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Entre Amor y Razón, Ambas Son Posibles

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Summary

Natalia, una mujer prodigio, se ve atrapada entre dos hombres: Nick, un joven actor con quien vivió una noche inolvidable en Londres, y Mike, un CEO que parece ser un idiota, sin sentimientos que lucha con las expectativas de su familia. Mientras los secretos se acumulan y las decisiones difíciles acechan, Natalia tendrá que confrontar lo que realmente quiere en la vida y cómo sus relaciones pueden cambiarla para siempre. 🚨 ADVERTENCIA DE CONTENIDO EXPLÍCITO 🚨 Este material contiene escenas explícitas de violencia y maltrato, las cuales pueden resultar perturbadoras o desencadenantes para algunas personas. Si eres sensible a estos temas, te recomendamos encarecidamente NO continuar con la lectura. Procede con extrema discreción.. 😊

Genre
Romance
Author
deep302
Status
Complete
Chapters
50
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Londres, 2026

—Disculpa, ¿puedo sentarme contigo? —preguntó un chico alto, de aproximadamente 1.75 metros. Tenía el cabello rojo, pecas dispersas en su piel blanca, una gorra y unos lentes de sol enormes que ocultaban gran parte de su rostro.

—No hay problema —respondí con indiferencia, volviendo mi atención a la novela que leía en mi celular. La música sonaba a bajo volumen en mis audífonos mientras bebía mi café tranquilamente.

Permanecimos así por un buen rato. El chico no se movió de su asiento, solo pidió un café, como si quisiera disimular que nos conocíamos. No dijo una palabra más, y yo tampoco le di demasiada importancia. Cuando terminé mi café, me levanté, dejé unos billetes en la mesa como propina y me preparé para irme.

—Un placer conocerte, Sun —le dije con una sonrisa antes de marcharme.

El chico permaneció igual de quieto que durante los últimos diez minutos. Caminé hasta mi habitación con la certeza de que nadie me creería si les contaba que había conocido a Nick Connor. Al menos, no sin una foto que lo probara. Pero él parecía tan incómodo y ansioso por deshacerse de los fans que jamás me habría dejado tomar una selfie. “Bueno, será para la próxima”, me burlé de mi propio chiste mientras cerraba la puerta tras de mí.

Al día siguiente, desayunaba en el restaurante del hotel. Solo me quedaban dos días en Londres y, esa noche, planeaba salir a una discoteca antes de regresar a mi monótona vida de oficinista. Como el día anterior, bebía mi café, comía tostadas y continuaba sumergida en mi novela.

—¿Podría volver a sentarme contigo? —escuché la misma voz de ayer.

Alzé la mirada y le sonreí. Esta vez no llevaba gorra, pero seguía con esos enormes lentes de sol.

—Por supuesto —acepté.

—Gracias por lo de ayer —agradeció, algo nervioso.

—No hay de qué. Parecías estar en apuros —comenté, encogiéndome de hombros.

—Así es. Me gustaría recompensarte —dijo con sinceridad.

—No te preocupes, no lo hice esperando algo a cambio.

—Insisto —insistió con una media sonrisa—. Si quieres, podemos tomarnos una foto o te puedo firmar un autógrafo.

Reí suavemente ante su torpeza.

—Estoy bien sin la foto o el autógrafo, pero gracias —rechacé su oferta al notar lo incómodo que se veía.

Sus orejas se tornaron un poco rojas, y entendí que era el momento de irme para terminar con su incomodidad. Dejé propina sobre la mesa y me levanté, pero sentí su mano sujetando la mía suavemente.

—Tal vez no me reconoces —dijo en voz baja, sin soltarme.

Se quitó las gafas, revelando sus ojos.

Me inclíné un poco hacia él y susurré con una sonrisa cómplice:

—Claro que sí. Eres Nick Connor.

Me aparté lentamente y me despedí:

—Adiós, Sun.

Sin darle tiempo a responder, me giré y me fui a pasear por la ciudad.

..................

Por tercera vez en el día, corría para evitar que mis fans me alcanzaran. No quería que me malinterpretaran; adoro a mis seguidores, pero también anhelo momentos de tranquilidad, instantes en los que pueda relajarme y enfocarme en mí mismo.

Llegué al restaurante del hotel con la esperanza de encontrar un refugio. Todas las mesas estaban ocupadas, cada una con algún acompañante. Mi mirada recorrió el lugar hasta detenerse en una mesa donde solo había una chica. Parecía joven, tal vez demasiado. Sus facciones eran delicadas, su cabello de un castaño claro caía suavemente sobre sus hombros y su piel, pálida, resaltaba bajo la tenue luz del lugar.

Me acerqué con la esperanza de que no fuera una fanática más.

—Disculpa, ¿puedo sentarme aquí? —pregunté con naturalidad.

Ella alzó la mirada y, sin cuestionar nada, asintió en silencio. Me sorprendió su reacción. No mostró emoción alguna, ni siquiera la más mínima señal de reconocimiento. ¿Sería posible que no me conociera? O tal vez estaba conteniendo la emoción para después pedirme fotos y autógrafos. Era lo más probable.

El tiempo transcurrió lentamente. A medida que los minutos pasaban, mis fans, que habían estado rondando por el hotel, comenzaron a dispersarse. Suspiré aliviado al verlos rendirse y alejarse. Finalmente, estaba a salvo... al menos por ahora.

Cuando me disponía a marcharme, algo me detuvo. Mi mirada volvió a posarse en la chica frente a mí. Había algo en ella que llamaba mi atención. No solo su apariencia juvenil, sino la calma con la que se mantenía, ajena al revuelo que había causado mi presencia.

Sin darme cuenta, me quedé allí, observándola.

Desvié la mirada, intentando concentrarme en otra cosa, pero no podía evitar fijarme en ella. Lo curioso era que no apartaba los ojos de su celular. Más aún, lo realmente extraño era que yo quería seguir mirándola.

Para disimular mi insistente interés, pedí un café. No tardaron en traerlo, pero ella continuó inmersa en su pantalla, ajena a mi presencia. Hacía expresiones variadas: en un momento fruncía el ceño, parecía molesta, y al siguiente sonreía sutilmente. Tal vez estaba leyendo algo interesante.

Después de unos minutos, se levantó con tranquilidad. Dejó unos billetes sobre la mesa y, justo antes de irse, se despidió llamándome “Sun”.

Me quedé sin palabras.

Esa noche, su imagen no salió de mi cabeza. Me pregunté una y otra vez si me había reconocido o si mi gorra y lentes oscuros la habían confundido. Fuera como fuera, me impresionó. ¿Quién era ella?

Al día siguiente, bajé al restaurante con la esperanza de volver a verla. Y como si el destino escuchara mis pensamientos, allí estaba, sentada en la misma mesa.

Sin dudarlo, me acerqué nuevamente.

—¿Puedo sentarme? —pregunté, casi con la misma emoción que la primera vez.

Ella asintió y, por primera vez en mucho tiempo, sentí nervios al hablar con una chica.

Nuestra charla fluyó de manera inesperadamente agradable, hasta que decidí agradecerle por haberme ayudado el día anterior. Todo iba bien... hasta que lo arruiné.

—Si quieres, puedo recompensarte con un autógrafo y una foto —dije con torpeza.

En cuanto las palabras salieron de mi boca, quise desaparecer. Sonaba como un completo idiota narcisista.

Me avergoncé de inmediato.

Ella me miró en silencio, y en ese momento supe que, si quería seguir conociéndola, tendría que hacer algo mejor que ofrecerle mi fama.

Cuando ella se levantó para irse, mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Sin pensarlo, mi mano se extendió automáticamente para sujetar la suya, deteniéndola. No quería que se fuera.

—Tal vez no me reconoces... —fue lo único que se me ocurrió decir mientras me quitaba las gafas, esperando ver algún atisbo de sorpresa en su rostro.

Pero en lugar de eso, hizo algo que me dejó completamente embobado. Se inclinó suavemente hacia mí y, con una voz apenas audible, susurró en mi oído:

—Sé perfectamente quién eres.

Mi corazón se aceleró.

No sabía nada de ella y, sin embargo, sentía como si la conociera desde siempre. Me levanté impulsivamente para seguirla, pero la perdí entre la gente del restaurante.

Frustrado, miré a mi alrededor y entonces vi a una trabajadora del servicio de limpieza. Ella también la había visto, lo supe por la dirección de su mirada.

Sin perder tiempo, me acerqué con amabilidad.

—Disculpe... ¿podría decirme el número de habitación de la chica que acaba de salir?

La mujer me miró con desconfianza y negó con la cabeza.

—Lo siento, señor. No puedo darle esa información.

No me rendí tan fácilmente. Insistí, buscando las palabras correctas para convencerla, y después de varios intentos, finalmente accedió.

Cuando por fin tuve el número de su habitación, fui de inmediato. Toqué la puerta, esperé... pero nadie abrió.

Pasaron las horas y la incertidumbre comenzó a inquietarme.

Más tarde, casi al anochecer, la misma persona de limpieza entró en mi habitación para hacer su trabajo. Vi en ella una nueva oportunidad.

—Disculpe... —volví a preguntarle—, ¿sabe algo sobre la chica de aquella habitación?

Esta vez, esperaba obtener una respuesta que me acercara más a ella.

—Disculpe, ¿sabe si ya habrá vuelto? —pregunté con la esperanza de recibir una respuesta afirmativa.

La mujer se detuvo un instante antes de responder con un tono tajante:

—No.

Respiré hondo y, sin pensarlo demasiado, intenté persuadirla.

—Sé que esto puede sonar un poco loco, y tal vez piense que estoy desquiciado... pero me gusta. Quisiera invitarla a cenar.

Ella me miró con expresión seria y negó con la cabeza.

—Señor, no puedo darle información sobre los huéspedes. Y le sugiero que olvide lo que le he dicho.

Su frialdad me descolocó.

—¿Cree que estoy loco? ¿O que soy un acosador?

No me respondió. Simplemente continuó con su trabajo, ignorándome por completo.

Suspiré con resignación y me dirigí al balcón, frustrado. Pero entonces, escuché a su compañero de limpieza hablar.

—La habitación tal, puedes limpiarla a partir de las siete de la noche, porque no va a estar.

Mi corazón dio un vuelco.

Miré mi reloj: faltaban treinta minutos para las siete.

Eso significaba que ella estaba a punto de salir del hotel.

Sin perder un segundo, corrí hasta la recepción con la esperanza de alcanzarla. Pero cuando llegué, ya era tarde.

Apenas tuve tiempo de verla subiendo a un taxi.

Y en un abrir y cerrar de ojos... se fue.

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