Capítulo 1
Un desastre y más desastre.
Tatiana
Esto es una mierda.
Se dijo Tatiana cuando entraron a lo que sería su nueva casa. Era mucho más grande que la anterior. Su padre, Fisher, estaba en la cocina con su madrastra Melonny, revisando los últimos detalles. Mientras tanto, su hermanastra menor, Maya, pasaba por su lado, empujandola con el hombro, corriendo por las escaleras, seguramente para conseguir la habitación más grande.
Tatiana dejó su maleta junto a las otras cerca de la puerta y subió las escaleras sin expectativas. Había vivido diecisiete años con su padre y su hermanastra, que la odiaban sin razón aparente, lo que le había enseñado a no esperar demasiado.
Ni siquiera quería mudarse.
Antes vivían en California, San Francisco, con pocos amigos y una pareja de patinaje en hielo perfecta. Le había costado mucho conseguir esa pareja cuando Maya dio el anuncio que la Academia Lutz en Warwood la había seleccionado para jugar hockey femenino. Su papá también solicitó ser entrenador al ver la vacante.
Tatiana tuvo que presentar su solicitud para tener un lugar donde entrenar. Así que ahí estaba, en una nueva casa, en un nuevo pueblo, rodeada de nuevas personas, sin compañero, sin entrenador, sin reputación, sin competencias, solo por culpa de su dichosa hermana.
Miró dentro de una habitación. Maya estaba sentada en la cama jugueteando con su teléfono. Efectivamente, había tomado la habitación más grande y la que tenía baño. La saludó con malicia mientras se levantaba y le cerraba la puerta en la cara.
Siempre había sido así; nunca se habían llevado bien. No sabía si era porque no tenían la misma madre, Maya era hija de Melonny, o porque les interesaban diferentes deportes, a pesar de tener algo en común: el patinaje sobre hielo.
Abrió la puerta de la habitación contigua. Era notablemente más pequeña y no tenía baño. Genial, tendría que usar el del pasillo.
Se sentó en la cama pegada a la pared, observando la mesita de noche a su lado. Frente a ella, a la izquierda y cerca de la ventana, estaba el armario. Papá había dicho que ya habían colocado los clavos en las paredes para colgarlas, junto con repisas para los trofeos. Aunque no tenía tantas como Maya, tenía una buena cantidad de medallas, aproximadamente unas veinte, y diez relucientes trofeos que esperaban ser sacados de las cajas que los trabajadores de la mudanza habían traído.
Después de una semana de finalizar la organización de la mudanza, pudieron volver a empezar con la rutina a la que estaban acostumbrados. Sin embargo, ahora no estaban en San Francisco; se encontraban en Willow Creek, rodeada de bosques e incertidumbre.
A pesar de eso, se despertó a las cinco de la mañana con toda la actitud y comenzó a prepararse. Se vistió con su ropa de entrenamiento y preparó su bolsa con los patines, colocándolos en la sala. A las seis ya estaba preparándose su batido de proteína junto con su desayuno. Cuando fue a sentarse en la isla de la cocina, Maya, al ser un poco más alta, le arrebató su desayuno.
—¡Hey! Haz tu mierda tú. –Maya la ignoró mientras mordía el sándwich y fruncía el ceño al tragar.
—Sabes que odio el queso—comentó Maya.
Su cabello negro y lacio estaba recogido en una coleta perfecta, y sus ojos color miel la miraban desafiante. En cambio, el cabello de Tatiana era rizado, sus ojos verdes como aceitunas y su tez más bronceada que la de Maya.
—Pues no era tu desayuno.
—¡Tatiana, deja de pelear! Son las seis y media, y aún no has desayunado—replicó su padre, ya vestido con su ropa deportiva.
Tatiana intentó defenderse pero se callo. Siempre era lo mismo: su padre parecía adorar a Maya y odiarla a ella.
—Si, Tatiana, nos vamos a retrasar por tu culpa— sentenció Maya.
Tatiana sintió ganas de estrangular a su hermanastra, quien parecía complacida quitando el queso del sándwich y bebiéndose su batido.
Claramente, no le dio tiempo de hacerse otro batido, así que tuvo que comer el segundo sándwich mientras caminaba. Su padre no desayunaba; solo tomaba café y llenaba el resto en un termo para beberlo durante la mañana.
Tomó su termo que casi lo olvidaba en la isla de la cocina, se colgó el bolso y salió corriendo al escuchar la bocina de la camioneta de su padre. No vio a Melonny esa mañana, probablemente se había quedado cociendo hasta tarde.
Como era costumbre, tuvo que dejar su bolso sobre sus pies. El casco, el palo y el bolso de Maya ocupaban todo el espacio detrás o así pasaba si Maya se lo propone. Maya iba sentada en el asiento del copiloto, con una rodilla encima del asiento, mientras tecleaba en su teléfono.
Escuchó a su padre hablar de estrategias de hockey que no comprendía mientras revisaba su teléfono.
Cero mensajes.
¿Sus amigas de San Francisco ya la habían olvidado?
Con un suspiro, guardó el teléfono en el bolso y miró la estructura gigante que se erguía a medida que entraban al estacionamiento. Parecía un estadio, pero todo era de vidrio, y las palabras “Academia Lutz” brillaban con la luz del sol.
Cuando estacionaron, Maya salió y volvió a abrir la puerta trasera para sacar sus cosas. Golpeó el palo contra su cabeza. ¡Auch!
Luego se rió al cerrar la puerta. Tatiana se apresuró a salir del carro antes de que su padre olvidara que tenía otra hija y pusiera el seguro. Una vez le había pasado, y no fue nada divertido estar encerrada seis horas en esa camioneta solo porque su padre no contestaba el teléfono.
Cuando entraron por la puerta principal, Tatiana sintió que iba a morir debido a la cantidad de personas que se agolpaban a su alrededor. A pesar de ser las siete de la mañana, el lugar estaba completamente inundado. Siguió a su padre hacia la izquierda, pero cuando vio que se dirigía al palco de hockey, se adelantó para hablar con él.
—¿Papá?—su padre la miró con sus ojos verdes, lo único en común con ambos, arqueando una ceja— ¿Dónde sabré dónde entrar o dónde está mi entrenador?
Él puso los ojos en blanco mientras seguían caminando rápidamente.
---Dirígete hacia la secretaría; allí te dirán todo… ¡John, amigo! —Esa era la señal para salir corriendo, ya que vio a su padre saludar a alguien que parecía importante.
—¡Fisher! ¿Tienes dos hijas y no nos has dicho nada? —preguntó divertido cuando se saludaron.
Tatiana se detuvo de golpe y volteó a ver al amigo de su padre. Parecía mucho más joven y llevaba un uniforme que había visto en varias personas en el camino: una camisa gris con el logo de la academia y, por detrás, la palabra “entrenador”, pantalones negros y una tablet bajo el brazo.
—Oh, sí. Esta es mi hija mayor, Tatiana—dijo tenso, lo que la hizo volver al lado de su padre mientras saludaba a John con la mano— y mi hija menor, Maya, pero ya la conoces.
—Claro, la jugadora de hockey —pero John no parecía interesado en ella. Por primera vez, alguien se interesaba en Tatiana— ¿Y tú qué haces por aquí?
—Patinaje artístico—respondió, mirando a su padre.
Maya parecía que en cualquier momento le saldría humo por los oídos, como no estaba recibiendo su dosis de atención de los amigos de su padre.
–Tatiana Walker, ¿verdad?—ella asintió insegura. John esbozó una sonrisa más grande— Soy tu nuevo entrenador, John Hawkins–. Abrió la boca para decir algo, pero parecía que las palabras no salían— No hay tiempo que perder; hay que entrenar a una campeona—. Luego se dirigió a su padre, quien recobró la sutileza seria y amigable— Nos vemos, hombre.
—Nos vemos—dijo, pero John ya estaba caminando.
Tatiana se quedó plantada en su lugar. Miró a Maya quien estaba roja y golpeaba el piso con su pie con rabia dirigiéndose hacia su padre.
—Vamos, Tati, vamos —la voz de John la sacó de su ensimismamiento. Ya había echado a andar con pasos largos y ella tuvo que correr un poco para alcanzarlo—. Bien, seré sincero: no estaba en mis planes entrenar a nadie nuevo este año. Ya tengo a mis campeones asegurados para las nacionales. Pero cuando vi tu solicitud… —hizo una pausa teatral, como si se diera importancia— vi algo diferente.
—¿Diferente? —preguntó Tatiana mientras pasaban junto a las pistas de hielo, donde varios entrenadores ya daban instrucciones a gritos y el aire helado se mezclaba con el eco metálico de los patines.
John hablaba rápido, demasiado rápido, como si siempre estuviera tres pasos delante de la conversación. Saludaba con la mano a todo el mundo: entrenadores, patinadores, personal de limpieza. Tatiana, que era más baja y con piernas más cortas, tuvo que apresurarse para no quedarse atrás.
—Pasión, potencial, talento —enumeró él con los dedos—. Lo vi en tu mirada. Y créeme, eso no se finge. Tu entrenadora anterior… bueno, digamos que era como un celular con la pantalla rota: todavía servía, pero no mostraba todo lo que llevabas dentro. Yo sí voy a sacarlo —se detuvo de golpe frente a lo que parecían ser los vestidores, haciendo que Tatiana casi chocara contra él.
John la miró con una sonrisa cálida, distinta a la de compromiso social que había visto en su padre. Esta tenía algo que casi dolía: creía en lo que decía.
—A todas las personas que entreno les hago la misma pregunta. No importa si son estrellas o principiantes, y de tu respuesta depende todo. —La miró fijo, tan fijo que Tatiana sintió que se le secaba la garganta—. ¿Es tu sueño competir profesionalmente en el patinaje?
La pregunta quedó flotando.
—Porque si lo es —siguió él, sin darle tiempo a pestañear—, trabajaremos como locos. Las nacionales son en tres meses y sé que podemos llegar. Tendrás que presentarte a las competencias de fin de semana, que la gente sepa quién eres, y entrenarás hasta que te duelan músculos que ni sabías que existían. En tu solicitud pusiste que eres campeona en patinaje en pareja. Perfecto, te conseguiré una pareja. Pero también vamos a pulir tus solos hasta que deslumbres a los jueces. —Levantó un dedo, serio—. Pero solo si estás dispuesta. Yo no pierdo mi tiempo con quienes solo quieren jugar a dar vueltas bonitas en el hielo.
Tatiana tragó saliva. Otra vez. Y otra. Sentía la garganta como un desierto, pero dentro de ella algo bullía. Eso era lo que había estado esperando: alguien que la empujara más allá del límite, alguien que la tomara en serio. La sonrisa se le escapó sola, tímida pero decidida.
—Sí —dijo con firmeza—. Sí quiero.
John la observó un instante más, como si evaluara si esa respuesta venía del corazón o de la emoción del momento. Después, sonrió satisfecho y aplaudió una vez.
—¡Genial! —exclamó con entusiasmo contagioso—. Porque tengo un millón de ideas para ti. —Señaló los vestidores—. Deja tu bolso ahí. Si necesitas cambiarte, hazlo rápido, esperaré afuera para llevarte a tu pista. Créeme, este lugar es un laberinto. ¡Ah, casi lo olvido! Tu casillero es el 777.
—¿El triple siete? —preguntó Tatiana, arqueando una ceja.
—Número de la suerte —dijo John, encogiéndose de hombros—. Aunque si me preguntas a mí, la suerte no existe. Todo es sudor, ampollas y hielo.
Tatiana se apresuró a entrar, viendo el gigantesco lugar lleno de casilleros. A la derecha, divisó las duchas. Fue a la parte izquierda, leyendo los números hasta que encontró el suyo. No tenía candado, sino un código de cuatro dígitos, era más tecnológico que en su anterior academia. Puso algo básico y, para que no se le olvidara, utilizó el mismo número que su casillero, solo agregándole un siete más.
Cuando lo abrió, estaba completamente vacío, excepto por el espejo en la puerta. Cuando se miró, vio la sonrisa que amenazaba con romperle la cara. Estaba emocionada. Se arregló los rizos que le caían en un flequillo y se aseguró que la coleta no estuviera aplastando sus rizos.
Tatiana dejó la bolsa en el casillero y se colgó los patines al hombro. Eran blancos con detalles lilas, impecables, casi brillantes bajo la luz artificial del vestuario. Agarró también su termo metálico y salió, respirando hondo como si de repente el aire allí fuera más ligero.
Afuera, John conversaba con una chica de cabello oscuro y rizado, que llevaba el mismo uniforme gris de la academia, pero en su caso la camisa era naranja y tenía estampada la palabra “asistente” en la espalda. Todo parecía tan perfectamente organizado que Tatiana no pudo evitar compararlo con San Francisco… y sentir que aquí, por primera vez, nada estaba improvisado.
—¡Tati! —John levantó la mano para llamarla—. Esta es mi asistente, Ada. Ella se encargará de pasarte todo el itinerario y las fechas de las competencias.
Ada saludó con una sonrisa cálida, mientras escribía con rapidez en la tablet que John le había pasado, manejándola con un lápiz táctil con la seguridad de quien controla cada detalle.
—¿Entonces te reservo el gimnasio de once a una? —preguntó Ada sin levantar la vista.
—Sí, justo después de la pista —contestó John antes de que Tatiana pudiera abrir la boca. Ella solo asintió, todavía adaptándose al ritmo frenético de todo esto.
—Bien, miremos la lista de tus posibles compañeros —continuó él, ya caminando. Tatiana tuvo que acelerar el paso otra vez, intentando no perderse el recorrido que Ada parecía conocer de memoria.
John pasaba la lista como si estuviera tachando enemigos en un campo de batalla.
—Ben, no. Sigue medio cojo, recién salió de una lesión —lo borró sin piedad con el lápiz.
—Cassian… ugh, no, demasiado débil para ti. Necesito alguien que te rete de verdad. Alguien bueno… muy bueno.
Tatiana intentaba seguirle el hilo, pero al pasar frente a una enorme cancha de hockey, la atención se le escapó como un globo en el viento. El sonido metálico de los patines golpeando el hielo la atrapó; allí dentro, un entrenador gritaba órdenes mientras los chicos hacían sprints de un extremo a otro. El aire vibraba con la energía del entrenamiento.
Entonces lo vio.
Un jugador alto, robusto, con el casco puesto y ojos azules que contrastaban con la frialdad del hielo. Pasó corriendo cerca de la baranda y, aunque debería haber estado concentrado en no quedarse atrás, giró la cabeza. La miró. Fue un instante, pero suficiente. A través de la rejilla de su casco, Tatiana pudo distinguir claramente un guiño descarado.
El calor le subió de golpe a la cara, obligándola a mirar hacia otro lado. Justo entonces, el grito del entrenador tronó como un látigo:
—¡Concéntrate! ¡Deja de pavonearte!
Tatiana tragó saliva, sintiéndose descubierta en algo que ni siquiera había empezado.
—¿Me estás escuchando? —la voz de John la arrancó de su trance.
Ella se giró bruscamente, notando que su cara debía estar roja como una alarma.
—Eh… sí, claro, te escucho.
John la miró con esa media sonrisa de adulto que sabe perfectamente lo que pasa, pero decide no presionar demasiado. Aun así, le pasó el brazo por los hombros con un gesto protector y divertido a la vez.
—Vamos, Tati. No hay tiempo para distracciones… ni para chicos con palos de hockey.
—No estaba distraída —intentó defenderse, aunque sonaba más culpable de lo que quería.
—Ya, como digas —respondió él con un tono burlón.
Finalmente llegaron a la pista número 27. Tatiana se dejó caer en el banco de madera, agradecida por la pausa. Mientras se abrochaba los cordones de los patines, John se giró hacia Ada.
—¿Filip ya llegó?
—Sí —respondió ella, sacando un pequeño intercomunicador del bolsillo trasero—. ¿Quieres que lo llame ya?
—Dile que venga en media hora. Quiero hacer unas pruebas con Tati primero —ordenó John con firmeza.
El hielo estaba listo. Con los patines ya ajustados, Tatiana se incorporó y caminó hacia la pista. Apenas deslizó la primera vez, una ola de libertad la recorrió de pies a cabeza. El sonido del filo cortando el hielo, el frío golpeando su rostro, esa sensación de ligereza que había extrañado tanto… Era como volver a respirar después de mucho tiempo bajo el agua. Dio dos vueltas rápidas, probando su equilibrio, midiendo la pista, hasta que su cuerpo se sintió cómodo de nuevo.
—Bien, Tati, vamos a hacer varias pruebas mientras corrijo lo que vea —dijo John, cruzado de brazos junto a la baranda, ojos de halcón siguiendo cada movimiento—. Empecemos fuerte. Hazme un triple axel.
Tatiana sonrió. Sentía como si el corazón le explotara de adrenalina. Willow Creek no parecía tan malo después de todo.
❄️⛸️
El tal Filip era insoportable. Cada vez que la levantaba hacía un sonido como si cargara un saco de papas, resoplando como toro cansado. No tenía técnica, no tenía fuerza, y para colmo caminaba por el hielo con un aire de superioridad que le hervía la sangre. Tatiana pensó, fastidiada, que ya era suficiente con aguantar a Maya en casa como para lidiar con otro ego inflado en la pista.
Lo intentó una vez más: Filip la puso sobre el hombro, resopló; intentó girar, volvió a resoplar. Tatiana perdió la paciencia y se removió, obligándolo a bajarla. La dejó en el suelo con la velocidad de un caracol: lenta y torpe.
—¿Qué pasa? —preguntó él, como si no entendiera nada.
Tatiana ni lo miró. Salió disparada hacia la baranda, donde John anotaba cosas en su tablet, y explotó sin filtros:
—Es suficiente. Ese tipo es un cretino. Resopla cada vez que me toca, casi me arranca el cabello en el levantamiento y, para colmo, se cree el rey del hielo. Llevo una hora con él y ya me provoca arrancarme las orejas para no escucharlo. Solo piensa en él. ¡No puedo patinar con alguien así! Este fin de semana me presento sola si hace falta. Y si en las nacionales me toca salir sin pareja, salgo sola. Pero con Filip, ni de broma.
John la miró con la boca entreabierta, parpadeando como si acabara de descubrir que los gatos hablan.
—¿Qué? —dijo Tatiana, algo nerviosa—. ¿Lo dije mal?
—No, no… —él negó con la cabeza, divertido—. Solo que pensaba que eras más tímida.
Tatiana se sonrojó, consciente de lo impulsiva que había sonado.
—Sí… es que hablas demasiado rápido. Y casi no te sigo.
—Bien, Tati. Si no lo quieres, se va.
John se giró hacia Filip, que se estaba acomodando el flequillo como si el hielo fuera un espejo, y gritó:
—¡Estás fuera!
—¡¿Qué?! —chilló Filip, acercándose indignado a la baranda—. ¿Me sacas? ¿Por qué?
—Esta temporada no —respondió John sin inmutarse.
Filip la señaló, incrédulo.
—¿Me echa… por ella?
Tatiana lo miró de arriba abajo con el ceño fruncido.
—Tengo más talento en mi dedo meñique que tú en todo el cuerpo.
El chico resopló, salió de la pista arrastrando los patines y mascullando maldiciones que se perdieron en el eco del lugar.
John soltó una carcajada y alzó la mano para chocarle los cinco. Tatiana sonrió satisfecha y respondió al gesto, como si hubieran ganado una pequeña batalla juntos.
—Listo. Se acabó el drama —dijo John, cerrando la tablet—. Ahora, lo importante. Vamos a armar tu rutina. No importa lo de la pareja, tenemos toda la temporada para buscar opciones. Por ahora eres tú y el hielo.
Tatiana respiró hondo, sintiendo cómo la adrenalina aún le zumbaba en las venas.
—¿Qué quieres que haga?
—Empieza patinando por toda la pista hasta que cuentes ocho. Al llegar, lánzate con dos triples axels seguidos. Quiero ver cómo caes.
Tatiana arqueó una ceja.
—¿Cómo caigo?
—Sí. Todos saben saltar bonito. Lo que diferencia a los campeones es cómo se levantan después de caer. —John sonrió con esa chispa competitiva en los ojos—. Y yo quiero ver si de verdad tienes madera de campeona.
Tatiana obedeció al pie de la letra. Patinó, contó mentalmente hasta ocho y se lanzó a los dos triples axels. Los clavó perfectos, como si el hielo hubiera estado esperándola. John no dejó que se confiara ni un segundo; sus gritos de instrucciones la empujaban a mantener el ritmo, como un metrónomo implacable.
Trató de imaginar la música que acompañaría la rutina, pero la voz de John llenaba su cabeza. Giró sobre sí misma, bajó al ras del hielo, estiró una pierna y arqueó la espalda hasta casi rozar la superficie helada. Era un truco que antes podía hacer con los ojos cerrados, pero esta vez falló. Cayó de lado y rodó un par de metros, golpeando el hielo con un bufido.
—Otra vez —murmuró para sí, molesta, levantándose a toda prisa. Lo intentó de nuevo. Y otra vez terminó en el suelo, ahora con un golpe seco contra la cadera.
—Está bien, Tati —John aplaudió desde la baranda, viendo cómo se mordía el labio de rabia—. No te tortures. Tienes cinco días para perfeccionarlo.
—Este truco siempre me sale. No entiendo qué me pasa —masculló, sin ocultar la frustración.
—Te estás presionando demasiado. El hielo siente cuando vienes con furia —contestó John, cruzado de brazos pero con un brillo de complicidad en la mirada—. Respira, relájate. Lo dejamos por ahora y lo trabajaremos en el gimnasio.
Tatiana resopló, apartándose los rizos sudados de la frente. Una gota fría le bajó por la sien.
—Desde el principio, vamos. Haz el recorrido completo y subimos a la parte de arriba.
Tatiana volvió a la pista, patinando con fuerza. El conteo en su cabeza se mezclaba con los latidos de su corazón. Uno, dos, tres, cuatro… tomó impulso, ejecutó el triple axel, aterrizó con limpieza y ya se preparaba para el segundo salto cuando—
—Tatiana.
La voz de su padre retumbó desde las gradas como un trueno. El desconcierto la sacó del eje y se desplomó de lleno sobre el estómago con un chillido que hizo eco en toda la pista.
—¡Tati! —John se inclinó sobre la baranda, con los ojos fijos en ella—. ¿Estás bien?
Ella apenas pudo rodar sobre sí misma, sujetándose el abdomen adolorido. Asintió, aunque la vergüenza le ardía más que el golpe.
John giró la cabeza hacia Fisher, que sonreía con esa suficiencia irritante.
—Esto es un entrenamiento privado. No puede interrumpir así.
—Hoy Tatiana tendrá que irse temprano —anunció Fisher, como si la pista le perteneciera.
—¿Eh? ¿Por qué? —preguntó Tatiana, levantándose con dificultad.
—Maya está de mal humor —dijo su padre con la misma seriedad con la que anunciaría el fin del mundo.
Tatiana sintió un escalofrío. Si Maya estaba de mal humor, lo más probable era que ella fuera el blanco de su furia más tarde.
—¿Y el equipo de hockey? —intervino John, frunciendo el ceño—. ¿Ya terminó su entrenamiento?
—Sí. Acabamos antes, primer día de temporada. Vamos, Tatiana. O te vienes ya, o tendrás que ir caminando —dijo Fisher, con esa voz que no admitía discusión.
Tatiana apretó la mandíbula. Sabía que su padre lo decía en serio; ya la había dejado atrás otras veces, sin dudarlo.
Se apresuró a salir de la pista, desabrochándose los patines a toda velocidad. El hielo se alejaba bajo sus pies y con él la sensación de libertad que acababa de recuperar.
—Pero no hemos terminado —dijo John, todavía desde la baranda—. ¿No puedo ir a dejarla más tarde?
—Tengo un día ocupado —respondió Fisher, sin mirarlo siquiera—. Si no está en el carro en cinco minutos, se va caminando.
Esa era la señal. Tatiana salió disparada en busca de su bolso, tratando de recordar en qué esquina exacta del estacionamiento había dejado su padre el auto.
—Lo siento —murmuró al pasar frente a John, con el corazón en la garganta.
Él suspiró, pero en su voz había más promesa que reproche.
—Mañana haremos horas extras, Tati. Esto no terminó aquí.
Tatiana bajó la mirada, pero no pudo evitar sonreír de lado. Por primera vez, alguien estaba dispuesto a luchar contra la autoridad de su padre. Y eso, en su mundo, era un milagro.
Tatiana se colgó los patines al hombro y salió corriendo hacia los vestidores, esquivando a la gente como podía. No miró ni a los lados, solo pensaba en llegar a tiempo antes de que su padre encendiera el motor y la dejara atrás.
Giró en la esquina hacia la salida y entonces chocó contra algo duro como una pared. No, no era una pared: era un cuerpo. El golpe hizo que su bolso cayera al suelo y los patines se le resbalaran del hombro, volando unos metros. El bolso del chico también terminó en el suelo, desparramando un par de cosas.
Tatiana se agachó de inmediato, maldiciendo entre dientes. Pero cuando levantó la vista, las palabras se le quedaron atascadas. Eran esos ojos azules. Los mismos que la habían observado antes desde el hielo.
Él también la miró, como si el tiempo se hubiera detenido un segundo. Ahora sin el casco, su pelo rubio, un poco largo, caía rebelde sobre la frente. Se lo acomodó con una mano distraída. Llevaba todavía el uniforme de hockey, más imponente aún por los protectores bajo la camiseta azul rey con el número siete en medio. Sus patines negros colgaban del hombro, y en la misma mano sostenía el palo de hockey con una naturalidad que a ella le pareció provocadora.
—Lo siento... no te vi —soltó Tatiana, inclinándose para recoger su bolso, torpe, con las mejillas rojas.
El chico se agachó también. Levantó su mochila y, de paso, atrapó los patines que se habían caído de ella. No los devolvió enseguida.
Tatiana extendió la mano, esperando. Él frunció un poco el ceño y preguntó sin mirarla del todo:
—¿Eres nueva aquí?
—Más o menos —respondió Tatiana, incómoda por el tono—. ¿Por qué lo preguntas?
—No te había visto antes. Y suelo notar a la gente.
La frase le sonó demasiado confiada. Tatiana arqueó una ceja y volvió a estirar la mano hacia sus patines.
—¿Puedo tenerlos?
Él los sostuvo un instante más, como si lo pensara.
—¿Y por qué te los devolvería?
Tatiana lo miró incrédula.
—Porque son míos.
—Chocaste contra mí.
—Y ya te pedí disculpas.
Por fin la miró de frente. Una ceja arqueada, esa expresión cargada de arrogancia que la sacaba de quicio.
—Imbécil —murmuró Tatiana, creyendo que solo ella se había escuchado.
—¿Perdón? —Él ladeó la cabeza, con calma peligrosa, clavándole la mirada como si quisiera leerle la mente.
Lo atractivo que le había parecido segundos antes se derrumbó de golpe. Ya no veía al chico de los ojos azules, sino al idiota con aires de rey del hielo.
Tatiana respiró hondo y lo dijo con claridad esta vez:
—Imbécil. Ahora dame mis patines.
Él los soltó con lentitud, como disfrutando el momento, entregándoselos de un modo casi burlón.
—Deberías tener más cuidado.
Tatiana los guardó de golpe, cerrando el bolso con brusquedad.
—Sí, claro. Para no volver a toparme con hombres con el ego tan inflado como el tuyo.
Él sonrió, como si aquello en vez de ofenderlo le divirtiera.
—Entonces nos veremos seguido.
Tatiana le fulminó con la mirada y salió disparada hacia la puerta, aunque el calor en sus mejillas no tenía nada que ver con el esfuerzo.
Él sonrió apenas, como si el comentario de Tatiana no lo hubiera rozado, y se dio la vuelta sin molestarse en responder. Arrogante hasta el final.
La bocina característica de la camioneta de su padre la sacó de ese momento. La rizada giró en dirección a la entrada justo a tiempo para ver la parte trasera del vehículo alejándose del estacionamiento. Su estómago se hundió como una piedra. Genial. Simplemente genial. Ahora tendría que ir caminando a casa como castigo por llegar cinco segundos tarde.
Tatiana suspiró, dispuesta a emprender la marcha con los patines colgando del hombro, cuando notó un movimiento a su lado. Se giró y casi se atraganta al ver a John, que al parecer había estado allí observando todo como un guardián invisible.
—¿Quieres que te lleve? —preguntó él, levantando una ceja, como si fuera lo más obvio del mundo.
—Con Maya enojada es mejor llegar tarde que temprano —resopló Tatiana, encogiéndose de hombros—. ¿Podemos seguir entrenando?
—Al gimnasio será, entonces… —John le pasó el brazo por los hombros como si fuera su hermano mayor y la guió hacia dentro—. Te dije que sin distracciones ni chicos, Tati, pero parece que no me escuchas. Ese rubio va a ser tu perdición.
Tatiana se atragantó con su propia risa.
—¿Qué rubio? No hay ningún rubio. Me choqué con él y resultó ser un imbécil de primera.
—Ajá, claro —John arrastró las palabras, dándole un golpecito en la cabeza con la carpeta que llevaba—. Exactamente lo mismo dijo mi hermano antes de conocer a su ahora esposo.
Tatiana lo miró entrecerrando los ojos, confundida.
—¿Cómo así?
—Se chocaron en el pasillo de los vegetales —respondió John con total seriedad.
—Oh, por favor —bufó Tatiana, rodando los ojos—. Esto no es una novela con un cliché barato que no se venderá en librerías, John. Esto es la vida real.
—Pues mejor —rió él, encogiéndose de hombros—. Pero como te dije: sin distracciones, Tati. Sin chicos. Solo patinaje.
Solo patinaje.
Repitió esas palabras en su mente como si fueran un mantra. Tal vez así podía convencerse. Tal vez así podía olvidar esos ojos azules arrogantes.
El resto de la tarde se perdió en sudor, músculos que ardían y la voz de John guiándola sin piedad. Tres horas de gimnasio. Dos dedicadas a resistencia en máquinas, una más a colchones, practicando saltos y caídas, perfeccionando la postura de brazos y piernas. John parecía tener energía infinita, y aunque Tatiana sentía que las piernas se le iban a desprender, también se sentía viva.
Más tarde, él la llevó a casa en su viejo Chevrolet rojo, que rechinaba cada vez que cerraban una puerta. El contraste con lo pulido y moderno de la academia era tan grande que a Tatiana le arrancó una sonrisa. John, como siempre, hablaba sin parar: estrategias, rutinas, ajustes que tenían que trabajar en los próximos días, hasta detalles como empezar a pensar en su traje para la competencia del fin de semana.
—Mi cuñado es diseñador de modas —decía, maniobrando con una mano en el volante—. Yo le paso el boceto y él te prepara algo a tu medida. Nada de lentejuelas mal puestas ni colores chillones. Conmigo compites y brillas, Tati.
Ella trataba de absorber cada palabra como si fuera oro. Tenía miedo de cometer un error, de decepcionarlo, de que John cambiara de opinión y la dejara como había hecho su entrenadora anterior.
—Lo siento, enserio, lo siento mucho. No voy a volver a distraerme, te lo juro.
John simplemente sonrió con calma, como si sus disculpas fueran innecesarias.
—No pasa nada, Tati. Créeme, he entrenado a muchos, y tú no me haces perder el tiempo.
Esa frase le dio vueltas en la cabeza incluso después de cerrar la puerta del carro. John le caía bien. De verdad le caía bien. Era la primera vez en mucho tiempo que alguien parecía estar de su lado.
Entró en casa en puntillas, cerrando la puerta del garaje con el mayor cuidado posible. El carro de su padre no estaba en la entrada: un problema menos del que preocuparse. Aun así, apenas soltó el bolso en el piso, la imagen volvió a aparecer en su cabeza como un rayo inoportuno: unos ojos azules atravesándola, como si hubieran visto demasiado en muy poco tiempo.
Tatiana bufó y se sacudió la cabeza como si pudiera borrarlos a golpes.
Solo patinaje, se repitió. Solo patinaje.
Aunque, en el fondo, sabía que esa batalla estaba perdida antes de empezar.
En la cocina encontró a Melonny, que terminaba de enjuagar un par de platos. La chica le hizo un gesto rápido con el dedo en los labios.
—Tati… shhh —susurró, con la mirada alerta.
Tatiana frunció el ceño, bajando la voz.
—¿Qué pasa?
—No quiero que Maya se entere de que estás aquí —murmuró Melonny, secándose las manos con un paño.
—¿Sigue de mal humor? —preguntó Tatiana, aunque ya sabía la respuesta.
Melonny asintió, y un par de mechones sueltos escaparon de su trenza negra.
—Genial —resopló Tatiana—. Comeré en mi cuarto como una fugitiva.
—Tu almuerzo está en el horno —dijo Melonny, con esa calma suya que parecía que nada la sacaba de quicio.
Tatiana abrió el horno y casi suspiró de felicidad al ver el plato. Tomó un trozo de pollo y, sin pensarlo, le dio un mordisco que la hizo gemir de puro gusto.
—Dios… divino. —Masticó rápido, apoyada en el mostrador—. ¿Y sabes por qué está tan enojada?
—Lo que entendí es que no le dieron la capitanía del equipo. —Melonny se encogió de hombros mientras servía refresco en un vaso—. Parece que la última fue escogida hace un mes y no pueden cambiarla todavía.
—Ah. —Tatiana arqueó las cejas, tragando otro pedazo de pollo—. Con razón parecía un dragón escupiendo fuego desde que llegamos.
—¿Y tú? —preguntó Melonny, con un brillo curioso en los ojos—. ¿Cómo te fue con tu entrenador?
Tatiana se iluminó al instante, casi olvidando la tensión en la casa.
—Es genial. Todo parece un sueño. Voy a competir este fin de semana. —Le brillaban los ojos como una niña pequeña—. ¿Tendrás tiempo para ayudar con el traje?
A Melonny se le escapó una sonrisa, orgullosa. Ella era la responsable de coser y diseñar trajes no solo para el equipo de hockey, sino también para medio vecindario. Tenía incluso su propio estudio en la última habitación del pasillo.
—¡Claro! Ya me imagino algo en blanco, elegante, con—
—Eh… de hecho —interrumpió Tatiana con la boca llena, lo que le valió una mirada de reproche—, mi entrenador dijo que su cuñado es diseñador de modas. Él mandará el diseño.
—Tatiana… —la reprendió Melonny, señalándola con el tenedor—. No hables con la boca llena.
—Perdón —murmuró, tragando rápido y riéndose después.
—Con Ruth no hacías eso —replicó Melonny, aunque lo dijo sin dureza.
—Sí, porque a Ruth no le importaba nada. Ni mi técnica, ni mis trajes, ni si me caía de cabeza en el hielo. —Tatiana dejó el plato vacío en el mostrador y se encogió de hombros—. En fin. Lo hubiera lavado, pero si no me baño ya, me voy a quedar pegajosa todo el día.
—Vete, vete —rió Melonny, agitando la mano como si la espantara.
Tatiana le dio un beso rápido en la mejilla antes de agarrar su bolso del piso. Subió las escaleras de dos en dos, cuidando de no hacer ruido. Al pasar junto a la habitación de Maya, escuchó la música a todo volumen, retumbando en las paredes. La reconoció de inmediato: la lista de reproducción que su hermana usaba cuando estaba de malas.
Perfecto. Un dragón enfurecido durmiendo con los altavoces encendidos.
Tatiana apretó el paso hasta su cuarto
Dejó la mochila en el piso de su habitación y sonrió, cayendo en su cama con una inmensa sonrisa. Pensaba que venir a Willow Creek y dejar toda su vida atrás iba a ser una mala idea, pero al parecer le iba a ir mejor aquí que en San Francisco. Una emoción la recorrió; ya quería que fuera fin de semana para que la gente la conociera, conociera su talento. Ya quería otra medalla para la colección.
¡BOMBA! La princesa del hielo deja San Francisco y se muda a un pueblo perdido… ¿adiós a la gloria?
Tatiana Walker, conocida en el circuito de patinaje artístico como la princesa del hielo, ha abandonado sorpresivamente San Francisco, ciudad donde forjó su reputación como una de las patinadoras más prometedoras del momento. La joven estrella, aclamada por su gracia en el hielo y por coronarse campeona regional en múltiples ocasiones, ha hecho las maletas y se ha instalado en Willow Creek, un pequeño y tranquilo pueblo del que nadie había oído hablar… hasta ahora.
¿La razón? Su hermanastra, Maya Walker, se une a las temidas Centinelas, el equipo de hockey femenino que ha arrasado en los campeonatos nacionales durante los últimos tres años. Y aunque oficialmente no hay declaraciones, ya se especula sobre tensiones familiares, celos profesionales y un posible retiro silencioso de Tatiana tras la sombra de Maya.
¿Acaso hay tensión familiar? ¿Rivalidad entre hermanas? ¿O la princesa del hielo está dejando el patinaje para pasar a las gradas? Solo el tiempo lo dirá. Lo que sí es seguro es que Willow Creek no sabe lo que se le viene encima...
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Tatiana bufó, cerrando la pestaña con tanta fuerza que casi le partió la pantalla.
—Y una mierda —masculló.
El título, la foto reciclada de su último campeonato, el tono condescendiente y ese maldito apodo de princesa del hielo le revolvían el estómago. ¿Rivalidad con Maya? ¿En serio? Como si ella tuviera tiempo para competir con alguien que ni siquiera practicaba su deporte. Tatiana apagó el teléfono y se dejó caer en la cama, respirando hondo.
Cuando llegó la hora de cenar, cerró la laptop que reposaba sobre su estómago. Había pasado la última hora repasando mandarín, su nuevo reto personal, aunque a esas alturas las palabras ya le bailaban en la cabeza. Se puso encima un suéter enorme de esos que parecían tragarse a cualquiera, combinándolo con los joggers, y bajó al comedor con el estómago gruñendo.
Maya y su padre ya estaban en la mesa. Bueno, técnicamente Maya estaba quejándose a todo pulmón y su padre asentía entre bocado y bocado. Melonny, como siempre, hacía malabares con platos calientes para servirle al gran Fisher.
Tatiana suspiró al ver el único asiento libre junto a Maya. Con mala suerte hasta en las sillas. Se dejó caer allí y alcanzó un poco de ensalada. A esas horas no podía comer demasiado sin que el estómago protestara, pero el hambre era más fuerte.
Escuchó las quejas de su hermana mientras llevaba el primer bocado a la boca.
—…soy genial y simplemente me dicen que no puedo ser capitana porque no he cumplido el tiempo establecido. ¡Y una mierda!
—Maya, lenguaje —sentenció Melonny desde la cocina, sin alzar mucho la voz.
Maya rodó los ojos y continuó como si nada:
—Y esa estúpida capitana. Tengo más talento que ella y que ese séquito de inútiles que la siguen. Es una falsa, una presumida, una perra…
—Maya —repitió Melonny, con un tono más firme.
—Solo porque la aceptaron en esa estúpida Universidad de Deportes de Willow Creek se cree la mejor —escupió la última palabra con veneno.
Tatiana se quedó quieta, la cuchara suspendida a medio camino, como si hubiera escuchado mal.
¿Universidad de Deportes?
Horas antes, mientras mataba el tiempo entre el repaso de mandarín y un portal de chismes que casi la hizo vomitar, había investigado a fondo Willow Creek. Esa universidad estaba en el top absoluto de todo el estado de Eufano. Patinaje artístico, hockey, baloncesto… los mejores talentos surgían de allí. Algunos ni siquiera se graduaban porque los cazaban equipos internacionales.
Su corazón dio un brinco. Entrar allí sería tocar el cielo con las manos. Pero para eso… tendría que convencer a su entrenador y, peor, a su padre. Procesos largos, filtros imposibles. Aun así, solo de pensarlo, se le aceleraba la sangre.
—¿Ella entró en esa universidad? —murmuró, más para sí que para nadie.
Los ojos de Maya la fulminaron como cuchillos.
—¡Nadie habló contigo! —le soltó, y le clavó el pie debajo de la mesa. Tatiana apretó los dientes, tragándose la maldición que quería escupir.
—Yo también quiero entrar en esa universidad —dijo Maya de repente, con un dramatismo exagerado, volteándose hacia su padre—. No puede ser tan difícil ni tan impresionante como todo el mundo dice. ¡Papá, quiero entrar a la universidad!
Fisher levantó la vista de su plato, paciente.
—Todavía te falta este año. Cuando te gradúes, podrás hacerlo. Tengo contactos, no te preocupes, entrarás sin problemas.
—¡No! —Maya golpeó el puño contra la mesa, haciendo rebotar los cubiertos. —¡Yo quiero entrar ahora! Puedo ser una de esas chicas prodigio. No necesito graduarme para demostrarlo.
Tatiana soltó una risita breve, incapaz de contenerse.
—La única diferencia es que tú no eres prodigio.
Mala idea. Muy mala.
Maya giró la cabeza hacia ella con una furia tan intensa que el aire en la mesa se volvió denso.
—¿Cómo me dijiste, escoria?
El estómago de Tatiana se contrajo, pero no bajó la mirada.
—Te oíste bien.
Los ojos de Maya chispearon.
—Eres una bastarda. Hija de una puta que se arrastró para que mi padre la aceptara.
El golpe fue directo al pecho. Tatiana sintió que la sangre le hervía.
—Retira lo que dijiste —murmuró, con la voz baja y temblando, los puños apretados bajo la mesa.
—Es la verdad, solo eres un error. ¿No conoces la historia, cariño? —dijo Maya con un tono inquietante, la sonrisa de suficiencia pintada en sus labios al ver cómo Tatiana apretaba la mandíbula.
Claro que Tatiana conocía la historia. Maya se había encargado de repetírsela como un disco rayado, cada vez que quería herirla.
—¡Cállate!
—Oh, pero todavía no llegamos a lo mejor —continuó Maya, disfrutando—: la parte en la que tu madre, esa mujer de reputación… digamos dudosa, muere de una sobredosis. Y mi padre, pobrecito, hace un acto de caridad al recogerte. Una limosna con patas.
Tatiana sintió el pecho quemarle.
—¡Basta! —se levantó de golpe, la silla cayendo hacia atrás con un estruendo que retumbó en el comedor—. ¡Estoy harta de ti! ¡Harta! ¡No eres más que una hija de puta engreída, vacía y desesperada por atención! ¡Necesitas brillar porque sin eso no eres nadie!
—¡Tatiana! —la voz de su padre tronó como un látigo mientras golpeaba el puño contra la mesa. Se levantó con el rostro rojo—. ¡Discúlpate con tu hermana ahora mismo!
El corazón de Tatiana se apretó. Su mirada saltó entre él y Maya, que sonreía con esa mueca triunfante que tanto odiaba.
—¿Disculparme yo? —dijo con la voz rota.
El silencio fue su única respuesta.
Tatiana empujó la silla a un lado y salió disparada hacia las escaleras, los ojos nublados por las lágrimas.
—¡Tatiana, baja y pídele perdón a tu hermana por provocarla! —rugió su padre desde abajo.
Ella se detuvo en seco en su cuarto. No. No iba a tragar más veneno. Agarró la bolsa de entrenamiento, el teléfono, y volvió a bajar, cada paso sonando como un martillazo en la madera.
Abrió la puerta de golpe, el aire frío de la noche pegándole en la cara.
—¿Yo la provoqué? —gritó desde el umbral, con la voz temblorosa de rabia—. ¡Estoy harta de ti también! ¡Siempre la defiendes! ¡Siempre ella!
Su padre dijo algo más, un rugido incomprensible, pero Tatiana ya había cerrado la puerta de un portazo que hizo vibrar los vidrios.
Caminó sin mirar atrás, abrazándose a sí misma. Las farolas alumbraban las calles desiertas, y las patrullas que pasaban de vez en cuando le daban una sensación falsa de seguridad. Solo necesitaba llegar al centro de entrenamiento. Necesitaba hielo bajo sus pies para no quebrarse del todo.
Maya sabía exactamente dónde apretar. Siempre usaba la carta de su madre como un puñal. La mayoría de veces Tatiana lograba ignorarla, pero no hoy. No después de escucharla manchar la única memoria que le quedaba.
Sí, su madre había muerto de una sobredosis. Pero Maya siempre la pintaba como una cualquiera y a Fisher como un santo salvador. La realidad era distinta: su madre se había enamorado del hombre equivocado, y ese hombre había sido Fisher. Durante el embarazo la manipuló, la quebró, la maltrató. Cuando Tatiana nació, su madre estaba rota. Y cuando quiso escapar, las drogas fueron su salida. A los dos años, Tatiana se quedó sin ella.
Y ahora tenía que escuchar, una y otra vez, que su vida era una limosna.
Apretó los puños hasta que las uñas se le hundieron en la piel.
Con las lágrimas corriéndole por las mejillas, Tatiana llegó al centro de entrenamiento. Se quedó unos segundos frente a las puertas de cristal, el reflejo borroso de su cara mirándola con los ojos rojos y el cabello revuelto. Cuando estas se deslizaron automáticamente, el aire frío del interior la recibió como una bofetada.
Se limpió la cara con la manga y entró. El murmullo del lugar la rodeó enseguida: algunos atletas todavía practicaban en las otras pistas, cada uno enfrascado en su propio infierno personal de nervios y ansiedad. Ella lo entendía demasiado bien; cuando se acercaban las competencias, el hielo se volvía un refugio y una tortura al mismo tiempo.
Pasó junto a la pista de hockey, oscura salvo por una única lámpara que dejaba un círculo de luz sobre el hielo. Aquello le despertó una chispa. Recordó cuando Fisher intentó convertirla en jugadora de hockey. Un desastre absoluto: no tenía fuerza para los golpes, ni paciencia para andar chocando con medio mundo. Pero había algo de esa etapa que sí se había quedado con ella: los giros de calentamiento. Le fascinaba recorrer la pista más grande que la de patinaje artístico, sentir la velocidad en las piernas y el aire rompiéndose contra su cara.
Dejó la bolsa en la banca y comenzó a ponerse los patines con dedos temblorosos. Se quitó la camiseta gigante que llevaba encima y la lanzó sobre el respaldo, quedándose con el top deportivo empapado de sudor.
Cuando entró a la pista, el hielo crujió bajo sus cuchillas. No esperó a acomodarse ni a respirar: salió disparada, ganando velocidad con cada zancada, dejando que el aire le golpeara y le despejara la mente. Hizo un giro brusco y sintió cómo el cabello suelto se le apartaba de la cara. Por fin, estaba sola.
Y con cada vuelta, la rabia iba saliendo de su cuerpo como vapor. No existía Maya, ni Fisher, ni la estúpida página de chismes, ni la herida que dejaba el recuerdo de su madre. Solo quedaban sus patines cortando el hielo y la libertad que tanto necesitaba.
Cerró los ojos un segundo, disfrutando esa sensación de ligereza, como si pudiera volar.
Pero la paz se acabó demasiado rápido.









me encantaría conocer al personaje de Jonh el nuevo entrenador de Tatiana
Definitivamente domaremos a este Filip