Fuego En La Arena Kookmin by Tatu at Inkitt
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Fuego en la Arena Kookmin

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Summary

Dos días en Busan. Un alfa huyendo. Un omega en la playa que lo cambia todo. ¿Y si me atrevo?

Genre
Erotica
Author
Tatu
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo único

Jungkook llegó a Busan con el cuerpo pesado y la mente hecha un nudo. El tren había salido de Seúl a las seis de la mañana y él apenas había dormido. El trabajo en la agencia de diseño gráfico lo tenía al borde: noches sin dormir, clientes que cambiaban de idea cada cinco minutos, deadlines imposibles. Había pedido dos días libres casi rogando, y su jefe solo cedió porque vio que Jungkook tenía ojeras que parecían moretones. “Ve a la playa, desconecta o renuncia”, le dijo medio en broma. Jungkook no sabía si estaba bromeando.

Al bajar en la estación de Haeundae, el olor a mar le pegó de lleno. Salado, fresco, limpio. Se puso los audífonos, pero ni siquiera encendió la música. Solo quería caminar. Dejó la mochila en el hotel barato que había reservado —una habitación pequeña con vista parcial al mar si te asomabas de puntillas— y salió directo a la playa.

Era sábado por la tarde y la arena estaba llena de familias, parejas, grupos de amigos. El sol de octubre aún calentaba lo suficiente como para que algunos se quitaran la ropa y se metieran al agua. Jungkook se sacó los tenis, enrolló las perneras del jean negro y caminó descalzo por la orilla. El agua fría le lamía los tobillos y por primera vez en semanas sintió que respiraba de verdad.

Entonces lo escuchó: risas infantiles, gritos alegres, una voz suave que daba indicaciones. Giró la cabeza y lo vio.

Un chico joven bailaba en medio de un corro de niños de primaria. No llevaba música alta, solo tarareaba una melodía sencilla mientras movía las caderas, los brazos, los pies. Llevaba una camiseta blanca algo holgada que se le pegaba al cuerpo cada vez que sudaba un poco, y unos shorts deportivos negros que dejaban ver unas piernas fuertes, definidas por años de baile. El cabello castaño claro le caía sobre la frente y cada vez que hacía un giro rápido, los mechones volaban y los niños aplaudían como si fuera un espectáculo de circo.

“¡Profe Jimin, otra vez el giro!” gritó una niña con coletas.

El tal Jimin se rió —una risa clara, dulce— y repitió el paso más despacio para que todos pudieran seguirlo. Se agachó para corregir la postura de un niño bajito, le puso las manos en las caderas con cuidado y le dijo algo al oído que lo hizo sonreír enorme. Luego levantó la vista y sus ojos se cruzaron con los de Jungkook.

Jimin parpadeó, sorprendido. Sus mejillas ya estaban rosadas por el ejercicio, pero el rubor se intensificó un poco más. Le dedicó una sonrisa tímida, casi avergonzada, y volvió a concentrarse en los niños. Pero Jungkook ya no podía mirar a otro lado.

Y entonces lo olió.

Vainilla. Jazmín. Algo cálido, como pan recién horneado mezclado con flores de primavera. Un aroma de omega tan puro y dulce que le golpeó el pecho como una ola. Jungkook sintió que su instinto alfa se despertaba de golpe: el pulso se le aceleró, la boca se le secó, y tuvo que apretar los puños para no acercarse corriendo.

Se sentó en la arena a unos metros, fingiendo mirar el horizonte, pero sus ojos volvían una y otra vez al profesor de baile. Cada movimiento de Jimin era hipnótico: la forma en que arqueaba la espalda, cómo sus manos dibujaban formas en el aire, la curva suave de su cuello cuando inclinaba la cabeza para reír.

Cuando los niños empezaron a irse —algunos arrastrados por padres impacientes, otros despidiéndose con abrazos—, Jimin recogió su botella de agua, se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y caminó directo hacia Jungkook.

Se paró frente a él, tapándole el sol. Jungkook levantó la vista despacio.

—¿Te perdiste o solo estabas mirando mi clase como si fuera un concierto? —preguntó Jimin con voz suave, pero con un brillo juguetón en los ojos.

Jungkook se rascó la nuca, un poco avergonzado.

—Las dos cosas, supongo. Bailas muy bien.

Jimin se rió bajito y, sin pedir permiso, se sentó a su lado en la arena. Cruzó las piernas y apoyó los codos en las rodillas.

—Soy Jimin. Profesor de baile en la primaria que está a tres cuadras de aquí. Los sábados los traigo a la playa para que gasten energía. Si no, el lunes son imposibles de controlar.

—Jungkook —respondió él, extendiendo la mano.

Jimin la tomó. Sus dedos eran cálidos, suaves, y el contacto duró un segundo más de lo necesario. El aroma de omega se hizo más intenso. Jungkook tuvo que tragar saliva.

—¿De paso? —preguntó Jimin, ladeando la cabeza.

—Dos días. Vine a… no pensar.

Jimin lo miró con atención, como si pudiera leerle el cansancio en la cara.

—Se te nota. Tienes cara de alguien que no ha dormido bien en semanas.

Jungkook soltó una risa corta.

—Algo así.

Jimin se puso de pie de un salto y le tendió la mano.

—Ven. Caminemos un poco. Hay un tramo más tranquilo al final de la playa. Nadie molesta.

Jungkook tomó su mano sin pensarlo dos veces.

Caminaron en silencio al principio. El sol empezaba a bajar, tiñendo el cielo de naranja y rosa. La arena se sentía tibia bajo los pies descalzos. Jimin hablaba despacio, contándole anécdotas de los niños: cómo uno de ellos había aprendido a hacer un moonwalk después de ver videos de Michael Jackson toda la noche, cómo otra niña bailaba mejor cuando estaba triste porque el baile era su forma de hablar sin palabras.

Jungkook lo escuchaba embobado. La voz de Jimin era como una caricia: suave, cálida, con un tono ligeramente ronco cuando se emocionaba contando algo.

De pronto Jimin se detuvo y giró hacia él.

—¿Puedo decirte algo sin que te asustes?

Jungkook asintió, intrigado.

—Hueles… increíble. Como madera quemada y lluvia fresca. Alfa puro. Me está costando concentrarme.

Jungkook sintió que el corazón le subía a la garganta.

—Tú también. Vainilla y jazmín. No he olido nada igual en mi vida.

Jimin se mordió el labio inferior, nervioso.

—¿Te molesta si… me acerco más?

Jungkook negó con la cabeza.

—Quiero que lo hagas.

Siguieron caminando hasta una zona casi desierta, protegida por unas rocas grandes. Jimin sacó una manta pequeña de su mochila y la extendió en la arena.

—Traje esto por si los niños querían sentarse a descansar —explicó, un poco avergonzado—. Pero… ahora sirve para otra cosa.

Se sentaron muy cerca. Sus hombros se rozaban. Jimin giró la cara y sus narices casi se tocaron.

—¿Puedo olerte el cuello? —preguntó Jungkook en voz baja.

Jimin asintió, temblando ligeramente.

Jungkook acercó la nariz al punto sensible donde el cuello se unía con el hombro. Inhaló profundo. El aroma lo mareó: dulce, cálido, excitante. Gruñó bajito contra su piel y Jimin soltó un gemidito suave, pegándose más.

—Hueles a casa —susurró Jungkook.

Jimin giró la cara. Sus labios se rozaron.

—Bésame —pidió, casi suplicando.

Jungkook lo hizo. Capturó sus labios en un beso lento, profundo. Jimin abrió la boca de inmediato, dejando que la lengua de Jungkook entrara. Sabía dulce, como si hubiera comido miel. Sus manos subieron al cabello de Jungkook, tirando suavemente mientras se besaban con más hambre.

Se separaron jadeando. Los ojos de Jimin estaban oscuros, brillantes.

—Quiero más —dijo, voz temblorosa.

Jungkook miró alrededor. Nadie. Solo el mar y el viento.

—¿Aquí?

Jimin asintió.

—Nadie viene hasta este lado cuando empieza a atardecer.

Extendieron la manta mejor. Jimin se quitó la camiseta primero. Su piel era pálida, suave, con pequeños músculos que se marcaban al moverse. Pezones rosados, cintura estrecha, abdomen plano con una línea fina de vello que bajaba hasta el borde del short.

Jungkook lo miró como si fuera la primera vez que veía a alguien desnudo.

—Eres perfecto —murmuró.

Jimin se sonrojó hasta las orejas.

—Tócame… por favor.

Jungkook pasó las manos por su pecho, pellizcó suavemente los pezones hasta que Jimin jadeó. Bajó por su cintura, metió los dedos bajo la cintura del short y lo bajó junto con la ropa interior. La polla de Jimin saltó libre: rosada, dura, con una gota brillante en la punta. Más abajo, su entrada brillaba, mojada y abierta.

—Estás empapado —dijo Jungkook, voz ronca de deseo.

—Es por ti… tu olor me pone así desde que te vi —respondió Jimin, temblando.

Jungkook se inclinó y lamió una línea desde la base de su polla hasta la punta. Jimin arqueó la espalda y gimió fuerte.

—Jungkook…

Jungkook metió un dedo en su entrada. Estaba caliente, apretado, resbaladizo. Añadió un segundo dedo, moviéndolos despacio, curvándolos para rozar ese punto sensible. Jimin se retorcía, las caderas subiendo solas.

—Otro… dame otro…

Jungkook obedeció. Tres dedos ahora, abriéndolo con cuidado mientras le chupaba la polla al mismo tiempo. Jimin gemía sin control, tirando del cabello de Jungkook.

—No aguanto más… quiero tu polla dentro… por favor…

Jungkook se quitó la ropa rápido. Su polla estaba dura como piedra, gruesa, venosa, la punta roja y mojada. Se colocó entre las piernas de Jimin, frotando la cabeza contra su entrada resbaladiza.

—¿Seguro? —preguntó una última vez, aunque ya estaba temblando de ganas.

—Te necesito… ahora…

Jungkook empujó despacio. La cabeza entró y Jimin soltó un gemido largo, clavándole las uñas en los hombros. Estaba tan apretado que Jungkook tuvo que respirar hondo para no correrse ahí mismo.

—Joder… estás tan caliente…

Siguió entrando centímetro a centímetro hasta que sus caderas chocaron. Se quedó quieto un segundo, dejando que Jimin se acostumbrara. Jimin respiraba agitado, los ojos cerrados.

—Muévete… por favor…

Jungkook empezó lento: salía casi del todo y volvía a entrar profundo. Cada embestida hacía que Jimin gimiera más fuerte. Luego aceleró. El sonido de sus cuerpos chocando se mezclaba con el romper de las olas.

—Más fuerte… Jungkook… más profundo…

Jungkook levantó las piernas de Jimin, poniéndolas sobre sus hombros. Así entraba hasta el fondo. Golpeaba justo en ese punto que hacía que Jimin gritara su nombre.

—Ahí… justo ahí… no pares… voy a correrme…

Jungkook sentía su nudo hinchándose en la base. No quería marcarlo sin permiso, pero el instinto era brutal.

—Jimin… me voy a correr…

—Dentro… lléname… quiero sentir tu nudo…

Eso rompió el control de Jungkook. Empujó fuerte unas cuantas veces más y se corrió con un gruñido profundo, llenándolo hasta el borde. El nudo se hinchó del todo, atrapándolos juntos. Jimin tembló violentamente debajo de él, corriéndose sin tocarse, salpicando su abdomen y el de Jungkook con chorros calientes.

Se quedaron pegados, jadeando. Jungkook besó la frente sudorosa de Jimin, luego sus mejillas, la punta de su nariz.

—¿Estás bien? —preguntó bajito.

Jimin sonrió, con los ojos brillantes.

—Nunca he estado mejor.

Pasaron así casi media hora, hasta que el nudo bajó lo suficiente. Jungkook salió con cuidado, viendo cómo su semen se escapaba un poco de la entrada hinchada de Jimin. Lo limpió con su propia camiseta y se acostaron abrazados bajo la manta, mirando cómo el cielo se oscurecía.

Jimin jugaba con los dedos de Jungkook.

—¿Te quedas mañana?

—Tengo tren a las siete de la tarde.

Jimin hizo un puchero.

—Entonces quédate conmigo todo el día. Ven a mi casa. No cocino muy bien, pero puedo pedir jjajangmyeon y… podemos repetir esto. Muchas veces.

Jungkook se rió.

—No me iría ni aunque me pagaran por volver a Seúl ahora mismo.

Jimin levantó la cabeza.

—¿Y después? ¿Volverás?

Jungkook lo miró fijo a los ojos.

—Voy a pedir una semana más de vacaciones. Y después… voy a venir cada fin de semana. Y si me dejas, voy a buscar trabajo aquí. No pienso dejarte ir, Park Jimin.

Jimin abrió mucho los ojos, emocionado.

—¿En serio?

—En serio —dijo Jungkook, besándolo suave, lento—. Eres lo mejor que me ha pasado en años.

Jimin sonrió contra sus labios, lágrimas pequeñas en las comisuras.

—Entonces no te dejo ir a ti, Jeon Jungkook. Nunca.

Se besaron otra vez mientras las primeras estrellas aparecían sobre la playa. El mar seguía cantando su canción eterna y ellos, por primera vez en mucho tiempo, sintieron que estaban exactamente donde debían estar.

Fin.

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