The Prophecy
Probablemente tomé veintiséis de las treinta pastillas que había en el frasco.
No las conté. No quise contarlas.
No sé en qué momento tomé la decisión. Solo sé que, cuando lo pensé, ya no había marcha atrás. Pensé en llamar a alguien. A mis “amigos”. Pensé en ir a ese bar del centro. ¿Por qué todos los bares están en el centro? Luego pensé que no importaba. Pensé que tampoco importaba pensar.
The Prophecy sonaba de fondo. No sé por qué esa canción. Tal vez porque era la que estaba ahí. Tal vez porque, de alguna forma, se parecía a lo que sentía.
Me dio sueño. Un sueño espeso, pesado.
Me tranquilizó creer que lo último que escucharía sería una voz que sabía ponerle palabras al caos.
Cerré los ojos.
La música se detuvo de golpe.
Y entonces vino el dolor.
Aquí estamos al inicio de todo: 9 de septiembre de 1995.
La vida era buena en ese entonces. O al menos eso creo. Aprendí a respirar por mí mismo y obtenía todo lo que quisiera solo con llorar. Supongo que así empieza una buena vida.
Esto no se pone interesante sino hasta 2006. Tenía diez años. Antes de eso mi vida pasaba frente a mí como un vidrio: podía ver, pero no tocar. Nadie quiere leer cómo aprendí a caminar o a comer; estamos aquí para entender cómo terminé en The Prophecy.
Tenía diez años, una familia religiosa llena de tabúes y la víspera de los dos mil cayéndonos encima. Empecé a notar que algo en mí no encajaba. Mientras los otros chicos de la congregación se volvían locos por las hijas del pastor, yo miraba al chico del fleco raro, sentado dos filas adelante.
No sabía qué era lo que sentía.
Solo sabía que quería abrazarlo.
Y que no quería ser juzgado por eso.
Con el tiempo me hice muy, muy amigo de ese chico. A los trece, mi familia dejó de ir a esa iglesia y con eso se fue toda esperanza de que algo “bueno” naciera entre nosotros.
Mi realidad ya estaba alterada desde antes.
Hasta ese momento todo iba “bien”, solo que ahora tenía una certeza nueva: definitivamente pararía en el infierno por querer escapar y enamorarme del chico de la iglesia. No lo decía yo. Lo decían ellos.
La secundaria... hubiera querido que nos la saltáramos. Pero no elijo qué momentos traumáticos pasan frente a mis ojos.
Recuerdo que no era ni el más guapo ni el más feo. Era bajito, algo gordito. Era la víspera de los 2000 y el lenguaje inclusivo no existía. Mi complexión no era la norma y eso tenía un nombre simple: bullying. “Acostúmbrate”, me decían. “Así es la vida”.
Fueron muchas escuelas. Demasiadas. Algunas parecían tours de protección al niño, otras no. Pero el infierno no era solo inevitable: era pedagógico. “Listo”, decían. “Los demás te van a obligar a hacer su tarea”. Y tendrás que aceptarlo nadie te prepara para eso.
Lo curioso es que hacer las tareas de alguien mas fue lo peor.
Lo peor era aprender rápido.
Ser hiperactivo.
Sacar ventaja sin querer.
Destacar cuando solo quería desaparecer.
En uno de mis tantos Getaway Car, terminé con una “terapeuta” que me diagnosticó TDAH solo para convencer a mi madre de que su remedio no me haría daño: pastillas que harían que su hijo dejara de parecer un problema.
Y el zómbie nació.
Ya no podía defenderme.
Pero tampoco sentía nada.
Me quitaron el traje y me dejaron sin armadura.
Ya no era Iron Man.
Pero cumplía. Hacía las tareas de veinte personas. Sonreía. Y no preguntaba.
Quiero creer que hacerlas tareas ayudará a mi indulgencia por haber sido yo —ya saben con lo del chico de la iglesia —.
Con el tiempo aprendí a “manejar” mi superpoder: aprender rápido. Ver patrones. Detalles. Me sirvió para algo. No siempre para elegir bien, pero sí para seguir.
Antes de entrar a la preparatoria dije: seamos hetero. Ya tenía suficientes problemas con TDAH, con mi cuerpo, con para ser gay.
Tuve una novia. Claramente.
Fue la relación más rara de mi vida.
En un mes nos vimos dos veces y solo nos dijimos hola.
Un día anuncié que mi plan para ser hetero se fue por el drenaje y decidí dejarlo. Nunca hicimos eso de “terminar”.
Supongo que la engañé con varios hombres pero no fue intencional si no palabras que nunca se dijeron.
Me llamo Avery Hawke.
Mis amigos me dicen... bueno, ya no importa.
Este texto no se trata de nombres ni textos positivos.
Mis padres eran personas ocupadas. Demasiado. Ellos no preguntaban. Y yo tampoco. Grave error, pero ese es otro capítulo. Esta historia es lo que pasa antes de que desbloquees el modo tercera persona.
Retomando, la mayor parte del tiempo no sabía qué pasaba hasta que un día dejé de tomar las pastillas.
Pero el zombie no se fue.
Todo volvió a la “normalidad” solo porque aprendí a manejar lo que llamaban mi defecto: la capacidad de aprender demasiado rápido.
Hoy sé que mi mayor rasgo no es la inteligencia ni el caos. Es la forma en que miro las cosas. Los detalles. Eso me salvó. No siempre me hizo decidir bien. Ya sabes por qué.
The Prophecy no era una canción.
Era el guion.
Y aun no sabua quein habia escrito el final