Prólogo.
Es de sentido común pensar que si una pareja de médicos con una relación estable y sana tiene un bebé, estará asegurado que al pequeño no le faltarán dos cosas fundamentales: la salud y el cariño. Por desgracia, mi historia no fue así.
Mis padres eran médicos y tenían una relación de ensueño. Pero una infección estomacal silenciosa, que nadie pudo detectar a tiempo, acabó con la vida de mi madre mientras llevaba meses de embarazo de mí. Mi padre no pudo soportar la noticia: el dolor le fue tan grande que terminó cayendo en el alcoholismo y otros vicios que con el tiempo se hicieron evidentes para todos. Solo semanas después, decidió quitarse la vida.
Cuando mi madre ya no tenía signos vitales, los médicos tuvieron que realizar una cesárea de urgencia para evitar que la infección me afectara y poder salvarme. Pero fue demasiado tarde: la enfermedad ya había tomado posesión de casi todo mi cuerpo. La única parte íntegra fue mi cabeza. Nací con una salud extremadamente delicada. A causa de la debilidad en mis extremidades inferiores, la pérdida de equilibrio y la fatiga constante causada por la falta de oxígeno, debo moverme en silla de ruedas para desplazarme con autonomía. Muchas veces estuve al borde de la muerte, pero logré salir adelante. Ahora, diecinueve años después, sigo dependiendo de máquinas que nunca se alejan de mí y de medicamentos que poco a poco van dañando mi estómago.
Mi nombre es Adelaida. Vivo en un centro de acogida estatal de mi país, Leneid, llamado «Refugio y Orfanato Estatal Sr. Leonidas». Éste fue un hombre de gran relevancia en la historia de la nación: se cuenta que tenía una fuerza brutal a la hora del combate para defender a su pueblo, pero un día desapareció sin dejar rastro alguno, como si la tierra se lo hubiera tragado. Hoy en día, su figura es una de las bases más importantes del folclore Lenetda.
Mi historia y todo de lo que les hablé me lo contó la mujer encargada de dirigir el equipo médico que atendió a mi madre y que diagnosticó la causa de su muerte. Ella vino a verme cuando yo tenía doce años —fue la primera y única vez que la vi hasta la fecha— desde entonces no supe más de ella ni me contaron mas de mi historia. Aunque la verdad es que nunca he podido acostumbrarme a nadie: cada semana cambian las cuidadoras, y lo único que realmente me acompaña es una pila de decenas de libros. Ellos me cuentan sus maravillosas historias, mundos donde algún día, cuando me recupere, me gustaría vivir. Pero mientras tanto, debo ser fuerte y no decaer. Porque cuando llegue el momento de estar bien, quiero poder cumplir todos esos sueños que ahora mismo parecen imposibles… pero sé que algún día lo lograré. ¡Voy a salir adelante a como dé lugar! Tengo muchísimas cosas que me esperan en el futuro, y no pienso dejar que unas máquinas o el ambiente deprimente de estas habitaciones con humedad me desanimen ni un solo instante.