Línce.

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Línce va en busca de venganza hacía Nuevo México, pero... ¿ese propósito de vida de verdad le saciará?

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Capítulo 1

PRÓLOGO.

Bueno, seguramente no conoceréis nada de mí. Me llamo Rafael Fernández de la Luna, y os preguntaréis a qué viene todo esto. ¿No?

Estoy escribiendo estas líneas en un bar —aunque sería más justo llamarlo taberna— al suroeste de Estados Unidos, concretamente en Nuevo México, a 28 de febrero de 1883. Afuera el viento arrastra polvo del desierto y lo hace chocar contra los postigos como si quisiera entrar también a escuchar mi historia. Estoy sentado en una mesa apartada, con una botella de whisky casi vacía y la mano temblorosa. No por el alcohol.

Estoy a la espera de un hijo.

Y quizá por eso escribo. Porque un hombre puede mentirle al mundo, pero no debería mentirle a su sangre.

Os estaréis preguntando: ¿qué me está contando este tipo y por qué?

Os voy a contar mi historia. Una historia que, a mi parecer, debe quedar escrita. La titularé “Línce”. Ya entenderéis el porqué.

Aunque me encuentro en el suroeste de los Estados Unidos, no soy de este país. Tampoco del vecino. Mi origen está cruzando el océano. Provengo de Córdoba, Andalucía, en España. Tierra de olivares infinitos y atardeceres dorados que engañan al corazón haciéndole creer que el mundo es tranquilo.

Y es curioso cómo acabé aquí.

CAPÍTULO I.

EL ORIGEN

Mis abuelos maternos eran de Luque, un humilde pueblo cordobés. Allí levantaron una casa sencilla, encalada, con el olor permanente del aceite de oliva impregnando el aire.

Tuvieron cuatro hijos: Juan José y Enrique, mellizos de carácter áspero y lengua afilada; María de los Dolores, la primera mujer de la familia; y por último mi madre, Lucía de la Luna Ortega.

Mi madre…

Era una mujer radiante. De tez morena, ojos almendrados color café y una sonrisa que parecía capaz de calmar tormentas. A los dieciséis años comenzó a trabajar en el bar del pueblo. Fue allí donde conoció a mi padre.

Arturo Fernández Delgado.

Un joven bandolero que recorría la sierra cordobesa buscando cómo sobrevivir. Vestía camisa azul de botones, pantalones marrones gastados, botas de montar robadas y portaba una navaja de siete muelles con mango blanco y detalles en oro.

Tenía unos ojos verde grisáceo extraños, intensos. Y unas pestañas largas que le valieron el apodo de “El bandolero de las mil pestañas”.

Mi padre no conoció a sus padres. Fueron asesinados en un robo. Creció entre hambre y polvo. Fue acogido por la banda de Curro el Prieto, donde aprendió que el mundo se divide en dos clases de hombres: los que quitan y los que son despojados.

Pero cuando conoció a mi madre, dejó aquella vida. O eso intentó.

Trabajó la tierra hasta poder comprar una casa. Se casaron. Y nacimos mis hermanos y yo. Yo fui el mayor.

Durante un tiempo conocí la felicidad. Y cuando la felicidad es breve, duele el doble al marcharse.

EL FUEGO

La puerta del bar no se abrió. Se partió el aire cuando entró.

Primero fue el olor. Pólvora vieja, sudor agrio y tabaco mascado. Luego el blanco. Blanco sucio de la camisa abierta hasta el ombligo. Pecho moreno cruzado por cicatrices antiguas. Un cordón de oro colgando como si el cuello no pudiera sostener tanto orgullo.

Era un gitano. Y no trataba de disimularlo. Caminaba con esa mezcla de elegancia y amenaza que tienen los hombres que han sobrevivido demasiadas peleas.

Luis Salazar Flores.

Sus ojos eran negros, pero… no, de noche, sino de pozo. De esos donde tiras una piedra y no escuchas cuándo toca fondo.

Se detuvo frente a mi padre.

—Arturo padre mío… ¿me recuerdas?

Mi padre no respondió. Solo lo miró. Y yo vi algo en su rostro que no había visto nunca: no era miedo. Era pasado.

Luis sonrió mostrando los dientes amarillentos y sucios.

—Mi hermano también te recordaba. Sobre todo cuando le abriste el vientre de lado a lado y le dejaste las tripas en las manos.

El bar se quedó sin aire.

Mi padre había rajado al hermano de Luis años atrás, en uno de aquellos asaltos con la banda de Curro el Prieto. Una disputa por botín. Un mal movimiento. Una navaja más rápida que la respiración. El hermano de Luis murió desangrado en el polvo del camino, agarrándose los intestinos como si pudiera metérselos otra vez dentro.

Luis nunca olvidó eso.

Nunca perdonó.

La navaja apareció en su mano con un chasquido seco.

No hubo advertencia.

El acero cruzó la cara de mi padre desde el pómulo hasta casi el mentón. La piel se abrió como tela húmeda. La sangre brotó espesa, oscura, cayendo en gotas pesadas al suelo de madera.

Yo lo vi todo.

No parpadeé.

Recuerdo que alguien gritó. Luego el primer disparo. El sonido fue tan fuerte que me zumbó el cráneo.

Hombres armados entraron disparando. La pólvora quemó el aire. La madera saltó en astillas. Un hombre cayó con media cara arrancada. Otro se desplomó sujetándose el cuello mientras la sangre le salía a borbotones entre los dedos.

Vi a mi madre.

Una bala le atravesó el pecho. El impacto la hizo retroceder un paso, como si alguien invisible la hubiese empujado. Luego cayó. La sangre se extendió bajo su espalda formando una mancha caliente y brillante.

Sus ojos me buscaron.

No gritó.

Solo abrió los labios, como si quisiera decir mi nombre.

Mi padre me agarró por los hombros.

—¡Línce, escóndete!

Sus manos estaban resbaladizas de sangre.

Me llamaba Línce por mis ojos. Decía que no eran de niño. Eran claros, duros, con un brillo amarillento bajo la luz. Ojos que no miraban: clavaban. Ojos que parecían medir la distancia entre el latido y el disparo, heredando el color de los ojos y pestañas de mi padre y la forma almendrada de mi madre.

En ese momento no eran ojos de cazador.

Eran ojos de animal acorralado.

Me escondí detrás de un tonel, pero no dejé de mirar.

Luis y mi padre se rodearon.

La sangre le caía a mi padre por la mejilla abierta. Un hilo rojo le cruzaba el cuello y se perdía bajo la camisa. Aun así sostuvo la navaja.

El choque del acero fue breve. Violento. Sin elegancia.

Luis se movía con rabia contenida. Cada corte llevaba años esperando salir.

Mi padre intentó entrarle por el costado, pero estaba perdiendo sangre demasiado rápido. Luis lo empujó contra una mesa, le hundió la rodilla en el estómago y, cuando mi padre se dobló apenas un segundo…

Le abrió la garganta.

No fue un corte limpio.

Fue profundo. Serrado.

La piel cedió. La sangre salió disparada en un arco oscuro, caliente, espeso. Mi padre intentó respirar y solo logró burbujear rojo.

El sonido que hizo… no lo he olvidado nunca.

Luis también estaba herido. Mi padre le había abierto el pecho y tres tajos le marcaban las costillas. La camisa blanca ya no era blanca. Era roja carmesí, pegada a la carne.

Se miraron por última vez.

Yo sentí que algo me explotaba dentro.

No lloré.

No grité.

Mis ojos dejaron de temblar.

Salí de mi escondite con la navaja de siete muelles en la mano. No recuerdo haberla cogido.

Solo recuerdo el mango blanco manchado.

Me lancé contra Luis y le hundí la hoja en el muslo derecho. Sentí cómo atravesaba tela y carne. Sentí resistencia. Luego calor.

Él rugió.

Me golpeó con la culata de un revólver. Caí al suelo. El sabor metálico de mi propia sangre me llenó la boca.

Me agarró del pelo y acercó su cara a la mía. Su aliento olía a tabaco y a sangre ajena.

—Sucio perro… Te encontraré estés donde estés. Y te rajaré igual que a tu padre.

Sus ojos negros se clavaron en los míos.

Y por primera vez no vi odio.

Vi miedo.

Me soltó de un golpe. Luego todo fue oscuridad.

LA CULPA

Desperté en casa de una amiga de mi madre. Cubierto de vendas. Con el cuerpo dolorido.

Pero el dolor físico no era nada.

Lo que me consumía era la culpa.

¿Por qué yo seguía vivo? ¿Por qué no me quedé junto a ellos? ¿Por qué me escondí?

Durante años soñé con el olor a pólvora. Con los ojos de mi madre apagándose. Con la voz de mi padre llamándome Línce.

La mujer que me acogió me dio techo y pan. Intentó darme cariño. Pero yo ya no era un niño. Era una herida abierta.

Cuando cumplí dieciséis años, ella murió de enfermedad. Volvía a ser huérfano.

Solo me quedaron el rosario de mi madre, la navaja de mi padre, un paquete de tabaco… y una promesa que nunca pronuncié en voz alta.

EL APRENDIZAJE

En Doña Mencía conseguí trabajo en un bar. Trabajaba día y noche. Dormía poco. Pensaba demasiado.

Una noche apareció un anciano, a punto de que cerrara el bar.

—Me llaman Curro el Prieto.

Sentí que el pasado me agarraba del cuello.

Me habló de mi padre. De cómo había intentado cambiar. De cómo Luis consideró aquello una traición a la banda. En su mundo, el amor era debilidad.

Luego me dijo dónde estaba Luis.

Nuevo México.

Traficando con personas. Haciendo lo único que sabía hacer: destruir vidas.

Curro me miró largo y tendido.

—Niño, dale honradez al apodo que te dio tu padre y a la siete muelles que le acompañó tantos años, que no soy testarudo y se que lo que más ansias y por lo que vives es por ver muerto a ese hijo de perra, te espero mañana en lo alto del cerro.

Durante cinco años me entrenó. Me enseñó a disparar, a montar, a cazar… pero sobre todo a controlar la ira. Decía que la ira es como un caballo salvaje: si no la domas, te tira.

A veces me preguntaba si me estaba preparando para vivir… o solo para matar.

EL VIAJE

Hasta que llegó el día de tomar el barco hacia Nuevo México. Yo no sabía cuándo llegaría ese momento, pero una mañana Curro me ordenó montar a caballo, recoger todas mis pertenencias y prepararme. Viajamos durante una semana sin que yo supiera nuestro destino, hasta que llegamos a Cádiz… y lo comprendí todo.

En el puerto, Curro me señaló un barco y me dijo:

—Rafael, toma ese barco. Te llevará a México. Yo ya he cumplido mi deber; espero haberte ayudado, hijo mío. Recuerda quién eres y cuál es tu presa.

No me dio tiempo a reaccionar cuando ya se alejaban al trote. Fue la última vez que vi a Curro.

Subí al barco y permanecí allí durante dos meses y medio. Allí conocí a una dulce muchacha de mi edad: Isabela García Montenegro, que viajaba a Nuevo México en busca de nuevas oportunidades y para huir de su hogar.

Durante todo ese tiempo hablé con ella cada día. Jamás había conocido a una mujer de aquella manera… y me enamoré. Le conté mi historia y mi propósito, y aun así permaneció a mi lado, eligiéndome. Eso no hizo sino acrecentar mi deseo por ella.

Hasta que le pedí compartir la vida conmigo y ella aceptó. Al poco tiempo la embaracé.

Se me cayó el mundo encima.

Porque la amaba a ella… y ya amaba a la criatura que venía en camino. No quería dejarla sola. No quería que mi hijo creciera con el mismo vacío que me pudrió por dentro desde niño.

Tuve un conflicto interno que me desgarraba. Venganza o futuro. Sangre o cuna.

Hasta que un día antes de desembarcar me dijo:

—Rafael… haz lo que tengas que hacer, pero… no mueras ni me abandones, por favor. Hazlo por nuestro futuro hijo. Que no tenga que pasar lo que tú pasaste. Te quiero, Línce.

Esas palabras no fueron un puñal.

Fueron un hierro ardiendo atravesándome el pecho.

No sangré. Pero sentí cómo algo dentro de mí se abría y goteaba lágrimas invisibles.

Le juré que cumpliría mi promesa. Que sería el padre que mi hijo merecía. Que no caería ante nadie.

Porque ya no solo tenía el propósito de la venganza. Ahora tenía el propósito de terminar lo que me destruyó… para cerrar ese ciclo con mis propias manos y abrir una vida nueva.

EL DESEMBARCO HACIA EL NUEVO HORIZONTE

Al desembarcar, Isabela me abrazó tan fuerte que por un instante me dejó sin aire. Sentí su vientre entre nosotros. Sentí el peso de lo que venía.

Me besó. Largo. Como si intentara memorizarme.

Después tomó rumbo hacia su destino: un pequeño pueblo mexicano llamado Alburquerque, donde buscaría asedio y trabajo.

Yo tomé otro camino.

Uno más oscuro.

Entré en una pequeña tienda polvorienta. La ropa que llevaba estaba desgastada, rota, sucia de viajes y recuerdos que no se lavan.

Al cruzar la puerta, una campanilla oxidada anunció mi entrada.

Detrás del mostrador estaba un hombre mayor. Canoso. Bajo. Con algo de sobrepeso. Bien vestido. Y con un olor a tequila que parecía brotarle de la piel.

—What is it that your grace requires? Gringo.

Me quedé mirándolo.

—No hablo inglés, señor. Habló la misma lengua que usted.

Su cara cambió al instante.

—¡Ay cabrón! —soltó una carcajada—. No sabía que hablabas español perfecto. Me presento, soy Rodrigo Miraflores. Comerciante de todo lo que sea posible… no digamos cómo consigo las cosas, pos… no más las consigo, JA JA. ¿Y tú cómo te llamas? Porque “Gringo” ya no aplica. A ver… tienes cara de Juan… sí, Juan te queda…

—No me llamo Juan. Ni Antonio. Vengo de Andalucía, España. De Córdoba. Puede llamarme Línce.

—¡Ay carajo! ¿Línce? Qué nombres más raros tienen ustedes allá… Bueno, Don Línce entonces. Lo de “Gringo” viene por los estadounidenses. En la guerra se vestían de verde y les gritábamos “Green go”… y pos se quedaron con eso, compadre. JA JA.

Se inclinó sobre el mostrador.

—Hace años vino otro españolito de Córdoba. Aquí lo llaman “El Moreno Cortés”. O solo “Cortés”. Nadie sabe su nombre real. Dicen que es despiadado. Sanguinario. Traficante de armas, pólvora, personas… de todo lo que respire y se pueda vender, trafica el mamón JA JA.

No aparté la mirada.

—Sé perfectamente quién es. Vengo a cobrar unas deudas. Su nombre verdadero es Luis Salazar de la Vega.

Rodrigo levantó las cejas.

—Mira nomás… ¿y se puede saber qué deuda es?

—No.

Se hizo un silencio breve.

Rodrigo se encogió de hombros.

—Bueno cabrón, no se me enfade. Solo soy chismoso por naturaleza. ¿Qué necesita?

—Ropa.

Me observó de arriba abajo.

—Un hombre poco hablador… déjeme mirar.

Desapareció entre perchas y cajas.

Volvió con un montón de prendas negras.

—Mire carnal… pura oscuridad. Le va a quedar bien con esos ojos. Con esas facciones marcadas. Esa forma de mirar… como de asesino que ya decidió algo.

No sabía si lo decía en broma.

Pero acertaba.

Sacó uno por uno:

—Pantalones vaqueros negros. Zahones de cuero negros. Botas de montar negras. Funda para su revólver… negra también. Camisa de botones negra. Poncho mexicano negro. Sombrero plano español… negro. Y un pañuelo para el polvo o para que no lo reconozcan.

Sonrió.

—Listo para la caza, Don Línce.

En ese momento me miré en el espejo del lateral.

Mis ojos…Verdes grisáceos. Fríos. No brillaban.

No eran ojos vivos. Eran ojos que parecían calcular distancias. Como si ya estuvieran midiendo el lugar exacto donde entraría una bala.

—¿Cómo me vas a pagar?

—Con reales y escudos.

—Me parece bien, españolito. Y si quiere más información del “Cortés”, pásese por la taberna. Allí la lengua se suelta más que las botellas.

Salí de la tienda vestido de negro.

Y por primera vez entendí algo:

No me estaba vistiendo para el viaje.

Me estaba vistiendo para convertirme en algo.


Aarón Fernández.