Prólogo.
Saphiro sentía como el cuerpo se le deshacía. No recordaba la última vez que una emoción le sacudiera tanto. Era como si le estuvieran atando el estómago a sangre fría. Los sollozos eran la respuesta a ello. Tampoco tuvo que comunicarse de alguna manera para que tanto él, como su hermana supieran que estaba al tanto de lo que pasaba. Sus miradas presentaban cosas muy diferentes, Lev le parecía aterrado, ella lo registraba con la mirada. Notaba como él intentaba saber exactamente qué era lo que ella sentía. Si lo había escuchado, y, sobre todo, si iba a terminar de hacerlo.
Su hermana por su lado los analizaba a los dos. La duda, el no tener muy claro que era lo que ambos se decían con los ojos, despertaba su curiosidad vestida con lágrimas secas sobre sus mejillas. Saphiro se recostó en la puerta un momento, con la cabeza que le daba vueltas.
Conocía tan bien su perfume, de todas las veces que lo había sentido, cuando la había molestado, abrazado, ese momento tan cercano que habían tenido hace unas semanas. Por ende, cuando quiso acercarse pudo saberlo antes de si quiera de verlo hacerlo. Por primera vez desde que lo conocía, sentía que Lev, no sabía que hacer. No se movía, no hablaba, solo la miraba. Y el eco de su hermana hablando desde el fondo, no le ayudaba.
Al contrario, Saphiro sentía que la cabeza le taladraba, era un dolor punzante. Iba desde lo alto de su frente hasta su nuca, nublándole los ojos. Se dio la vuelta y aunque salió corriendo, en su mente todo pasaba con una lentitud que ponía en peligro su respiración. Por el nivel con el que corría, llegar al garaje de la escudería de su hermano no fue muy difícil.
Veía a todos pendiente a su rostro. Tenía claro que podía verse descompuesto o muy rojo, llamando demasiado la atención. Al borde de desconfigurarse por la noticia. Y menos cuando una mano se aferró a su muñeca. El pelo negro le cubrió el rostro por lo inesperado del detener de sus pasos. Saphiro respiró con rapidez. Ese aroma pertenecía al moreno. Y levantó la mirada para confirmarlo.
Lev la sujetó en sus brazos. Fue rápido pero decisivo, la tomó tanto de la cintura como de sus piernas y la cargo. Estrujando su cuerpo contra su tórax. Y Saphiro entendió que a lo mejor era para que ni su hermana, ni los compañeros de su hermano la vieran llorar, y pudieran deducir que era por su culpa. Estaba escapando, eso así cuando se sentía acorralado, escapar. Camino rápido, por la forma en la que su cuerpo se movía. En el momento en el que Saphiro notó el rumbo de sus pasos quiso bajarse.
—Saphiro, que me tienes que escuchar y aquí, aquí no te puedo explicar bien, por favor. —La pelinegra estaba segura de que sus explicaciones no iban a ser suficientes. Solo un medio de tortura del cual no quería ser víctima. Aún siguió firme en no mirarlo y mucho menos caer en esa fachada de hombre arrepentido.
—Yo sabía. Sabía que podía haber otras chicas ¿Pero mi hermana? Mi hermana Lev, yo… Y dejarla embarazada. ¿Por qué no me lo dijiste?
—¡Porque nunca lo has sido! Escúchame, lo único que me impedía acercarme más es la diferencia de edad, pero yo.
—Claro, porque Kahlanni terminó embarazada de la nada. Te acostaste con mi hermana, Como que no era un juego, me has visto la cara de tonta todos estos años. —Un profundo sollozó salió de su garganta. ¿Qué era ese dolor? No solo era su enamoramiento el que sufría, mismo enamoramiento que había estado siendo alimentando por él. Saphiro admiraba a Lev desde pequeña. Lo tenía en lo más alto.
Y todo eso se le había caído. Notó como se pasaba las manos por las trenzas con lo que intuía era desesperación.
—Saphiro, por una vez en tu maudite vida, puedes dejar de ser tan cerrada y escucharme.
—¡Pero que coño quieres que escuche! Si has embarazado a mi hermana. — Había perdido el control, y ahora se notaba. Gritaba acompañada de las lágrimas. Bajó la mirada incapaz de poder observar esa falsa pena, vergüenza y lastima. No le creía nada y la confirmación de que no debía hacerlo, había llegado. Su falta de transparencia.
—Vete. —Fue lo primero, que en su situación y por como se sentía le salió decirle. Él subió la mirada y apretó la mandíbula e intentó tocarla, un amago que evito rápidamente.
—Saphiro.
—Que no me apetece verte, déjalo estar. — Saphiro se había despedido muchas veces de muchas personas a lo largo de su vida. Pero nada como lo que estaba experimentando. Él, el hombre que había conquistado el asfalto, que no le temía a la velocidad, al peligro, no se movió. Y eso la destrozó.
Agilizó el paso escapando de su mirada y evitando verlo. Saphiro con cada paso, que daba agradecía que la temporada acababa de terminar.