Capitulo 1
Después de morir en su mundo original como un simple oficinista sin futuro, Elias reencarnó en el cuerpo de un héroe legendario en un mundo de fantasía. Tenía todo: magia ilimitada, un sistema que lo hacía más fuerte con cada muerte que causaba, y una profecía que lo señalaba como el salvador. Mató al Rey Demonio en una batalla que duró tres días y tres noches. Cuando el cuerpo del demonio cayó, el mundo entero se arrodilló ante él.
Se sentó en el Trono de Oro del Imperio Humano, ahora convertido en el Trono del Mundo. Las naciones que antes lo adoraban como héroe ahora le rendían tributo como dios. Construyó su harén con princesas, magas, guerreras y esclavas de todas las razas que había “liberado”. Ninguna se resistía. ¿Para qué? Su poder era absoluto. Podía incinerar ciudades con un pensamiento, leer mentes, romper voluntades con una palabra. El tiempo pasó y Elias empezó a probar sus límites… solo para descubrir que no existían.
“¿Quién en este mundo puede decirme que no?” se preguntaba mientras una elfa de cabello plateado era obligada a arrodillarse ante él en el salón del trono, temblando. “Nadie. Absolutamente nadie.”
Hasta que conoció a Lirael, la Reina Eterna de los Bosques Eternos.
La vio por primera vez en una audiencia diplomática. Su cabello plateado caía como cascada de luna, trenzado con hiedra viva. Orejas puntiagudas adornadas con oro antiguo. Ojos violetas que no bajaban la mirada. Un tatuaje tribal negro serpenteaba desde su hombro hasta su pecho, visible bajo el vestido de seda oscura que apenas contenía su figura. Era belleza ancestral, orgullo ancestral, poder ancestral.
Elias sonrió con esa sonrisa que todas las mujeres de su harén conocían demasiado bien.
—Serás mía esta noche, Reina de los Elfos. Como todas las demás.
Lirael levantó la barbilla. Su voz fue clara, fría, sin temblor:
—No.
El silencio en la sala fue sepulcral. Los consejeros humanos palidecieron. Las esclavas del harén bajaron la cabeza, sabiendo lo que venía.
Elias parpadeó una vez. Dos veces. Luego soltó una risa baja, oscura, que no tenía nada de humor.
—¿No?
Se levantó del trono, la capa roja con borde de armiño blanco cayendo como sangre fresca sobre los escalones de mármol. Se acercó hasta quedar a un paso de ella. Podía oler el bosque en su piel, el miedo que ella intentaba ocultar.
—Nadie me dice que no, Lirael. Nadie.
Ella no retrocedió.
—Entonces seré la primera.
Esa misma noche, Elias desapareció del palacio. Solo. Sin ejército. Sin advertencia.
Llegó al Reino de los Bosques Eternos al amanecer.
Los elfos lo vieron bajar del cielo como un sol negro. Su magia se desató sin contención. Los antiguos árboles milenarios se convirtieron en ceniza en segundos. Los arcos de plata de los guardianes se derritieron en sus manos antes de poder tensarlos. Los hechizos de protección ancestrales se rompieron como cristal bajo su voluntad.
Lirael salió de su palacio de cristal vivo para enfrentarlo, rodeada de sus mejores guerreras. Lanzó su magia más pura, la que había mantenido su reino vivo durante milenios. Elias ni siquiera levantó una mano. Absorbió el hechizo, lo retorció y lo devolvió multiplicado por diez.
El bosque entero gritó.
En menos de una hora, el Reino de los Elfos dejó de existir.
Los cuerpos de los guerreros elfos yacían carbonizados entre los troncos caídos. Las casas en los árboles eran ruinas humeantes. Elias caminó entre las brasas hasta llegar a Lirael, que aún respiraba, arrodillada entre los escombros, con su vestido rasgado y sangre plateada corriendo por su sien.
La levantó por el cabello.
—Te lo dije —susurró contra su oído—. A las buenas o a las malas.
La tomó allí mismo, entre las cenizas de su reino. Sin piedad. Sin ternura. Solo poder puro y brutal. Cada grito de ella era una declaración al mundo: esto les pasa a quienes se atreven a decirme que no.
Cuando terminó, la encadenó con grilletes de oro negro que anulaban toda magia élfica. La arrastró de regreso a su palacio humano como trofeo.
Pero no fue suficiente.
Ordenó que todas las elfas supervivientes —mujeres, niñas, ancianas— fueran capturadas y traídas al palacio. Cientos de ellas. Las más hermosas fueron asignadas directamente a su harén personal. Las demás se convirtieron en sirvientas, juguetes, decoración viva. Las hizo desfilar desnudas por el salón del trono el mismo día, mientras Lirael era obligada a sentarse a sus pies, encadenada al trono, con el collar de esclava brillando en su cuello.
Elias se reclinó en el trono, una mano acariciando distraídamente el cabello plateado de Lirael, que ahora estaba roto y sin brillo.
—Mirad bien —dijo a los embajadores de todas las razas que habían acudido temblando—. Esto es lo que les pasa a quienes creen que pueden negarme algo. No hay reglas para mí. No hay límites. No hay “no”.
Señaló a Lirael, cuyos ojos violetas estaban muertos.
—Ella era reina. Ahora es mía. Y todas vosotras… —miró a las elfas encadenadas— sois mías también.
Esa noche, mientras el palacio entero escuchaba los gritos ahogados de las nuevas esclavas, Elias se sentó en el balcón más alto, con Lirael arrodillada entre sus piernas, obligada a servirle.
Sonrió mirando el horizonte.
—Soy Dios aquí —murmuró—. Y los dioses no piden permiso.
El mundo había aprendido la lección.
Y Elias… apenas estaba empezando a divertirse.








