Prólogo.
Lo habíamos logrado. El tercer ojo lo había conseguido. Estábamos en el sofá terminando de cenar. A pesar de los años de lucha, y las diferentes dificultades nos manteníamos con esa apariencia de familia normal. Que, en la intimidad, no solo era una fachada. Había crecido en una familia a la que amaba y ellos me amaban a mí.
Observé como mi madre lanzaba un grito victorioso. Tampoco podía creerme lo que estábamos viendo. La puerta de atrás de nuestra sala se abrió. Dejándonos ver entrar tanto a mi padre como a Scott, que entraban con unas sonrisas de oreja a oreja. Mi madre se lanzó a los brazos del hombre con su pelo estaba peinado hacia detrás, vestido de negro. Ambos se abrazaron y esa imagen quedó plasmada en mi mente.
Al igual que la que pasaba por la televisión en ese momento. Un grupo de personas, de todas las edades estaban en grupos. Atacaban diferentes puntos gubernamentales de Osteral. Y sostenían nuestra bandera. Nos habíamos expandido.
El símbolo de poder elegir lo que queramos, había salido de Dravon. La bandera roja, ondeaba en lo más alto y le anunciaban al sistema, a los gobiernos que estábamos aquí. Que no pensábamos irnos a ninguna parte.
Mi hermano se sentó a mi lado envolviendo mis hombros con sus brazos. —Estamos cerca, Beck. Pronto todos serán libres. Todos podrán elegir.
“Todos podrán elegir” Esa fue la frase que más caló en mí. Lo que hacíamos era positivo, buscamos dejarlos libres, hacer lo que ellos quisieran. Eso era todo, y era lo que quería que me definiera.