Capítulo 1
El monótono tamborileo de la lluvia contra la ventana del pequeño apartamento de estudiantes era el único sonido que competía con la voz profunda y aterciopelada de Toru. La única luz en la habitación provenía de la pequeña lámpara de la mesa de estudio, proyectando un halo cálido sobre la montaña de apuntes, libros de texto de física avanzada y tazas de café vacías que se apilaban entre ellos.
Toru Gojo, el prodigio de la facultad de ciencias, no se veía en absoluto como el típico rompecorazones universitario que su genética sugería. Estaba encorvado sobre el pesado tomo de termodinámica, intentando hacerse un ovillo para ocupar menos espacio en la pequeña silla de madera. Llevaba un suéter de lana beige, al menos dos tallas más grande, que colgaba holgadamente sobre su torso, ocultando cualquier indicio de su físico. Su característico cabello blanco, un desastre indomable de mechones rebeldes, caía sobre su frente, rozando el borde de sus gruesas gafas de montura negra. Detrás de esos cristales, sus impresionantes ojos azules —intensos, cristalinos y del color de un cielo despejado— estaban fijos en los diagramas de transferencia de energía que estaba en el tomo.
A su lado, Lola era el caos personificado frente a su orden estructurado. Llevaba puesta una camiseta verde vibrante con la palabra "BRASIL" estampada en el pecho en letras amarillas, una prenda cómoda que se ajustaba suavemente a sus curvas. Sus propias gafas, grandes y redondas, se deslizaban constantemente por el puente de su nariz. Sus oscuros flequillos enmarcaban su rostro, dándole un aire juvenil y travieso que contrastaba fuertemente con la densidad del material que supuestamente estaban estudiando.
—Y si... si observas la ecuación de aquí —murmuró Toru, señalando con la punta de su lápiz una serie de símbolos incomprensibles—, la entropía del sistema aislado siempre aumenta. Es decir, la energía tiende a dispersarse a menos que…—
Satoru se detuvo al notar que no había respuesta. Giró la cabeza lentamente, tragando saliva al sentir la cercanía de ella. En lugar de mirar el libro, ella lo estaba mirando fijamente a él. Tenía la barbilla apoyada en la palma de su mano, una sonrisa perezosa y coqueta curvando sus labios. Al ver que Toru la había atrapado sin prestar atención, ella simplemente levantó la otra mano, formó un símbolo de la paz con los dedos y sacó la lengua de forma juguetona, cerrando un ojo en un guiño descarado.
Satoru sintió que el calor subía por su cuello. Se ajustó las gafas rápidamente con el dedo índice, un tic nervioso que delataba su ansiedad social.
—No... no estás prestando atención —tartamudeó, su voz profunda se había quebrando ligeramente en la última sílaba.
—Te escucho, profe —respondió ella, con su voz bajando una octava, teñida de un tono ronco que hizo que a Toru se le erizara el vello de los brazos—. Entropía. Dispersión de energía. Caos. Creo que entiendo bastante bien el caos—.
Toru parpadeó, completamente desarmado. Era brillante resolviendo ecuaciones de campo cuántico, pero cuando se trataba de interacciones sociales, especialmente con la chica que había estado poblando sus sueños durante todo el semestre, su cerebro simplemente dejaba de funcionar.
Ella dejó caer su bolígrafo sobre la mesa. El leve sonido metálico pareció ensordecedor en la tensa quietud de la habitación. Lentamente, acortó la distancia entre ellos. Toru se tensó instintivamente, presionando su espalda contra el respaldo de la silla mientras el aroma a vainilla y cítricos de su perfume invadía su espacio personal.
La mano de ella, pequeña y cálida, se alzó y en lugar de apuntar al libro, se posó suavemente sobre el brazo de Toru. Él contuvo el aliento. Incluso a través del grueso tejido del suéter holgado, ella pudo sentir la solidez de su bíceps. La sonrisa de ella se ensanchó, sus ojos oscuros etaban brillando detrás de sus gafas con una curiosidad predatoria.
—Sabes, Toru... —ronroneó, deslizando sus dedos lentamente hacia arriba, trazando la línea de su hombro hasta llegar a su pecho—. Siempre te escondes detrás de esta ropa de abuelo. Cualquiera pensaría que eres solo un ratón de biblioteca enclenque—.
Los dedos de ella presionaron suavemente contra su pectoral izquierdo. El tejido beige cedió, revelando inmediatamente la dura y esculpida pared de músculo que se escondía debajo. Satoru soltó un pequeño y ahogado sonido, su corazón latiendo desbocado contra la palma de ella. A pesar de su apariencia de nerd tímido, Satoru pasaba sus frustraciones y estrés en el gimnasio del campus a altas horas de la noche, construyendo un físico digno de un atleta de élite que mantenía celosamente oculto del mundo.
—E-estamos intentando estudiar... —logró articular Toru, su rostro ahora teñido de un furioso color carmesí que llegaba hasta la punta de sus orejas. Intentó apartarse, pero ella lo acorraló, apoyando su otra mano en el respaldo de la silla de él.
—Yo estoy estudiando, Toru —susurró ella, acercando su rostro al de él. Sus labios estaban a escasos centímetros de su mandíbula. Su mano se movió audazmente sobre el centro de su pecho, sintiendo la dureza de sus pectorales, masajeando suavemente con la yema de los dedos la firmeza que el suéter intentaba ocultar inútilmente—. Estoy descubriendo que la física es mucho más interesante en la práctica. Eres... increíblemente sólido aquí abajo. ¿Qué tanto escondes bajo esta lana, eh, niño listo?—
—Por favor... —susurró él, cerrando los ojos con fuerza detrás de sus cristales. Sus manos, grandes y de dedos largos, se aferraron a los bordes de la mesa hasta que sus nudillos se volvieron blancos. El era tan alto, tan fuerte, el podría haberla apartado sin esfuerzo. Pero la sola idea de tocarla, la sensación de su mano sobre su pecho, lo tenía completamente paralizado, subordinado a su voluntad.
—Eres tan lindo cuando te pones nervioso —continuó ella hablando con su tono burlón, pero cargado de un deseo innegable. Trazó con su uña el contorno de su pectoral a través de la ropa—. Un gigante musculoso con cara de genio asustado. Me pregunto si tu pulso siempre se acelera así con la ciencia... o es solo conmigo—.
Toru abrió los ojos, sus pupilas dilatadas casi devoraban el azul de sus iris. La respiración de ambos se había vuelto irregular, mezclándose en el pequeño espacio que los separaba.
De repente, ella suspiró, retirando la mano de su pecho. Toru dejó escapar un aliento tembloroso, sintiendo una mezcla de intenso alivio y una decepción aplastante. Ella cerró el pesado libro de física de un golpe seco.
—Creo que mi cerebro ya no da para más fórmulas por hoy —anunció, recostándose en su silla y estirando los brazos por encima de su cabeza, un movimiento que hizo que la camiseta verde de Brasil se tensara peligrosamente sobre sus tetas. Satoru tragó en seco, obligándose a mirar fijamente la lámpara.
—P-pero... el examen es el viernes —intentó razonar él, su voz aún ronca—. Aún nos falta repasar los principios de la termodinámica aplicada y…—
—Toru, shh —lo interrumpió ella, bajando los brazos y girándose para encararlo por completo—. Eres el mejor tutor que he tenido. Has tenido una paciencia de santo conmigo toda la semana. Siento que tengo una deuda enorme contigo.
Satoru sacudió la cabeza rápidamente, provocando que sus gafas resbalaran un poco. Se apresuró a empujarlas hacia arriba.
—No, no es nada. Somos compañeros. Me... me gusta ayudarte. No me debes nada—.
La sonrisa de ella cambió. Ya no era solo juguetona; era depredadora, oscura y cargada de una intención que hizo que el aire en la habitación pareciera volverse espeso y difícil de respirar.
—Oh, pero insisto. Las tutorías privadas y personalizadas de un genio de tu calibre deben ser muy caras. Y, tristemente, soy una estudiante universitaria en bancarrota. No tengo dinero para pagarte. —Ella se mordió el labio inferior, mirándolo a través de la parte superior de sus gafas—. Pero creo... creo que se me ocurre una forma alternativa de compensarte por tu tiempo y tus... grandes esfuerzos.
Toru frunció el ceño, confundido. Su mente analítica intentaba procesar la información. —¿Forma alternativa? No entiendo, si necesitas apuntes extra yo…—
No terminó la frase.
Lentamente, manteniendo el contacto visual con esos ojos azules que comenzaban a abrirse de par en par, ella cruzó las manos y agarró el dobladillo inferior de su camiseta verde de Brasil. Con un movimiento deliberado y pausado, comenzó a tirar de la tela hacia arriba.
El tiempo pareció detenerse para Toru Gojo.
El amarillo vibrante del cuello de la camisa desapareció mientras ella se quitaba la prenda por completo, arrojándola descuidadamente sobre la mesa, justo encima del libro de termodinámica. Satoru no llevaba la cuenta de sus respiraciones, principalmente porque había dejado de respirar.
Ella no llevaba sostén debajo.
La suave luz dorada de la lámpara de escritorio bañó su piel, iluminando la suave y plena curva de sus tetas. Eran perfectos, las puntas endurecidas por el frío de la habitación o quizás por la anticipación del momento. Satoru se quedó congelado, convertido en una estatua de mármol. Su boca se abrió ligeramente, pero ninguna palabra, ninguna ecuación, ningún pensamiento racional logró escapar. Sus manos, aún aferradas al borde del escritorio, temblaban visiblemente. Sus ojos azules estaban desorbitados, fijos en la visión frente a él, mientras un rubor tan violento que casi dolía le cubría no solo el rostro, sino que bajaba por su cuello hasta perderse bajo el cuello de su suéter.
El lápiz que aún sostenía en su mano derecha hizo un sonido seco de crack al partirse en dos bajo la inmensa e involuntaria presión de sus dedos.
Al ver su expresión —la mezcla perfecta de terror absoluto, shock virginal y un deseo primario que encendía sus ojos como faros— ella no pudo contenerse. Rompió el tenso silencio con una carcajada. Fue una risa genuina, cristalina y profundamente divertida.
—¡Dios mío, Toru! —dijo entre risas, teniendo que sostenerse el estómago brevemente—. ¡Tu cara! ¡Es un poema! Eres demasiado lindo, de verdad.
La risa de ella hizo que Toru saliera de su trance. Parpadeó varias veces, su respiración regresando en jadeos erráticos. Intentó apartar la mirada, intentó cubrirse la cara con las manos, intentó balbucear una disculpa por estar mirándola, pero su cuerpo no le obedecía. Estaba anclado a ella.
Para ella, la reacción no solo era tierna; era increíblemente excitante. Saber que este hombre inmenso, brillante y con un físico envidiable bajo capas de lana, estaba completamente a su merced, temblando de deseo y timidez solo porque ella se había quitado la camisa, y mostrando a sus niñas, encendió un fuego intenso en su bajo vientre.
Dejó de reír, y su expresión se había suavizado en algo mucho más sensual y hambriento. Se inclinó hacia adelante, acortando la poca distancia que quedaba. El calor que emanaba del cuerpo de Toru era palpable.
—¿Qué pasa, profe? —susurró con su voz ahora convertido en un ronroneo bajo—. ¿El experimento es demasiado para ti? ¿No te gusta tu pago?
—Yo... tú... estás... —Toru no podía formar una oración coherente. Su nuez de Adán subía y bajaba frenéticamente.
Ella no esperó más palabras. Extendió la mano, tomó la gran y temblorosa mano derecha de Toru, deslizando los restos del lápiz roto de sus dedos, y la guio lentamente hacia adelante. Toru contuvo el aliento bruscamente cuando ella presionó la ancha palma de él directamente sobre su pecho desnudo.
El contraste de la piel suave de ella contra los callos en las manos de él (ganados levantando pesas en soledad) fue eléctrico. Satoru emitió un sonido gutural, algo entre un gemido y un suspiro desesperado. Toda la timidez, todas las barreras sociales y el pánico escénico parecieron desmoronarse en ese preciso instante. El contacto físico fue el interruptor.
Los dedos largos de Toru, instintivamente, se cerraron con suavidad alrededor de la suave carne. Su pulgar rozó la punta endurecida del pezon, y un escalofrío visible recorrió el cuerpo de ella.
—Así me gusta —murmuró ella, cerrando los ojos por un segundo ante el placer del tacto, antes de volver a clavar su mirada en él—. Eres fuerte, Toru. No tengas miedo de usar esas manos—.
Fue como si le hubiera dado permiso al monstruo que se escondía detrás del disfraz de nerd. Toru tragó saliva, sus ojos azules se oscurecieron con una intensidad feroz que la hizo jadear. De repente, el chico tímido desapareció. Con un movimiento rápido y sorprendentemente fluido para su tamaño, Satoru se puso de pie, su imponente altura de casi dos metros dominaba la pequeña habitación.
La tomó por la cintura con ambas manos. Sus manos eran tan grandes que casi abarcaban toda su cintura. Con una fuerza brutal pero controlada con exquisita delicadeza, la levantó como si no pesara absolutamente nada y la sentó sobre el escritorio, dispersando apuntes y hojas de papel que cayeron al suelo como nieve en el caos.
Ella soltó un pequeño grito de sorpresa que rápidamente se transformó en un gemido cuando Satoru se posicionó entre sus piernas abiertas.
—Tú... —la voz de Toru ya no tartamudeaba. Su voz era profunda, áspera y vibraba con una autoridad contenida—. Tú empezaste esto—.
Toru se inclinó, quitándose sus propias gafas con un movimiento rápido y dejándolas caer en algún lugar del escritorio. Sin la barrera del cristal, sus ojos eran hipnóticos. Sus manos subieron desde su cintura, sus largos dedos trazando el camino por sus costillas hasta llegar nuevamente a sus tetas. Esta vez, su toque no era el de un estudiante asustado, sino el de un hombre hambriento que finalmente probaba su plato favorito. La masajeó, sus pulgares frotando con firmeza, sacándole gemidos que llenaron la silenciosa habitación.
Ella enredó sus manos en el caótico cabello blanco de él, tirando suavemente.
—Entonces termínalo, nerd —lo desafió ella, jadeando, con sus gafas aún en su rostro, ligeramente torcidas.
Toru gruñó. Se inclinó y capturó los labios de ella en un beso posesivo y devorador. No había nada de timidez en la forma en que su lengua invadió su boca, explorando, reclamando. Sus manos viajaron bajo su espalda, atrayéndola contra su pecho. Ella pudo sentir la dureza implacable de sus músculos a través del suéter beige frotándose contra sus senos desnudos, fue una fricción que la hizo arquear la espalda buscando más contacto.
La tutoría había terminado. Las leyes de la termodinámica habían sido reemplazadas por leyes mucho más primitivas y ardientes de atracción y fricción. Y mientras Satoru descendía sus besos por su mandíbula y su cuello, arrancándole suspiros trémulos. Toru ya no era el estudiante que tropezaba con sus propias palabras; ahora era una fuerza de la naturaleza contenida en un suéter de lana. Sus labios se estrellaron contra los de ella con una urgencia que rozaba la desesperación, un beso húmedo, profundo y cargado de una necesidad que llevaba meses acumulándose tras fórmulas de cálculo y noches de insomnio.
—Mmh-mhp... —el gemido de ella fue sofocado por la boca de Toru.
Sus lenguas se entrelazaron con un ritmo frenético, el sonido de la succión y el intercambio de saliva llenaron el espacio entre sus rostros.
Squelch, smack.
Ella sentía el sabor a café y menta de él, mientras sus manos se aferraban a los hombros de Toru, maravillada por la anchura de su espalda.
Toru se separó apenas unos milímetros, jadeando, con su frente apoyada contra la de ella. Sus ojos azules, sin las gafas, brillaban con una intensidad eléctrica.
—No tienes idea... —gruñó Toru, su voz bajando a un registro tan grave que ella lo sintió vibrar en su propio pecho—. No tienes ni la más mínima idea… de cuántas veces imaginé que esto pasaba mientras me explicabas tus dudas—.
—¿Ah, sí? —ella soltó una risita entrecortada, sus gafas resbalando por su nariz mientras él bajaba el rostro hacia su cuello—. ¿Y qué más imaginabas, genio?—