FALLEN GODS

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Summary

En un universo donde los nueve reinos conviven entre magia, dioses y criaturas colosales, el equilibrio está al borde del colapso. Loki, atrapado entre culpa, destino y el peso de sus errores, debe enfrentarse a enemigos tanto visibles como ocultos mientras lucha por proteger lo que ama y mantener su legado. El joven dios se ve obligado a tomar decisiones imposibles: contener a Nictofer mediante la runa, enfrentar a los ejércitos de los reinos helados, y lidiar con la traición, la culpa y las pruebas que lo empujan al límite de su astucia y fuerza. A su lado, aliados inesperados y seres míticos, como Fenrir y Jörmungandr, se convierten en piezas clave de una saga que mezcla poder, estrategia y magia ancestral. Lejos de los reinos mortales, seguidores de Nictofer conspiran desde las sombras. Planean movimientos calculados para debilitar a Loki y manipular a los reinos a su favor, aprovechando cada error y cada oportunidad que surja. Cada acción, cada sacrificio y cada decisión pueden cambiar la balanza del mundo, mientras el fuego y el hielo se preparan para un enfrentamiento que definirá el destino de todos. Entre intrigas, batallas, secretos y profecías, la saga revela un mundo donde la fuerza no siempre es suficiente, y donde incluso los dioses deben aprender que la astucia, la paciencia y la manipulación pueden ser armas más poderosas que cualquier espada o hechizo.

Genre
Fantasy
Author
Luis
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPITULO #1 PARTE 1: La Oscuridad que Devoro Midgard

La vida se desarrollaba en un ritmo sereno y armonioso. Los campos dorados se mecían suavemente con la brisa, mientras los agricultores trabajaban con dedicación en la siembra y la cosecha de los alimentos que sustentaban a sus comunidades. Las aldeas, con sus casas de madera y techos de paja, emanaban calidez y hospitalidad, y los lazos entre vecinos eran tan fuertes como las raíces de los antiguos árboles que rodeaban los asentamientos. Los niños corrían libres por los prados, risas inocentes que resonaban entre los valles y las montañas, mientras los ancianos compartían su sabiduría junto al fuego, manteniendo viva la tradición y la historia de su pueblo.

Un día tranquilo en el cielo azul de Midgard, mientras los habitantes de las aldeas seguían con sus quehaceres diarios, un estruendo ensordecedor resonó en el aire. El cielo, que antes era un lienzo de azul infinito, se tiñó de un negro oscuro y ominoso, como si la noche hubiera llegado de repente en pleno día. Un estruendo muy fuerte, como si una batalla se hubiera librado en los cielos, reverberó desde lo alto, sacudiendo la tierra. Un destello brillante cruzó el firmamento a una velocidad vertiginosa, dejando tras de sí una estela de fuego y humo que cortaba el aire.

En el Fiordo de Geiranger, un lugar de una belleza inigualable, el agua tranquila se agitó violentamente cuando un objeto desconocido se estrelló contra su superficie con un estruendo ensordecedor. Las olas se elevaron en un torbellino de espuma y caos, mientras el impacto resonaba a lo largo de los acantilados y valles circundantes. Los habitantes de las aldeas cercanas salieron de sus hogares alarmados, con temor en sus corazones ante este fenómeno desconocido que había interrumpido la paz de su vida cotidiana.

Los habitantes de las aldeas cercanas al Fiordo de Geiranger, impulsados por una mezcla de curiosidad y temor, se acercaban lentamente al lugar del impacto. Sus corazones latían con fuerza, y el murmullo de sus voces se mezclaba con el rugido del agua agitada. Algunos se aferraban a sus herramientas de trabajo, otros a sus talismanes protectores, buscando cualquier tipo de consuelo ante lo desconocido.

De repente, el agua comenzó a burbujear y agitarse más intensamente. De las profundidades del fiordo, una figura grande y oscura emergió lentamente, su armadura goteando agua y reflejando la poca luz que se filtraba a través del cielo ennegrecido. La figura mantenía la cabeza baja, como en un momento de recogimiento, antes de levantarla lentamente.

Cuando sus ojos se abrieron, revelaron un brillo azul llameante que cortaba la oscuridad como cuchillos de hielo. Los habitantes, al ver esta visión sobrenatural, se paralizaron de miedo. Sus piernas se volvieron pesadas, y el aire parecía escaparse de sus pulmones. La presencia de esta entidad, tan ajena y poderosa, llenó sus corazones de un terror primigenio que nunca antes habían experimentado.La figura oscura emergida del Fiordo de Geiranger parecía agotada, su respiración pesada y jadeante como si acabara de librar una feroz batalla instantes antes. A pesar de su imponente tamaño y la impenetrable armadura que la cubría, había una fragilidad palpable en su postura. Cada movimiento parecía requerir un esfuerzo titánico, y el sonido de su respiración resonaba en el aire enrarecido.

Los habitantes, aún paralizados por el miedo, no podían apartar la vista de la figura. Sus corazones latían con fuerza, y una sensación de inminente peligro les recorría la espina dorsal. De repente, la entidad alzó la cabeza, y sus ojos llameantes de azul recorrieron a cada uno de los presentes. El silencio era abrumador, roto solo por el eco de su jadeo.

Entonces, con una voz que parecía surgir de las profundidades mismas del abismo, la figura pronunció una sola oración: “Vengan a mí.” Sus palabras, cargadas de una autoridad aterradora, resonaron en los corazones de los aldeanos, llenándose de un terror primigenio.

Después de pronunciar la ominosa orden, “Vengan a mí“, el ser oscuro comenzó a moverse de manera inquietante. De su imponente figura surgieron tentáculos oscuros y sinuosos, que se deslizaron con una rapidez aterradora hacia los aldeanos paralizados. Antes de que cualquiera de ellos pudiera reaccionar, uno de los tentáculos atravesó violentamente a un hombre en la primera fila.

El aldeano soltó un grito desgarrador, su rostro contorsionándose de dolor y desesperación. Los tentáculos, como criaturas con vida propia, comenzaron a drenar la energía vital del desafortunado hombre. Sus fuerzas parecían desvanecerse con cada segundo que pasaba, mientras su piel se volvía pálida y sus ojos se apagaban lentamente.

Los demás aldeanos, horrorizados por la escena que se desarrollaba ante sus ojos, intentaron retroceder, pero sus pies parecían clavados al suelo por el miedo. La figura oscura, en un acto de absorción lenta y metódica, continuó extrayendo la vida del hombre hasta que sus gritos cesaron y su cuerpo se desplomó inerte. La entidad parecía revitalizarse con cada instante, su presencia volviendose aún más intimidante y aterradora.

El terror que llenaba el aire era palpable, y los aldeanos se dieron cuenta de que el ser oscuro no solo había traído caos, sino una amenaza que podría consumirlos a todos si no encontraban una manera de detenerlo.

La escena aterradora dejó a los aldeanos en un estado de shock absoluto. Sus miradas estaban fijas en el cuerpo inerte de su compañero, y el terror se reflejaba en sus rostros. La figura oscura, revitalizada por la energía absorbida, se enderezó con una postura aún más imponente y amenazante. Sus ojos llameantes recorrieron nuevamente a la multitud, observando cada reacción de miedo y desesperación.

Con una voz que resonaba como el trueno y con una intensidad aterradora, el ser oscuro habló de nuevo: “Sus vidas me pertenecen, para algo más importante que ustedes.” Las palabras se propagaron como un eco siniestro, llenando el aire con una sensación de inevitable destino.

Los aldeanos sintieron un escalofrío recorrer sus cuerpos. La afirmación del ser era clara y dominante, dejando claro que sus vidas no eran más que piezas en un juego mucho mayor y más oscuro. Mientras las palabras resonaban en sus mentes, la sensación de desesperanza se profundizó, y la realidad de su situación comenzó a asentarse. Sabían que estaban ante un poder antiguo y maligno, uno que no solo amenazaba sus vidas, sino el futuro mismo de Midgard.

Tras pronunciar sus terribles palabras, el ser oscuro comenzó a moverse de manera más siniestra y decidida. De su imponente figura surgieron más tentáculos, oscuros y retorcidos, que se movieron con una velocidad y precisión espeluznantes. Los aldeanos, atrapados en un terror paralizante, apenas tuvieron tiempo de reaccionar antes de que los tentáculos los alcanzaran.

Uno por uno, los tentáculos atravesaron los cuerpos de los aldeanos, penetrando carne y hueso con una fuerza brutal. Los gritos de dolor y desesperación llenaron el aire, resonando entre los acantilados del fiordo. Los ojos de los aldeanos se abrieron desmesuradamente, reflejando el horror indescriptible de sus últimos momentos. La sangre salpicaba el suelo y el agua del fiordo, tiñendo todo de un rojo oscuro y macabro.

Los tentáculos se enroscaban alrededor de sus víctimas, drenando lentamente la vida de cada uno. La energía vital de los aldeanos fluía hacia el ser oscuro, iluminando brevemente los tentáculos con un resplandor siniestro antes de desvanecerse en la oscuridad. Las víctimas, al ser drenadas, envejecían rápidamente, sus pieles se marchitaban y sus cuerpos se encogían hasta quedar irreconocibles. El sonido del succionado de sus vidas era un murmullo constante, casi hipnótico, que se mezclaba con sus gritos ahogados.

El ser, alimentándose de la desesperación y el sufrimiento, parecía crecer en poder y presencia. Sus ojos llameantes brillaban con una intensidad aún mayor, observando cada momento de agonía con una fría indiferencia. Los aldeanos restantes, impotentes y aterrorizados, podían sentir cómo su propia fuerza de voluntad se desvanecía, atrapados en una pesadilla viviente de la que no podían escapar.

El fiordo, que alguna vez fue un símbolo de paz y belleza, se había transformado en un escenario de terror puro. Los cuerpos inertes de los aldeanos caían al suelo uno tras otro, sus rostros congelados en expresiones de horror eterno. La figura oscura, ahora rodeada por un aura de poder maligno, se alzaba triunfante en medio del caos, proclamando su dominio sobre las almas de Midgard.

Los aldeanos, paralizados por el horror y la desesperación, no podían comprender completamente la magnitud del terror que se cernía sobre ellos. Pero, ¿quién era este ser que había traído tal calamidad a sus vidas? Se trataba de Nictofer, el dios de la oscuridad, un ser primordial de los primeros en existir y uno de los más poderosos del universo.

Nictofer, una entidad nacida del vacío primordial, era la encarnación misma de la oscuridad absoluta. Desde los tiempos inmemoriales, su existencia había sido una sombra que acechaba a la creación. Dondequiera que Nictofer iba, la luz se desvanecía y la esperanza se extinguía. Su historia estaba escrita en los anales del cosmos como un ciclo interminable de caos y devastación.

Este ser temible había vagado por los rincones más oscuros del universo, dejando tras de sí mundos consumidos por la desesperación y civilizaciones que desaparecieron sin dejar rastro. Se decía que en su presencia, el tiempo mismo parecía detenerse, y la realidad se desmoronaba ante la omnipotente sombra. Nictofer no conocía la piedad ni la compasión; su único propósito era devorar la luz y absorber la esencia vital de todo ser viviente.

Pero, ¿qué había traído a Nictofer a Midgard? Su motivación era un objeto de leyenda, el Estelar Nexus, un artefacto que se decía contenía un poder incomparable. Se rumoraba que el Estelar Nexus tenía la capacidad de manipular el tejido del cosmos mismo, otorgando a su poseedor un dominio absoluto sobre la realidad. Nictofer, en su insaciable hambre de poder, había rastreado la energía del Estelar Nexus por todo el universo. Durante eones, había atravesado galaxias y nebulosas, desolando mundos en su búsqueda incansable.

Finalmente, su búsqueda lo había llevado a descubrir que el Estelar Nexus se encontraba en Midgard. La tranquila tierra, ajena a los horrores que existían más allá de sus fronteras, ahora se encontraba en el epicentro de una tormenta cósmica. Nictofer, decidido a reclamar el poder supremo del Estelar Nexus, había llegado al Fiordo de Geiranger.

La paz que había reinado en la tierra se había roto, y los aldeanos enfrentaban un destino que pocos en el universo habían sobrevivido. El aire estaba cargado de una oscuridad palpable, y el miedo latente en los corazones de los aldeanos se materializaba en cada tentáculo que Nictofer desplegaba. La aterradora realidad de su presencia revelaba que no se trataba simplemente de una amenaza; era el preludio de una oscuridad mucho mayor que estaba a punto de consumir todo lo que conocían en su búsqueda por el Estelar Nexus.

En los días que siguieron a la llegada de Nictofer, la noticia del terror oscuro se extendió por todo Midgard como un incendio voraz. Los mejores guerreros y campeones del reino se reunieron, decididos a enfrentar al ser primordial y proteger su hogar. Estos héroes, conocidos por su valentía y destreza en combate, habían sido la esperanza de sus tierras en muchas batallas anteriores. Pero contra Nictofer, la oscuridad encarnada, sus esfuerzos fueron en vano.

El primer enfrentamiento tuvo lugar en el vasto campo de Vigrid. Los campeones avanzaron con sus espadas brillando bajo el sol, los gritos de guerra resonando en el aire. Sin embargo, Nictofer los esperaba con una serenidad inquietante. Empuñaba una espada negra como la noche misma, una hoja que parecía absorber la luz alrededor. Con un movimiento fluido y preciso, desató su maestría en combate.

Los primeros guerreros que se acercaron se encontraron con un adversario imparable. Nictofer se movía con una gracia y una velocidad inhumanas, cada golpe de su espada era letal y certero. Con una destreza asombrosa, desvió ataques y contraatacó con una precisión mortal. Su espada cortaba a través de armaduras y escudos como si fueran de papel, dejando una estela de muerte a su paso. La batalla se tornó sangrienta rápidamente, con gritos de agonía y desesperación llenando el aire.

Nictofer, usando su poder de manipulación de la oscuridad, envolvía su espada en sombras, aumentando su alcance y letalidad. Las criaturas sombrías que surgían a su alrededor lo asistían, pero era su dominio absoluto de la espada lo que verdaderamente aterrorizaba a los guerreros. Cada movimiento era calculado, cada golpe devastador. Los campeones, aunque valientes, caían uno tras otro, incapaces de igualar la habilidad y la fuerza del dios oscuro.

La desesperación se apoderó de los corazones de los guerreros cuando Nictofer detuvo el tiempo momentáneamente, moviéndose entre ellos con una velocidad imposible, sembrando muerte y caos a su paso. Sus enemigos apenas podían reaccionar antes de que la espada negra les arrebatara la vida.

A medida que las bajas aumentaban, una armada de 10,000 guerreros se unió a la lucha, esperando superar al dios oscuro con su número. La tierra tembló bajo sus pies mientras marchaban hacia la oscuridad, con la esperanza de salvar a su mundo. Pero Nictofer no mostró misericordia. Se lanzó al combate con una furia y una maestría incomparables, su espada bailando entre los cuerpos de los guerreros, derribándolos con una eficiencia aterradora.

La batalla que siguió fue un espectáculo de sangre y sombras. Nictofer levantó una mano y el campo de batalla quedó cubierto de una negrura impenetrable. Los guerreros, cegados, luchaban desesperadamente contra enemigos que no podían ver. Nictofer, en su omnipresencia en la oscuridad, veía cada movimiento, anticipando y contrarrestando cada ataque con una eficiencia letal.

La corrupción de la luz por Nictofer extinguió cualquier antorcha y fuente de magia luminosa, sumiendo a los guerreros en una desesperación aún mayor. Sus gritos de guerra se transformaron en gritos de miedo y dolor, mientras eran despedazados por la espada negra de Nictofer. La tierra se empapó de sangre, y el aire se llenó del olor a muerte y destrucción.

Al final, el campo de batalla estaba cubierto de cuerpos caídos, y la armada de 10,000 guerreros yacía derrotada. Nictofer, revitalizado y más poderoso que nunca, se alzó sobre los restos de la batalla, sus ojos llameantes observando su obra con una fría indiferencia. Había demostrado que, contra la oscuridad primordial, incluso los guerreros más valientes y numerosos no tenían ninguna oportunidad.

Al final de la devastadora batalla, el campo de Vigrid quedó cubierto de cuerpos caídos y la sangre de miles de valientes guerreros. Nictofer, el dios primordial de la oscuridad, se alzaba imponente entre los restos de la masacre, su espada negra brillando con un resplandor ominoso. Sin embargo, a pesar de su victoria y el derramamiento de tanta sangre, Nictofer no había logrado su verdadero objetivo: el Estelar Nexus seguía eludiéndolo.

Con una furia creciente, Nictofer comenzó una búsqueda implacable por todos los rincones de Midgard. Sus ojos llameantes y su presencia oscura se volvieron una constante amenaza en cada aldea, cada bosque y cada montaña. Dondequiera que fuera, la oscuridad le seguía, sumiendo el mundo en una penumbra eterna.

Los habitantes de Midgard, aterrorizados, observaban impotentes mientras Nictofer desataba su poder destructivo en su desesperada búsqueda. Las sombras parecían cobrar vida a su paso, y cada día traía nuevas historias de aldeas enteras consumidas por la oscuridad, sus habitantes drenados de vida y esperanza.

Nictofer, incapaz de encontrar el Estelar Nexus, dejaba un rastro de destrucción en su camino. Su voz resonaba por todo el reino, un eco de desesperación y rabia que helaba el corazón de todos los que lo escuchaban. Las sombras se arremolinaban a su alrededor, y su espada negra cortaba a través de la realidad misma, buscando el poder que anhelaba.

En su furia, Nictofer comenzó a usar sus habilidades más temibles para intentar localizar el Estelar Nexus. Manipulaba la oscuridad para explorar cada rincón oculto, invocaba criaturas de la noche para rastrear cualquier rastro de energía, y corrompía la luz misma, esperando que la verdad se revelara en la oscuridad más profunda. Pero el artefacto seguía oculto, desafiando sus esfuerzos y alimentando su ira.

La desesperación de Nictofer se hacía evidente. El dios oscuro, acostumbrado a dominar y destruir, se encontraba frustrado por primera vez en eones. Su búsqueda incansable transformó el paisaje de Midgard, y las historias de su ira se convirtieron en leyendas de terror. La paz que alguna vez había reinado en Midgard se desvaneció por completo, reemplazada por el miedo y la incertidumbre.

Nictofer, en su desesperación, proclamó que nadie en Midgard estaría a salvo hasta que el Estelar Nexus fuera suyo. Los días se oscurecieron aún más, y las noches se convirtieron en un reino de sombras impenetrables. La esperanza parecía perdida, y los habitantes de Midgard se preguntaban cuánto tiempo más podrían resistir bajo la sombra del dios primordial de la oscuridad.