Capitulo 1
En el año 2026, el crucero “Estrella del Caribe” zarpó de Santo Domingo con destino a las Bahamas. Elías, un dominicano de 29 años, ojos oscuros y cuerpo atlético de quien entrenaba en el gimnasio del barrio, había ahorrado todo el año para ese viaje de lujo. La primera noche fue perfecta: música, ron, risas. La segunda, el infierno.
Un huracán fuera de temporada azotó el barco como si el mar mismo quisiera tragárselo. Gritos, metal retorciéndose, cuerpos cayendo al agua negra. Elías se aferró a un salvavidas roto y luchó contra las olas durante horas eternas. Cuando el amanecer tiñó el cielo de rosa y oro, sus pies tocaron arena blanca. Estaba vivo. Solo.
La isla no aparecía en ningún mapa. Ni en su teléfono muerto, ni en las cartas náuticas que recordaba del capitán. Selva espesa, palmeras gigantes, un río cristalino que bajaba de montañas ocultas por niebla. Caminó todo el día, hambriento y herido, hasta que el sol comenzó a bajar y el bosque se tiñó de ese naranja cálido que parecía sacado de un sueño.
Entonces los oyó: cascos. Suaves al principio, luego firmes, como tambores de guerra.
Salió al claro y se quedó sin aliento.
Cinco centauras lo rodeaban. No eran caballos con torso de mujer… eran diosas. Mitad mujer perfecta, mitad yegua majestuosa. Sus torsos humanos estaban completamente desnudos; pechos llenos, redondos y orgullosos al aire libre, pezones rosados endurecidos por la brisa del atardecer. Orejas puntiagudas como elfos, cabellos largos y salvajes: castaño chocolate, negro azabache, rojo fuego, rubio miel y otro rubio platino. Sus ojos brillaban con inteligencia antigua.
La que estaba más cerca —la de melena roja intensa que caía como cascada de sangre sobre sus hombros— lo miró con una mezcla de sorpresa y hambre. Sus pechos subían y bajaban con cada respiración, pesados, perfectos. La centaura de cabello negro azabache, más delgada y ágil, levantó una lanza.
—¡Intruso! —ordenó con voz melodiosa pero firme.
Lo capturaron en segundos. Cuerdas de fibra vegetal rodearon sus muñecas. Lo arrastraron entre risas y susurros hasta un claro donde ardía una hoguera. Allí, bajo la luz dorada del crepúsculo, lo obligaron a arrodillarse.
—¿Cómo llegaste a nuestra isla, humano? —preguntó la de cabello rojo, que claramente era la líder. Su voz era miel caliente—. Esta tierra no existe para los de tu clase. Nadie ha pisado aquí en siglos.
Elías, con la garganta seca, contó todo: el crucero, el naufragio, los gritos, la soledad. Cuando terminó, las centauras se miraron entre sí, asombradas.
—Somos las últimas hijas de los antiguos —dijo la roja, acercándose tanto que él pudo oler su piel: jazmín silvestre y sudor dulce—. No envejecemos. No morimos de vejez. Los dioses nos concedieron la eternidad… pero nos quitaron a los machos de nuestra especie hace milenios. Somos solo nosotras. Siempre hemos sido solo nosotras.
Sus ojos bajaron por el cuerpo de Elías, deteniéndose en su pecho desnudo, en sus brazos marcados por el mar, en el bulto evidente bajo sus pantalones rotos.
—Eres… el primer hombre humano que vemos —susurró ella. Su voz se volvió más ronca, más sensual—. Tan frágil… y tan diferente.
Se llamaba Lirael, la de la melena roja. Con un gesto elegante, ordenó que lo desataran. Las otras centauras —Sylvara (la negra), Elowen (castaña), Miriel y Thalira (las rubias)— se acercaron en círculo, curiosas, respiraciones agitadas.
Lirael fue la primera en tocarlo.
Sus dedos cálidos rozaron la mejilla de Elías, bajaron por su cuello, trazaron la línea de su clavícula.
—Tan suave… tan caliente —murmuró. Sus pechos rozaron el torso de él cuando se inclinó. Eran firmes, pesados, la piel como terciopelo caliente. Los pezones rozaron su piel y él sintió que se endurecían al instante.
Elías no pudo evitar gemir bajito.
La curiosidad de Lirael se volvió fuego.
—Quiero saberlo todo de ti —dijo, casi suplicante—. Quiero sentir cómo late tu corazón… cómo late esto.
Su mano bajó sin vergüenza y acarició el bulto entre las piernas de él por encima de la tela. Elías se puso duro al instante, palpitante. Ella sonrió, una sonrisa lenta, preciosa, peligrosa.
—Desnúdate para nosotras, humano.
Él obedeció. Cuando su miembro saltó libre, erecto, grueso y venoso, las cinco centauras soltaron un suspiro colectivo. Ojos brillantes, labios entreabiertos.
Lirael se arrodilló sobre sus patas delanteras para quedar a la altura perfecta. Sus pechos colgaron pesados, balanceándose. Tomó el miembro de Elías con ambas manos, admirándolo como si fuera un tesoro.
—Es… más caliente que el sol —susurró. Su lengua rosa salió y lamió lentamente desde la base hasta la punta, saboreándolo. Un gemido ahogado escapó de la garganta de él.
Las otras se acercaron. Sylvara (la negra) se colocó detrás de él y presionó sus senos contra su espalda, frotando los pezones endurecidos contra su piel mientras besaba su cuello. Elowen tomó una de sus manos y la llevó a su propio pecho, dejando que él lo apretara, que pellizcara el pezón rosado hasta que ella relinchara suavemente de placer.
Lirael abrió la boca y lo tragó profundo. Caliente, húmeda, experta. Su lengua giraba alrededor del glande mientras sus labios lo apretaban. Sus pechos se mecían con cada movimiento de su cabeza. Elías enredó los dedos en esa melena roja y empujó suavemente, perdido en el placer.
—Nunca… nunca había sentido algo así —gimió Lirael, sacándolo de su boca con un hilo de saliva brillante—. Quiero más. Quiero que me llenes.
Se giró con gracia centaura, presentándole su grupa. Su cola se levantó, revelando labios hinchados, brillantes de deseo, perfectamente humanos entre el pelaje sedoso. Elías se colocó detrás, manos temblando sobre sus ancas fuertes. Entró en ella lentamente, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su calor lo envolvía como seda líquida.
Lirael relinchó de placer puro.
—¡Sí! ¡Más profundo, humano!
Él embistió, agarrando sus caderas, sintiendo cómo sus pechos se balanceaban libres debajo de ella. Las otras centauras se tocaron a sí mismas mientras miraban: Sylvara se pellizcaba los pezones, Miriel tenía dos dedos hundidos entre sus propios labios inferiores, gimiendo el nombre de Elías.
El bosque se llenó de sonidos húmedos, gemidos, cascos que pateaban la tierra. Lirael llegó primero, contrayéndose alrededor de él con fuerza, gritando al cielo mientras su orgasmo la sacudía. Elías no aguantó más: se derramó dentro de ella, profundo, caliente, interminablemente.
Cuando salió, jadeante, las otras lo miraban con ojos brillantes de deseo.
—Esta noche es solo el comienzo —susurró Lirael, girándose para besarlo con lengua profunda, sus pechos pegados al pecho de él—. Eres nuestro ahora, Elías. El primer hombre… y el último que necesitaremos jamás.
La luna subió sobre la isla oculta mientras cinco centauras desnudas y eternamente bellas rodeaban a su nuevo amante humano, listas para explorarlo… y dejarse explorar… hasta que el amanecer los encontrara exhaustos y felices sobre la hierba suave.
Y así, en una isla que ningún mapa del mundo conocería jamás, Elías descubrió que a veces, naufragar es la mejor manera de llegar al paraíso.