envuelta en una ráfaga de humo blanco.
Elyon parpadeó, confundido. «¿Entonces sí es otro sueño? ¿Dos en un día?» Frotó con sus dedos el arco ciliar de sus ojos y luego buscó a la niña por los alrededores, y se encontró con el lavamanos.
«Agua», Vino la idea.
El agua hacía en su sueño la función de despertador; aunque él no entendía cómo funcionaba. Sucedió por primera vez cuando soñó estar frente a un acantilado; despertó luego de resbalar y caer en las aguas del mar. Cuando abrió los ojos, se encontraba de vuelta en la cancha de baloncesto de la escuela, siendo observado por los ojos inertes de sus compañeros.
Caminó muy deprisa hacia el lavamanos, miró antes al espejo para confirmar si la niña había vuelto a aparecer tras de él; no había nadie. Giró desesperadamente el mango del grifo con mucha prisa. ¿Despertaría esta vez? No lo sabía, pero echó el agua de todas formas a su rostro; la sintió fría, refrescante, y echó más agua con tanta prisa que la misma se escapó hasta sus fosas nasales. Sintió que se asfixiaba y sacudió su nariz entre toses furtivas; volvió a abrir los ojos frente al espejo mientras respiraba con dificultad. Se encontraba en el mismo baño.
Oyó de pronto la voz de alguien llamando:
«Sakura, ven, no te acerques tanto al borde». «Ven, te digo, que eso de allí es peligroso, niña».
Y escuchó nuevamente las carcajadas casi inaudibles de la niña. Trepidante, armoniosa.
Elyon buscó en el techo porque creyó que la voz provenía de quien había dado las pisadas al principio; el techo ni siquiera se movió.
Volvió la mirada otra vez al frente, observando las cabinas, el dispensador de jabón y varios orinales, y a la pequeña reapareciendo, esta vez en la esquina, sonriendo. Elyon decidió continuar aferrándose a la idea de que todo aquello era otro sueño, otro suceso ficticio de los que tanto había experimentado día, tarde y noche; aunque lo de echar agua a su cara no hubiese funcionado.
La niña dio un paso al frente, extendiendo su pequeña mano derecha hacia él, y murmuró unas palabras que Elyon, por más que quiso, no pudo entender.
Elyon retrocedió varios pasos sin mirar atrás, asustado, confundido. Luego volvió a escuchar la voz de alguien gritar:
-¡Corre, por favor, corre!
El tono de aquella voz fue diferente.
La niña se abalanzó hacia Elyon y este se sobresaltó. No pudo ver cuando la pequeña atravesó el cuerpo de él porque cerró los ojos, pero sí sintió en su cuerpo el leve frío que provocó aquel cruce.
Cuando abrió los ojos, la niña ya había desaparecido; segundos después, volvió a escucharla y las carcajadas provinieron esta vez de afuera. Ni siquiera lo pensó, corrió hasta salir del baño y se la encontró frente a la puerta de emergencia que daba hasta la azotea. La pequeña atravesó la puerta cerrada y Elyon la siguió, corriendo tras de ella. La niña se detuvo y Elyon por igual. Ella le hizo un gesto con la mano en dirección a su pecho y volvió a murmurar:
-Sálvanos, por favor -para después atravesar una segunda puerta.
Elyon retomó la persecución tras de ella, no entendiendo a qué se refería exactamente con aquello. Abrió la puerta que daba a la azotea de un tirón; le dolió la muñeca derecha, pero ignoró aquel dolor, encontrándose ahora con la luz del sol que segó su vista por unos segundos. Cuando entreabrió sus cejas, divisó a lo lejos como la sombra de un hombre.