Prólogo: Lealtades Divididas (Dos semanas antes)
“El problema de los corazones rotos es que sus pedazos pueden herir más profundo que el cuchillo más letal. Y no solo al dueño. También a los que le rodean.”
La luz dorada del atardecer se filtra a través de las persianas de mi despacho, proyectando largas sombras sobre los montones de papeles que cubren mi escritorio.
Reviso los últimos informes sobre el Proyecto Poseidón, mi mente trabajando a toda velocidad para asegurar que cada engranaje gire en perfecto silencio. Es un proyecto ambicioso. Innovador. Y peligroso. Por eso el círculo es minúsculo. Mis hermanos. Los socios más cercanos. Marcella, mi secretaria. Y, por supuesto, ella. Seraphina.
Una sonrisa estúpida se dibuja en mis labios al pensar en mi esposa. Iván y Melisa se burlarían sin piedad si vieran la cara de idiota que pongo cada vez que su nombre cruza mi mente. Esta mañana, ella me besó antes de salir. Un beso distraído, con sabor a café y pasta de dientes.
—Ti amo, Luka. No trabajes hasta tan tarde —dijo, acomodándome la corbata.
Yo solo asentí, embriagado por su olor, sin saber que sería la última vez que creería en sus palabras. Me prometió hacer lasaña. Su especialidad. Si llego tarde y se enfría, me mata. Hago una mueca al recordar la última vez: estaba tan furiosa que pensé que me lanzaría los platos a la cabeza. Será mejor que me dé prisa. Guardo los papeles en el maletín. El cuero cruje bajo mis dedos. Mientras recojo mis cosas, me acuerdo de la noche en que Seraphina, después de una de esas pesadillas que todavía la acechan, me susurró que yo era su hogar. No necesitaba promesas, decía, mientras yo recorría con mis dedos las cicatrices en su espalda, besándolas una por una como si fueran un mapa sagrado.
—No me sueltes nunca —me pidió con voz temblorosa. —Nunca —prometí.
Y no lo hice. Hasta hoy.
Saco el teléfono para avisarle que ya estoy de camino.
Luka: “Amore, salgo en cinco. Prepara el horno.”
Justo cuando mi dedo va a pulsar enviar, una notificación aparece en la pantalla. El remitente no tiene nombre. Solo una dirección de correo anónima. El mensaje es simple. Un archivo adjunto y una frase que me vacía los pulmones.
“La joya ya eligió nuevo dueño. Espero que tus inversionistas disfruten del Proyecto Poseidón…”
Frunzo el ceño. ¿Qué demonios…? Mi primera reacción es borrarlo. Debe ser spam. O una broma de mal gusto de algún competidor mediocre. Pero entonces, las imágenes adjuntas se descargan. El brillo de la pantalla me hiere los ojos en la penumbra de la habitación.
Fotos. Muchas fotos. Mis dedos se deslizan por el cristal con una curiosidad casual que se transforma, de un latido a otro, en incredulidad pura. Una punzada de confusión se retuerce en mi pecho. Crece. Se convierte en una garra de acero que me aprieta el corazón.
Hago clic en la primera foto. Una y otra vez. Necesito que mis ojos me engañen. Necesito que sea un montaje. Hago zoom. Busco un error. Una sombra mal puesta. Un defecto. Cualquier cosa por insignificante que sea, pero que me diga que esto es mentira.
Pero no. Ahí está ella. Inconfundible. Su cabello rubio cayendo sobre sus hombros. La curva de su cuello. Y él… Ese bastardo. Mateo Fanary.
La está besando. La está besando como si fuera suya. Con una posesión que me hace querer arrancarme la piel a tiras. La toca con una familiaridad que me revuelve el estómago. Paso a la siguiente foto. Sus cuerpos entrelazados en una intimidad que me roba el aire. Cada beso, cada caricia capturada en alta resolución, se siente como si me arrancaran una parte de mí en vivo.
Un vértigo sordo se abre en mi pecho.
Siguiente. Siguiente. Siguiente.
Mi respiración se vuelve superficial. Entrecortada. Esto no es real. No puede ser real.
Una oleada de náuseas me invade. Tengo que agarrarme al borde del escritorio para no caer. Por un segundo, siento que mi corazón ha dejado de latir. Simplemente se ha detenido. Llega otro mensaje. El teléfono vibra en mi mano como un insecto venenoso.
“Tu rival conoce tu secreto. El Proyecto Poseidón está en peligro. ¿De verdad confías tanto en la lealtad de tu preciosa mujer?”
El suelo bajo mis pies desaparece. Caigo. Los recuerdos me bombardean en rápida sucesión, cada uno más afilado que el anterior. Liana, con sus ojos devotos… pero falsos. Victoria, con su ambición envuelta en palabras tiernas. Todas jugaron conmigo. Ninguna me quiso por quien soy. Solo querían el dinero. Solo querían el prestigio de mi nombre.
Me odio por dudar. Me odio por creer. Pero más que nada, detesto esta certeza que empieza a echar raíces en mi mente.
No puede ser ella. No puede ser mi Seraphina. Tiene que haber un error… una confusión… Miro la foto de nuevo. Las cicatrices en su espalda. Esas que yo besé. Esas que yo adoré. No hay error.
Y sin embargo, aquí estoy. En este infierno. Tratando de entender en qué momento me perdí. En qué momento ella dejó de amarme. Si es que alguna vez lo hizo.
Otra notificación. Abro la aplicación de noticias. Mis manos tiemblan tanto que casi se me cae el teléfono. “ÚLTIMA HORA: Mateo Fanary anuncia un revolucionario proyecto de purificación de agua salada, superando a la competencia en innovación y eficiencia.”
La realización llega lenta. Aplastante. Como una losa de mármol sobre mi pecho. No es una coincidencia. Lo hizo. La mujer en la que deposité mi alma… me vendió.
Era mi todo. Mi vida. Mi hogar. La única a la que le entregué el corazón sin reservas, sin armadura. Y lo rompió en pedazos para dárselo a mi enemigo.
Cierro los ojos con fuerza. Intento bloquear las imágenes. Pero ya están grabadas a fuego en mis retinas. La confianza... la vulnerabilidad... las risas y las promesas... Todo reducido a esta obscena traición.
Un rugido ahogado se escapa de mi garganta. Es un sonido animal. Herido. No, no, no. Mi mano barre con furia los papeles del escritorio.
(Yo nunca te voy a traicionar, Luka, lo juro.)
Ella no, ella no. Oh, Dios, ella no. Todo explota en un caos de documentos esparcidos. No, no, no.
(Ti amo, Luka.)
El jarrón de cristal con las rosas que Seraphina dejó hace días —ese gesto que ahora parece una burla cruel— vuela por el aire.
(Vamos a lanzarnos de un paracaídas. Te prometo que todo va a estar bien, Luka. El avión no se va a caer. Toma mi mano y lo haremos juntos.)
Se estrella contra la pared. Crac. Se rompe en mil pedazos. Un sollozo amargo me quiebra la garganta. Las lágrimas arden. Queman.
Empiezo a destrozar todo lo que encuentro. Libros. Adornos. La lámpara. Cualquier cosa que pueda romperse igual que yo. Me levanté de tantas caídas creyendo que ella era mi refugio. Pero con ella fue peor. Me desplomé desde más alto.
La puerta se abre con cautela.
Marcella.
Su rostro está pálido. Mira el caos. Me mira a mí. Por un segundo, veo algo extraño en sus ojos. Algo que no alcanzo a descifrar. ¿Miedo? Su expresión vuelve a ser neutra. Profesional.
—¿Señor Kavally? ¿Qué… por el amor de Dios, qué ha pasado aquí? —pregunta en voz baja.
—¡No es tu maldito asunto! —espeto, dándole la espalda. Mi voz suena áspera, como si hubiera tragado vidrio—. ¡Llama a Melisa! ¡Ahora!
Marcella se tensa. Frunce el ceño un segundo… luego asiente, en silencio, y sale del despacho cerrando la puerta con suavidad. Solo otra vez. Mi mirada se clava en una fotografía sobre el escritorio, que milagrosamente ha sobrevivido a mi huracán. Seraphina y yo en la playa. Su mano en mi pecho. Su sonrisa… radiante. Y yo, mirándola como si fuera el sol. Un nudo se forma en mi garganta. Me sentía completo. Invencible con ella a mi lado.
—¡¿Por qué?! —grito al vacío—. ¡¿Por qué me hiciste esto, Seraphina?! ¡Te di todo! ¡Todo mi puto mundo! ¿Eso no era suficiente para ti? ¿Yo… yo no era suficiente?
Mi voz se rompe.
Tomo el marco.
Lo lanzo con violencia.
El cristal estalla al chocar contra la pared.
Se hace añicos. Como mi corazón.
Y justo en ese momento, la puerta se abre de golpe. Melisa entra corriendo. Se detiene en seco. Sus ojos recorren el desastre. Los papeles. Los cristales. A mí.
—¿Luka? —pregunta, pálida. Sus ojos se abren con desconcierto—. ¿Estás loco? ¿Qué ha pasado?
No le respondo. Me dejo caer en la silla. Me han arrancado todas las fuerzas. Soy un cascarón vacío.
—¿Estabas… llorando? —susurra. Su voz se quiebra al final.
Corre hacia mí. Ahora sí parece aterrada. Normal. Yo nunca lloro. Nunca. Solo me han visto así un par de veces. La primera, cuando mis padres murieron. Yo tenía diecisiete años. Y la segunda... esa nunca saldrá de mi boca.
—Llama a Iván —susurro con voz ronca—. Por videollamada.
Apenas puedo respirar. Me siento a la deriva. Entumecido. Como si todo lo que era cierto ya no existiera. Melisa titubea.
—Luka…
—¡Llama a Iván! —gruño.
Ella da un paso atrás. Asustada. Niega con la cabeza, traga saliva y saca el teléfono. Unos segundos después, el tono de llamada comienza a sonar. Iván descuelga al quinto timbre.
—¿Mel? ¿Qué pasa? Estoy en medio de…
—No lo sé —lo interrumpe Melisa, temblando—. Es Luka… Yo…
—Revisen sus teléfonos —los corto bruscamente.
Mientras hablaban, les reenvié el infierno.
—¿Luka? —exclama Iván al verme en la pantalla—. ¿Estabas…?
—¡Los teléfonos! —grito.
Melisa pega un brinco. Toma su segundo teléfono. Iván baja la cabeza.
—¿Nonna y Sera están bien? —pregunta Melisa con urgencia—. ¿No les ha pasado nada?
Pero no termina la frase. Acaba de abrir las imágenes. Su rostro se descompone. El teléfono se le resbala de las manos y cae sobre la alfombra. Iván frunce el ceño. Ojos muy abiertos. Veo sus rostros pasar del dolor a la incredulidad, y finalmente, al horror absoluto.
—Esto no… no puede ser, tiene que ser un error —musita Melisa, llevándose una mano a la boca.
—¿Un error? —me burlo con amargura. Una risa que duele—. Lo están viendo con sus propios ojos.
Levanto mi teléfono con la mano temblorosa y les muestro la noticia.
—Ese es nuestro proyecto —exclama Melisa, indignada. Su rostro se pone rojo de ira.
—¿Y ahora crees que no puede ser? —pregunto con una carcajada hueca.
El aire abandona mis pulmones. La presión se me baja de golpe. Es un vértigo sordo. Sangre y bilis latiendo en mis venas.
—Lo voy a matar —gruñe Iván. Su voz es baja. Cargada de veneno—. ¿Y Seraphina? ¿Cómo pudo…? ¿Cómo…? Ella… después de… joder…
Está tan furioso que no puede hablar. Se levanta de un brinco y desaparece de la pantalla, caminando de un lado a otro como un animal enjaulado.
Aprieto la mandíbula hasta que los dientes crujen. El dolor retrocede, aplastado por algo más denso. Más oscuro. Un instinto asesino que me tensa los músculos y endereza mi columna. Es un escudo mejor. Me protege. Me ayuda a pensar. Me mantiene en pie.
—¿Cuándo dejó de amarme? —murmuro—. ¿Alguna vez lo hizo?
—Seraphina... no puede ser —musita Melisa—. Tiene que haber una explicación.
—Pues lo hizo —gruñe Iván—. ¿Por cuánto tiempo? ¿Seis meses? ¿Cómo Li…?
—¡No la nombres! —lo corto. Sé lo que iba a decir. Liana.
—Aquí están las pruebas —añado—. Cada vez que las veo me dan náuseas.
El temblor de mis manos cesa de golpe. La asfixia desaparece bajo una máscara de acero. El empresario. El estratega.
—Sí… sí lo hizo —dice Melisa de pronto, con una decisión feroz—. Entonces haremos que pague.
—Sí —ruge Iván—. Nadie traiciona a nuestro hermano y se va impune.
Un nudo se deshace en mi pecho. Están conmigo. Siempre están conmigo.
—Es una zorra —escupe Melisa—. ¿Cómo pudo? —Hace una pausa. Su voz se suaviza—. Pero… ¿y si investigamos más? ¿Y si las imágenes no son reales? ¿Y si alguien las manipuló?
—¿Investigar qué? —replica Iván—. ¡Todo cuadra! Espera a que se lo diga a Isabella —agrega.
—¿Y Nonna? —pregunta Melisa.
Niego con la cabeza.
—No todavía. Ella llega mañana. No quiero romperle el corazón… aún.
—¿Y Seraphina? —vuelve a preguntar, apenas un susurro.
Una sonrisa vacía se dibuja en mis labios.
—A esa traidora la confrontaré esta noche. Fingirá mientras Nonna esté aquí. Al fin y al cabo… siempre se le ha dado muy bien fingir.
Y después… será como si nunca hubiera existido. Porque no hay vuelta atrás cuando el alma se rompe.
—Tenemos que vengarnos —dice Iván.
El Dragón ruge. Pero el hombre solo quiere llorar.
—¡Luka! —susurra Melisa, tocando mi brazo—. Mírame.
Niego.
—Ahora no, sorellina. Yo…
—Sí, ahora. ¿Crees que no te conozco? Estabas llorando, Luka. Llorando.
Traga saliva.
—Solo quiero saber en qué estás pensando.
—¿Y qué quieres que te diga, Mel? —gruño, mirando sus ojos azul marino—. Mi peor pesadilla se ha hecho realidad. Todos… al final, siempre quieren algo de mí. Así que dime tú… ¿por qué ella?
En otro momento, me habría avergonzado el gemido roto que se escapó de mí. Pero estos son mis hermanos. Mi familia. Y cuando murieron mis padres y yo caí a un pozo negro y sin fondo, ellos se tiraron dentro conmigo sin dudar para sacarme de allí.
—No lo sé, hermano… pero estamos aquí —dice Iván.
—Estamos aquí siempre —añade Melisa—. Si tú vuelves al pozo, nosotros vamos contigo. Y te sacamos de nuevo. Las veces que hagan falta.
—Vamos a salir de esta —gruñe Iván.
Asiento. No estoy convencido. Pero tengo que fingir.
—Gracias —susurro.
Mel se inclina y me abraza. Apoya la barbilla en mi hombro. Me permito hundir la cara en su cuello. Una lágrima solitaria cae. Ella me aprieta más fuerte. Aspiro su aroma. Dulces y canela.
—Te tengo —susurra.
Nos quedamos así un minuto.
Luego me aparto. Respiro hondo. Me pongo de pie.
—Esto es lo que haremos. Melisa, llama a Alessandro. Cancela todas las tarjetas de Seraphina. Iván, redobla la seguridad... Y yo… yo iré a casa. A hablar con mi querida esposa.
Salgo del despacho sin esperar respuesta. Paso junto al retrato roto en el suelo. Lo piso. El cristal cruje bajo mi suela. No miro atrás.
***
Melisa (Dos días después)
Miro las imágenes por... ya ni sé cuántas veces.
Un suspiro pesado se me escapa. La frustración es un nudo apretado en el pecho. Tengo esta corazonada. Insistente. Molesta. Algo no encaja. Faltan piezas en el rompecabezas que Luka nos mostró.
Cierro los ojos. Luka estaba destrozado. Lo he visto al borde del abismo un par de veces, pero esta… esta fue distinta. No solo vi su corazón romperse. Lo vi convertirse en cenizas. El problema con los corazones rotos es que sus pedazos cortan. Y no solo hieren a quien los lleva… también a los que están cerca.
Y Seraphina… Una náusea me sube a la garganta. Si de verdad es una traidora, merece cada palabra cruel que le dijimos.
Pero… Alessandro Giuliani, el abogado, nos dijo que necesitábamos pruebas para demandar. Revisé el sistema. Y fue ahí cuando lo supimos. Toda la información del Proyecto Poseidón —toda— desapareció. No solo lo digital. También lo físico. Al mismo tiempo que Luka recibió el correo.
Recuerdo la llamada de Iván esa misma noche.
—Isabella y yo revisamos todo aquí —me dijo—. Los archivos físicos, las copias… se han ido. Como si alguien supiera exactamente qué borrar.
—¿Qué fue exactamente lo que desapareció?
—Todo, Mel. Planos, informes, contratos. Es como si el proyecto jamás hubiera existido.
Hablamos con Georgina... Gio, la hermana de Isabella. La experta en ciberseguridad. Iván dice que ella tiene métodos. Que si alguien puede encontrar un rastro digital, es ella. Seraphina no sabía hackear. Al menos, eso creíamos. Iván dice que si pudo engañar a Luka, pudo hacer cualquier cosa.
Yo… no lo sé.
Esa noche decidimos que sería Marcella quien le diría a Luka lo del robo de información. No me agrada mucho esa mujer, pero no teníamos opción. Luka estaba demasiado inestable.
Fue justo entonces cuando Seraphina llamó. Llorando. Teniendo un ataque de pánico. Nos rogó que la creyéramos, que ella jamás había traicionado a Luka... que estaba confundida.
Por un instante… casi le creo. Su voz me devolvió a la chica asustada que encontramos en la calle.
Pero recordé a Luka llorando. Y le dije que ojalá no la hubiéramos encontrado nunca. Iván dijo que traerla a Italia fue nuestra desgracia. Isabella preguntó: “¿Por qué?”. Fuimos crueles. Queríamos que le doliera.
Y aun así… hoy, esa sensación sigue ahí. Anclada en mis costillas.
Tomo el teléfono. Llamo a Iván e Isabella.
Responden al tercer timbre.
—¿Sorellina?
—Estaba pensando —comienzo a decir.
—¿Qué pasa? —suspira Iván.
—No lo sé —espeto—. Es esta sensación. ¿Y si ella es inocente?
Sus caras se congelan. Intercambian una mirada.
—Las fotos son prueba suficiente, y no me hagas ni siquiera empezar con el resto... ¿o me vas a decir que todo es pura coincidencia, Mel? —pregunta Iván con aspereza.
—Ya lo sé —gruño—. Pero solo… supongamos. Si no investigamos y después descubrimos que era inocente, nunca nos lo perdonaremos.
Iván suspira.
—No puedo verla como inocente… pero Isa opina igual.
—Podríamos empezar a investigar —interviene Isabella—. No perdemos nada. Luka no lo hará.
—Tenemos que apurarnos —gruñe Iván—. Nonna vuelve a Florencia en dos semanas. Cuando eso pase, Luka la echará.
—Y en ese momento intentará impedir cualquier acercamiento que queramos tener con ella —agrega Isabella.
—Luka no puede prohibirnos nada —respondo—. Tal vez… tal vez yo pueda llevarla conmigo mientras investigamos.
—¿¡Estás loca!? —exclama Iván.
Al mismo tiempo, Isabella dice...
—Intentar es la palabra clave.
—No puedo dejarla volver a la calle. Si todo es cierto, la echamos. Pero si no…
—No me gusta nada —gruñe Iván—. Pero tienes razón.
—Pues está decidido —dice Isabella, levantándose de un salto.
Cortamos porque ellos deben ir a casa de Georgina.
La pantalla se apaga y yo me la quedo mirando fijamente.
Pero la corazonada sigue latiendo. Algo no encaja. Y si no lo descubrimos a tiempo… vamos a perderlo todo.
***
(En algún lugar de Italia...)
El teléfono parpadea unos segundos después de la llamada. La pantalla se apaga. Silencio. Una mano perfectamente cuidada deja el dispositivo con suavidad sobre la superficie pulida del escritorio.
No hay apuro. No hay sorpresa. Solo un gesto contenido… y un suspiro apenas audible.
Los dedos tamborilean con ritmo paciente junto a una carpeta cerrada. Lleva días allí. Intacta. Oculta a plena vista.
Una mirada breve hacia la ventana. El reflejo en el cristal devuelve una silueta serena. Imperturbable. Inocente. Luego, muy lentamente, una curva imperceptible se dibuja en sus labios.
No es una sonrisa. No del todo. Pero tampoco es indiferencia. Es satisfacción.
Todo ha ido… exactamente como debía.
***
“Las piezas ya se han movido… y ni siquiera el rey sabe que está siendo cazado.”