Asexual a la carta
Gastay ya se había olvidado la razón exacta por la cual decidió subir a ese barco junto a un conjunto de desconocidos, pero la notificación de su nuevo saldo bancario, se lo recordó.
Inconscientemente una mueca de disgusto se presentó en su rostro, el dinero era importante y lo necesitaba, pero ¿realmente estaba tan desesperado?
Apoyado sobre el borde del barco contempló el atardecer de ese veraniego día. El murmullo de la ciudad había quedado atrás y el sonido de las olas solo era acompañado por las conversaciones que mantenían los tripulantes, que al igual que él, habían decidido emprender ese viaje.
Claro que sus motivos eran completamente distintos, mientras que ellos gozaban de una vida aparatosamente lujosa, Gastay era el encargado de preparar los deliciosos platos a bordo.
-Acompáñeme, señor Vilca. – Le ordenó el señor Kestner, con una sonrisa que a Gastay le pareció tan falsa como la propia.
Gastay lo siguió en silencio, concentrado en el color oscuro de sus zapatos, en el corte pulcro de su traje inglés y en su andar recto y diligente, pero el vibrar de su propio teléfono volvió a distraerlo.
-¡Les presento a Gastay Sur Vilca, el chef de los famosos!
Gastay levantó la cabeza y sonrió al grupo de personas que se reunieron en la cubierta del barco y se espantó con la poca originalidad y empeño que empleó el señor Kestner para presentarlo. Usualmente, sus clientes más destacados, se esmeraban en consentirlo. Sus platos había extasiado los paladares más rigurosos y la crítica confiable se había doblegado a su talento. Desgraciadamente, Gastay se acostumbró a ser tratado como un objeto escaso y valioso, por el cual se estaba dispuesto a pagar una buena suma de dinero. Por lo que con esa única y sencilla presentación, Gastay descubrió que su talento no formaba parte de los lujos que incluían este viaje, lo que significaba que su presencia era meramente decorativa.
Antes de que Gastay tuviera tiempo para saludar a los presentes, el grupo se dispersó y él permaneció solo en medio del lugar, sin nada que hacer, ni con quien hablar.
Tomó su teléfono y volvió a comprobar el saldo de su cuenta bancaria y eso lo distrajomomentáneamente, ya que al mirar a los lados, descubrió que el señor Kestner también había regresado a su lugar de trabajo, sin siquiera despedirse o darle nuevas instrucciones.

Para la siete de la tarde, Gastay concluyó con todo el menú solicitado, irguió la cabeza y se estiró tanto como su columna se lo permitió, las luces en la cocina eran malas, demasiado amarillentas y con parpadeo, lo que le provocó una jaqueca aguda e hizo que se cortara dos dedos mientras trozaba el ave.
Gastay pudo haber encontrado calma al concluir su trabajo, pero no fue así, eso solo lo alteró aun más.
-¿Qué hacemos ahora? – Le preguntó su ayudante de cocina. Una joven que se presentó como Liz Hagey y que fue contratada ese mismo día y a la que Gastay conoció cuando ambos abordaron el barco.
-Ya no hay más hacer, los mozos se encargarán de servir los platos, puedes ir a descansar. – Le ordenó Gastay.
La joven lo miró con algo de extrañeza, pero no se opuso. Francamente Gastay, no tenía el don de la comunicación y hubiera preferido traer a alguien de su equipo, pero debido al poco tiempo de planificación y la urgencia en la oferta laboral, tuvo que conformarse con aceptar a la desconocida.
Por décima tercera vez en el día, volvió a contemplar la pantalla de su teléfono y el saldo de su cuenta bancaria volvió a tranquilizarlo.
“Solo serán tres días, solo tres días. ¿Qué puede suceder en tres día?” Se dijo a sí mismo.
Luego de beber casi una botella entera de agua, quitarse el toque blanco y transpirado de la cabeza y acomodar su mandil manchado de sangre sobre la primera silla que encontró, Gastay tomó su teléfono, que para esa altura del día se encontraba casi sin batería y caminó en dirección al camarote de servicio que le habían asignado como su habitación, apoyándose en las paredes, como si fuera un anciano ebrio, con cadera de metal.
Y mientras lo hacía, la animada música y las risas de los presentes sobre su cabeza, le hizo querer subir a la cubierta del barco. No creía que fueran a enojarse por eso, pero estaba cansado, dolorido y casi no había dormido, por lo que desechó la idea y continuó con su camino, cuando la presencia de alguien conocido pasó a su lado.
La tarde cayó muy pronto, pero la oscuridad en el nivel inferior del yate no era tan profunda para evitar que Gastay descubriera una presencia que parecía escabullirse entre el mobiliario del barco.
-Psss. ¿Qué haces? – Susurró, intentando no alertar a otros.
Liz, su ayudante de cocina, no alcanzó a oírlo y a diferencia de él, sin reparo ascendió por las escaleras que conducían a la cubierta superior del barco y se perdió de la vista de Gastay.
Una voz en su cabeza, probablemente el cansancio, le decía que se fuera a dormir. Lo que hiciera esa chica, que conoció solo hacía un par de horas, no era de su incumbencia, pero no lo hizo. En lugar de ser sensato, siguió los pasos de Liz y se adentró en el nivel superior.
Sus pasadas conjeturas se cumplieron completamente, cuando vio como se entretenían los invitados. Bandejas con tiras de polvo blanco llenaban cada mesa del lugar. Algunos invitados fumaban y el aire estaba cargado de una fragancia pestilente y vomitiva y a Gastay le gustaría decir que eso lo sorprendió, pero lo que realmente lo hizo fue la desnudez de algunos de ellos, mientras se frotaban entre sí al ritmo de la música.
Gastay ya no era un niño, cruzó la veintena hacía muchos veranos, pero su vida sacrificada lo había alejado de los placeres carnales. Cuando alcanzó la mayoría de edad, sintió la presión de perder su virginidad, algo de lo que se arrepentiría toda su vida. Después de esa catastrófica idea que solo le generó dolor, se volvió algo más cauto. Sin embargo, la presión social regresó para recordarle que debía encontrar una pareja, pero ninguno de los vínculos que logró iniciar, sobrevivían los tres meses de noviazgo. Gastay vivía en conflicto constante, sintiéndose anormal, con alguna enfermedad o simplemente fallado, pero nunca se rindió; creía firmemente que “se curaría” en algún momento. Pero su paciencia comenzó a menguar con los años y la desesperación por “curar su mal” lo llevó a pedir ayuda. Fue así como su psicóloga sembró la duda de la asexualidad.
Todas sus preguntas internas se apagaron cuando aceptó que la atracción sexual no existía en su mente, ni en su vida y que jamás la había sentido por ninguna persona. Gastay no era ciego, podía distinguir y valorar a personas estéticamente atractivas, pero era incapaz de ver a una persona como sexualmente atractiva. Esa simple distinción fue la responsable de que se abriera tan fácilmente a la asexualidad; y después de internalizar ese conocimiento dejó de sentirse extraño, anormal o fallado y comenzó a vivir una vida como cualquier otra persona.
Su fallecida madre había intentado convencerlo de lo contrario, comparándolo muchas veces con un monje tibetano, burlándose de él o menospreciando su orientación, pero la asexualidad, a sus ojos, tenía tantas ventajas y libertades que Gastay jamás se atrevió a cuestionársela.
Su rostro se torno carmesí cuando sus ojos se cruzaron con los de un joven, altamente atractivo, al que otros dos invitados estaban desnudando.
Gastay desvió la mirada rápidamente, y no tardó en descubrir a Liz intercambiando saliva con una joven de cabello rubio y piernas largas. La observó con un poco más de atención y le pareció que la chica se estaba divirtiendo. No había relación o vínculo que lo uniera a Liz o le diera autoridad para llevársela del lugar y cuando estaba a punto de descender por una escalerilla para regresar a su camarote y dormir pacíficamente en su pequeña litera, el reflejo de una luz muy potente sobre al agua, lo detuvo.

A lo lejos, contempló una embarcación mucho más pequeña con banderas, desde la cual se escuchó:
-¡Somos la Fuerza de acción Marítima! Bajo autoridad de convenio internacional, abordaremos la embarcación para verificar su registro y carga. Mantengan a toda su tripulación a la vista en cubierta de popa y con las manos visibles.
El corazón de Gastay se detuvo, instantáneamente giró y contempló su alrededor. Todo era un caos de polvo blanco, botellas vacías y personas moviéndose erráticamente.
Su vida estaba arruinada.
Después de años de esfuerzo, en una sola noche, todo su mundo iba a colapsar. Alcanzar el sutil reconocimiento que ostentaba, la fama incipiente, el éxito mundano, todo se diluiría.
La prensa lo destriparía sin piedad, cuando descubrieran su nombre en el manifiesto de pasajeros y tripulación arrestados por la policía.
Gastay se sujetó al borde de una mesa, sintiendo unas fuertes ahorcadas. Vomitar era lo último que la faltaba a su día, alguien pasó junto a él y lo hizo tropezar al suelo. El movimiento de las demás personas incrementó sus nervios, conforme la embarcación se aproximaba al yate.
Gastay estaba a punto de derrumbarse, entregarse al pisoteo de los presentes y morir de una forma dolorosa, ese final era lo más patético que se le ocurría, pero al mismo tiempo era rápido y anónimo. Encontrarían su cuerpo y su reputación efectivamente se hubiera perdido, pero al menos, él ya no estaría vivo para saberlo.
¿Te rendirás solo así?
La pregunta fue increíblemente injusta, ¿cómo podía escapar de ese futuro catastrófico? Estaba en un barco, no había donde correr, ni esconderse.
Con dificultad se incorporó, miró por sobre su hombro a la embarcación que en pocos minutos los abordaría.
¿Acaso todo estaba perdido?
Tenía que encontrar un camino que lo librara, pero su confianza volvió a sacudirse cuando vio pasar al capitán medio desnudo corriendo como todos los demás y dejando caer al suelo su gorra de plato, que instantáneamente fue pisoteada por los desesperados tripulantes.
¡Qué injusta existencia!, pensó Gastay.
No había una sola gota de alcohol en su sistemay comparado con todos los presentes, él era quien se encontraba más lúcido y cuerdo, y sus ideas deberían reflejar racionalidad, sensatez e inteligencia, por lo que sin pensarlo mucho, corrió tan rápido como pudo hasta el extremo más alejado del barco, hacia la proa y saltó por la borda.
Gastay odiaba el agua fría, ni siquiera durante sus tareas, como chef, se permitía trabajar con agua tan fría como la del océano, pero en esa ocasión, le hubiera gustado impactar contra ella. Sin embargo, sus planes se vieron frustrados cuando al saltar impactó con el borde de una rampa accesoria que se encontraba amarrada por sobre la línea de flotación del casco y que no debería estar allí.
Recibió un golpe en la coronilla de la cabeza y perdió el conocimiento.
Una cortina de seda dorada dificultaba su visión. Gastay la apartó y la acción le provocó una punzada dolorosa sobre la cabeza.
Se quedó quieto, esperando a que el dolor disminuyera y descubrió que se hallaba tumbado sobre una pequeña cama de madera, entonces supo que lo que en un principio creyó que era una elegante cortina de seda dorada, no era más que un simple mosquitero roído.
Tenía un sabor amargo en la boca y se sentía sediento y débil.
Aguardó algunos minutos más, pero finalmente se sentó con dificultad y apartó la tela que le impedía ver el interior del sitio en el que se hallaba.
La vista que obtuvo casi lo hizo caer al suelo. No había error posible, estaba dentro de una choza de madera de poco más de seis o siete metros cuadrados, con techo bajo de paja u hojas de palmeras, paredes de troncos y suelo de arena.
¡Suelo de arena!
Volvió a contemplar el lugar y cuando intentó incorporarse, las piernas le fallaron y nuevamente cayó sentado en la cama.Las preguntas comenzaron a llegar, pero algo estaba claro: ese lugar podía ser todo, excepto la celda de una comisaria, ¿verdad?
Pronto comenzó a sentirse asfixiado y movido por la desesperación, intentó recordar cuáles eran sus últimas vivencias y cómo había llegado ahí. Sin embargo, forzar la memoria solo le provocó una horrible jaqueca.
Lentamente se incorporó y de inmediato sintió como algo se desprendía de su cuerpo y caía al suelo. Con pavor, se descubrió completamente desnudo y eso que cayó al suelo era lo único que lo protegía de la completa desnudez.
Se apresuró a recoger la tela y debió sacudirla varias veces porque la arena se había impregnado en ella.
Gastay intentó estirar el trozo de tela y atarlo en torno a su cintura, pero no pudo hacerlo, el harapo era tan diminuto que apenas podía cubrirse el frente con él.
No había sábanas y tampoco divisó rastros de su propia ropa en ningún rincón de la choza.
Se sentó unos minutos en la cama y reflexionó sobre su situación: era evidente que saltar del yate había sido una pésima idea, casi tan mala como aceptar esa apresurada oferta de trabajo como chef de un barco, cuyos tripulantes no conocía, pero también era evidente que alguien había curado su lesión, por lo que concluyó que su propia desnudez era un tema completamente secundario.
Se dio ánimos a sí mismo y salió de la choza.
En el exterior, se encontró con los fuertes rayos de sol en lo más alto; promediaba el mediodía, lo que significaba que había permanecido inconsciente, al menos diez horas.
A Gastay le hubiera encantado encontrar algún dato de más utilidad, pero el paisaje frente a sus ojos le quitó el habla y la concentración.

El mar golpeaba suavemente la costa. Costa que consistía en una planicie de arena blanca, palmeras y el horizonte infinito.
Gastay caminó embobado por la playa por algunos minutos, pero la arena estaba tal caliente que tuvo que refugiarse bajo la sombra de una palmera.
¿Dónde demonios estaba?
-¡Has despertado! – Murmuró alguien detrás de él.
Gastay dio un respingo y contempló al desconocido.
Era alto, fornido y con una mirada feroz. El hombre ostentaba una belleza salvaje, exótica y muy rústica. Algunas gotas de agua caían desde su cabello mojado y eran arrastradas por las líneas fuertes de sus clavículas, otras impactaban sobre su pecho y desaparecían en el aire.
La presencia intimidó a Gastay, quien quiso salir corriendo.
-¿Estás bien? ¿Te duele la cabeza? – Le preguntó.
Gastay recordó el golpe e inconscientemente tocó su cabeza. El desconocido se aproximó a él y examinó la zona.
-La inflamación ha desaparecido. Te sentirás mejor en poco tiempo. – Aseguró el hombre, desplegando una tenue sonrisa.
La primera impresión de peligro, se disipó y a pesar de la ferocidad en su mirada, Gastay no pudo ignorar la suavidad con la que el sujeto le habló y eso le dio la seguridad para preguntar:
-Por favor, dime quien eres tú. ¿Qué ha ocurrido con el resto de las personas del barco?
-¿Barco? ¿Había más personas? – Preguntó el sujeto, algo confundido.
Gastay no estaba haciendo las preguntas correctas, por lo que tomó aire y volvió a intentarlo.
-Tú eres el dueño de la choza, ¿verdad? – Interrogó Gastay, señalando la construcción que se encontraba algo apartada.
-Así es. – Le respondió el desconocido.
-Y tú me has curado la herida de la cabeza, ¿verdad? – Siguió Gastay.
-Es correcto.
-Es decir, que fuiste tú quien me ha encontrado.
-Efectivamente.
-Entonces… puedes decirme. ¿Dónde y cómo me has encontrado?
El sujeto hizo tres segundos de silencio, un tiempo irrisoriamente largo para Gastay, pero inclinando la cabeza y como si fuera una obviedad, respondió:
-En el mar, estabas flotando en el mar.
Gastay no recordaba nada. Su último recuerdo estaba en ese salto y en el golpe que obtuvo por querer escapar de la policía.
La preocupación por el resto de los pasajeros se disipó de su mente, todos ellos eran ricos, tenían recursos de sobra para enfrentar a las autoridades, pero él, solo era un chef levemente famoso con muchas deudas.
Gastay miró al desconocido y luego de un escaneo superficial, le dio las gracias por haberlo salvado.
-¿Dónde estamos? – Preguntó.
-Es la isla “Paraíso”, en el Atlántico.
-¿Isla? – Repitió Gastay, sin poderlo creer.
El chef se desconectó de la conversación y contempló la exquisita playa frente a él.
-¿Tú vives aquí? – Insistió de forma automática.
-Así es. – Le respondió con su infinita parsimonia y Gastay no sabía si eso era natural en él o si solo lo hacía para fastidiarlo.
Gastay odiaba a las personas lentas. La calma, la contemplación y la pasividad eran defectos para el chef, quien detestaba perder el tiempo en las banalidades de las relaciones sociales, relaciones que mantenía de forma obligada con aquellos que lo rodeaban.
-¿Vives con tu familia?
-Vivo solo. Soy el único habitante de la isla.
Ante tal declaración, Gastay quedó de piedra.
Caminó sobre la arena tambaleándose de un lado a otro, olvidándose de todo hasta de su propia desnudez.
-¿Estás bien? Pareces mareado. – Quiso saber el desconocido, que lo siguió preocupado por su lesión.
Gastay no respondió, era mucha información que procesar.
-¿Cómo puedo volver a mi casa? – Jadeó Gastay, temiendo ser víctima de un ataque de ansiedad.
-Una vez al mes llegan provisiones en un barco. Podrías irte con ellos.
-¿Una vez al mes? ¿Y cuándo regresará ese barco?
-Ayer se fueron. – Confesó el hombre, rascándose la cabeza, ignorando la gravedad de sus palabras.
Esta vez Gastay casi perdió el conocimiento, pero el desconocido alcanzó a sostenerlo con sus brazos.
-¡Mi teléfono! – Gritó.
Gastay miró al sujeto, quien movió negativamente la cabeza.
-Solo llevabas puesta una camisa y un pantalón. – Le recordó.
Gastay no podía ser él mismo sin su teléfono, toda su vida giraba en torno a ese aparato. Era como una extensión de su cuerpo, su única compañía, su amigo.
-¡No puede ser! ¡No está pasando! Esto es una pesadilla. ¡Mi teléfono! – Sollozó. – ¡Ni siquiera había terminado de pagarlo!
Después de lamentarse por algunos segundos más, Gastay preguntó:
-Y el tuyo. ¿Dónde está tu teléfono?
-No hay electricidad en la isla. – Respondió el hombre tranquilamente.
Gastay se apartó de él, el aire puro del lugar no podía parecerle asfixiante, pero lo era y luego de inspirar un poco más, insistió:
-¿Cómo te comunicas con el exterior?
-No lo hago.
Gastay sintió que ahí mismo se desmayaría, su situación no podía empeorar, sin embargo estaba equivocado. El diminuto trozo de tela que lo alejaba de la completa desnudez resbaló de sus manos y él quedó como Dios lo trajo al mundo, frente al hombre que hacía pocos minutos había conocido.
Jamás se había sentido tan fracasado y derrotado, estaba perdido en una isla, sin su teléfono y desnudo frente a un desconocido. ¿Qué más le podía suceder?
Después de ese vergonzoso episodio, Gastay y el hombre caminaron por un sendero estrecho sin decir ni una sola palabra, hasta que Gastay rompió el silencio:
-¿A dónde vamos?
-A mi casa, no creíste que vivía en esa choza en la playa, ¿verdad?
Gastay rio incómodamente, porque sí creyó que esa choza era la casa del desconocido y continuó caminando detrás de él.
-En mi casa se encuentra el único teléfono de la isla, llamaremos al barco que trae las provisiones y podrás regresar con ellos en cuanto terminen su recorrido por las playas de la zona.
-Se lo agradezco mucho.
El corazón de Gastay tuvo un poco de calma al escuchar la oferta, pero rápidamente volvió a acelerarse cuando vio la magnífica edificación frente a sus ojos.
-¡¿Ésta es su casa?!
-Así es, bienvenido.
Gastay estaba impresionado.
-Disculpa, no me has dicho cómo te llamas.
-Soy Calixto Pillpe. Y es un placer conocerte… - Continuó el hombre, dando a Gastay la señal de que también esperaba que se presente.
-Me llamo Gastay Sur Vilca.
Gastay contempló con fascinación la increíble mansión y con gran entusiasmo dejó que Calixto lo guiara al interior.

-Antes de comunicarme con ellos, iré por algo de ropa para ti. Puedes tomar un baño, si quieres.
El dueño de la casa, condujo a Gastay hasta el piso superior donde le mostró una habitación con su propio baño y dejó algunas prendas limpias para que Gastay pudiera cambiarse.
-Te espero abajo. – Le señaló.
-De acuerdo, muchas gracias.
Gastay necesitaba esa ducha como al aire que respiraba, tenía arena en sitios de su cuerpo que jamás habían tenido arena, sentía la piel de sus pies pegajosa y el sudor bañaba toda su superficie. Se sentía sucio, pegajoso y oloroso.
Mientras el agua tibia mojaba su piel, Gastay pensó que había sido realmente afortunado de encontrar a alguien tan amable como Calixto en medio de la nada. Terminó de bañarse y se vistió con las prendas que Calixto le dejó y para su sorpresa, eran prendas que seguramente le pertenecían al dueño de la casa, ya que le quedaban enormes.
Batalló con el pantalón y no logró ajustarlo a su cintura, por lo que simplemente optó por quedarse con la remera cuya extensión alcanzaba a cubrirle la totalidad de los muslos.
Gastay estaba a punto de bajar, cuando su curiosidad lo obligó a detenerse. Contempló la habitación y se preguntó si ese era el sitio donde Calixto descansaba. Sin ninguna vergüenza comenzó a abrir los cajones y descubrió un meticuloso orden, vio algunas fotos enmarcadas, colgando en la pared, pero todas parecían muy recientes y ninguna le daba mucha información.
Cuando descendió, no encontró a Calixto en el salón y en lugar de tomar asiento y esperarlo, decidió buscarlo. Gastay no era bueno en quedarse quieto en un solo sitio. En la ciudad, nunca tenía un solo momento de descanso, siempre había algo que hacer, alguien con quien hablar o algo que planificar. Atravesó un salón y tomó un pasillo, abrió una de las puertas, pero el lugar estaba vacío.
Continuó caminando hasta que de pronto, escuchó un sonido extraño. El ruido lo guió por el pasillo hasta otra puerta. Gastay dudó, su voz interna le decía que estaba siendo entrometido, pero era la primera vez que no le importaba su propio juicio, empujó la puerta lo suficiente como para formar una rendija por la cual observar el interior. Esperaba muchas cosas, pero lo que vio lo dejó sin aliento: era Calixto enfrentando una pared, con una mano apoyada sobre los azulejos, mientras que su otra mano acariciaba compulsivamente su miembro masculino.
Su primer pensamiento fue salir de allí, pero una electrificante sensación de inconformidad lo clavó al suelo y a pesar de querer salir corriendo, permaneció detrás de la puerta, sin poder dejar de observar. Un calor incómodo comenzó a ascender por sus piernas y se instaló rápidamente en el centro de su cuerpo y en su rostro. Esa fijación, casi fetichista de la cual muchos no se sentirían orgullosos, fue un golpe duro de admitir en la mente de Gastay, pero sobre todo en su orgullo. Gastay despreciaba estoicamente a cualquiera que quisiera arrastrarlo a la banalidad del placer carnal y lo hacía con tanta prolijidad que su conducta era casi artística. ¿Cómo podía un acto tan terrenal como la masturbación ajena causarle tal conflicto?
Los jadeos de Calixto se intensificaron, casi tanto como loslatidos del corazón de Gastay. Avergonzado, sintiéndose culpable por espiar a quien le había brindado ayuda, Gastay finalmente se alejó.
Calixto, en cambio, sentía que las piernas no podían temblarle más. Hacía años que no se excitaba tanto y le parecía absurdo hacerlo con algo tan mundano como la desnudez de un desconocido, pero no podía quitarse esa imagen de la cabeza, sobre todo cuando había puesto tanto empeño en respetar al joven, al encontrarlo con sus prendas deshechas y verse en la necesidad de desnudarlo manteniendo sus ojos cerrados.
Eso fue diferente, accidental y no era su culpa, pero deseaba pocas cosas y una de ellas era un buen polvo, algo escaso en su vida, por lo que si bien una parte de su conciencia le reclamaba por ese acto indecoroso, otra volvía a repetir la imagen de su invitado desnudo.
Dio los últimos movimientos y contempló con desánimo el líquido blanco extendido por el suelo.
Cerró los ojos, suspiró melancólicamente, se acomodó el pantalón y limpió el lugar.
Gastay caminó con dificultad. Se sentía extraño, incómodo y…
¡No puede ser!
Jamás le había ocurrido algo semejante y no sabía cómo actuar. No podía creer que lo que colgaba entre sus piernas, por primera vez, manifestara algo de vida.
¡Era imposible!
Incapaz de procesar aquello descendió lentamente la mirada y contempló su entrepierna. Su salchichita era pequeña, lo aceptaba, pero estaba bastante seguro que nunca había estado tan despierta.
¡Una absoluta desgracia!
La sorpresa se consumió rápidamente cuando recordó donde se encontraba y como había llegado hasta allí, por lo que sumó a ese acontecimiento “anatómico” a la larga lista de sucesos desafortunados que marcaba cuan desordenada y caótica era su existencia.
Corrió por el lugar, intentando hacer el mínimo de ruido, pero rápidamente una pregunta en su cabeza, lo hizo detenerse:
¿Acaso es un crimen?
Gastay rápidamente respondió a esa pregunta, Calixto era un hombre joven, que vivía solo en una isla, y excitarse improvistamente era un suceso normal.
Ese razonamiento también lo convenció de que cualquiera en su situación se habría inquietado y que no debía sentirse culpable por ello. Además aceptó que su repentina excitación lo tomó por sorpresa, porque era la primera, a pesar de haber mantenido relaciones con algunos hombres. Encuentros que jamás lograron hacerlo llegar a un orgasmo.
Seguro de ello, peinó su cabello alborotado y se dirigió al salón, como si nada hubiera ocurrido.
Tomó asiento y esperó al dueño de la casa, fingiendo una expresión de calma y completa normalidad.
Calixto se presentó varios minutos después y Gastay no pudo evitar, mirarlo de pies a cabeza.
-Me he comunicado con mis proveedores. – Anunció y por primera vez Gastay recordó su situación.
-Ahhhh.
-Tengo buenas y malas noticias, ¿cuál quieres oír primero, Gastay? – Enfatizó Calixto.
Gastay sufrió un pequeño debate interno, cuando los ojos de Calixto se clavaron en los suyos y la intensidad de su mirada le recordó lo que había visto.
-Ah... yo… Las buenas, primero. – Tartamudeó.
-¡Ellos vendrán por ti!
Gastay suspiró con cierto alivio, pero antes de sentirse completamente aliviado, preguntó:
-¿Cuál es la mala noticia?
Calixto miró un punto superior en una esquina del salón, se rascó la cabeza y con una calma que casi mata a Gastay, respondió:
-Tardarán al menos tres semanas.
-¡¿Qué?!
Gastay sintió sus pulmones tapados, estaba seguro que respirar un aire tan fresco y puro, no era bueno para él, que vivía encerrado en una cocina y en una ciudad cuyo aire era uno de los más contaminados del mundo.
-Dijeron que aun deben realizar el resto de sus entregas. Desviar el barco, es un dinero en combustible que no están autorizados a realizar, pero al terminar pueden pasar por la isla y te aceptaran como un tripulante más.Lo lamento – Explicó Calixto.
-No te disculpes, no es tu culpa. – Le sonrió Gastay. -Agradezco todo lo que has hecho por mí. Me recataste, me trajiste a tu casa, curaste mis heridas y has conseguido ayuda para mí. No sé como agradecerlo.
Calixto permaneció observando al joven, sintiendo un poco de lastima por él, cuando de pronto el sonido de un quejido en su estómago, los interrumpió.
Gastay volvió a disculparse, pero a Calixto le pareció totalmente natural sentir hambre, por lo que le preguntó a su invitado que deseaba comer.
-¡Oh, no! Has sido tan amable conmigo, lo menos que puedo hacer para retribuir tu bondad es preparar uno de mis platos para ti.
-¿Tú cocinas? – Preguntó Calixto sorprendido.
-Obvio, si. Soy un chef prestigioso. – Expresó Gastay, con cierto orgullo.
-¿Ah, sí? – Dijo Calixto, acercándose al joven.
-Soy un experto, lo único que debes hacer tú, es sentarte y observar como hago mi magia.
Calixto esbozó una amplia sonrisa y condujo al joven hacia la cocina y aunque insistió en que prepararía la cena, Gastay no lo dejo hacer.
-¿Al menos puedo lavar los ingredientes?
-¡No! Tú, ve y siéntate allí. – Demandó Gastay, señalando una pequeña mesa con sillas. - Yo me encargaré de todo.

La cocina de Calixto no tenía nada que envidiarle a ninguna cocina del continente, Gastay pudo preparar su especialidad sin que nada le faltara, sin embargo era la primera vez en su vida que trabaja bajo la presión de una mirada como aquella. En varias oportunidades descubrió a Calixto mirándolo y no solo su cara, sino también pudo ver como Calixto perdía sus ojos en el escote que se formaba gracias a la amplitud de la camisa y que dejaban al descubierto ciertas partes de su cuerpo. Tampoco pasó por alto las largas contemplaciones de Calixto sobre sus piernas, pero les restó importancia.
-¡Ya está listo! – Anunció.
Calixto corrió a su lado y deslizó una de sus manos hacia un cajón inferior, tocando la cintura de Gastay, quien inmediatamente sintió unas chispas en el vientre.
Gastay lo miró confundido, pero rápidamente descubrió que Calixto solo quería alcanzar la vajilla necesaria para comer.
-¿Llevo los platos al comedor? – Preguntó Gastay.
-No – Lo detuvo Calixto. - Podemos hacerlo acá.
A Gastay le pareció una buena idea. La mesa de la cocina no era tan amplia como la del comedor, pero era suficiente para ambos.
Sin hacer más preguntas trasladó los platos hacia la mesa señalada, mientras Calixto revisaba otros cajones y extraía diversos utensilios como servilletas de tela, cubiertos y vasos.
-Traeré una botella de vino, ¿prefieres alguna en particular? – Le preguntó a Gastay.
-Cualquiera está bien para mí.
Mientras Calixto se alejaba de la cocina, Gastay controlaba los últimos detalles de sus platos.
A los pocos minutos, Calixto reapareció con una botella y la colocó sobre la mesa, admirando silenciosamente la apariencia de los alimentos. Sigilosamente tomó dos copas, las llenó con el líquido oscuro y las acomodó con inseguridad en el centro de la mesa.

Ambos se sentaron uno frente al otro y con un leve choque de copas, iniciaron la degustación de los platos.
-¡Por dios! Nunca había probado algo tan delicioso. – Felicitó Calixto.
Gastay rio y puso los ojos en blanco.
-Estas exagerando.
-¡No lo estoy haciendo! ¡Esto es delicioso!
Cuando terminaron de comer, el peso de la realidad cayó sobre Gastay.
-¿Qué voy a hacer ahora? Mi vida está arruinada ¿Dónde viviré? ¿Cómo sobreviviré por tres semanas en un lugar tan inhóspito como este?
Calixto intentó darle ánimos:
-Puedes quedarte aquí. Hay muchas habitaciones.
-Seré una carga para ti. – Se lamentó Gastay.
-No eres una carga y solo serán tres semanas…
-Es mucho tiempo, una eternidad… no puedo hacerlo.
-El tiempo transcurre de modo diferente aquí. Ya lo verás.
-No tengo como pagarte. – Insistió Gastay, ignorando las palabras de Calixto.
Por un momento sus miradas se encontraron. Gastay pensó que era a causa del vino tinto, ya que su resistencia al alcohol era tan pobre como su vida en general, pero le pareció que la intensidad en la mirada de Calixto sí era diferente y por un breve instante completó la imagen que tenía en la cabeza: con él arrodillado entre la pared de azulejos y el pene de Calixto.
-Puedes cocinar para mí. – Propuso Calixto, salvándolo de esos pensamientos impuros.
-Juro que te pagaré. – Insistió.
-No es necesario, tengo todo lo que necesito. El dinero no es importante para mí.
¿El dinero no es importante para ti?, repitió Gastay en su fuero interno.
Era la primera vez que Gastay sentía envidia. Había acudido a lugares igual de lujosos que esa casa, todos sus clientes eran personas adineradas y Gastay sabía cómo funcionaba el mundo y había reconocido que algunos nacían con privilegios y otros, no. Desafortunadamente para él, su situación era la segunda y lo aceptaba. Pero no podía dejar de pensar en que sus deudas lo arrastraron hasta ese barco y que intentar llevar una vida que no podía costear, fue lo que terminó de enterrarlo, hasta el punto de casi hacerlo perder la vida. Si Gastay se ponía a pensar con seriedad, en realidad había tenido suerte. Lo más probable era que mientras los policías estuvieran arrestando a todos los tripulantes del barco, él hubiera estado escondido e inconsciente sobre esa rampa. La cual, seguramente, se soltó del barco yterminó naufragando hasta que Calixto lo encontró.
¿Qué habría pasado con él, si Calixto no lo hubiera salvado?
-Aun así, encontraré la forma y devolveré tu generosidad. – Insistió Gastay.
Después de una corta conversación, los ojos de Gastay comenzaron a cerrarse.
-Ven, te mostraré tu habitación. – Murmuró Calixto. – Necesitas descansar.
Gastay bostezó y aceptó la propuesta, pensando que lo llevaría a la misma habitación en la que pudo tomar ese esplendido baño, pero estaba equivocado.
-Ésta es mi habitación. – Anunció Calixto.
Gastay abrió los ojos como plato cuando lo escuchó y ambos se detuvieron frente a una puerta de roble.
-¿Dormiremos juntos? – Preguntó anonadado Gastay.
Calixto alzó una ceja y lo contempló con una pícara sonrisa.
-¿Quieres dormir conmigo? – Interrogó Calixto.
-Yo, yo…
-Solo estoy bromeando. Tu habitación es esa de ahí. - Le explicó, señalando la habitación contigua.- Solo quería mostrarte donde está mi habitación, por si necesitas algo.
Gastay sonrió tontamente y volvió a agradecer, mientras se disponía a refugiarse avergonzado en la nueva habitación.
-Buenas noches. – Escuchó Gastay al otro lado de la puerta.
-Gracias y buenas noches también para ti. – Se despidió Gastay y rápidamente cayó en un profundo sueño, tan hondo como la muerte misma.

Por la mañana Gastay despertó con los rayos de sol sobre su piel. Jamás había dormido tan bien, incluso había soñado y eso era tan extraño para él. Admiraba a aquellos que podían describir sus sueños, se lamentaba no poder hacerlo y ahora entendía la razón. Esa noche se fue a dormir con la seguridad de que por la mañana no tendría que regresar a su insulso trabajo, ni a su gris departamento lleno de cucarachas y eso relajó su mente y liberó su sueño de toda preocupación.
Giró sobre las sábanas y pudo ver con más detalle el lugar que Calixto le había asignado. Era una recámara espaciosa con vista al mar, luminosa y silenciosa.
Se removió perezosamente en la camagigante, sintiéndose pegajoso, a causa del calor húmedo en el ambiente que lo hacía sentir algo pesado e incómodo.
Estaba a punto de tomar un baño, cuando unos toques livianos sobre la puerta, lo hicieron detenerse.
-¿Si?
-Has despertado… buenos días.
Gastay abrió rápidamente la puerta y se encontró con el dueño de casa vistiendo únicamente un short. Era demasiado pronto para él y aunque intentó no hacerlo, se quedó observando el cuerpo tonificado y musculoso por varios segundos.
-¿Quieres venir a nadar conmigo? – Invitó Calixto.
-¿Nadar?
-Lo hago siempre antes de desayunar, pero si prefieres desayunar yo puedo…
-¡No! Claro que me gustaría nadar contigo.
Calixto sonrió y le dijo.
-Bien, entonces te esperaré abajo. Puedes cambiarte, hay algunos trajes de baño en tu ropero.
Gastay encontró increíblemente familiar que Calixto dijera que algo de ahí era suyo.
-Gracias, me cambiaré enseguida.
Calixto volvió a sonreírle y se fue.
Gastay no perdió el tiempo, corrió hacia el lugar señalado y rebuscó entre todas sus opciones. Afortunadamente se encontró con una amplia variedad de prendas de baño, pero optó por algo simple, nada revelador, ni sugerente a pesar de que la mitad de las prendas proponían eso.
También se colocó una remera blanca y salió.
Calixto lo esperaba al pie de las escaleras, sosteniendo dos toallas blancas, un sombrero y un par de anteojos de sol.
-Ten. – Le dijo a Gastay, extendiendo uno de los pares de anteojos.
-Gracias.
Gastay aceptó las gafas y comenzócaminar hacia la playa, pero Calixto lo detuvo.
-Aguarda, debes aplicarte protector solar, aquí el sol es muy intenso.
-No, gracias. – Se lamentó Gastay. - Debes tener todo muy calculado, si el consumo se duplica conmigo, tus provisiones no te alcanzarán.
Calixto miró la botella de protector solar en su mano y también contempló la piel de Gastay.
-Entonces, yo tampoco lo usaré.
-¿Qué?
-Si tú no lo usas, yo tampoco lo haré. – Explicó el dueño de la casa.
-Calixto…
-Eres mi invitado, quiero que te sientas cómodo.
-Y yo no quiero ser una molestia para ti. – Insistió Gastay.
-No lo eres…
-Lo soy… eres demasiado amable para decirlo, pero lo soy.
-Gastay, ¿Cómo te explico que no eres ninguna carga para mí? No tienes que pagar por nada y tampoco quiero que lo hagas.
-No me importa… aun así lo haré.
Calixto lo miró intensamente.
-Si tanto te incomoda esta situación, existe otra solución. – Murmuró Calixto de forma determinada.
Era la primera vez que Gastay veía al dueño de la casa con una expresión tan seria.
-¿Solución? – Repitió Gastay.
-Puedo contactar a las autoridades; la policía naval. Ellos vendrían por ti enseguida.
-¿Policía? – Refrendó Gastay.
-Podrías hablarles de tu naufragio, estoy seguro que te llevarían a tierra firme.
-¡No! – Gritó Gastay. - Eso no es necesario… yo puedo esperar el barco que me ofreciste.
El terror se apoderó de Gastay, había escapado de aquella situación por pura suerte. No podía involucrarse con la policía, que seguramente haría todo tipo de preguntas.
Calixto volvió a tenderle la pequeña botella blanca y esta vez Gastay la tomó, sin protestar.
El más joven separó un poco del contenido y lo colocó sobre sus brazos y piernas y cuando hubo terminado, se vio en la necesidad de quitarse la camisa. Pero al hacerlo, no pudo evitar sentir los ojos de Calixto sobre su piel. Volvió a tomar más contenido del frasco y lo esparció lentamente por su pecho, su abdomen y su cuello.
-¿Puedes ayudarme? – Le pidió a Calixto.
Gastay sonrió cuando al mayor, le tomó más de dos segundos aceptar.
Tomó una dosis exagerada del líquido y comenzó a esparcirla por toda la espalda de Gastay.
No eran manos suaves, en realidad eran manos ásperas y duras, pero Gastay pensó que ese tipo de tacto era el más ardiente. En su cabeza, no había nada más sexy que un hombre con manos grandes y ásperas debido a trabajos manuales, pero en realidad no estaba seguro, solo podía guiarse por las conversaciones que escuchaba de sus compañeras de trabajo, que a diario describían encuentros pasionales y eróticos que mantenían con parejas ocasionales. Agregando descripciones que Gastay alcanzaba a escuchar, pero que jamás podía entender, porque todos sus encuentros se caracterizaban por una sola cosa: decepción. Y no se trataba de decepción hacia sus parejas, Gastay se sentía decepcionado de sí mismo.
Calixto esparció el producto y no pudo ignorar la suavidad de la piel y por lo mismo se tardó más de lo necesario.
Caminaron por un sendero lateral. Calixto avanzaba sin ninguna dificultad, mientras que Gastay se preguntaba por la existencia en masa de insectos o reptiles en la isla.
-El agua es tibia, te encantará.
-¿Hay tiburones? – Preguntó Gastay alarmado.
-Algunos, pero yo te salvaré.
-¡¿De verdad?!
-No, solo estoy bromeando. No hay tiburones… en la costa.
Llegaron a la playa y Calixto no tardó en correr hacia el agua y sumergirse.

Gastay ya no estaba tan seguro de su decisión, las olas chocaban contra la costa y la inmensidad del mar era imponente.
Observó a Calixto, sin saber qué hacer cuando de pronto, lo vio regresar a la orilla.
La imponencia del mar era tangible, pero la virilidad desplegada por ese hombre, con el agua cayendo de su piel, su cabello mojado y su cuerpo tocado por el sol…
-¿No vendrás al agua? – Gritó desde la orilla.
-Ah… ¿Qué?
Conforme se acercaba, Gastay comenzó a sentirse pequeño.
-Tienes que sentirlo. - Murmuró Calixto, señalando el mar.
Gastay casi se rio por esa acotación, ya que estaba sintiendo muchas cosas en ese momento.
-¡Dios! – Fue lo único que pudo decir cuando Calixto lo alcanzó.
-Yo te llevaré.
Calixto intentó atraparlo, pero Gastay era un experto en escapismo, un don que había perfeccionado con los años y por el cual se escabullía de los problemas y de las personas indeseadas.
Gastay corrió por la playa y lejos de respetar su negativa, Calixto corrió tras de él.
-¡Nunca me atraparás! – Rio Gastay.
-¿Eso crees?
Al principio Calixto no se atrevía a lanzarse contra él en pos de alcanzarlo, pero conforme pasaron los minutos, y luego de las burlas del menor, Calixto se tomó como una obligación la captura del escurridizo joven.
-¡Te llevaré al mar, quieras o no!
Gastay esbozó una amplia sonrisa, ufanándose del mayor y volvió a alejarse, pero luego de unos cuantos metros comenzó a tener dificultades para avanzar. Correr sobre la arena era difícil y pesado, pero más difícil era hacerlo sin haber probado bocado alguno.
Cuando quiso mirar a Calixto, ya era demasiado tarde, solo unos centímetros lo separaban de él.
-Perdiste.
Calixto lo tomó en brazos y lentamente lo condujo al agua.
-¡No! – Rio Gastay, mientras perdía sus zapatos en la arena.
El más joven no recordaba haberse divertido tanto en lo que llevaba de vida, volver a jugar como si fuera un niño, sin nadie cerca que lo juzgara, se sentía muy bien.
Ahora con la proximidad, Gastay pudo ver a detalle el cuerpo que lo sostenía y sin pedir permiso se aferró de Calixto, fingiendo temor al mar.
Sus pies fueron los primeros en tocar el agua y le agradó la temperatura. Calixto continúo caminando, adentrándose lentamente, cargando con todo el peso de Gastay sobre él.
Gastay creyó que Calixto lo soltaría una vez que su cuerpo estuviera completamente sumergido, pero se equivocó, Calixto no lo hizo.
-Si tienes miedo, no deberías soltarte.
Gastay casi le responde que miedo era lo último que sentía, pero no lo hizo.
-Sujétate de mí. – Recomendó Calixto y Gastay nunca se imaginó lo que iba a suceder.
Calixto liberó sus piernas pero en lugar de simplemente soltarlas, las separó y las acomodó a los lados de su propia cadera.
Gastay abrió los ojos a causa de la sorpresa y no se relajó mucho cuando sintió las manos de Calixto rodeando su cintura.
-¿Estás bien? – Preguntó Calixto.
Y no, no estaba bien. Era imposible que en esa posición Gastay no se sintiera vulnerable.
Una ola más grande que las anteriores, chocó contra la espalda de Gastay y el movimiento involuntario hizo inevitable el contacto de sus partes nobles con las de Calixto.
Gastay se ruborizó automáticamente, y quiso separarse, pero Calixto se lo impidió.
-Tienes uno labios perfectos. – Murmuró Calixto.
Gastay sonrió nerviosamente, tomó aire y con un sutil movimiento se sumergió, escapando de los brazos fuertes que lo sostuvieron.
Emergió a la superficie a unos cuantos metros de Calixto.
-¿Te escaparás de mí? – Preguntó el mayor.
-¿Tengo que hacerlo?
Calixto mojó su cabeza y le respondió:
-Creo que sí… si deberías escapar de mí.
-¿Ah, sí? ¿Por qué? ¿Acaso eres peligroso? – Se burló Gastay.
-Lo soy, para ti soy muy peligroso.
Calixto avanzó lentamente hacia Gastay, quien parecía hipnotizado. No solo era a causa de Calixto. Se trataba de un conjunto de razones: el mar, el sol, el lugar… el momento.
El corazón de Gastay no estaba en calma, algo en su interior lo mantenía inconforme, confuso y nervioso.
-Anoche soñé contigo. – Susurró Calixto en el oído de Gastay.
-Mmm…
-¿Quieres saber que sucedía en mis sueños?
-No lo sé. – Respondió Gastay en un estado de vaga consciencia.
-Dime que no soy solo yo, quien está sintiendo esto.
-¿Esto? – Preguntó Gastay confundido.
-Te deseo…
Gastay jadeó cuando Calixto lo sujetó por la cintura para acercarlo a su cuerpo.
-Puedes decirme que me detenga y lo haré. – Soltó Calixto.
-Yo…
-Necesito una negativa o avanzaré y no podrás pararme.
-Calixto…
-Detenme, porque desde que te vi, solo he pensado en una cosa.
-¿En qué? ¿En qué has pensado?
-Ya lo sabes…
-No lo sé. – Respondió Gastay, sin sentir incomodidad por la cercanía de Calixto.
-¿Realmente quieres escucharlo de mi boca?
-Sí.
-No es nada bueno…
-Aun así quiero escucharlo. – Insistió Gastay.
-Tus labios, quiero ver esos hermosos labios rodeando mi pene.
Gastay tembló y se sintió extraño, como si no fuera él mismo.
-Calixto…
-Y no solo eso quiero… quiero escucharte gemir mientras me hundo en ti.
-Yo no soy lo que esperas. – Confesó Gastay, con cierta pena.
-Lo eres.
Calixto no lo conocía y tampoco sabía la cantidad de personas a las que había decepcionado con su condición. Y no quería cometer el mismo error. ¿Cómo podría pagar la generosidad de Calixto con más mentiras?
-Yo soy asexual. – Confesó melancólicamente.
-¡Ja! – Bufó Calixto. - Estas completamente equivocado. Eres la criatura más sexual que jamás haya visto.
-¡¿Qué?!
-Todo tu cuerpo me está mandando ese mensaje. Tu boca me dice: “quítate el traje de baño”, tus hombros me murmuran: “puedes morder donde gustes”, tus pezones susurran: “ponme en tu boca”, tu vientre afirma: “Hazme un hijo” y tus caderas, ¡Dios!, tus caderas declaran que se dejaran azotar por las mías. ¿Realmente eres asexual, cariño? ¿O solo te has topado con un montón de estúpidos que tienen una colección secreta de muñecas inflables? Reconsidéralo… olvídate de ellos, no merecen un solo segundo de tus pensamientos.
Era imposible que después de aceptarse como asexual, un mero conjunto de palabras lo hicieran dudar. Reducir su condición de esa forma tan simplista, le hubiera supuesto una gran discusión si se encontraran en tierra firme, pero aquí todo era diferente y no quería pelear con Calixto. Tal vez el dueño de la isla recibió una educación conservadora, que le dio poca visión del mundo y esa no era su culpa, pensó Gastay.
-¿Y tú eres diferente a ellos? – Le preguntó el más joven.
-Lo soy.
Gastay sintió las manos de Calixto sobre su cintura, pero algo había cambiado y ese momento de tensión se esfumó.
-Quería destrozarte todo, pero lo haremos despacio. – Confesó Calixto, sorprendiéndolo con su sinceridad.
-¿Despacio?
-Será a tu ritmo.
Gastay no supo que pensar.
-No te preocupes por eso ahora… vamos a desayunar.
Calixto se separó ligeramente de Gastay y tomó su mano para arrastrarlo fuera del agua.
Siete días pasaron sin que Calixto volviera a tocar el tema, pero eso solo divirtió más a Gastay. El suspenso, el silencio y las miradas de Calixto sobre él incrementaron. Gastay se dirigía a su recámara sintiéndose eufórico, Calixto lo trataba como si fuera lo único que importaba en la isla. Lo colmaba con atenciones, le preguntaba sobre sus gustos, y lo consentía en cada capricho que se le ocurriera.
Al principio Gastay sentía un poco de incomodidad. Nunca había recibido tanta atención, ni siquiera de sus propios padres o parejas, por lo que a diario insistía que no necesitaba nada, pero los días comenzaron a pasar y Gastay se olvidó por completo de los buenos modales. Le dijo a Calixto que no le gustaba su habitación, porque el sol ingresaba todo el día por la ventana y Calixto no dudó en ofrecerle todas las otras recámaras. También se quejó de la oscuridad de la casa al anochecer y Calixto colocó velas por todo el lugar. A diario le decía a Calixto que debía tener electricidad, porque él quería beber sus cócteles helados y como si esto no fuera poco, no perdía oportunidad para provocarlo.
Cada vez que iban a nadar, Gastay elegía los trajes de baño más reveladores. Se colocaba sus gafas de sol y tendía el protector solar en las manos de Calixto.
-Ayúdame.
Y claro que Calixto lo hacía, esparcía tiernamente el líquido blanco por todo su cuerpo y cuando terminaba de hacerlo, Gastay no podía evitar notar como emergía el bulto en la entrepierna de Calixto. Gastay sonreía satisfecho y se dirigía al mar, para nuevamente provocarlo mientras jugaban en el agua.
Esa noche Gastay estaba terminando de preparar la cena que consistía en algo liviano que acompañara el pollo que el día anterior hornearon.
-¿Deseas que te alcance una camisa? – Le sugirió Calixto.
Gastay solo vestía un diminuto short que apenas alcanzaba a cubrirle algo.
-No. ¿Acaso te molesta verme casi desnudo en tu cocina? – Le preguntó Gastay, mezclando una ensalada de zanahorias.
-Claro que no, solo pensé que podrías estar incómodo. – Mencionó Calixto, sin poder dejar de mirarlo.
-Imagino que a tu esposa, si la dejarás desnudarse.
-No me gustan las mujeres. – Respondió Calixto de forma tajante.
-Ah… bueno… a tu futuro esposo.
La expresión de Calixto cambió.
-Cambiemos de tema. – Propuso.
-Si no podemos conversar. ¿Qué más podríamos hacer tú y yo? – Murmuró Gastay, sin quitarle los ojos de encima.
Calixto suspiró con cierta frustración, pero continuó con su tarea; tomó los platos y los llevó a la mesa, ignorando la mirada juguetona de Gastay.
Permanecieron en silencio durante toda la cena, mirándose a hurtadillas, algo que se había convertido en una costumbre mezquina.
-¡Tengo una sorpresa para ti! – Anunció Calixto, abandonando la cocina.
Gastay sonrió y esperó por su regreso. No sabía que ocurriría, era la primera vez en su vida que le entusiasmaba recibir un regalo, pero al girar descubrió a Calixto sosteniendo una pequeña fuente con frutillas.
-¡¿De dónde las sacaste?! – Pronunció Gastay, levantándose de la silla a causa de la sorpresa.
Las fresas eran moneda corriente en su cocina de la ciudad, con ellas no solo preparaba tortas, también varios tragos requerían de su presencia. Gastay las veía a diario y hasta se había cansado de su sabor, pero no pudo evitar sorprenderse de ver el formidable cuerpo de las frutillas que Calixto le ofrecía. A diferencia de las que conocía, estas fresas eran mucho más rojas, más carnosas y seguramente más deliciosas.
-Las planté hace meses y por fin coseché los frutos. – Declaró Calixto, con cierto orgullo.
Ya le había ofrecido todo lo que tenía a su invitado, las fresas eran lo único que había mantenido oculto, para darle una sorpresa.
-¡Se ven deliciosas! – Sonrió Gastay tomando una de ellas.
Calixto eligió la más grande y la acercó a la boca de Gastay.
-Esta debe ser la más dulce. – Propuso.
Gastay le dio un mordisco y confirmó lo que Calixto pensaba. Jamás había comido una fresa tan dulce y deliciosa.
-Podrás preparar una torta o mermelada, o lo que desees. – Sonrió Calixto.
Gastay lo miró por unos segundos, estaba seguro que jamás había visto unos ojos tan brillantes como los de Calixto y sin decir, ni pensar nada, lo besó.
Todavía sentía la dulzura de la frutilla en su boca, cuando estampó sus labios contra los de Calixto, quien no tuvo ni una sola reacción. El roce fue tenue, suave y tan ligero como el toque de una pluma. Gastay se alejó de él con una sonrisa, mientras se despedía para irse a dormir.
Cuando se recostó en su cama, Gastay no pudo evitar sonreír debajo de las sabanas, recordando la expresión de sorpresa de Calixto, pero por sobre todo no pudo evitar pensar que un cambio ya se había gestado en su interior, porque era la primera vez que le robaba un beso a alguien.
Al día siguiente encontró una nota de Calixto, que le informaba que se iría a recolectar algo de leña, pero Gastay sabía que eso era una mentira. Y lo había descubierto varios días atrás, cuando decidió averiguar qué hacía Calixto cada vez que lo dejaba solo en la casa, por lo que lo decidió seguirlo.
No dudaba de él, pero no podía aceptar la perfección de ese hombre, algo debía ocultar.
Con sigilo, siguió sus huellas en la arena. Atravesó un pequeño arroyo y se internó en las profundidades de la isla. El misterio crecía en su cuerpo. Conforme avanzaba se preguntó si lo descubierto lo alejaría de Calixto, pero al mismo tiempo se sorprendió con su propia respuesta. No importaba lo que hubiera escondido allí, él no se alejaría de Calixto.
Y su confianza no sufrió ningún golpe cuando lo divisó. El secreto era tan inocente que Gastay se sintió culpable de haberlo seguido. Se trataba de un pequeño estanque de piedras donde Calixto se escondía para masturbarse lejos de la mansión, sin espectadores u oyentes, es decir lejos de él.
Gastay se impresionó la primera vez que lo descubrió, pero ahora era como un espectáculo que lo dejaba lleno de admiración. Gastay debía reconocer que Calixto tenía temple de acero y a pesar de que siempre intentaba provocarlo, él jamás se sobrepasaba. Sin embargo, algo fue diferente esta vez, Gastay lo encontró sumergido en el agua con un paño blanco cubriéndole toda la cabeza. Calixto se veía inquieto, movía los dedos nerviosamente y aunque se masturbó varias veces, no podía tranquilizarse.
Gastay lo observó con preocupación.
¿Sería él la causa del mal de Calixto?
Regresó a la casa, lleno de preguntas. Se vistió y cocinó algo extremadamente complejo que lo alejara de los pensamientos y las dudas para las cuales no tenía respuesta y cuando Calixto atravesó la puerta a su regreso, le dijo:
-¿Te encuentras bien?
-Sí.
La calma característica estaba presente en su mirada, pero no era tan plena como siempre.
-Si estas incómodo por lo que sucedió anoche…
-No lo estoy. – Aseguró Calixto.
Gastay no estaba convencido con esa respuesta.
-¿Hay algo que pueda hacer para que te sientas mejor? – Propuso.
-Estoy bien, no te preocupes.
-¡Calixto, puedes decirme! Creo que podría ayudarte con lo que sea. – Insistió el menor.
-No es necesario.– Le aseguró con su parsimonia característica. - Estoy bien. Cambiemos de tema.
Gastay no podía con esa incertidumbre, manejar el caos era algo habitual en su vida en la ciudad y lo hacía sin mucho esfuerzo y con gran facilidad, como presionar un botón, pero aquí fallaba constantemente.
Relacionarse con alguien era algo para lo cual no estaba preparado, sumado a eso Calixto era una persona compleja, tal vez la más compleja que hubiera conocido y no lo entendía.
-¡Siempre dices lo mismo! – Estalló Gastay. - ¡Cuando estamos a punto de profundizar en un tema, tú quieres cambiarlo! Quiero saber si realmente te sientes bien. Quiero que me digas si algo te molesta.
Calixto arrojó la leña que cargaba y su mirada de serenidad desapareció.
-¿Y qué harás por mí? – Lo interrumpió Calixto, mostrando por primera vez algo más que su habitual sonrisa.
-Yo…
-¡No quiero obligarte a nada! Puedo ver que te has soltado, pero aun percibo una sombra de desconfianza en ti. – Soltó Calixto, como si eso fuera una carga que ya no podía soportar.
Gastay no supo bien a qué se refería, pero de algo estaba seguro:
-¡Yo confió en ti! – Declaró.
-Lo sé, pero en quien no confías es en ti mismo.
-¿Cómo? – Razonó Gastay, sin comprender.
Las palabras de Calixto eran siempre tan amables, tan sucintas y desgraciadamente tan certeras.
-¡Temes que yo tome el control… y que no puedas seguirme! – Manifestó el mayor, sentándose en una de las sillas.
-Eso es absurdo…
-¿Crees que es absurdo? Puedo probártelo.
-Adelante. – Tartamudeó Gastay.
-¡Siéntate sobre mis piernas! – Ordenó Calixto.
-¡¿Qué?!
-Dijiste que harías lo que te pidiera.
Calixto le lanzó una mirada aguda de esas que todo lo saben y todo lo ven. Gastay no se podía retractar, sus propias palabras y acciones lo habían condenado. Sabía que podía regresar a su habitación y que Calixto no lo juzgaría de ninguna forma, pero él no se sentiría bien y jamás entendería a Calixto y realmente quería cambiar eso.
Caminó con fingida seguridad hasta la silla en donde Calixto se encontraba sentado y lo hizo, se sentó sobre sus piernas.
-¡Lo ves! – Murmuró Gastay, tragándose sus propios nervios.
Ni bien terminó de decir aquello, Calixto le rodeó la cintura con uno de sus brazos, mientras que con el otro tomó un mechón de su cabello y le apartó la cabeza hacia atrás.
Gastay no tenía escapatoria, él mismo se había puesto en esa situación y cuando pensó que nada más le sucedería. Calixto comenzó a mover sus caderas. Gastay no tardó en sentir como un bulto duro crecía y golpeaba el espacio entre sus glúteos. Calixto no se contuvo y después de varios embistes, se levantó de la silla y arrinconó a Gastay contra la mesa. Sin misericordia, comenzó a frotar su entrepierna con los tiernos glúteos del joven.
Se vino dos veces, antes de que Gastay perdiera la estabilidad de sus piernas.
Alzó al joven y lo llevó a la recámara, pensando que había perdido todo el control, pero aun así no estaba arrepentido de ello.
Al día siguiente, Gastay despertó abruptamente. Sentía una extraña humedad en su entrepierna. Se dirigió al baño y al quitarse los pantalones, descubrió algunas gotas de semen en su ropa interior.
En trance, se bañó y cambió de ropa, pero antes de salir de su habitación, se sentó en la cama y reflexionó sobre lo que había ocurrido.
-¿Acaso Calixto tenía razón?
Al recordar lo sucedido, se preguntó cómo se sentía, pero inadvertidamente una idea cruzó por su cabeza: “Quiero hacerlo otra vez”.
No podía ignorar el elefante en la habitación: se había excitado.
Esta vez no había lugar a dudas. Y no solo era una erección, también había eyaculado en el mismo momento en que Calixto frotó su bulto contra su trasero.
Era insipiente, caprichoso y errático pero estaba presente y existía, su libido existía.
Gastay cruzó esa puerta sin darse cuenta y ahora no solo deseaba el roce de Calixto, anhelaba por primera vez en su vida, recibir todo lo que Calixto podía ofrecerle.
Bajó por las escaleras y encontró al dueño de la casa sentado en el comedor con una taza de café en sus manos.
-Buenos días.
Gastay lo miró de soslayo, deteniendo sus ojos en la entrepierna de mayor.
-He preparado frutas para ti. – Expresó Calixto, señalando dos platos con frutas que se encontraba a un lado de su taza de café.
Sin responder, Gastay tomó ambos platos y se sentó sobre las piernas de Calixto.
-¡¿Qué haces?! – Jadeó, mostrándose visiblemente sorprendido al punto de que casi derrama su taza de café.
-Me sentaré aquí de ahora en adelante. Y si quieres hacerme lo mismo de anoche, no me opondré. – Argumentó Gastay muy seriamente.
-¿Estás seguro de eso? Anoche fui delicado contigo.
Gastay lo ignoró y comenzó a devorar las frutas, mientras que sin ningún decoro frotaba su trasero contra la virilidad de Calixto.
El mayor se acomodó en la silla, esforzándose por ignorar el prominente trasero con el que soñaba cada noche, mientras se concentraba en tomar su taza de café y su erección recibía toda la atención de Gastay.
Cuando terminó de beber su café, tomó la barbilla de Gastay y lo besó sutilmente, mientras su semen volvía a esparcirse dentro de sus pantalones.
-¿Quién dice que tengo miedo? – Murmuró Gastay, cuando la descarga de Calixto fue palpable.
El más grande suspiró lentamente, poniendo los ojos en blanco.
-Iremos a juntar cocos. Vendré por ti. – Soltó Calixto, volviendo a ignorarlo.
-¿A dónde vas?
-Tengo que cambiarme, cariño. – Aclaró Calixto con obviedad.
Gastay lo esperó en el umbral de la mansión, sin dejar de sonreír. El joven chef sentía que algo volvía a cambiar en su interior, pero no quiso pensar mucho. Ahora sentía la seguridad que Calixto le proporcionaba, algo que le hacía olvidar sus temores. No sabía lo que ocurriría después, pero confiaba que si Calixto estaba a su lado, nada malo le pasaría.
Calixto apareció con su hermosa sonrisa, extendió su mano y Gastay lo imitó. El mayor entrelazó sus dedos y ambos salieron de la casa.
Gastay nunca caminó de la mano con alguien. A menudo miraba con cierto recelo a las parejas y creía que algo así era inalcanzable para él. Sin embargo, ahí estaba, de la mano, paseando por la playa con un hombre tan fascinante como intrincado.
Gastay, de pronto recordó esa extensión de su cuerpo que siempre lo acompañaba a todas partes y que había olvidado por completo: su teléfono; y deseó poder tomar una foto de ese día. Estaba ensimismado en sus pensamientos cursis cuando, Calixto se volvió hacia él y lo besó.
Gastay casi se derrite como un chocolate al sol, cuando la dulzura de los labios de Calixto, lo envolvieron. Sin soltarse de las manos, Calixto lo arrastró por un mar de conocimiento y experticia. Poco a poco guio a Gastay en un beso apasionado y expansivo que lo hizo olvidarse de su propio nombre. Sentía el aliento de Calixto hasta en la punta de sus pies, como la invasión de un ejército sobre un territorio. Perder jamás fue tan bueno. Gastay hizo todo para seguirlo, pero encontró en la entrega la mejor forma de actuar.
Separó sus dientes y dejó que sus alientos se mezclaran. Danzó al ritmo que Calixto proponía, sorprendiéndose cada vez al pensar que el beso terminaría y Calixto lo continuaba mordiéndole los labios, jugando su lengua o lamiéndolo sensualmente.
Todos los anteriores fueron tenues roces, este beso, en cambio, era profundo, perfecto y marcaba la conexión inevitable de ambos. Y Gastay no podía ignorarlo, eso era demasiado real, demasiado intenso, demasiado suyo.
Por fin comprendió que desde que llegó a la isla, no hizo más que caer en los brazos de ese hombre.
Calixto concluyó el beso, soltando un suspiro apasionado que hizo estremecer al más joven y comenzó a caminar, arrastrando a Gastay por la playa.
-Los cocos están un poco más adentro. He visto varios, te ayudaré a conseguirlos. Has dicho que querías un poco de aceite de coco.
Gastay no podía sentirse más complacido y siguió a Calixto… como siempre lo hacía.

Emprendieron el regreso antes de la caída de la noche, el viento vaticinaba una poderosa tormenta. Calixto cargaba la bolsa donde al menos seis cocos se escondían.
-¿Crees que lloverá? – Preguntó Gastay, sujetándose con fuerza de la mano de Calixto.
-Eso parece. ¿Le temes a las tormentas?
-Solo un poco. En la ciudad, cada vez que llueve, el agua se estanca y comienza a ingresar a mi casa. Es difícil para mí, dormir tranquilo cuando el cielo se pone oscuro.
-No debe ser fácil vivir allí. – Pensó Calixto, mientras lo ayudaba a avanzar por el camino.
-Tienes razón, a veces… temo quedarme dormido y al despertar perderlo todo por una tormenta.
Calixto presionó su mano y le sonrió para darle ánimos.
-Aquí el mar se alza pero no llega a la casa, no debes preocuparte.
Gastay sintió un poco de alivio al escuchar las palabras de Calixto, pero pronto el viento se hizo más intenso, y las oscuridad ocultó como las hojas de las palmeras eran violentamente asechadas por el clima.
Llegaron a la casa con los rayos a sus espaldas.
-Deberíamos dejar esto para mañana. – Propuso Calixto, refiriéndose a los cocos. – Hay poca luz.
-Tienes razón, mañana los abriremos.
Calixto lo miró con algo de preocupación y Gastay lo notó.
-No te preocupes por mí, iré a dormir.
-¿Seguro que te encuentras bien? Podríamos tomar un té. – Insistió el mayor.
-Estoy cansado…
-De acuerdo, nos vemos mañana. Duerme bien.
Gastay le sonrió con todo el ánimo que pudo. Se dirigió a su habitación y cerró la puerta lentamente.
El viento ingresaba por su ventana y ya había tirado varios objetos al suelo.
Con algo de nerviosismo, Gastay se apresuró a cerrar todas las aberturas. Tomó una vela, la encendió y se ayudó de su luz para alzar el resto de los objetos que habían caído.
Al concluir, se aproximó a la ventana e intentó contemplar el exterior, pero afuera estaba muy oscuro y lo único que pudo distinguir fue la línea del camino que conducía a la huerta de Calixto.
Quería ducharse, sus pies estaban cubiertos de arena, pero temía que algo ocurriera en medio de su baño, por lo que simplemente se cambió de ropa y se recostó en su cama.
A pesar de la intranquilidad, logró quedarse dormido, hasta que el sonido de un fuerte trueno lo despertó en medio de la noche. La lluvia caía estrepitosamente. Gastay se aferró a su almohada mientras intentaba encontrar una vela para alumbrarse.
Un rayo cayó a lo lejos y alumbró el interior de su habitación. La luz blanca le permitió ver la tempestad que se desataba afuera y unos segundos más tarde otro trueno resonó a lo lejos. Gastay no soportó el pánico y salió corriendo de su recámara.
En el pasillo divisó un pequeño candelabro que usualmente estaba vacío, pero que ahora se encontraba encendido. Gastay se aproximó a la llama flameante y se preguntó porque Calixto la había dejado encendida. Antes de que pudiera responderse, notó cuan tenebroso podía ser el silencio en la mansión.
Tomó el candelabro y caminó hacia las escaleras, pero al pasar por esa puerta se detuvo.
Otro segundo rayo alumbró el exterior y Gastay sabía que lo seguiría un trueno igual de intenso, sin pensarlo más, abrió la puerta y se introdujo en la habitación.
Calixto dormía plácidamente, ajeno al desastre externo. Gastay acercó la vela y contempló su rostro apacible y su sueño tranquilo y se dejó envolver por la misma calma. Ya no podía regresar a su habitación y quedarse parado allí hasta que la tormenta cesara era absurdo.
Apoyó la vela en la pequeña mesita de noche y con extrema lentitud y cuidado se metió en la cama.
Estaba a punto de soplar la vela para apagarla cuando sintió los brazos de Calixto envolviendo su cintura.
Rápidamente Calixto abrió los ojos y lo soltó.
-¡¿Qué haces aquí?! – Protestó el recién despertado.
-Tengo miedo…
Calixto se levantó velozmente de la cama y alcanzó una bata para cubrirse.
-Te acompañaré a tu recámara.
-No quiero ir…
-No puedes estar aquí. – Señaló Calixto.
-¿Por qué no?
-No puedes…
-Dame una buena excusa o me quedaré.
-¿Crees que es seguro dormir en la misma cama del hombre que en innumerables ocasiones te ha dicho cuánto te desea?
-Calixto… por favor. – Se burló Gastay. – Eres inofensivo. Me quedaré aquí.
-Gastay…esto es más de lo que puedo soportar. – Le advirtió el mayor.
-Solo será una noche, cuando la tormenta cese, regresaré a mi recámara.
-¿Y si no te lo permito? – Soltó Calixto con seriedad.
-¿Me encadenarás a la cama?
-No es mala idea.
Gastay rio y volvió a recostarse sobre las almohadas.
-Estas jugando con fuego.
La recámara quedó a oscuras al poco tiempo.
Gastay sintió a Calixto meterse en la cama y luego de algunos minutos de silencio, preguntó:
-¿Estás despierto?
-¿Cómo podría dormir, cuando estas junto a mí, en mi cama?
-¿No dormirás?
-No.
-Lo lamento.
-Sé que sí, pero no es tu culpa.
-Te dije que sería una carga para ti. - Le recordó Gastay.
-Eres la carga más hermosa con la que me he topado.
Gastay sonrió en la oscuridad.
-¿Puedo hacerte una pregunta? – Susurró Calixto, removiéndose en la cama.
-Puedes.
-Se trata de tu condición…
-¿Qué deseas saber?
La pregunta retumbó en la oscuridad y quedó suspendida sobre sus cabezas.
-¿Nunca te has sentido atraído por nadie?
-Nunca.
-¿Y cómo funciona tu cuerpo?
-Necesito mucho lubricante. – Bromeó Gastay.
Ambos rieron.
-¿Has mantenido relaciones sexuales con alguien a quien no deseabas?
-Sí.
-¿Por qué? – Inquirió Calixto, lleno de recelo.
-Todos hablan de lo maravilloso que es el sexo y yo también quería experimentar esa sensación, pero resultó en una de las peores experiencias de mi vida y desearía haberme detenido, pero continué buscando ese placer que no tenía comparación con nada sobre la tierra… bueno al menos eso era lo que mis compañeros decían.
-Discúlpame. – Susurró Calixto, de pronto.
-¿Por qué?
-Por haber tardado tanto en encontrarte…
-¿Qué?
-Gastay te deseo tanto que siento que voy a perder la cabeza… déjame avanzar o seré la primera persona en morir a causa de un rechazo.
Al segundo siguiente, Gastay sintió como los resortes del colchón delataban a quien se encontraba a su lado. La boca de Calixto fue lo primero que reconoció. Calixto dejó un tibio beso en su mentón y rápidamente alcanzó la boca de Gastay.
La indecisión de Gastay claudicó en el instante en que sus labios se tocaron. Todas las palabras habían sido dichas y cuando tuvo que hablar, dejó que el silencio hablara por él.
Calixto se lanzó sobre el pequeño cuerpo a su lado y sin aplastarlo, clavó sus rodillas y sus codos en el colchón, cerrando todas las posibles salidas.
En su anterior beso, se habían explotado de una forma profunda, como si buscaran entablar un idioma propio, pero este beso sugería algo diferente, algo químico y hormonal, algo desesperado y urgente, algo arrebatado y caliente. Calixto ahora reclamaba todo y cuando Gastay le dio acceso a su boca, no tardó en hundir su lengua, buscando esa danza característica de los amantes.
Las seguras manos de Calixto se escabulleron debajo de su ropa hasta uno de los pezones de Gastay. El mayor lo estrujó tan fuerte, que Gastay gritó, interrumpiendo el beso.
-Deseo morderlo…
-Calixto…
-Ya no pediré permiso, has venido aquí por tu propio pie, te has metido en mi cama, has ignorado mis advertencias y me has tentado durante días. Ya no puedo más…
El sonido de la lluvia fue interrumpido por el desgarro de la tela de los pantalones de Gastay y que fue repetido sobre la ropa interior. Gastay no sabía cuánto ansiaba esto hasta que sintió las manos de Calixto sobre su pequeño pene.
Gastay no dejó de estremecerse mientras recibía las bruscas caricias del mayor sobre su miembro erecto y al cual estiró a tal punto que Gastay pensó que lo rompería.
-Más tarde me encargaré de mostrarte como solo con mis manos puedo hacerte delirar.
-Calixto… esto…
Las sensaciones nuevas no se detenían, Gastay se sentía febril y tembloroso cuando percibió las poderosas manos de Calixto sobre su piel y separando sus piernas.
-Debería prepararte para que puedas recibirme, pero la tengo muy dura ¿Puedes con esto?
Calixto tomó una de las manos de Gastay y la guió hasta su miembro. El menor tanteó la estructura y no supo si soportaría eso o si sería vencido.
-Me arde, Calixto, siento que voy a quemarme vivo, por favor… Hazlo.
A Calixto le temo medio segundo comprender, y sosteniendo ambos muslos de Calixto en el aire, se alineó e introdujo su pene hasta el fondo.
-Ahhhh…
-Lo sé, cariño. ¿Duele, verdad? Lo lamento, pero lo haré de nuevo y será menos doloroso.
Calixto retiró su miembro y esta vez se acomodó mejor sobre el colchón, volvió a elevar la pelvis de Gastay y como un certero arquero, lanzó su flecha contra Gastay.
-Mmmmm… Calixto…
-Ya estás bien… tu puedes con esto.
Calixto soltó las piernas temblorosas y se aferró a la cintura de Gastay.
-Hasta aquí llego mi control, amor…
Y después de soltar eso, Calixto martilló el pequeño agujero de Gastay sin parar, golpeándolo con todo lo que tenía, empleando sus muslos para socavar ese tierno y húmedo cuerpo, apoderándose de cada célula de piel, reclamando toda autoridad y título de propiedad.
El sexo rudo nunca figuró en la lista de alguna de sus fantasías, pero ahora debía cambiar eso. Calixto lo golpeaba tan duramente que su piel hacia un sonido seco cada vez que Calixto se introducía en su cuerpo y volvía a salir, pero ese no era el único sonido, Gastay no podía parar de gritar.
-Ahhhh, mmm. ¡Calixto!
-¡Grita, cariño! ¡Nadie puede oírte!
Gastay se sentía acorralado. El magnífico pene de Calixto lo estaba llevando a la perdición.
-Ahhhh.
-¿Quieres más?
-No...
-Ah, ¿no?
Calixto se detuvo y retiró su miembro del interior de Gastay.
-Cambiemos de posición, cariño.
Con destreza, sujetó ambas piernas de Gastay y con un movimiento rápido, lo hizo girar.
Gastay de pronto sintió las almohadas sobre su rostro y no comprendió como Calixto podía voltearlo cuando la recámara estaba completamente a oscuras.
Intentó mover su cabeza para poder respirar y sintió las manos de Calixto acariciando la piel de su trasero. Gastay volvió a hundir su rostro entre las almohadas a causa de la vergüenza, cuando una mordida sobre su espalda, lo hizo sollozar.
-Veamos si es verdad que ya no quieres más de esto. – Sostuvo Calixto mientras penetraba a Gastay nuevamente.
Los gritos regresaron y no se detuvieron, Gastay intentó sujetarse de algo, pero nada encontró, excepto la cabecera de la cama. Gastay se estiró hacia adelante pero cada vez que parecía alcanzarla, Calixto lo jalaba hacia él para continuar con las embestidas salvajes.
-Ahora vivirás encerado en mi habitación, no te dejaré escapar.
-Calixto...
-Dime ahora si quieres más. – Vociferó Calixto golpeando su pelvis contra el trasero de Gastay.
-Sí.
-¿Sí, qué? – Demandó el mayor.
-Quiero más…
-Bien, cariño. Eso es lo que quería escuchar.
Calixto se inclinó sobre el cuerpo sometido debajo de él y arrastró su lengua sobre la fina línea que conformaban las espinas de la columna de Gastay. Alcanzó el cuello y mientras lo mordía, volvió a iniciar las duras penetraciones.
El golpeteo incesante continúo largamente y se entremezcló con la necesidad de poseer y el anhelo de compartir.
-Joder, Gastay. Quiero venirme dentro de ti.
Gastay estaba demasiado extasiado para poder responder, el miembro duro e insaciable lo golpeaba sin piedad, haciendo lo gritar al punto de perder la voz. Su interior estaba siendo molido, como la pared de un mortero y con la misma fuerza empleada para triturar maíz. No había mejor descripción que esa, Gastay sentía que lo estaban destrozando por dentro, pero si bien el dolor era incipiente, el placer acaparaba todo su cuerpo. El pene tieso y pesado lo atravesaba barriendo cualquier razonamiento posible. Las lágrimas de placer comenzaron a bañar su rostro, la saliva caía de su boca, el sudor le cubría la piel, pero él solo podía gozar de la potente virilidad que lo estaba sometiendo y se entregó. Calixto podía hacerle lo que quisiera, no le importaba.
De pronto el ritmo cambió y Calixto lo golpeó lenta pero profundamente. Las penetraciones eran cortas y le dejaban al menor poco margen de acción. Estaba obligado a seguir a su perpetrador como si hubieran forjado una unión que no se podía romper.
Calixto también lo sintió, pero no podía ignorar la sofocante presión gestante en sus bolas, deseaba llenarlo.
-Ten – Solo le dijo y Gastay sintió la descarga en su interior.
Calixto retiró su miembro, pero cuando Gastay pensó que todo había terminado sintió la mano de Calixto sobre su pequeña salchichita que lo hizo casi gritar.
El mayor masajeó tiernamente, hasta que el endurecido miembro de Gastay liberó unas cuantas gotas de semen y ambos se dejaron caer en la cama.
-¡Eso fue asombroso! – Murmuró Gastay en la oscuridad. – Ahora comprendo a que se referían todos.
-No te hagas falsas ilusiones, no es así con otros. Esta es mi especialidad. – Bromeó Calixto. – Aunque tú lo hiciste muy bien. Me vuelves loco.
Gastay intentó cubrirse con una sabana y sintió un calambre sobre una de sus piernas:
-¡Eres una bestia! – Lo acusó.
-¿Estás bien?
-¡Claro que no!
-¿Dónde te duele?
-¿Y te atreves a preguntar? Debiste ser más suave.
-Y tú no debiste meterte en mi cama, yo te lo advertí, pero me ignoraste. En el futuro seré más suave… aunque tengo la ligera sospecha que me preferirás rudo.
-¡No es cierto! – Protestó Gastay.
-Es lo que creo y rara vez me equivoco.
Gastay intentó continuar con la discusión, pero estaba exhausto, y al cabo de unos minutos, se quedó dormido.
Escuchó la respiración pacífica y cuando se aseguró de que el joven estuvo completamente dormido,Calixto lo rodeó con su brazo y lo estrechó contra su cuerpo, asegurándose de que no pudiera escapar.
Gastay jamás se había sentido tan libre, después de esa primera vez, todas sus preocupaciones se disiparon.
Cada mañana despertaba con la seguridad de que su día sería diáfano y excitante. ¿Cómo podía ser tan afortunado? Y otra pregunta llegaba a su mente, sin pedir permiso: ¿Es esto real?
Después de esa surgían otra más, igual de despiadadas: ¿Y si moriste en el barco? ¿Y si todo esto forma parte de una alucinación, producto del cansancio al naufragar? Pero las preocupaciones desaparecían cuando el hombre a su lado despertaba y lo arrastraba a ese mundo de colores cálidos, clima cálido y caricias cálidas.
-¿Podríamos ir a pescar hoy? – Sugirió Calixto. – Ya no hay pescado y adoro como saben tus platos con pescado.
-Me gusta la idea.
Calixto lo mira y lo mira....como cada mañana. Lo mira. Y después de esa gran contemplación, sonríe.
-¿Qué más te gusta?
Gastay es incapaz de responder, aunque sabe la respuesta.
Calixto cambia su expresión y le lanza otra mirada que socaba toda fuerza de voluntad.
-Vamos a nadar.
Rara vez llegan al mar, casi siempre Calixto consigue penetrarlo antes de bajar las escaleras. Gastay ha perdido la cuenta de las veces en que se ha raspado con la punta de algún escalón, mientras sus agonizantes gemidos cortan el silencio de la casa.
El apetito de Calixto es insaciable y tiene un cuerpo inagotable. Gastay envidia la forma en que luego de follarlo contra algún mueble o pared de la mansión, sigue con sus actividades sin ninguna alteración, mientras él debe tomarse un tiempo para calmarse y recuperar fuerzas. Si lo alcanza en la cocina, mientras prepara la comida, Gastay debe persuadirlo para llevarlo al comedor, ya que a Calixto no le importa fornicar sobre la misma mesa donde almuerzan. Tampoco le importa follar al aire libre, en la playa. Calixto simplemente se quita los pantalones y exhibe su pene erecto y Gastay sabe que lo azotaran contra la arena, contra el tronco de alguna palmera, en el agua o en el camino que lleva a la casa. Y le encanta fingir que va a resistirse, le encanta ser perseguido, adora ser derribado, le enloquece perder su ropa interior o su voz mientras grita el nombre de Calixto. A veces, Calixto es tan dominante, que lo deja sin energías para levantarse y cuando logra recuperarse, Calixto regresa y vuelve a hacerle el amor, dejándolo nuevamente en la cama.
Calixto le recuerda que aún es pronto para que puedan igual energías, le explica que él recibe productos frescos del mar, y hortalizas recién cosechas de su huerta, mientras que Gastay se ha alimentado por años con productos congelados que han perdido una parte importante de sus nutrientes. Le asegura que con el tiempo, su cuerpo se fortalecerá y Gastay espera que realmente sea así, porque de lo contrario tendrá que acostumbrarse a vivir encerrado en la habitación de Calixto, ya que el sexo no se detendrá.
Sus días son felices, soleados y tranquilos excepto cuando la inevitable pregunta es pronunciada:
-¿Qué piensas hacer?
Gastay se queda en silencio, sabe lo que causará esa respuesta.
Las primeras veces respondía con lo primero que se le ocurría, sonreía como si fuera una mala broma, pero cada vez que lo hacia Calixto se alejaba en silencio y durante el resto del día andaba por la casa como una sombra. Gastay no sabía cómo actuar e intentaba complacerlo en todo lo que pudiera, pero era inútil. Calixto simplemente le decía que no le debía nada, que todo estaba bien y que lo extrañaría mucho.
Ahora Gastay no respondía con bromas, pero el silencio no era mucho mejor. Calixto seguía cabizbajo pero parecía esforzarse en esconder su verdadero sentir. Y Gastay odiaba eso. Odiaba que le hiciera eso, odiaba que tuviera que preguntarle eso, odiaba que se esforzara tanto solo para complacerlo, pero por sobre todo odiaba ese beso que le dejaba en la frente, como una despedida.
-¿Cuál es tu sueño? – Le preguntó Calixto un día, mientras descansaban luego de una buena ronda de sexo nocturno.
Gastay no tiene que pensarlo mucho, lo que más desea es saldar todas sus deudas.
-Me gustaría tener mi propio restaurante. – Miente, avergonzado por la verdad.
-¡Eso es increíble! No seré un cliente habitual, pero dejaré una buena propina cuando vaya.
-¿Vendrías? – Indaga Gastay con cierta sorpresa.
-Por supuesto.
La conmoción de la duda se esfuma rápidamente.
-Eso nunca pasará.
-¿Qué? ¿Por qué dices eso? Tienes un gran talento, estoy seguro que tu sueño se cumplirá. – Le asegura Calixto.
-Claro. – Murmura el menor, sintiéndose forzado a esconder cuanto lo incomoda hablar sobre ese tema.
Gastay ha podido olvidar todos sus males, excepto ese: sus deudas.
-Eso no es importante. – Murmura Gastay.
-¿Cómo dices eso? Los sueños son importantes.
-No se trata de algo simple. Requiere de mucho tiempo y dinero y no cuento con eso. – Ríe Gastay con cierta melancolía.
-No importa cuánto tiempo te lleve, si eso es lo que quieres, debes perseguir ese sueño.
Gastay contempla a Calixto con más minuciosidad. Sus ojos brillan a pesar de que ambos se encuentran dentro de la casa. Su sonrisa es suave y su cuerpo le transmite esperanza.
-Realmente espero que se cumplan todos tus sueños. – Le dice, mientras sostiene su mano.
Esa fue la última vez que Calixto le preguntó qué haría.
El tiempo transcurrió velozmente y una mañana nublada Gastay abrió los ojos y vio la valija.
-¿Qué es eso? – Le preguntó a Calixto.
-La necesitarás en tu viaje de regreso.
-¿Regreso?
Los ojos de Gastay se llenaron de lágrimas y su incapacidad para retenerlas lo hizo sentir completamente avergonzado. Salió de la cama y se encerró en el baño.
-Prepararé el desayuno. – Pronunció Calixto al otro lado de la puerta.
Las lágrimas caían sin cesar y Gastay no comprendía la profundidad de esa tristeza. Colocó su mano sobre su agitado pecho, intentando calmarse pero lo único que consiguió fue incrementar el peso de su melancolía.
¿Por qué no podía dejar de llorar?
Fue la primera vez desde que llegó a la isla, que sintió que quería irse a un lugar solo para él, donde su tristeza no fuera vista por nadie.
Se cubrió los ojos y dejó que las lágrimas cayeran.
Varios minutos pasaron y nadie preguntó por él. Rodeado de silencio y ausencias, ignoró como la tristeza poco a poco comenzó a socavar su corazón al punto de roer e instalar una pesada opresión en su pecho.
Se sentía abatido, angustiado y confundido. Fue así como se aproximó al espejo y contempló su propio reflejo.
Lucía terriblemente, la piel de su rostro se había tornado rojiza, con zonas de inflamación pronunciadas, como sus parpados y las bolsas debajo de sus ojos. Sentía irritación y ardor en la línea de sus parpados y sobre sus labios y no podía calmarse.
Se aferró al mármol del baño y presionó su mano contra la fría superficie hasta que las lágrimas se detuvieron. Volvió a contemplarse en el espejo y no pudo evitar sentirse pequeño y desprotegido.
Necesitaba a Calixto. Necesitaba sus palabras de consuelo, su cariño y su eterna calidez. Sabía que en sus brazos se calmaría toda su tristeza.
Despejó su rostro con un poco de agua fría y salió del baño.
Calixto no estaba allí, pero lo alentó un poco que la valija también hubiera desaparecido.
Bajó por las escaleras, buscándolo. Y lo encontró enfrente de uno de los espejos que decoraban el recibidor de la casa.
-¿Has terminado con el drama?
Gastay recibió el mensaje confusamente, esas frías palabras no podían provenir de Calixto.
-¿Por qué te comportas como un niño? ¡Estoy harto de esto! – Vociferó férreamente.
La impresión fue tangible al punto de que su corazón frágil se agrietó al comprender a lo que se refería Calixto.
-Yo… Lo siento… - Susurró siéndose culpable por llorar.
No podía ser cierto, no podía estarse rompiendo esa burbuja en la que vivía tan felizmente, Calixto no podía convertirse en uno de los tantos que lo maltrataban. Él, no. Calixto era bueno, Calixto lo quería, Calixto lo consentía.
-¿Acaso te estás disculpando? – Interrogó Calixto, aproximándose a él.
Calixto lo tomó violentamente del mentón y le preguntó:
-¿Cómo sobrevivirás allí?
Sus ojos se cristalizaron y nublaron su visión, tampoco podía respirar bien y cuando Calixto lo soltó se aferró a la idea de que todo debía ser una pesadilla. Su Calixto jamás lo trataría tan duramente, pero lo siguiente que le dijo, le hizo descubrir la realidad:
-No cumplirás tus sueños, si sigues siendo tan débil. ¡Estoy harto, estoy harto de ti!
Gastay permaneció en el sitio, como en estado catatónico, desprovisto de fuerzas o palabras para defenderse, frente a él yacía la persona a quien estaba a punto de entregarle su corazón. Y esa persona le estaba mostrando una versión que no solo lo lastimaba, sino que además lo aterraba.
Gastay salió corriendo con las lágrimas cayendo inconsolablemente y dejó la casa atrás. La arena no estaba tan caliente como siempre, pero aun estando descalzo la temperatura de la superficie se sentía casi tan asfixiante, como la angustia que cargaba en su cuerpo.
Corrió por varios metros hasta que sintió una fuerza brusca que lo sujetó del brazo y lo hizo detenerse.
-Solo te dije la verdad. – Pronunció Calixto con severidad.
Gastay cerró los ojos y se cubrió el rostro con uno de sus brazos. Su angustia comenzó a acumularse a tal punto que le costaba trabajo vivir.
-¡Suéltame, por favor! – Rogó con la última gota de aire que le quedaba.
-¿Quieres irte? – Preguntó Calixto fríamente.
Gastay no podía mirarlo, se sentía avergonzado y tan cansado de llorar.
-Sí – Dijo débilmente.
-¡Perfecto! – Sentenció Calixto.– El barco llegará muy pronto por ti.
El brazo de Gastay cayó a un lado al escuchar esas palabras y le permitió ver la dura y fría expresión de Calixto.
-Cuando vuelva a salir de mi casa, no quiero encontrarte aquí. Adiós.
Calixto arrojó la valija a un lado de Gastay y se fue, dejándolo solo allí.
Esas palabras estaban cargadas con un tono tan desprovisto de humanidad. Gastay se sintió como un objeto usado y defectuoso que debe ser removido de su lugar.
Siguió la línea de visión de Calixto y descubrió un barco acercándose a la costa.
Cuando el sonido de los pasos sobre la arena dejó de escucharse cerca de él, Gastay comenzó a llorar, mientras la desesperación crecía y crecía dentro de él.
Rodeado de soledad y arena, se abrazó a la valija mientras en el horizonte el barco se hacía cada vez más grande y su seguridad más pequeña.
Dos años había pasado, y Gastay seguía despertando en ese día.
Su último día en la isla.
En la despedida que no fue, en la paz que perdió, en la felicidad que vivió y en el hombre que le robó el corazón.
La noticia de su regreso le dio foco y una fama que nunca había tenido. En pocas semanas, consiguió socios que le ofrecieron invertir en un restaurante en donde él se convertiría en el responsable de todo.
Sus deudas fueron saldadas rápidamente y su vida finalmente estaba en orden. El público lo aclamaba a él y a sus platos, pero cuando las puertas de su restaurante se cerraban, Gastay caía en la locura. Sentía el llamado de la isla. Se preguntaba cada noche en que se había equivocado y era vencido por el sueño y el llanto de sus reminiscencias en la isla.
Lo había intentado, más de una vez. Realmente pretendió regresar, buscó y ofreció dinero, pero nadie quiso llevarlo allí.
Decidió entonces que compraría un barco y que tomaría clases de navegación. Estaba dispuesto a regresar por su propio pie, pero su instructor le reveló la oscura verdad. Calixto había cerrado todo acceso a la isla, y le impedía a cualquier embarcación acercarse.
¿Tanto lo odiaba?
Gastay no recuerda cuantos días lloró al descubrirlo, a partir de ese momento su carácter cambió, se convirtió en un autómata. No quería sentir, no quería hablar ni escuchar a nadie. Llegaba a su restaurante y comenzaba a preparar plato, tras plato hasta que caía la noche. Su producción era tan basta que sus socios le propusieron abrir un segundo restaurante y como Gastay no tenía más que hacer, lo aceptó.
Todo su mundo se reducía a cocinar. Cocinaba día y noche, deteniéndose solo para dormir. Esa era su rutina, excepto en los días en que la pena era insoportable, en esos días Gastay se ahogaba en alcohol, tomaba su barco y se adentraba en las profundidades del mar. Llegaba tan lejos como podía y cuando la soledad se sentía basta, comenzaba a gritar incoherencias.
Allí nadie podía escucharlo, allí se deshacía de la frustración y la tristeza.
Por la mañana solo le quedaban fuerzas para regresar a tierra firme y dormir por varias horas. Después de eso, despertaba maquinalmente para retomar su rutina incansable.
Pero si gritarle al mar era una forma medianamente sana de descargarse, su otra excepción de cocinar en el restaurante, era completamente destructiva. En esos días en que el restaurante cerraba por descanso de sus empleados o por alguna fecha festiva, Gastay caminaba siempre hacia el mismo lugar y se sentaba debajo de un gran árbol de cedro. Desde allí podía contemplar la entrada de la iglesia más grande de la ciudad. Siempre había una boda y Gastay divisaba la salida de los flamantes esposos y como eran rodeados por sus seres queridos, bajo una lluvia de arroz. Gastay permanecía sentado allí, admirando la felicidad ajena mientras las lagrimas bañaban su rostro. Regresaba a su casa con el corazón agonizante y se dormía ahogado en su propio llanto.
-Señor, alguien ha pedido el plato “Pescado en la isla perdida”.
Gastay alzó la cabeza, regresando al presente. Nadie le hablaba en el trabajo, excepto que fuera estrictamente necesario.
Si bien él cocinaba a pedido, la mayoría de los comensales solicitaban los platos más extravagantes, por lo que siempre preparaba el mismo conjunto de platos.
-¿Qué has dicho?
La joven moza lo miró con cierto temor y con la voz entrecortada, repitió:
-Alguien ha solicitado el plato “Pescado en la isla perdida”, señor.
El corazón de Gastay se detuvo y por sus dedos se deslizó el filo del cuchillo pelador de pescado, que impactó en el suelo con un quejido metálico que asustó al único empleado de la cocina que aun permanecía allí, un lavacopas joven que rara vez era sorprendido por algo.
Gastay conocía a detalle todos los platos de la carta, él mismo se había encargado de crearla. Y era la primera vez que alguien solicitaba “Pescado en la isla perdida”, un plato que fue inspirado por sus vivencias en la isla. Era su plato preferido, pero también era el más simple y menos costoso de todo el menú. Gastay salió disparado hacia el salón como si su aire respirable solo estuviera allí y al llegar observó, con el pecho agitado y las costillas dolientes a cada uno de los presentes. Todos lucían vestimentas y peinados elegantes, todos reían junto a sus acompañantes, todos representaban en perfección la escena de “El festín de los dioses” de Bijlert, todos excepto uno. Gastay no lo reconoció. El individuo tenía una barba larga y unos pesados anteojos de gruesos marcos. Su traje no era especialmente elegante y había elegido la peor mesa del lugar, pero a pesar de todo eso su corazón, sus ojos y su atención no podían alejarse del misterio sujeto.
-¿Ese es el hombre que ha pedido el plato? – Preguntó Gastay, señalando al sujeto.
-Así es, señor.– Respondió la joven moza.
-Pon la imagen de la cámara número tres en la cocina.
La joven siguió sus instrucciones sin hacer preguntas y cuando Gastay finalmente pudo separarse del salón, y regresó a la cocina, tenía la imagen del desconocido en la pantalla, lo que le dio la tranquilidad para cocinar, sin perderlo de vista.
El plato fue entregado, pero los nervios le impidieron a Gastay presentarse frente al sujeto. ¿Y si estaba equivocado? ¿Podría soportar tal desilusión?
Contempló la pantalla y siguió cada uno de los movimientos del hombre.
Más de una hora había transcurrido, cuando el desconocido, pagó la cuenta y salió de restaurante.

Afuera la noche era densa, silenciosa y terriblemente inoportuna. Las pocas luces cercanas alumbraban de forma tenue. El eterno viento invernal recorría gélidamente, tanto callejones bonitos como aquellos más abandonados.
El suelo resbaladizo, humedecido por un rocío helado, recibió las pisadas fuertes del comensal nocturno.
-¿Qué haces aquí? – Preguntó Gastay, deshaciendo todo el trabajo de la nocturnidad.
No le quedaban dudas, esa forma de caminar, era la misma que recordaba de sus memorias en la isla y de sus sueños más profundos.
El desconocido se detuvo abruptamente y se giró para mirarlo.
-¿Cuántas horas llevas trabajando?
La voz familiar desencadenó antiguas reminiscencias, cálidos recuerdos lejanos de una vida que había quedado atrás, muy atrás e hizo que la pregunta descolocara a Gastay.
-¿Qué haces aquí? – Le repitió como si necesitara de esa respuesta para avanzar en algún otro trabajo mental más elevado.
-¡¿Cuántas horas llevas trabajando?! ¿Acaso sabes qué hora es?
La insistencia del antes desconocido, exasperó a Gastay, quien incapaz de contenerse, gritó:
-¡¡¡Responde mi pregunta!!!
La agotadora interrupción de la paz, quedó suspendida en el ambiente de esa callejuela solitaria, y fue solo escuchada por algún par de ratas que rebuscaban su cena dentro de las bolsas de basura más cercanas.
-Estaba hambriento y este restaurante era el más cercano. ¿Es tuyo? – Preguntó frívolamente.
-Sí.
-Te felicito. Has cumplido tus sueños. – Pronunció el sujeto de barba.
Gastay dio un paso hacia él, pero a pesar de la acortada cercanía, lo sintió lejano, como si no formara parte de esa vida o de ninguna otra que hubiera tenido o vivido.
La barba espesa, cubría su mandíbula y cualquier rastro de la sonrisa que Gastay recordaba. No había brillo en sus ojos y varias arrugas en el entrecejo, advertían de una vida intranquila.
-¿Solo dirás eso? – Murmuró Gastay, sintiéndose desvalido, como si contemplara el aplastamiento de algo hermoso que nunca debió ser destruido.
El brillo en los ojos de Calixto le había hecho tanto bien, porque razón desapareció.
-Ya me tengo que ir, mi novia me espera.
Gastay repitió esa última palabra en su mente y esperó que alguien le explicara su significado real, porque él no la entendía.
-¿Novia?
-Adiós.
La confusión y el cansancio le impedían actuar con madurez, todas sus acciones presentes estaba marcadas por la rutina de la vida ejemplar, de la vida aspiracional, de la inmunda vida vacía con la que todos soñaban. Gastay tenía el título de propiedad de un penthouse, dos autos deportivos, dinero en acciones, fama y reconocimiento, pero cuando Calixto comenzó a alejarse de él, se sintió roto, lleno de nada. Le llevó tres segundos reaccionar, caminó detrás de él de manera automática.
Calixto incrementó el paso y Gastay lo hizo igual.
-¿Qué haces? – Le preguntó Calixto, deteniéndose antes de alcanzar la avenida.
-¿Por qué elegiste ese plato? ¡¿Por qué no te presentaste ante mí?! ¡¿Porque me ignoras?! – Gritó Gastay con todas sus fuerzas, rompiendo el cascaron en que se había refugiado hasta ese entonces.
Era tarde y no había un alma en la calle, por lo que el estridente grito de Gastay se escuchó aun más poderoso.
Calixto se giró y antes de que pudiera hacer o decir algo, Gastay lo sujetó del brazo y lo arrastró hasta un oscuro callejón, empleando las últimas gotas de energía que le quedaban.
-No tienes fuerza. – Observó Calixto.
Gastay lo ignoró.
-Ese último día en la isla… - Comenzó Gastay.
-Es tarde, deberías regresar a tu casa. – Lo interrumpió el mayor.
Ambos se quedaron en silencio. Gastay no podía quitar la vista de Calixto, temía que si dejaba de verlo, él se esfumaría, pero Calixto no lo miraba.
-Me alegro por ti. Tienes lo que querías, regresaré otro día con más tiempo disponible. Ahora tengo que irme. Me esperan.
La cabeza de Gastay era un torbellino de incoherencias, todo en su cuerpo estaba en desorden y cuando Calixto movió uno de sus pies para alejarse, Gastay hizo lo único que le marcaba su cuerpo: arrinconó a Calixto contra la pared más cercana y se pegó a él como si ambos estuvieran manteniendo el equilibrio en un camino angosto con un precipicio bajo sus pies.
Finalmente Calixto lo miró:
-¿Qué haces?
Y sin pensarlo más, Gastay estampó sus labios contra los de Calixto.
Fue torpe, desordenado, desconsiderado y desgarrador pero increíblemente apasionado y necesitado. El choque de los dientes, el aplastamiento de sus labios y la respiración entrecortada y agónica. Gastay finalmente sentía algo, un vibrar, una fuente de impulso, una chispa de vida. La vida que había perdido desde que se alejó de la isla.
Pero mientras Gastay emergía de la oscuridad, Calixto se sentía asfixiado.
Interpuso sus brazos entre ambos y empujó a Gastay lejos de él y entonces estuvo seguro que no todo estaba bien. A pesar de no haber empleado gran fuerza, Gastay casi voló hacia la pared más cercana y aunque en el siguiente segundo Calixto se arrepintió, no pudo evitar el golpe.
Gastay se estrelló contra la pared del callejón y cayó al suelo, soltando un gemido lastimero.
Calixto corrió hacia él y lo envolvió con sus brazos.
-Perdóname, no pretendía hacerte daño.
Gastay sentía el dolor del golpe, pero inclinó toda su atención a disfrutar del contacto y las tibias palabras de Calixto.
-Lo hiciste… me dañaste. – Susurró Gastay, sin referirse solo al golpe, pero Calixto no lo oyó.
-Estás muy débil. ¿Cómo es posible? ¿Te alimentas bien? ¿Descansas? ¿Cuántas horas al día trabajas?
Gastay sonrió débilmente refugiándose en el pecho que lo cubría y volvió a intentarlo: aproximó su boca a la de Calixto, estirándose para alcanzar sus labios y lo besó por segunda vez.
Calixto fue incapaz de rechazar la dulzura de ese beso y correspondió con el mismo nivel de delicadeza.
Sus alientos se mezclaron como el agua salobre en una mezcla incompleta entre dulce y salado. Y sus lenguas emprendieron una contienda, pero era una lucha desigual. Gastay estaba dejando todo en ese beso, por lo que era Calixto el que sostenía esa unión.
Lejos de volver a apartarse, Calixto lo envolvió y levantó del suelo. Y cuando lo tuvo a la misma altura de sus ojos, arrinconó a Gastay contra la pared y sujetó su cabeza mientras su beso exploraba cada rincón de la boca de Gastay. Fue relativamente corto el tiempo en que Calixto se volvió más codicioso. Su mano descendió por el cuerpo de Gastay, comprobando en el camino que sus suposiciones eran correctas. No solo estaba más débil, también había perdido masa y estructura.
Gastay giraba y giraba concentrado en los labios expertos de Calixto, pensó que nada podía separarlo de ese momento, pero al comprimirse más contra el cuerpo de Calixto, notó rápidamente la apreciable erección.
Rodeó con una de sus piernas a Calixtoy comenzó a frotarse contra él.
-Fóllame, por favor.
Calixto respiraba con dificultad. Su mente estaba en conflicto.
Su voz interna le decía que debía apartarse, pero todo lo demás lo empujaba a seguir su instinto. No estaba pensando coherentemente, cuando abrió la hebilla de sus pantalones y expuso su miembro altivo.
Gastay intentó seguirlo pero apenas pudo imitarlo, cuando Calixto comenzó a morderle el cuello impacientemente. El menor simplemente se entregó cuando sintió las manos de Calixto deshaciéndose de sus prendas inferiores y solo se acomodó contra la pared para recibir lo que tanto anhelaba.
-Calixto… - Gimió Gastay cuando sintió la brusca intromisión.
El más pequeño se aferró a los hombros de Calixto, desconociendo todo a su alrededor.
-Más, más… por favor. – Chilló Gastay, deshaciéndose con cada embestida.
-No lo resistirás. – Clamó Calixto, con la respiración entrecortada.
Y fue cierto, algunos segundos después, Gastay se desmayó.

Gastay abrió abruptamente los ojos y su temor inicial se desvaneció cuando el calor que emanaba el pecho de Calixto fue lo primero que sintió.
Se encontraba dentro de un vehículo, acunado sobre las piernas de Calixto, entre la seguridad de sus brazos. Ambos iban en la parte posterior del auto y un chofer que Gastay no alcanzaba a ver conducía.
-¿A dónde vamos?
-Al hospital, esta vez no estamos en un isla, puedo llevarte con un medico.
-¿Me dejaras allí? ¿Solo? ¿Aun tienes a alguien que te espera?
-Sí. – Respondió el mayor secamente.
Gastay volvía a sentir su corazón desbocado, pero estaba vez no era a causa de la angustia o la tristeza.
-Mientes. Sé que no te has acostado con alguien en mucho tiempo. – Sostuvo el menor con una confianza inquebrantable.
-No puedes estar seguro.
-Lo estoy, estoy muy seguro tanto que podría jurar que si vuelvo a tocarte, podrías ponerte duro en poco segundos.
Gastay se separó de Calixto y desde el extremo más alejado del asiento lo miró.
-Aun soy joven. – Se excusó Calixto.
Gastay le lanzó una mirada cargada de odio.
-Aun crees que puedes engañarme. Dime a que has venido.
Calixto también se acomodó en el asiento y le pidió al chofer que detuviera el vehículo y se bajara.
-Yo solo pasaba por aquí… - Expresó Calixto cuando el auto se detuvo y el chofer les dio algo de privacidad.
-¡No te creo! – Soltó Gastay.
El mayor suspiró hondamente.
-Tenía curiosidad… quería comprobar que estuvieras bien.
-¿Por qué? Tú no sientes nada por mí, lo dejaste muy claro ese día en la isla. – Recriminó Gastay.
-¡Así es, no siento nada por ti! – Repuso Calixto. - Me iré luego de dejarte con un médico.
El pulso de Gastay se disparó.
-¡Vete, puedes irte ya mismo! Ahora sé que regresarás pronto, cuando tu cuerpo te exija el mío. Tortúrame con tu lejanía, te esperaré aquí ¡Ya sabes dónde encontrarme! – Exclamó Gastay abriendo la puerta del auto.
-No me esperes, no regresaré.
Gastay salió de vehículo con una sonrisa en el rostro.
-¡Lo harás! Me extrañaras, perderás la voluntad y volverás arrastrándote, pero mírame, cuánto tiempo crees que mi cuerpo soportará. Responderé a tu pregunta; no descanso, trabajo y trabajo para no pensar en ti.
-Gastay…- Suspiró el mayor con la sorpresa contenido en su aliento.
-¡Dime la verdad! – Exigió Gastay. - O cuando regreses ya no estaré aquí, ni en ningún lugar.
El semblante de Calixto se tornó iracundo y salió del auto furiosamente.
-¡¿Qué dices?!
-Acabaré con mi vida, en cuanto desaparezcas. – Amenazó Gastay, sin un ápice de piedad o duda.
Calixto lo sujetó por las solapas de la camisa y lo enfrentó con sus ojos.
-¡¿Cómo puedes amenazarme con algo como eso?! – Gritó.
-Igual moriré cuando me dejes. Odio la vida que tengo. Yo mentí… no deseo esto, odio todo lo que tengo… quiero estar contigo en la isla.
Los pequeños ojos de Gastay se cristalizaron y las lagrimas comenzaron a caer, la tristeza se mezcló con la liberación de aceptar cuan infeliz era su vida y lo mucho que la detestaba.
-¿Mentiste?
-Tenía deudas, lo único que deseaba en ese momento era saldarlas, pero me avergonzaba decírselo a alguien y mentí cuando lo preguntaste.
-¿Entonces no deseas nada de esto? – Preguntó Calixto confundido.
-¿Cómo podría desear esta vida? – Sollozó. - No quiero los aplausos fugaces, ni el reconocimiento efímero, no me importa el éxito banal, no quiero la compañía de personas frívolas e interesadas. Quiero una vida tranquila, junto a ti. ¿Por qué la arruinaste?
El enojo lo copó por completo y comenzó a lanzar golpes sobre el pecho de Calixto.
-Me quistaste lo único que me hizo feliz. ¡Te odio!
Calixto no se resistió, ni intentó detenerlo.
-Yo… creí que te estaba reteniendo, creí que si te quedabas conmigo, jamás cumplirías tus sueños.
Las lágrimas de Gastay se detuvieron abruptamente al escuchar la confesión.
-¿Y me manipulaste para que me fuera? – Preguntó horrorizado.
-Pensé que solo así me dejarías.
-¿Cómo pudiste hacerlo? ¿Sabes cuánto sufrí?
Calixto intentó abrazarlo, pero Gastay se resistió.
-Lo lamento… pensé que me olvidarías pronto.
-¡Te odio!
Calixto lanzó nuevamente sus brazos hacia él y aunque el menor se sacudió varias veces, Calixto consiguió abrazarlo.
-No me odies… no quiero vivir en un mundo donde me odies. Desde que te fuiste solo he pensado en cruzar el mar para alcanzarte. Fantaseaba con la idea de secuestrarte y llevarte a la isla, para tenerte conmigo.
-Lo hubieras hecho, he sido muy infeliz.
-Yo también.
Ambos permanecieron abrazados por varios minutos, hasta que oculto del viento y del frio, en los brazos de la persona más importante de su vida, Gastay murmuró:
-Vamos.
-¿A dónde? – Preguntó Calixto.
-Haremos una parada en mi departamento, me harás el amor en mi horrible cama de agua y al despertar empacaré algunas cosas, haré algunas llamadas y partiremos.
-¿Partiremos?
-¿No es obvio? Iré contigo. – Exclamó el menor.
-¿Vendrás conmigo? ¿A nuestro hogar? – Soltó Calixto mostrando esa sonrisa que Gastay tanto amaba.
-¿Hogar? Nuestro hogar – Sonrió Gastay.
Ambos regresaron al auto y el chofer emprendió la marcha.
-No creas que te perdonaré tan fácilmente. – Murmuró Gastay, sin soltar la mano de Calixto.
Calixto sonrió y se inclinó hacia el más pequeño para posar su cabeza sobre el hombro de Gastay.
-¿Quién es esa novia de la que hablaste? ¿Tengo que jalarle el cabello a alguien? Porque yo no comparto lo que es mío.
-No ha existido nadie más… solo tú. – Respondió Calixto, sin titubeos.
Gastay sintió que ese era el mejor momento para preguntar y estaba seguro de que Calixto le diría todo.
-¿Y esos trajes de baño en tu armario? Eran demasiado pequeños para ti.
-Nunca me lo creerías. – Respondió Calixto mirando hacia otro lado.
-Pruébame.
Calixto no trató de ocultar cuan incómodo se sentía al hablar sobre ese tema:
-Te lo diré, pero debes prometerme que no te reirás de mí.
-Lo prometo.
Calixto suspiró melancólicamente y comenzó su relato:
-Me fui de la ciudad, cuando comencé a sentirme asfixiado. Tenía una vida solitaria y monótona que no podía cambiar y que agravaba un cuadro depresivo que no lograba vencer a pesar de tratarme con psicólogos. Un día vendí uno de mis negocios y no sabía qué hacer con tanto dinero. Vi la isla y quedé impresionado con su belleza. La compré sin pensar. Al principio solo pasaba unas semanas allí, pero cada vez que regresaba a la ciudad, volvía a enfermarme. No quería continuar así, por lo que construí la casa y me mudé. El primer año fue intenso, acostumbrarme a ese tipo de vida no fue fácil, pero me sentía incompleto. Vivía plácidamente, pero seguía sintiendo que algo faltaba y….
-¿Qué ocurrió? ¿Conociste a alguien? – Interrumpió Gastay.
-¡No! Yo, yo comencé a soñar con un joven hermoso, de labios rojos y ojos sinceros. Cada noche soñaba con él. A veces escuchaba su llamado y sin darme cuenta comencé a esperar su llegada. Acondicioné la casa para dos personas, compré ropa y demás objetos confiando que un día, me encontraría con el joven de mis sueños. Creía que era una tontería, nacida de la soledad propia de la vida isleña, hasta que fui a navegar como cualquier día y te vi flotando en el mar. Eras igual que en mis sueños y no podía creer la coincidencia. Te llevé a la isla y permanecí a tu lado, temiendo que fueras solo un vívido sueño. Mientras esperaba por tu despertar, me asusté y te dejé en la choza. Sin embargo, no pude alejarme, sentía que algo me unía a ti, pero no quería asustarte con mis fantasías tontas. No me odies por confesarte todo esto.
-¿Cómo podría odiarte por salvarme? – Agregó Gastay sosteniendo su mano.
-Creo que sin querer yo le rogué a los dioses por ti. No esperaba a que ellos me escucharan, estaba solo y quería cuidar de alguien. Ahora pienso que fue obra de ellos que te cruzaras en mi camino y pasaré mi vida dándoles gracias.
Gastay lo miró con sorpresa y ternura a la vez.
-Te creo… porque yo también le he rogado a los dioses.
-¿De verdad?
Calixto lo besó.
-Pero parece que los Dioses atienden tus plegarias más que las mías…
-¿Eso crees? – Susurró Calixto.
-Lo sé, porque te han bendecido con alguien perfecto como yo.
Calixto soltó una sonrisa traviesa.
-Creo te tienes toda la razón… siendo así, pediré algo más.
-¿Qué pedirás ahora? –Siguió Gastay.
-No te lo diré.
-Calixto…
El mayor apoyó su cabeza sobre el respaldo del asiento del vehículo y la giró en dirección a Gastay.
-No puedo pedir menos, y lo que quiero no se presenta en este mundo.
-¿A qué te refieres? – Insistió Gastay.
-Deseo algo que no existe, pero no me importa, puedo soñar…
-¿Eso qué significa? – Intentó entender el menor.
-No le des importancia, amor. – Rio Calixto.
-Espero que no te salgas con la tuya.
-Ya lo veremos… tu solo dime si sientes nauseas, entonces sabré que mi sueño imposible se hizo realidad.
-¿Nauseas?
Calixto rio apaciblemente.
Y después de ser azotado varias veces en su cama de agua y contra los vidrios de sus ventanas, con sus vecinos horrorizándose con sus gritos, Gastay finalmente empacó, bajo la promesa de que en la isla nadie los interrumpiría.
Pero a pesar de que intentaron trasladar todas sus cosas en un solo viaje, Calixto tuvo que realizar varios traslados llevando a la isla todo lo que su amado le encargó.
Y en su último viaje y como ofrenda a los dioses, compró un par de escarpines. Todo indicaba que jamás los usarían pero Calixto ya había sido bendecido con el milagro de los dioses, porque no soñar con un segundo milagro.

Fin.