Escombros de infancia
El sol de la tarde empezaba a bajar, dejando un calor seco que se sentía en cada respiro. En la cancha de pasto sintético, el ambiente estaba cargado con el olor a caucho y el sonido de los gritos de los demás jugadores. Noah, un chico de cabello castaño peinado hacia atrás, corría con todas sus fuerzas para alcanzar la pelota de fútbol que se le escapaba por un costado. Sentía el sudor corriéndole por la frente y el cuello, empapando su buso de deporte que ya se veía bastante sucio por las caídas y los roces del partido tan reñido que estaban jugando. Aunque estaba cansado, no quería dejar de correr; sus piernas le pesaban, pero su mirada no se despegaba de la pelota.
Con un último esfuerzo, Noah alcanzó a patear la pelota antes de que saliera de la cancha. Dio un pase rápido hacia el centro y se detuvo en seco, apoyando las manos sobre sus rodillas para intentar recuperar el aire. No había árbitros, así que el partido terminó simplemente cuando todos se sintieron demasiado agotados para seguir corriendo.
— ¡Ya fue suficiente por hoy! —gritó uno de los chicos, levantando la mano—. ¡Mañana tengo que trabajar temprano!
— Estuvo bueno el partido, Noah. Ese último pase casi termina en gol —le dijo Kael, un conocido de la zona, mientras pasaba por su lado y le daba una palmada en el hombro.
— Sí, nos vemos el viernes —respondió Noah con la voz cortada, tratando de respirar con normalidad. Se despidió con la mano de los demás jóvenes, que simplemente se sacudían la tierra y se preparaban para irse a sus casas caminando, sin mucha prisa.
Poco a poco, el ruido de los gritos y las risas se fue apagando. Tras unos minutos, Noah y Cristian se desplomaron sobre el pasto sintético, buscando aire desesperadamente. Cristian era alguien más fuerte, agarrado y muy seguro de sí mismo. Tenía el cabello negro todo desordenado y vestía una casaca deportiva oscura que siempre usaba para jugar.
Noah se quedó echado boca arriba, observando cómo el cielo se llenaba de nubes grises. El silencio de la tarde empezaba a sentirse cómodo después de tanto ruido. Cristian, después de un rato, se sentó sobre el pasto con las piernas cruzadas y miró a Noah de forma seria.
— Noah, estuve pensando en algo para salir de la rutina, algo que te va a gustar —soltó Cristian de la nada.
— Espero que no sea una tontería —respondió Noah, todavía mirando al cielo.
— No tonto, quiero hacer una reunión de ex-promoción de la primaria.
Noah se sentó lentamente, mirando a su amigo como si no pudiera creer lo que estaba escuchando.
— ¿De primaria? Cristian, es una tontería. Han pasado muchísimos años, ya nadie se debe acordar de nadie. Cada uno tiene sus cosas, sus trabajos... seguramente muchos ni se acuerdan de nuestras caras. Es perder el tiempo —dijo Noah, volviendo a echarse.
— No seas amargado —insistió Cristian—. Mira, te voy a decir la verdad. Quiero ver a Jessica, la chica que me gustaba en ese entonces. Si me ayudas a organizar esto y a buscar a la gente, yo te apoyo con Aoi.
Al escuchar ese nombre, Noah se quedó callado. Cuando estaba en la primaria, a él siempre le había gustado esa niña. Recordaba que tenía los ojos chinos y que era muy hiperactiva, siempre corriendo de un lado a otro y haciendo bromas. En ese momento, sintió una curiosidad real por ver qué había sido de ella.
— Aoi... —murmuró Noah—. Pues sí que me da curiosidad, quisiera verla. ¿Seguirá teniendo esos mismos ojos rasgados?
— Pues eso vamos a averiguarlo ¿Qué dices? ¿Me vas a dejar solo en esta o me vas a ayudar a buscar a la gente? —preguntó Cristian con una sonrisa.
— Está bien, acepto —dijo Noah finalmente, sentándose de nuevo.
En ese mismo instante, los dos sacaron sus celulares. Entraron a Facebook, buscaron en grupos viejos de WhatsApp y hasta revisaron fotos borrosas para intentar recordar los nombres completos de sus compañeros. Fue un trabajo difícil y un poco frustrante; muchos perfiles estaban abandonados o tenían fotos de paisajes en lugar de sus caras.
— Este tipo parece ser el Luis que conocemos, pero no estoy seguro —decía Cristian, deslizando el dedo por la pantalla—. Y Jessica... ella tiene todo bloqueado, no se puede ver nada.
— Te lo dije, es casi imposible —respondió Noah después de un rato—. Solo hemos conseguido dos números que parecen ser de los reales.
— No nos vamos a rendir tan fácil —dijo Cristian, guardando su teléfono—. Vamos a mi casa. Mi mamá guarda unas agendas viejas donde anotaba los números de los padres de todos. Quizás ahí encontremos algo más.
Se levantaron y empezaron a caminar hacia la salida. La tarde se había puesto fría y el viento les pegaba en el rostro sudado. Mientras caminaban por las calles tranquilas, Cristian decidió ponerse serio.
— No me mientas, Noah. Sé que algunas noches te pones a pensar en Emy. Y ella ya te olvidó, Noah. Sé que duele, pero es la verdad —le dijo Cristian sin mirarlo—. Pasaste de esos mensajes largos que me mostrabas, a simples emojis de “buenos días”, y luego... a nada. Ella está haciendo su vida en España y tú sigues aquí, esperando que el celular vibre.
Noah apretó la mandíbula. Escuchar eso fue como recibir un golpe fuerte que no podía devolver porque sabía que era cierto. Habían pasado dos años desde que ella se fue y la comunicación simplemente se murió entre ellos.
— Lo sé —respondió Noah con la voz un poco seca—. Por eso acepté lo de la reunión. No porque busque el amor, sino porque necesito algo nuevo que me distraiga y me haga olvidarla de una vez.
Cristian no dijo nada más, solo le puso una mano en el hombro en señal de apoyo. Sabía que su amigo la estaba pasando mal y que el silencio de esa habitación donde vivía solo se le estaba haciendo insoportable. Siguieron caminando hacia la casa de Cristian, con la esperanza de que encontrar esos viejos contactos fuera el primer paso para dejar el pasado atrás.
Caminaron unas cuantas cuadras más hasta llegar a la casa de Cristian. Era una construcción sencilla pero acogedora, de esas que siempre tienen una luz encendida en la ventana. Al entrar, el olor a comida recién hecha los recibió, quitándoles un poco el frío que sentían por el sudor seco.
— ¡Ya llegamos, mamá! —gritó Cristian mientras se sacaba las zapatillas en la entrada.
Una mujer de rostro amable salió de la cocina secándose las manos con un trapo. Al ver a Noah, su sonrisa se hizo más grande.
— Noah, hijo, qué alegría verte. Mira cómo estás de sucio, seguro que Cristian te hizo correr de más en ese partido —dijo la mamá de Cristian, acercándose para darle un abrazo corto. Para ella, Noah era como un hijo más.
— No se preocupe, estuvo parejo el juego —respondió Noah con una sonrisa sincera, la primera que mostraba en toda la tarde.
— Vayan a lavarse que ya casi está la cena. Y Noah, te quedas a comer, no acepto un no por respuesta —sentenció la mujer antes de volver a sus labores.
Subieron a la habitación de Cristian, que estaba llena de ropa deportiva y algunas herramientas de mecánica que su padre le dejaba para que fuera practicando. Cristian se puso a buscar en un cajón viejo debajo de su escritorio, haciendo ruido con papeles y cuadernos antiguos.
— Aquí tiene que estar... mi mamá no bota nada —murmuraba Cristian mientras sacaba una agenda de color azul con las esquinas gastadas—. ¡La tengo!
Abrió la agenda y empezó a pasar las hojas rápido. Allí estaban anotados los números de los padres de casi toda la promoción de primaria. Empezaron a cruzar información con lo que ya tenían en sus celulares, llenando los huecos del grupo de WhatsApp que habían creado en la cancha.
— Mira, aquí está el número de la mamá de Jessica. Mañana mismo la llamo —dijo Cristian con entusiasmo—. Y aquí... el de los padres de Aoi.
Noah miró el nombre escrito con letra pequeña. El deseo de ver a esa niña hiperactiva de ojos asiáticos volvía a crecer en su interior. Se preguntó si ella también recordaría los días de clases o si para ella él también era solo un recuerdo borroso.
— Oye, Cristian —dijo Noah, sentándose en el borde de la cama—. Me dijiste que esto me ayudaría con lo de Emy, pero ¿tú cómo estás? Han pasado dos años y tampoco te he visto con nadie más. ¿Sigue siendo por Rocío?.
Cristian dejó la agenda a un lado y suspiró, recostándose en el colchón.
— No es por Rocío, Noah. Eso ya pasó. Es solo que, a diferencia de ti, yo no quiero tener nada con nadie ahora. Prefiero una vida tranquila, sin dramas ni mensajes que responder a medianoche. Solo quiero ver a Jessica por curiosidad y por los viejos tiempos, nada más.
Noah asintió. Entendía ese sentimiento de querer estar en paz, aunque su propia mente no lo dejaba descansar, siempre regresando a las fotos de España que veía en redes sociales.
— Bueno, entonces el plan sigue en pie —dijo Noah, echándose también en la cama al lado de su amigo—. Tres reuniones. Una para comer algo, otra para ir a los juegos mecánicos y la última en un restobar.
— Exacto. Tres oportunidades para ver si el pasado sigue siendo tan bueno como recordamos —concluyó Cristian, mirando el techo—. Mañana seguiremos llamando. Ahora, vamos a comer que me muero de hambre.
Se quedaron unos segundos ahí, tirados en la cama, mirando hacia arriba y pensando en lo que se venía. Noah cerró los ojos y, por un momento, imaginó que su celular vibraba con un mensaje nuevo en “El Rincón del Corazón Azul”, su blog anónimo donde planeaba escribir algo sobre este extraño reencuentro que estaba a punto de suceder.