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A un roce de distancia

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Summary

Dos meses hablando cada día con una desconocida que, poco a poco, dejó de serlo. Audios eternos. Madrugadas robadas al sueño. La sensación incómoda —y adictiva— de empezar a importar demasiado a alguien que aún no has tocado. Cuando por fin se encuentran, nada ocurre como lo habían imaginado. Los nervios pesan más que las palabras, las miradas duran demasiado y el silencio dice cosas que ninguna se atreve a nombrar. Un concierto entre empujones y luces, una cena donde intentan actuar con normalidad, y una habitación de hotel que convierte todo lo virtual en algo imposible de ignorar. Porque fuera de la pantalla ya no hay filtros ni tiempo para pensar las respuestas. Solo dos personas intentando entender qué es eso que ha crecido entre ellas: si es ilusión, miedo… o algo mucho más difícil de sostener cuando empieza a ser real. Al amanecer, la pregunta ya no será si sienten algo. Será si están preparadas para vivirlo fuera del refugio de la distancia.

Status
Complete
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

Casa

No tengo ni idea de cómo llegué a su casa. De verdad. Mi mente era un caos, solo recuerdo el pulso en las sienes y mis manos que no paraban quietas: tocando el borde de la chaqueta, la cremallera de la mochila, el móvil que no dejaba de mirar.

Como si en la pantalla fuera a aparecer de repente un mensaje suyo de última hora: «mejor otro día», «no estoy preparada», o cualquiera de las mil frases que yo misma había ensayado en su nombre.

No me lo podía creer. Después de dos meses de subidas y bajadas emocionales, de mensajes a deshoras y de imaginarme mil escenarios, por fin iba a tenerla delante. En unos minutos.

Cuando al fin estuve frente a su puerta, la noche ya había caído y el mundo se redujo a un rectángulo de madera. Una puerta normal. Como cualquier otra. Pero al otro lado estaba ella. Y eso lo cambiaba todo.

Respiré hondo.

Una vez.

Dos veces.

Llamé.

Los segundos hasta que abrió se hicieron eternos. Podía oír el latido de mi corazón en mis oídos, un martilleo sordo que parecía querer delatarme. Y entonces, la puerta se abrió. Y allí estaba.

No fue una sorpresa, no. Fue más bien un clic, un reconocimiento profundo. Como si mi cuerpo ya la conociera, ya supiera cómo era su presencia antes de que nuestros ojos se encontraran en el mismo espacio. Llevaba el pelo suelto, liso y tenía esa expresión un poco contenida que tantas veces había intentado descifrar leyendo sus mensajes a altas horas de la noche. Pero en persona... en persona era diferente. Era más. Mucho más.

—Hola —dijo con una sonrisa.

Su voz sonaba diferente. No era como a través del teléfono, no. Era mejor. Más cálida, más cercana, más peligrosa...

—Hola —respondí, y me odié un poco por lo poco que esa palabra decía de todo lo que llevaba dentro.

Durante un momento, ninguna de las dos se movió. Nos quedamos ahí, en una especie de limbo. El aire entre nosotras se puso denso, eléctrico, como si tuviera memoria propia.Un recuerdo cruzó mi mente:

Una noche cualquiera, su nombre iluminando la pantalla.

«Hola, ¿te apetece que veamos un capítulo?»

Y yo, siempre disponible para ella.

Parpadeé y volví a la puerta, a su mirada fija en la mía, a ese leve gesto en sus labios que parecía debatirse entre una sonrisa y una confesión. ¿Estaría pensando lo mismo? ¿Estaría recordando alguna de esas noches, algún mensaje en concreto,

alguna frase que ahora, en persona, pesaba de otra manera?

—Pasa, ¿no? —dijo al fin, apartándose lo justo para dejarme entrar.

Yo simplemente sonreí nerviosa y asentí con la cabeza.

Al cruzar el umbral, tuve la absurda sensación de que algo en mi vida se cerraba y

otra cosa, más incierta y emocionante, comenzaba a abrirse. Como si esa puerta no

fuera solo una puerta, sino una línea que hasta ahora solo habíamos dibujado con

palabras.

El olor de su casa me envolvió con una familiaridad extraña que no sabía explicar.

Como si hubiera estado allí antes. Como si, de algún modo, siempre hubiera sabido llegar. Era una mezcla de su perfume, de algo cocinado hacía poco, de hogar. De ella.

La puerta se cerró detrás de mí con un clic suave. Y ese sonido, insignificante para cualquiera, a mí me resonó en el pecho como el pistoletazo de salida de algo que ya no tenía vuelta atrás.

Pasamos al salón. Al entrar, lo primero que vi fue la taza que le regalé, que estaba sobre la mesa, al lado de unos panfletos publicitarios. También había algunos juguetes del pequeño esparcidos por ahí. Y en el sofá, una manta arrugada caía por uno de los brazos, como si alguien se hubiera levantado hacía un segundo.

Era real.

Ella era real.

Y su vida, con todo su desorden, también.

Mis ojos se desviaron al sofá. Ese sofá. El protagonista de tantos mensajes, el que tanto deseaba y que por fin se materializó. No pude evitar sonreír al recordar esos momentos. Y entonces, sin querer, mi mente se trasladó a otro lugar. La imaginé recostada allí, en plena madrugada, el móvil en una mano, enviándome audios con esa voz que ahora escuchaba en directo. La imaginé sonriendo mientras escribía, quizá despeinada, quizá con las piernas encogidas bajo el nórdico.

Tragué saliva. La boca se me había secado de golpe.

Ella se movía por la casa con total naturalidad, buscando algo —el móvil, las llaves, su mochila — mientras yo seguía de pie, sintiéndome torpemente fuera de lugar. Mis manos no sabían qué hacer. Primero las metí en los bolsillos, luego las saqué. Lascrucé sobre el pecho, y me pareció una postura demasiado cerrada. Las dejé caer a los costados, y me sentí como un muñeco.

¿En serio no la vas a abrazar?

¿Ni siquiera un beso en la mejilla?

Dos meses… ¿y ahora te quedas ahí, como una estatua?

El pensamiento me quemó por dentro. Llevaba mucho tiempo imaginando este momento, ensayando mentalmente cómo sería. Y ahora que lo tenía delante, mi cuerpo se negaba a cooperar.

Ella se colgó la mochila al hombro y se giró hacia mí.

—¿Vamos? —preguntó.

Yo solo pude asentir,

Al pasar a su lado, para ir hacia la puerta, su brazo rozó el mío.

Un contacto mínimo.

Accidental.

Pero mi piel reaccionó como si se hubiera quemado. Un escalofrío me recorrió el brazo, la nuca, la espalda entera. El aire se me quedó atrapado un segundo, solo uno, el justo para que ella pudiera notarlo si estaba prestando atención.

No dijo nada.

Yo tampoco.

Pero supe que lo había sentido.

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Strong Dialog

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