Capítulo 1.
Desde hace años dejé de decir que soy una romántica empedernida. Lo soy, pero siendo sincera, de nada me ha servido. Por lo que ahora me declaro: una cuidadora de mi paz mental. O eso le he hecho creer a todo mundo.
Ahora la única forma de tener romance en mi vida, es leyendo libros.
La primera conversación que tengo en la mañana es una pelea con mi gata, justo 30 minutos antes de que mi alarma suene. Lo mismo. Todas las mañanas.
—¡Ay no puede ser!—rezongo, al mismo tiempo que hago mi cobija al lado.
Los maullidos de mi gata son como lamentos "miauuuu, miauuuu". Abro la puerta mientras Noodles me ve con esa mirada de superioridad que tiene todos los gatos.
—Ya, sal.—le digo con nada de paciencia.
Me dejo caer sobre la cama con veintitrés minutos de sueño por delante. A las siete en punto suena la alarma y comienza la misma rutina de todos los días: correr, vestirme y pedir Uber al trabajo.
—Que tenga buen día—dice el señor con espeso bigote cuando finaliza el viaje.
—Igual usted.—respondo.
Bajo del coche y saco mi tarjeta de acceso de mi bolsa; la cual pesa demasiado, siempre mis mochilas y bolsas pesan más de lo que deberían pero es que suelo cargar con mi casa entera en ella "por si lo necesito". Entro al trabajo y desde primera hora se siente la vibra pesada que llevará el día de hoy. Giro a la derecha y entro a la pequeña oficina donde siempre estamos 10 mujeres conviviendo en nuestra jornada laboral. Abro la puerta de cristal y dejo caer mi bolsa con un gran suspiro en la silla.
—¿Dura mañana?—pregunta Ami con una sonrisa, asomando su cabeza desde la Mac.
—Dura semana— le contesto.
Ami es todo lo que yo quisiera ser. Sonrisa bonita, cuerpo bonito y sobre todo tiene una energía y una vibra que es imposible no adorarla y quererla en tu vida para siempre. Es una persona que si alguien te dice "la odio, me cae mal", en realidad te está mintiendo porque todo eso que siente viene desde su envidia y no porque tenga una razón válida para hacerlo.
Tomo mi lunchera y camino hasta el comedor, con el aroma del café recién hecho guiándome. En la cocina ya hay tres personas más haciendo fila para servirse su taza, saludo y los demás me contestan. Cuando por fin puedo tomar mi café, me siento en una de las sillas de la barra y saco mi desayuno para comerlo. No es que tengamos tiempo, pero mi trabajo se presta para tener 10 minutos de comodín antes de que llegue el jefe y todos se dirijan a sus asientos para trabajar.
—¿Ahora qué trajiste de desayunar?— me pregunta Carlos.
Carlos es parte del equipo de producción de trabajo en la agencia. Es fotógrafo, videografo y productor, y si, es de esas personas que estudiaron cine, pero en este país está difícil conseguir trabajo de lo que quieres, por lo que generalmente, las personas que estudian eso primero comienzan grabando TikTok's. Y él es bueno en lo que hace. También es una persona increíblemente amable e irremediablemente guapo. De esos con mandíbula marcada, cabello castaño rebelde que siempre suele quedarle bien de esa forma y ojos café oscuro; casi negros.
—Lo mismo, sandwich de huevo.—contesto, después de tragar el bocado.
Hace una cara de desagrado y suelta una pequeña risa.
—Sandwich de huevo—repite, divertido.
—Es lo más rápido. Deja de juzgarme, ¿tú qué desayunaste?
Levanta la taza de café en su mano y la mueve para que mi mirada vaya hacia ella.
—Esto es mi desayuno.
—Eso no es desayuno, Carlos.
—Lo es para mi—contesta y toma el último sorbo para dejar la taza en el lava trastes.
Se acerca a mi y me da un beso en la mejilla; como todas las mañanas, y yo sonrío. Hay cierta complicidad entre los dos desde que nos conocimos; miradas, sonrisas, chistes que solo los dos entendemos, bromas incluso de nuestros compañeros hacia nosotros, y si hemos salido un par de veces, pero hemos llegado a la conclusión de que no queremos arruinar nada de nuestra relación formalizando algo. Por lo que nuestros intentos por tener citas, siempre han terminado en conversaciones de amigos que la pasan bien pero no se van a comprometer a tener algo real en su vida. Porque algunas relaciones así funcionan y no las puedes forzar a convertirse en algo que no lo fue desde el principio.
—¿Qué te toca grabar ahora?— le preguntó, porque todos los días tiene que salir a grabaciones con un cliente.
Nuestra agencia es bastante grande, lo que significa que tenemos clientes importantes que demandan mucha atención.
—Montacargas—contesta desganado y llevándose las dos manos al cuello para simular que se está ahogando.
Aunque no suena muy impresionante una empresa de montacargas, la verdad es que el verdadero dinero para marketing son las empresas institucionales, por lo que esas abundan mucho en la agencia. No son divertidas de grabar, pero dejan dinero (para mi jefe,claro).
Me río y me levanto para tirar las orillas de mi sandwich a la basura.
—Ya verás que pronto estarás grabando escenas para Brad Pitt.
—Ay no, Tam. No me gusta, mejor para Pedro Pascal.
—Bueno, pero me invitas.
—Mm hm.— dice asintiendo.
Me abre la puerta para salir de la cocina y mientras paso frente a él, pone su mano con delicadeza en la parte baja de mi espalda. Los dos caminamos a nuestros lugares, él da vuelta a la izquierda para entrar a la sala donde se encuentran los diseñadores y productores, y yo a mi área donde nos encontramos las accounts managers.
En realidad, no me gustaría agobiarles con toda la información sobre mi trabajo, pero así como animal en zoológico, es mi hábitat natural de todos los días. Hago marketing y es impresionante como en la actualidad se ha vuelto algo muy indispensable para todos los negocios y clientes que tenemos en la agencia. Tiendas de ropa, restaurantes, pasteles, servicios. Lo que te imagines ahora puede tener marketing. Yo estoy en la parte creativa de cada campaña y creación de contenido, seguramente algunos ya están familiarizados con los conceptos, sino, todo lo que ves en redes sociales ha tenido una gestión y concepto creativo detrás hasta llegar a publicarse. Hasta la cuenta más pequeña lo ha tenido.
A media mañana, confirmo que mi día va a ser agobiante porque dos de mis clientes están molestos por sus ventas. Mi jefe; un cuarentón que disimula su calvicie con gorras, me llama a su oficina. Suspiro antes de levantarme de mi asiento y con mi celular en mano camino por el pasillo. Carlos me observa y me dedica una sonrisa con un beso de por medio, le devuelvo la sonrisa, pero sé que sabe lo que significa que este caminado en esa dirección.
Toco la puerta; que por cierto es de cristal, así que bastaría con que saludara, y espero a que mi jefe me dé el pase. Su oficina huele a algo muy agrio y antiséptico. Se respira lo tenso en esta habitación de cuatro paredes con paredes blancas y lleno de cuadros de paisajes.
—Siéntate, Tamara.— dice, sin levantar su mirada y tecleando en su computadora.
Así continúa unos minutos más y bajo esas intenciones, todo mundo sabe que es un modo de también tener control sobre tu tiempo, algo como: sé que tienes cosas que hacer pero vas a esperar a que yo termine porque soy el jefe. Cuando por fin se decide a dejar de malgastar mi tiempo, toma en sus manos un control y proyecta su computadora en la televisión colgada en su oficina.
—Bueno—carraspea—, sé que sabes que significan esos números rojos.
Y sí, hay demasiado de ellos en pantalla.
—Eso es algo que ya hablé con Julián el viernes...
—A mi no me interesa si ya lo hablaste con Julián—me interrumpe.—. A mi lo que me interesa es que ya pasaron dos semanas y esos números siguen en rojo, ¿por qué no quedó solucionado el viernes?
Suspiro, con el corazón acelerado. Si en este momento decidiera tomar vida propia y salírseme del pecho, podría ir a las carreras de la Fórmula 1 y ganarle al Checo Pérez, hablando hipotéticamente claro, porque no sé nada de ese tema.
—Mario—digo su nombre con lentitud—, Julián ya se había ido y era algo que no se iba a solucionar aunque nos quedáramos a las 10 de la noche en la oficina, ya programe una reunión con él para buscarle una solución al cliente y te recuerdo que la página la tumbaron ellos hace dos semanas con todos los cambios no autorizados que hicieron, no es fácil recuperarse de algo como eso...
—Sí tuvieras más control de tus cuentas, eso no hubiera pasado —Parpadeo perpleja, esperando que lo que dijo haya sido producto de mi imaginación.
¿No les ha pasado que hay momentos de su vida que lo que están viviendo es tan irreal que les pasa por la cabeza una recapitulación en 10 segundos de todo lo que hicieron para llegar a esa situación? Porque es exactamente lo que estoy haciendo.
—No es un problema de marketing. Es un problema técnico con su programador.
—¡A mí no me interesa de que o quién es el problema, el cliente paga y se tiene que solucionar! —Siento un nudo en la garganta, pero no por la ganas de llorar, sino del coraje. —. Lo único que quiero escuchar es que lo van a hacer funcionar hoy.
Se me queda viendo con sus ojos azules, así que asiento.
—Bien.
Salgo de su oficina con las manos temblando. Antes de entrar de nuevo a mi área, observo mi reflejo en el espejo, me veo más cansada de lo que pensé.
El resto del día, parece que pasa en automático, porque solo me concentro en solucionar el problema de los números rojos con Julián hasta que son las 6 de la tarde, de lo cual me doy cuenta cuando mis compañeras comienzan a despedirse y veo la camioneta de mi jefe salir por la cochera de la empresa. Mi trabajo es mi vida, así que cuando dejas de concentrarte en otras cosas como salir con tus amigos o tener hobbies, tú cerebro comienza a enfocar tu estado mental en lo bien o mal que te está yendo laboralmente. Así es la vida de adulto, recomiendo saltárselas.
Para cuando salgo, ya son las 8 de la noche, la calle está completamente vacía, solo está mi coche en el estacionamiento y ha comenzado a correr aire frío. Me subo al carro tomando una larga bocanada de aire y no sé exactamente cuánto tiempo paso viendo al frente pensando en qué necesitaría un milagro para cambiar mi vida.
Alguien toca la ventana de mi coche y pego un grito. Del otro lado de la ventana está Carlos mirándome con diversión, esperando que baje el vidrio.
—Casi me matas de un susto—le reclamó con la mano en el pecho.
—Tienes suerte de que haya sido yo, ¿ya has visto cómo está la calle?—me pregunta, con una ceja levantada interrogante y las manos en las caderas.
Observo la calle y sé que tiene razón, solo las hojas caídas de los árboles hacen ruido, es casi espeluznante, y con la inseguridad que hay ahorita, me he arriesgado demasiado.
—¿Y tú qué haces aquí a esta hora?—pregunto, tratando de revertir la situación.
—Acabó de terminar las grabaciones, vine a dejar el equipo.—me enseña las llaves de la oficina que cuelgan de un llavero de oso panda. Sonrió, porque ese llavero se lo he regalado yo hace unos meses. — ¿Qué pasó?
—Mario—contesto en forma de respuesta.
Hace una mueca y asiente, dándome a entender que ya se imagina lo que pasó. Abre la puerta del coche y me hace una seña para que me mueva, inmediatamente sé que es porque él me llevará a casa. No es la primera vez que lo hace, a veces cuando Carlos me ve demasiado devastada, deja su carro en la oficina y se queda a dormir conmigo. Mi casa está a cinco minutos, así que solo alcanzo a cerrar los ojos para cuando llegamos, siento sus manos sobre mi frente apartando un mechón de mi pelo, avisándome que hemos llegado. Suelto un quejido y saco las llaves de mi bolsa para abrir. Mi gata me saluda, pero en cuanto ve a Carlos es un maullar como lamento, casi diciéndole porque no había venido en mucho tiempo. A mi me quiere, pero a Carlos lo adora.
La toma entre sus brazos y los dejo a los dos saludarse. Lo primero que hago es ir directo al baño para llenar la bañera con agua caliente.
Carlos ya se conoce todo, hasta tiene un cambio de ropa y una pijama en los cajones de mi armario. Me desprendo de la ropa del día y de forma automática me meto bajo el agua. Mis músculos comienzan a destensarse a la par que suelto un suspiro. Como mi casa es pequeña, escucho los sartenes chocar con Carlos haciéndose algo de cenar.
Prendó una vela con olor a lavanda para tratar de crear un ambiente relajante, me enjabonó el cuerpo y la cabeza. Cuando estoy limpia, recargo mi cabeza sobre la tina y cierro mis ojos, sin pensar en nada concreto, solo tratando de disfrutar el silencio y el sonido del agua.
—¿Tam?— llama Carlos con unos golpecitos en la puerta del baño.
—Pasa— le contesto.
Abro los ojos y lo veo entrar con mi pijama perfectamente doblada en sus manos.
—Está calientita—dice, mientras la coloca en el mueble de baño.
Arqueó una ceja —¿En donde la calentaste?
—En el microondas—contesta encogiéndose de hombros.
—¿En el microondas?—pregunto entre una leve risa.
—Es un truco que me enseñó mi abuela.
—Gracias abuela, entonces.
Carlos se apoya en el marco de la puerta con los brazos apoyados sobre su pecho con esa expresión en sus ojos que siempre me dedica cuando sabe que mi día ha sido duro.
—¿Cómo te sientes?—pregunta.
—He tenido días mejores.
La espuma del agua cubre mi cuerpo, pero soy consciente de que la mirada de Carlos se mueve de vez en cuando a donde deberían estar mis pechos.
Niega con la cabeza como alejando un pensamiento. —Ese tipo no merece que trabajes para él.
—Lo sé—respondo. Vuelvo a cerrar los ojos y apoyar la cabeza en el borde de la tina —. Pero al menos es un trabajo que paga las cuentas.
Se hace un silencio, así que volteo hacia la puerta y Carlos no se ha movido. El ambiente comienza a tensarse, así que me siento y ahora mis pechos están fuera del agua, visibles. Los ojos de él se oscurecen en seguida.
—Ven aquí—le digo.
Arruga el entrecejo.
—¿A la ducha?—pregunta.
Trato de evitar el impulso de rodar los ojos.
—Sí.
Se acerca al mismo tiempo que se deshace de su playera, que queda regada sobre el suelo, sus pantalones lo siguen después.
—Sabes que esta no era mi intención al venir contigo.
Deja en el suelo la última prenda de ropa y se mete en el agua de la bañera. Se sienta y me acerco para quedar encima de él. Mete sus dedos sobre mi pelo mojado y su otra mano está sobre mi cadera.
—Lo sé, pero quiero desestresarme.
Sonríe de lado y créanme que en cualquier hombre, ese gesto condescendiente se ve ridículo, pero en él...
—En ese caso—cierra sus dedos sobre mi cabello y me lo jala hacia atrás, obligándome a verlo a los ojos y a que mi cuello quede descubierto. Siento como su mano baja de mi cadera poco a poco hacia abajo —, ¿esto te ayudará?
Asiento mientras lo observo. Sus hábiles dedos se encuentran con mi sexo, que no tiene más que tocarlo para yo empezar a gemir de lo excitada que me pone. Comienza a hacer círculos sobre mi clitoris de forma gentil mientras me ve a los ojos y me besa, no solo los labios, sino también mi cuello y mis pezones, que intercala con pequeños mordiscos.
Va aumentando la velocidad hasta que siento que me dejo ir entre gemidos que forman perfectamente su nombre. Saca sus dedos de mi, me da un beso en la frente con cariño, me dejo caer sobre su pecho y escondo mi rostro sobre su cuello; aspiro su aroma, una mezcla de sándalo y jabón.
Sus brazos me rodean la cintura y me sorprende al levantarme junto con él, nos saca de la ducha con el agua chorreando sobre el suelo.
—El suelo—le digo.
—Ahora lo limpio.
Toma una toalla con una mano y la pone sobre mi cabeza, seca con cuidado mi cabello con ella mientras me lleva a la recámara. Me suelta con cuidado hasta que mis pies tocan el suelo. Carlos se vuelve al baño y regresa con mi pijama, al mismo tiempo que termino de secarme.
—Póntela y acuéstate—me dice. —. Regresaré a limpiar y terminar de bañarme.
Cuando Carlos suele quedarse conmigo, siempre me quedo dormida en el mismo instante en que mi cabeza toca la almohada, por lo que para las 6:30 de la mañana, ya suelo estar más que descansada con los ojos abiertos, mirando el techo a la espera de que suene la alarma. Volteo mi cabeza para verlo, con los ojos cerrados y sus pestañas negras tan quietas. Tiene mechones de cabello negro que le caen sobre la frente y su cara parece tan relajada que solo el hecho de verlo te hace sentir la clase de intimidad que una pareja podría tener, si tan solo lo fuéramos. Que aunque soy consciente de nuestro acuerdo y no espero nada más, siempre me hace preguntarme ¿así será mi vida siempre con Carlos? Quiero decir, el momento, los cariños y el sexo es algo que nunca ha sido problema entre los dos, entonces, ¿cuál es el impedimento para que estemos juntos? ¿No soy material de novia? Alejo esos pensamientos y me volteo de nuevo al techo.
—¿En qué piensas?—pregunta Carlos con voz adormilada.
Si le dijera en qué estaba pensando.
—En el trabajo— miento. Aunque es una mentira a medias porque eso seguía en mi lista de sobrepensar.
—Mmh, ya te dije que deberías renunciar.
—No es tan fácil—contesto.
Me levanto de la cama estirando los brazos y un bostezo. En realidad no es fácil, bueno para Carlos tal vez sí, sus padres le han dejado la casa, por lo que no tiene que preocuparse si a final de mes tiene que pagar renta y yo sí, que no me quejo, todos vivimos en diferentes circunstancias pero qué fácil hubiera sido la vida si mis papás se hubieran preocupado por hacer un patrimonio.
—Sí lo es, creo que te estás limitando al estar en este trabajo.
—¿Y lo dices tú?—volteo con una ceja levantada.
Se levanta de la cama, solo trae puesto el pantalón de la pijama, así que tiene el torso descubierto. Una de mis vistas favoritas, con su abdomen marcado y esa línea de vello que guía a...
—Sé de algo—me dice. Muevo las cejas confundida, esperando a que continué —. De otro trabajo, están buscando a alguien como tú.
—Ay, entonces está bien...
—Pero es en otra ciudad.—interrumpe. Ha llegado a mi lado para rodearme la cintura con sus manos.
—¿En qué ciudad? Sí es una o dos horas de aquí no pasa nada.
—Es en Ciudad de México.
Me ve con sus ojos oscuros. Dios, en Ciudad de México. Nosotros vivimos en el norte del país, en una ciudad tan desértica que a las 12 de día puedes cocinar galletas en los cofres de los carros del calor que hace. Una ciudad pequeña comparado con ese monstruo y tomando en cuenta que solo he ido una vez, no tengo idea de cómo sería vivir allá. Por otro lado, pienso en lo miserable que soy en este momento en mi trabajo y pienso en todas las veces que me he ido llorando a la cama por ello, un cambio de aires siempre viene bien y no le tengo miedo a los retos... creo.
—No conozco a nadie allá.
—Tam, yo te recomendé, prácticamente el trabajo es tuyo si lo quieres y yo me iría en unos meses, podríamos vivir por la misma zona.
Vivir en la misma zona, no juntos.
—¿De qué es el trabajo?—pregunto, quiero recabar toda la información posible, porque sería una tonta si no acepto la oportunidad, ¿verdad?
—Están buscando una coordinadora de marketing para la marca de belleza de un cantante.
La alarma comienza a sonar, así que me suelto de sus brazos. La apago y tomo de mi cajón ropa para meterme a bañar.
—Lo pensaré.
—Pero no demasiado, tienes una semana para hacer la entrevista.
Gruño como respuesta, espera que en una semana tome esta decisión tan importante, he tardado dos semanas simplemente tratando de decidir de qué color quería las cortinas de mi cuarto para al final haber elegido blancas. Porque así soy, al principio creo que tomaré una decisión arriesgada; cortinas rojas o que tal unas amarillas, no, no, unas verdes, y al final resultan ser blancas. Díganme que ven la relación entre esto e irse a vivir a otra ciudad. A la capital del país. Sola.
Para cuando llegamos a la oficina, ya he pensado los miles de escenarios habidos y por haber, hasta he hecho una lista de pros y contras en mi cabeza. No es que no pueda, es que siempre me cuesta adaptarme a la rutina de los cambios, además aquí están todos mis amigos, mi familia está más cerca. Claro que, no cualquiera se le presenta la oportunidad, pero... Al final, creo que no decidiré nada hoy, así que lo consultaré con mi almohada.