Prólogo.
Estarrosa hablaba de tantos temas a la vez que Elizabeth ya ni siquiera lo escuchaba, simplemente se había cruzado de brazos y miraba por la ventana del auto. La noche oscura era apenas iluminada por algunos faros y la tenue luz de la luna, sin ellos probablemente ni podrían seguir andando en la carreta, pues su increíble novio había olvidado arreglar las luces de su auto viejo y desgastado. El rostro molesto de la peliplateada no pasaba desapercibido para su acompañante qué conducía, pero él la ignoraba de igual forma que ella lo hacía.
Ambos estaban molestos y ninguno estaba dispuesto a darle la razón al otro. A ella le molestaba lo patético y estúpido que podía llegar a ser su pareja, jamás la tomaba en cuenta, no tenían suficiente comunicación, la responsabilidad parecía no conocerla, ¡Ni siquiera lavaba los platos!, y cuando él solo desaparecía por varias horas no era capaz de dejarle ni un mensaje de que no podrían verse, a ella le parecía que no tomaba en cuenta sus delicados sentimientos. Y a él le molestaba que ella se lo sacara en cara.
Estarrosa finalmente resoplo y se tragó una parte de su orgullo para romper la falta de comunicación entre ambos.
—Esto es ridículo, ya quita esa cara Elizabeth.
—No quiero.
—¿En serio te pones así solo porque no le puse luces al estúpido auto? Vamos no es el fin del mundo, no nos va a pasar nada por conducir una noche sus luces delanteras —Elizabeth frunció más las cejas y lo miró con molestia, él en verdad creía que todo era simplemente por su viejo y oxidado auto, no podía por un segundo pensar que sus actitudes desinteresadas eran el problema. O tal vez si lo hacía, pero su orgullo no lo dejaba aceptarlo y eso era ridículo.
—Sabes perfectamente que no es por eso. Estarrosa, me dejaste esperándote tres horas en la estación y ni siquiera tuviste la amabilidad de llevar mis maletas, tuve que cargarlas y guardarlas yo misma en la maletera. ¿Alguna vez me ves y sientes el impulso, de no sé, tal vez, abrirme la puerta del auto? —Intentó mirar al peliplateado con la cara triste de un perrito, pero este prefería no mirarla porque sabía que lo hacía terminaría bajándole las maletas su novia del auto en cuanto la dejara en su casa y él deseaba no hacer eso.
—¿Por qué debería hacerlo si tu sola eres capaz de ello? Ni que fueras una recién nacida, compórtate como la mujer que eres Elizabeth.
—¡Lo ves! De eso estoy hablando. Sé que puedo hacer las cosas yo misma, pero tu jamás tienes un gesto lindo conmigo. Me diste flores una sola vez en nuestra relación y jamás has visto una película que yo haya elegido. No es mucho, solo pido pequeños detalles que me recuerden que me quieres.
De pronto los faros qué iluminaban las calles se apagaron, tal vez era una falla eléctrica, pero ahora el camino era poco visible por lo que Estarrosa tuvo que forzar la vista para intentar ver por donde iban. La peliplateada tragó saliva asustada porque era como si conducieran a ciegas, su brazos antes cruzados ahora estaban tensados a cada lado de su cuerpo y sus manos se aferraban al asiento. Por un segundo espero que su novio dijera algunas palabras para reconfortarla y que se le bajaran los nervios, sin embargo, era mucho esperar algo así de él.
—Te paso recogiendo en la estación del tren cada vez que viajas a visitar a tus padres, aunque esta queda a tres horas del pueblo. Te llevo conmigo a los partidos de béisbol. Cenamos en tu casa cada domingo. Ya me presentaste a tu ruidosa familia, y conociste a la mía. Dejé que escogieras mi último corte de cabello y que lavaras mi ropa mientras yo cortaba tu césped. ¡¿No es eso suficiente?!
—¡No!
—¡Muy bien entonces terminamos!
—¡¿Qué?!
—¡Terminamos! No pienso seguir contigo si esperas que yo haga todas esas ridiculeces, es demasiado esfuerzo, ¿Sabes? ¡Y tu no ves eso!
—¡¿Esfuerzo?! ¡Estarrosa es lo mínimo que deberías hacer! ¡LO MÍNIMO!
Antes de que él peliplateado le respondiera finalmente logró enfocar el camino en medio de la oscuridad y grande fue la sorpresa de ambos al ver un conejo en medio, justo por donde ellos debían pasar. Estarrosa dobló el volante a la derecha lo más que pudo y terminó entrando al bosque mientras del susto apretaba el acelerador y ambos gritaban. Elizabeth ya había clavado las uñas al asiento, probablemente ahora roto, y su corazón latía a mil esperando que se estrellaran con uno de los tantos árboles.
Sus gritos se volvieron más agudos en cuanto un ave se estrelló contra la ventana de Elizabeth dejando esta manchada de sangre. Antes de ella poder asimilar algo más, giró su cabeza a un lado, solo para encontrar con Estarrosa desabrochando su cinturon de seguridad.
—¡¿Qué haces?!
—¡Sobrevivo! —Antes de que Elizabeth pudiera hacer algo ya su ex pareja se había lanzado del auto y solo quedaba ella en esa espantosa pesadilla.
Tuvo que usar toda su fuerza de voluntad para despegar sus manos del asiento y callar sus propios gritos. Como pudo tomó el volante para girarlo y evitar estrellarse, por más que intentaba no lograba cambiarse de asiento y podía sentir como las lagrimas del miedo a morir se acumulaban en sus ojos. Todo lo que ella quería era despertar de repente de esa pesadilla en su casa, envuelta en sus suaves sábanas y con el sonido de televisor encendido. Cerró los ojos un momento rezando internamente por sobrevivir, sin embargo al abrirlos ya era muy tarde, no podría esquivar el árbol.
Entonces sintió el impacto.
Era raro, pero seguía consciente e intacta, sin embargo agradeció eso porque el auto de Estarrosa no había salido con la misma suerte. Finalmente logró desabrochar su cinturon de seguridad y bajó de esa cosa lo antes posible. Antes de que pudiera siquiera ver a sus alrededores con tan solo dar cinco pasos para alejarse cayó al suelo.
No supo cuanto tiempo estuvo inconsciente, pero al despertar lo primero que pudo visualizar era una casa grande, con ventanas cubiertas con tablas y luces rojas escapando por los espacios abiertos. Esta estaba al otro lado de una carretera de tierra frente a donde ella y el auto se habían estrellado. La noche seguia siendo oscura y gruesas nubes que estaban preparandose para dejar caer la lluvia tapaban la luna, así que podía suponer que era de madrugada, se levantó del suelo y sacudió su falda para ir a pedir algo de ayuda a la casa, todo lo que necesitaba era un lugar donde pasar la noche. Caminó lo más estable que pudo intentando que los tacones no la dejaran caer y se detuvo frente a las escaleras para subir al porche.
Un escalofrío había recorrido toda su columna al estar ahora tan cerca de la casa, sin embargo ya no era momento de tener miedo. Subió cada escalón temblando un poco, peinó lo más que pudo su cabello debajo de su sombrero y al estar frente a la puerta acercó su oído los más que pudo intentando escuchar algún ruido de adentro.
Finalmente levantó su mano derecha y dió los primeros toques con sus nudillos.