VAJHÓK

All Rights Reserved ©

Summary

Renna ha tenido sueños. En todos termina muerta. Cuando los grandes señores visitan su olvidado valle, el terror sacude su pueblo tan pronto como regresan las ejecuciones. Sabe que se le acaba el tiempo y que algo la persigue más allá de sus pesadillas; y si no logra encontrar las respuestas que busca, será el fin de no solo su existencia, sino todo lo que conoce.

Genre
Fantasy
Author
MaryJezz
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

“DÍA DE PAGO Y COBRO INMEDIATO”

Era casi fascinante lo familiar que se había vuelto mi propia muerte.

Apenas transcurrían dos horas desde el alba y el cielo se teñía de un tenue, apenas visible color verde gracias al sol que empezaba a emerger sobre el valle, y aún permanecía vívida la sensación de la carne de mi cuello abierta, la cálida sangre sobre mi piel. Era la cuarta vez en esta semana, el doble desde hacía dos meses, y más intensa desde hacía cuatro largos años, cuando ocurrió el primero de ellos.

Se trataba de la misma pesadilla, en bucle una y otra vez desde que cumplí veinte.

No es como que me asustaran después de tanto tiempo, aunque debía admitir que sí que lograban preocuparme un poco. En espe­cial, por el hecho de la inquietante sensación de apuro con la que solía despertar los últimos meses.

La piedra bajo mis pies desnudos, el aliento gélido atascado en el pecho, el sudor irritándome los ojos, la vista obstaculizada por largos mechones oscuros, la urgencia de ser consciente de que mi velocidad disminuía mientras aquello no necesitaba detenerse a des­cansar…

Una mano me hizo dar un giro brusco. Era madre, que alejaba los dedos vendados de mi hombro.

—Renna.

Escrutó mi mirada con un atisbo de preocupación y otro tanto de duda sobre mi sanidad mental. Había hablado de estos sueños a madre luego de que obligara a confesar el motivo por el que gri­taba en sueños y despertaba a nuestros vecinos en el pequeño pue­blo de nuestro valle. Noté que dudó hacer la pregunta que en reali­dad deseaba hacer: «¿aún?», cuando ya conocía la respuesta.

—Madre —respondí, con la voz más suave que pude. Las pala­bras me supieron a sangre en la lengua—. Solo estaba distraída. Ocurre… ¿Ocurre algo?

Apretó con la mano que tenía libre, la canasta que cargaba en el antebrazo. Por el fresco aroma del interior, recién llegaba de comprar comida que escaseaba, la poca que podíamos permitirnos. Levanté el pañuelo con que cubría un par de tomates y un puñado de raíces. Esta vez no había alcanzado para carne, ni siquiera la vieja.

—¿Tan poco? —pregunté con voz temblorosa. Madre asintió sin decir palabra alguna—. Es mucho menos que la vez pasada.

—El señor paga cada vez menos, Renna. Una semana de trabajo por una única pieza baja.

Ese maldito. De vez en cuando lo veía en el valle, únicamente los días de cosecha y los días esperados días de pago y cobro inmediato, donde se hacía con la parte que decía corresponderle por impuestos, arrebatado de un sueldo que no llegaba a caer en manos de madre y los demás habitantes del moribundo valle de Mosvik, aislado del resto del territorio por las montañas que rodeaban la hondonada. Más allá, mucho más allá, estaba segura que la vida era distinta. Pero aquella era mi realidad.

Lo único bueno del disgusto era que me había permitido olvidar los restos de la pesadilla y por fin comenzaba a deshacerme de la visión de mi cuello degollado.

—Puedo hacerlo cambiar de opinión —dije, arrebatándole a madre la canasta del brazo. Me detuvo a medio camino.

—No, Renna. El tema está zanjado. Todos nos reunimos para suplicarle que nos perdonara una tercera parte de los impuestos de esta entrega. Prometimos doblarle el pago en su siguiente visita, pero incluso alguien con su avaricia sabría que es imposible rascar poco más de lo que hemos conseguido últimamente.

—Madre… —Me acerqué a ella, de nuevo para retirarle la canasta del brazo, mas no para discutir sobre el desalentador contenido sino para guiarla al futón y permitirle descansar.

Cuando nuestras manos se rozaron, me percaté de las nuevas heridas que adornaban su piel como terribles tatuajes. La carne

abierta en zonas descubiertas de las vendas que protegían llagas peores.

—Déjame hacerlo, mira nada más cómo estás.

Negó por segunda vez reacia a continuar una conversación que ya habíamos tenido con anterioridad. Ambas sabíamos con plenitud que aceptar el trabajo que el señor Lloyd ofrecía era el equivalente a forjar un grillete por cuenta propia y entregarle una llave que nunca volvía a ver la luz de sol.

Una que otra desaparecía sin aviso, atada a un compromiso invisible, prisionera de la amenaza de volver un día a casa solo para encontrar que ya no había lugar al cual regresar. Y en la mayoría de las ocasiones, solo nos percatábamos de su ausencia por el listado que hacíamos cada tercer día, cuando el silencio respondía al llamado. «¿Se ha ido?», «¡pero si apenas la vi al anochecer!», alegaría alguien entre la multitud, y el resto de nosotras desearía que ojalá encontrara la libertad y si no, la muerte, porque ser encontradas sería mil veces peor.

A madre le quedaban todavía quince años de condena. Una sentencia a la persona más inocente que conocía.

—Puedo hacerme pasar por ti. Soy fuerte y tengo energía de sobra, sembraría el doble y recogería lo suficiente para pagar tres palomas gordas.

La sola idea hizo que madre riera, tomándome por sorpresa. Sí era cierto que teníamos un gran parecido, sin embargo, no lo suficiente, y más importante, ¿qué dirían al notar que la cosechadora Kalia trabajaba el doble de rápido de lo usual?

—Lo siento, Renna, no me estoy burlando, es solo que… —volvió a reír. En parte, ¡enhorabuena!, que la espesa niebla se dispersara momentáneamente.

—Descuida, madre. ¿Por qué no descansas un poco? Hoy es tu día libre. —Lo otro único bueno del día de pago y cobro inmediato. Un día entero de descanso, como si con eso se diluyera la imagen del hombre-monstruo—. Traeré agua fresca para tus curaciones.

Madre inclinó la cabeza en un gesto de agradecimiento y se acomodó en el colchón a ras del suelo, mientras alisaba su vestido, harapos del color de la tierra para que la suciedad no importara mucho en ellos.

—Volveré en un segundo —dije.

Agarré la canasta, de nuevo con la zozobra de sentirla cada vez que organizaba nuestras provisiones. La cocina, que quedaba a diez palmos de la rudimentaria habitación que presumía de tener la vieja cama, un tronco ancho cortado que hacía las veces de escritorio y la ventana al exterior desde donde se podía apreciar el amanecer. El sol brillaba verde en el cielo, tiñendo el interior de la estancia del color de la hierba.

Madre estiró el cuello para seguir mis pasos, atenta de a dónde iba. Guardé en los cestos las raíces y separé los tomates para evitar la luz directa; un día, no hacía mucho, habíamos olvidado hacerlo y al regresar de un corto paseo encontramos la comida echada a perder. Era lo que ocurría con las esporádicas tormentas reversas, donde el sol cargaba con más fuerza, como si se tratara de una bestia hambrienta a la que solo le bastaba con aspirar para robarle la vitalidad a nuestras plantas. Después de eso, la gente solía caer enferma y las quemaduras de aquellos que se exponían por largas jornadas tardaban el doble en sanar, los cultivos se podrían y no era extraño perder —aquellos que tenían el capital para permitirse algo de ganado— una o dos cabezas en las peores épocas.

«Es lo que hay», dijo mamá al ver las reservas en aquel entonces, con moscas sobrevolando el repentino festín. Fue un milagro no caer en la humillación de vivir a costa de la generosidad del resto del valle. Vendimos cuanto pudimos y doblamos las horas de trabajo: madre con el señor Lloyd, y yo en la vieja taberna de Rok, un hombretón de mediana edad lo bastante amable como para permitirme servir de asistente sirviendo las mesas. Me gustaba el trabajo. Más allá de representar un ingreso extra que en ocasiones aliviaba el peso de madre, me permitía enterarme de las noticias más allá de Mosvik aunque fueran frases sueltas. Al menos así la sensación de aislamiento no era absoluta, aunque otras noches la acentuaba.

—¿Hoy irás a lo de Rok? —preguntó madre, con la mirada perdida, puesta en las montañas.

—Claro. La semana pasada escuché que vendría una caravana a realizar la inspección anual.

—¿Ah, sí? ¿Pasó un año ya?

—Hmhm.

Me aseguré de que todo quedara lejos de lo que cubría la luz del sol. No teníamos lo suficiente para conseguirnos cortinas que hicieran la tarea, por lo que tomábamos precauciones: mantas para envolver, granos en frascos con agua, todo bajo las sombras, como si escondiéramos para las ratas. La última ración de carne de conejo, un detalle de Rok para completar mi austero pago, la habíamos devorado la noche anterior. De él no vendimos nada más que el pellejo: los dioses decían que hacer riquezas de la carne que se entregaba como obsequio atraía ruina a los hogares.

Además, estaba tan deliciosa que probablemente no la hubiéramos vendido aun si no existían tales advertencias.

—No quiero perderme nada —dije a madre mientras volvía con un cuenco de agua y sal—, saldré antes de que el sol esté en lo más alto. Estira tus manos.

Madre obedeció. Respiró hondo, porque sabía que las nuevas heridas arderían con el contacto del agua, pero era necesario para evitar que empeoraran. En tiempos mejores esto era oficio de padre, antes de que lo reclutaran en una de las múltiples guerras de expansión de territorio. Fue poco antes de que comenzaran mis pesadillas, pronto serían cinco años.

Retiré la suciedad y lavé hasta que el agua salió sin rastro de suciedad. Cubrí la carne lastimada con nuevos vendajes y me llevé lo demás. Madre bajó sus hombros, aliviada, cuando terminé. Tenía la piel de los brazos y sus manos bañada en una fina capa de sudor y la punta de los dedos temblaba. Di un beso en su frente y le aparté el cabello del rostro.

—Visitaré a Rok, veré qué puedo hacer por él para traer algo extra. A lo mejor todavía quiere deshacerse de algunas sobras.

Reposé la cabeza de madre en la parte más mullida del colchón. Cada vez era más frecuente verla así: reunía todas sus fuerzas para Lloyd, y al llegar a casa era poco más que un saco de huesos que tiritaba con la menor corriente de frío. Fruncí el ceño, angustiada, intentando recordar las señales de la enfermedad que padre me hizo repetir hasta el hartazgo la mañana en que se fue. Siempre que la veía así, ovillada en su propio vestido, con el rostro escondido entre los delgados brazos y la cortina de cabello oscuro, me preguntaba si era la fiebre que amenazaba con aparecer o una señal de algo invisible, de los látigos invisibles que le escocían el alma, profundos, infestados por gusanos.

La idea hizo que la visión de mi sueño emergiera brevemente. El cuello degollado, los cuervos alimentándose de mis entrañas, las cuencas vacías. Agité la cabeza para deshacerme del mal trago y avisé que saldría. Madre no respondió.

*

—¡Renna! —saludó Rok.

Sonreí en respuesta a medida que me acercaba al largo mostrador de madera y me amarraba el delantal al nivel de la cintura. Rodeé las tablas hasta llegar al otro lado y comencé a secar las copas que me tendía.

—Pensé que llegarías más tarde hoy.

—A madre no le fue bien.

Rok torció el gesto a modo de desaprobación.

—Ese hombre, Lloyd. Debería preocuparse más por poner este valle en forma. Antes de que llegaras escuché que había viajado recientemente a una de las ciudades mayores. Fahren.

—¿Y qué hacía el buen señor en la tierra de la opulencia? —Pregunté con todo el resentimiento que logré acumular. Ese dinero que costeaba sus viajes era nuestro único boleto para sobrevivir hasta la siguiente temporada. Viviríamos incluso con uno que otro lujo. Rok se encogió de hombros.

—A lo mejor lo descubrimos en unas horas.

—¿Llegará pronto?

—Una primera tanda de cinco soldados pasará a asegurarse de que no nos hemos convertido en salvajes.

Tuve que reprimir una breve sonrisa.

—Estoy segura de que les limpiaría las botas con la lengua con tal de ganarse su favor. ¿Quién vendrá a realizar la inspección?

—El gran señor Oberon con su esposa y heredero. Resulta que ha coincidido el día de la inspección con el cumpleaños del muchacho. Ah… Recuerda que el joven Valaric es alérgico a los frutos secos, sácalos de la cocina y guárdalos bajo llave.

Corrí al lugar donde se almacenaban los granos y las especias. Rebusqué entre las reservas todos los frascos etiquetados: nueces, maní, almendras.

Es suficiente como para costearnos el silencio y un par de boletos hasta la ciudad menor más cercana.

De cada uno, tomaba un pequeño puñado y lo guardaba en el bolsillo de mi traje. Terminé lo demás rápido, volteando cada vez hacia afuera donde debía estar Rok esperándome. La culpa no tardó en aparecer. Eran contadas las veces en las que la voz del arrepentimiento hacía presencia, pero la verdad era que Rok no podía ser mejor conmigo y con madre a pesar de que ya me pagaba una buena cantidad de monedas. Apreté la mano dentro del bolsillo mientras pasaba entre los dedos mi botín.

—Lo siento —susurré.

Devolví la mayor parte al lugar de donde los había tomado. Tenía que ser sincera conmigo misma, ¿cómo no me había dado cuenta del tesoro que guardaba la cocina? No tendría que pasar hambre jamás, y aun así, quizá Rok ni siquiera se percataría de lo faltante si actuaba con precaución. Si alzaba la vista, encontraba cajas con tallos de cebolla que sobresalían, huevos, unos cuantos toneles de hidromiel.

—Lo siento mucho.

Sabes cuánto lo necesitamos.

Diez minutos más tarde estaba de vuelta con Rok, incapaz de verlo a los ojos por lo que acababa de hacer.

—¿Lista? —dijo bonachón, espolvoreándose las manos de harina en el pantalón. Solía llevar las mismas ropas de siempre: pantalones grises parcheados que ajustaba con un cordel a nivel de la cadera y una camisa vieja arremangada hasta el codo. Lo único decorativo en él era un tatuaje realizado, según me solía contar, en una incursión al exterior para la que se había ofrecido voluntario. Más que un tatuaje era una marca de identificación—. Encárgate de las bebidas, hidromiel a los soldados y especiada para los señores.

El sol apenas había cruzado el cénit para cuando quedamos libres de trabajo. La noticia de la inspección solía guardar a todos excepto a unos pocos intrépidos. O estúpidos, según como se viera, porque aun si era remoto que en esas visitas cortas se llevaran a alguien o para servir o a los calabozos, siempre existía la posibilidad, a voluntad del gran señor encargado.

—¿Por qué no duermes un poco antes de que llegue la caravana? —Rok me señaló otra puerta junto a la cocina. Nunca la veía abierta, pero sabía que era el lugar donde vivía—. La jornada se extenderá hasta mañana.

—¿Seguro?

—Claro, no hay problema. Ya me has ayudado bastante y hoy no hemos tenido clientes.

—Gracias, Rok.

Rok respondió con un gesto mientras abría la puerta que rechinó al abrirse. La habitación se iluminó de verde cuando la luz alcanzó sus rincones: una litera para una persona, una silla del local con ropa sucia apilada, una maceta vacía. La cama, para sorpresa mía, es mullida y se hunde bajo mi peso. Tiene un leve perfume a canela e hidromiel que Rok debe de servirse al cerrar la taberna.

Dejó la puerta entreabierta para que no quedara en la oscuridad absoluta. Pronto vino a mí el sueño. Hacía tiempo que ya no tenía certeza de si había desarrollado un temor a dormir, a causa de mis sueños, o si era cierta resignación. Ciertamente solía revolverme muchas noches de lado a lado, prolongando lo inevitable hasta que me vencía el cansancio. Ni de él, ni de mi muerte conseguía escapar.

Me levanté del suelo. Había caído de rodillas, porque las piedras del camino se me incrustaban en la piel que escocía. Me mordí los carrillos para evitar el llanto. Si lloraba, era probable que lo que me quedaba de fuerza se disipara y me dejara a su merced.

Estiré las piernas y los brazos, palpé cada extremidad. Nada roto, todo permanecía en su lugar.

Sigue caminando, me repetía.

Un paso tras otro, volvía a alargar la distancia que nos separaba. A pesar de eso, todavía lo escuchaba. Me vigilaba bajo el cielo nocturno. Algo animal, primitivo, ciertamente inhumano. Se movía por entre las sombras, haciendo el suficiente ruido para hacerme saber que estaba ahí. El viento que soplaba desplazaba el aire cálido por alguna tormenta reversa reciente y me volvía pesados los pulmones. Respirar costaba, tanto como si helara.

Cuando eso me perseguía, incluso las estrellas se ocultaban. Solo rompían el silencio sus pisadas y mi aliento entrecortado. Volví a correr, con mi persecutor acelerando el ritmo de la carrera. ¿A dónde debía ir? No podía llevarlo a casa: haría trizas a madre. Rok aun con su tamaño no podría combatirlo. Los gruñidos que me dirigía en un incomprensible idioma no necesitaban traducción para la sed de sangre que emanaba de ellos.

Todo lo que aquello alcanzara, lo iba a destrozar.

¿Qué pasaría el día en que me alcanzara fuera de los sueños? Cuando no me diera el tiempo siquiera para levantarme de la grava.

Era consciente de que se me acababa el tiempo, y si tenía un acertijo por resolver, no había avanzado en nada.

Por favor, ¡por favor…!

Volví a caer. Esta vez de espaldas. Si iba a morir, al menos descubriría el rostro de la bestia. Un par de ojos ígneos resplandecieron en la oscuridad, con pupilas alargadas como lanzas; se entrecerraron, como si habitara en ellos una inteligencia de la situación. Sabía que había vencido una vez más la contienda. Y ahora reclamaría su premio.

Escuché sus garras en el suelo y el viscoso ruido de la lengua al saborearse los colmillos. Lo único que podía hacer era esperar. Me llevé la mano al cuello. Sangre. Sangre sin herida.

Mi muerte estaba predicha.

—¡ Renna, despierta!

Abrí los ojos, levantándome de golpe, con ambas manos alrededor del cuello. Tenía marcados mis dedos alrededor de la carne y el rostro bañado en sudor.

Rok retiró el dorso de la mano de mi frente, con un rostro similar al que puso madre la primera vez que le hablé de mis pesadillas.

—Ardías en fiebre —dijo apenas con voz. Estrujaba uno de los trapos de cocina entre ambas manos con indecisión, calculando cuánto debía de entrometerse—. Te llamé porque recibí el anuncio de que estaban entrando al valle, pero no respondías. Cuando te encontré…

Tosí. Mi voz salió ronca, como si hubiera dormido días enteros.

—¿Están aquí?

—¿Puedes trabajar así? —Una honda línea entre las cejas. Años de angustia grabados en su piel, porque no era de los que se encolerizaban.

Era de los que perdía todas las veces, casi como yo.

—Solo dame un momento para recuperarme.

—Bien. Iré a recibir a nuestros comensales.

Obligué al rezago de la pesadilla que solía perdurar un par de horas a irse de inmediato. No era momento para ausencias, mucho menos distracciones. Un error podía ser suficiente para no volver a ver la luz del sol.

En cuestión de minutos estaba a su lado, justo cuando las puertas dobles dieron paso a los grandes señores. Oberic, acompañado de Valaric y su esposa, Sade. Alcancé a vislumbrar los últimos colores de la tarde. Pronto anochecería

Debíamos mostrarnos dóciles, serviles, atentos a sus necesidades. Apenas sin alzar la mirada, mi panorama era la falda azul del vestido de Sade, con grabados en plata de las constelaciones de tierras lejanas. Oberic y Valaric vestían similar. Pantalones entubados hasta los tobillos y camisones abiertos de seda.

—¿Solo trabajas tú, chica? —preguntó el gran señor.

—Sí, mi señor —contesté, forzando un poco la voz todavía.

—Bien.

Rok hizo su mejor esfuerzo atendiéndolos a ellos y a los soldados, y yo me dispuse a servirles las bebidas tal como ordenó. Todo marchaba bien, con tres tandas de platos puestos y probados en la mesa. Nos hacían degustar primero la comida para comprobar que no había irregularidades. Precauciones para ellos, un insulto en mi opinión. Para ese momento me encontraba con el estómago repleto e increíblemente, temía que no me cupiera la última mesa que faltaba por servir.

Notaba a Rok cada vez más ansioso. Se movía de aquí para allá y emplataba con cierta torpeza que no era usual en él. Intenté preguntarle qué ocurría. ¿Acaso alguno de los cortes no tenía la cocción apropiada? ¿Desconfiaba de la calidad de mis bebidas?

Antes de que pudiera insistirle en que le hiciera saber si estaban en problemas, Rok alzó la voz —grave error— sin que los grandes señores se lo indicaran.

—Disculpe, mi señor —dijo Rok. Una vez Oberic le dio permiso continuó—. ¿Puedo preguntar cuántos días estarán en Mosvik?

Oberic se giró en su silla para quedar frente a frente con Rok. La gran señora Sade se irguió en su asiento, con una ceja arqueada.

—¿Tiene un interés particular en la duración de nuestro viaje?

No me gustaba a dónde se dirigía esto.

—No, mi señor. Disculpe la intromisión.

Oberic lo estudió un segundo más que pareció horas. Al final, volteó a ver a su mujer e hijo y ambos inclinaron la cabeza. Fue cuando uno de los soldados se levantó, a la espera de órdenes. La mano que tenía en alto bajó, y a su vez, el soldado volvió a su sitio.

En cierto modo le había perdonado su ofensa. Percibí en Sade un aire de desinterés, pero en Valaric… La piel del cuello se me erizó, como una presa que se ha encontrado con la muerte.

Mis ojos, en un lugar remoto a mi control, buscó su mirada.

Ígneos.

Los ojos de la bestia.