Tears Among Ashes

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Summary

Desde la desaparición de los dioses, los demonios invadieron el mundo, obligando a la humanidad a sobrevivir tras enormes barreras que prometen seguridad… a cambio de obedecer sus reglas. La ley es clara: al alcanzar la mayoría de edad, todos pertenecen a los Distritos y cada familia debe entregar a sus hijos para luchar contra las criaturas que acechan en la oscuridad. Aleya, quien siempre ha vivido entre las sombras pese a pertenecer a una de las familias más prestigiosas, ve su vida derrumbarse cuando es acusada de traición. Para sobrevivir, se ve obligada a entrar en la Academia Soterion, un lugar donde los débiles no duran lo suficiente para arrepentirse. Allí conocerá a Evander, el temido capitán del escuadrón Phantom. Un hombre tan letal como enigmático y arrogante… que a veces parece ayudarla, y otras veces parece querer verla caer. En un mundo lleno de secretos, alianzas peligrosas y una guerra que consume todo a su paso, Aleya descubrirá que algunas verdades son más peligrosas que los demonios. Y que hay destinos… de los que no se puede escapar. Para algunos, estar en la SOTERION es cuestión de honor, orgullo y estatus. Pero para ella ... cada batalla, cada decisión, podría ser la última.

Genre
Fantasy
Author
Kar07avi
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Cap.0 -Invasión


-Hace casi doscientos años atrás -


—¡Las criaturas están matando a todos, repito, a todos! —la voz temblorosa y desesperada sale de la radio—. Necesitamos refuerzos... necesitamos— ruidos y jadeos interrumpen de repente — ¡por favooor! ayudennooos.

Desgarradores gritos llenan la transmisión, entre ráfagas de disparos y órdenes frenéticas que se entrecortan de quienes pelean por seguir con vida. la desesperación y el dolor que se oyen son tan perturbadores que parecen arrancados desde el centro de sus pechos.

—¡Águila Roja, responda! —ruge el operador, presionando el botón con sus dedos temblorosos—. ¡Responda, maldita sea!

El resto del equipo se mantiene en tensión. Aunque nadie quisiera escuchar o intentar imaginar lo que está pasando del otro lado del aparato... lo hacen.

Mientras que lo único que les responde es estática, lucha y sufrimiento, haciendo que cada segundo parezca interminable, aunque apenas hayan pasado unos instantes.

Y de pronto...

Como si las hubieran arrancado de un tirón, las voces se apagan. Dejando solo un zumbido, como un insecto persistente atrapado en sus oídos... recordándoles que otra unidad acaba de desaparecer.

El soldado toma el transmisor con ambas manos, aun temblorosas y empapadas en sudor. Sus ojos se mantienen fijos y perdidos en la radio como si en ese mar de estática pudiera volver a surgir, aunque sea una chispa de vida.

—No sé cuánto más podremos resistir... —susurra una voz ronca detrás de él.

El joven aprieta el transmisor, como si el frío del metal fuera lo único que le quedara, como si aferrarse a ese aparato pudiera conectarlo con el mundo que hace tiempo una vez existió.

Agacha la cabeza. golpeando suavemente sus nudillos con su frente cubierta de tierra, sudor y sangre de vidas que no pudo salvar. Cierra los ojos y ruega en silencio por una oportunidad, por una señal... por cualquier milagro que les conceda unos minutos más de vida.

—Llevamos meses luchando... y no hemos logrado nada — continúa la voz de su compañero, resonando entre las cuatro paredes del puesto de mando improvisado.

Como si la derrota misma hablara a través de él.

Las luces agonizantes apenas iluminan lo suficiente para arrancar de las sombras los rostros exhaustos de las nueve personas reunidas.

Nadie recuerda con exactitud cuánto llevan ahí. El tiempo dejó de existir cuando el mundo se hundió en el caos. ¿Serán Semanas? ¿Meses? ¿O quizá más? Solo saben que están aislados, atrapados, y que cada día la esperanza es un lujo difícil de permitirse desear.

Sus ojeras ya son profundas, sus cuerpos tan delgados que la forma esquelética de sus huesos se marca bajo la piel, y sus mentes se encuentran al borde del colapso.

Hasta el momento este refugio les ha ayudado a mantenerse fuera del alcance de cualquier amenaza, pero no saben cuánto tiempo durara su suerte, si es que le puede llamar así.

—Dudo que vengan refuerzos... —murmura finalmente el joven soltando el botón del transmisor.

El sonido del clic no solo marcó el fin de la transmisión, sino también el de cualquier atisbo de esperanza que podría albergar aún en esa habitación fría y desgastada.

Tras escuchar la conversación, sentado en el frio suelo de una esquina, un hombre vestido con ropa civil rodea sus piernas con sus manos temblorosas para encogerse como un animal herido. Su mirada vidriosa se pierde en el cemento.

—Este es el fin de la humanidad... —susurra, casi sin voz—. Es... nuestro castigo.

El anciano, apoyado contra la pared, inhala con la calma resignada de alguien que ha visto caer ciudades, ejércitos y gobiernos dejando que el brillo anaranjado de su cigarro ilumine por un segundo las tres estrellas doradas de su uniforme. Y exhala lento, como si el humo fuera lo único que aún obedece su voluntad.

Entonces rompe el silencio.

—Sí... lo más probable es que tengas razón. —Su voz es grave, pero serena—. Ni nuestras armas... ni toda la tecnología en la que inventamos durante nuestra existencia han logrado siquiera hacerles un maldito rasguño a esas cosas.

Junto a la radio, otro hombre en bata (que alguna vez fue blanca) ahora percudida por todo lo que se ha impregnado en ella, se pasa una mano por el cabello rizado y sucio. Sus ojos febriles brillan con una mezcla de angustia y obsesión.

—Si... si los cerramos —murmura más para sí mismo que para los demás —. Si, esa debe ser la solución... ellos salieron de ahí... Como había pensado...—su voz sube de tono mientras camina de un lado a otro, como si su cerebro no lo dejara ni un segundo mantener la tranquilidad— No era un fenómeno atmosférico... esas cosas son... ¡Ya seee!.. ¡Una bomba!... sí, lancémosle una bomba atómica... no... algo... algo más grande...

—¡Callateee! —grita una mujer desde una silla, con las manos todavía manchadas de sangre seca—. Que no entienden todos. ¡Son demonios! Los han enviado para castigarnos por nuestros pecados.

El anciano suelta otra bocanada de humo, mirando las partículas disiparse bajo la luz moribunda de la lámpara que intenta mantener iluminada la habitación. Parece analizar las palabras dichas mientras observa como el humo se dispersa y desaparece ante sus ojos.

—Demonios...eeh —musita, dejando caer las cenizas—. Sí. Supongo que es el nombre que mejor les queda.

Todos se quedan callados tras aquella extraña conversación, como si las palabras hubieran drenado la poca energía que les quedaba, como para poder asimilar todo.

—Hoy nos toca hacer guardia al cabo y a mí. Mañana elegiremos quién sale a buscar más provisiones—. dice el anciano recorriendo cada rostro de los presentes—. Por ahora, descansen todos.

Como pueden los tres civiles y los cuatro soldados se disponen a acomodarse. Mientras el anciano hace una señal para que el soldado cabo lo acompañe vigilar la parte exterior.

El soldado está por levantarse cuando...

Un ruido lejano pero lo suficientemente audible los pone en alerta, parece ir rasgando las paredes de forma antinatural en líneas rectas.

Todos se quedan inmóviles.

—¡Están aquí! —balbucea la mujer, con los ojos desorbitados.

—Shhh. Silencio —ordena el anciano en un susurro, sin apartar la mirada de la pared frente a él.

Inclina levemente la cabeza, intentando seguir el sonido mientras sus dedos buscan el arma con la precisión de alguien que sabe manejar la situación.

Los demás soldados reaccionan de inmediato, tomando sus rifles. El cuarto entero queda en suspenso, apenas respirando atentos, escuchando aquello que se mueve afuera... o dentro de las paredes.

El ruido continúa, volviéndose cada vez más fuerte. Más marcado. Más cercano.

Y entonces... se detiene.

El silencio cae sobre la sala, Nadie aparta la vista.

Un nuevo sonido emerge en la quietud: es un olfateo. Lento y persistente. Como si un perro estuviera analizando, identificando su alrededor.

La piel se les eriza, sus corazones laten tan fuerte y desesperadamente que parecen golpear contra los pechos de todos. Nadie es capaz moverse por temor a que incluso por respirar pudiera delatarlos, y lo que está afuera pudiera encontrarlos.

El olfateo se intensifica... deteniéndose justo antes de llegar a la única puerta que los separa y protege de él.

—¡No, no, no quiero morir! —susurra la mujer, sacudiendo la cabeza en negación, con los ojos desorbitados y las manos temblando.

Pero el susurro se convierte en gritos incapaces de contener. convirtiéndose en una señal para lo que esta allá afuera, por lo que comienza a rasguñar la puerta y todos se estremecen.

—¡Guarda silencio! —musita el anciano.

Los rasguños resuenan en la cabeza de la mujer e incapaz de soportarlo más, deja escapar gritos de pánico, tapándose entre lágrimas los oídos, como si así pudiera silenciar la realidad que se aproxima.

Como si eso fuera un detonante, los rasguños se convierten en golpes que se intensifican, el marco de la puerta cruje, comienza a flaquear, la barda que la sostiene se agrieta sin poder mantener más su firmeza.

—¡Deja de gritar! —replica el anciano—. ¡Maldición! —chasquea la lengua—. ¡Todos, rápido, a sus posiciones! —vocifera, intentando sostener la calma mientras apunta su arma hacia la entrada.

Los soldados se apresuran a formar una línea desesperada frente a la puerta que amenaza con ceder en cualquier momento.

Sus nudillos se aferran sobre sus armas a tal punto de ponérseles blancos.

Sus corazones laten tan fuerte que parecen competir con los perturbadores golpes que sacuden la robusta entrada.

Preparados para lo peor, de pronto...

Nada, el silencio regresa... y eso los atormenta más, alguien está tratando de contener el sollozo con la esperanza de que al no oírlos más se vaya, otro reza entre dientes, mientras la mujer temblando en un rincón llora intentando contenerse.

Pero ante la falsa calma, todos lo saben, ya lo vivieron... lo enfrentaron... y apenas lograron salir con vida, lo que sea que está ahí afuera, ya sabe que están ahí e insistirá hasta lograr entrar.

De pronto, llega un golpe tan ensordecedor.

La puerta se desploma hacia adentro como un enorme saco lleno de piedras, dejando al descubierto el oscuro pasillo.

Y ahí está...

Un ser descomunal, de casi tres metros, abarcando el marco ya roto.

Un ser forjado de la pesadilla más terrorífica y oscura. Con su postura encorvada, asimilar a la de un depredador ágil y astuto, a la espera del momento perfecto para abalanzarse.

Su piel (si es que así puede llamársele) es áspera y casi oscura, su fila de espinas rudimentarias recorre su espalda como una muralla. y sus brazos, desproporcionadamente largos, con cuatro garras curvas y afilas en cada dedo huesudo.

La encarnación de la condena está frente a ellos. Bajo la única salida que tienen.

—¡Dio.. Dios mío...! —alcanza a susurrar, paralizado uno de los soldados.

—Ha llegado nuestro verdugo... —murmura apenas el anciano, sin apartar la vista de la criatura.

Sin moverse, dentro del vacío oscuro de sus ojos, desliza lentamente sus iris (similares a los de un gato acechando en la noche) de un lado a otro, examinando en silencio a las presas recién reclamadas. Como un depredador que disfruta contemplar su nueva adquisición antes de devorarla.

El soldado que estaba a cargo de la radio retrocede hasta chocar contra la pared del fondo, con el fusil temblando en sus manos. La firmeza que parecía albergar en los demás soldados se deforma convirtiéndose en duda y pánico, por instinto entre tropiezos y súplicas internas retroceden lo más que pueden.

La criatura avanza despacio, ladeando su cabeza que parece una máscara esculpida por la locura, mientras analiza y saborea el terror de sus presas.

Uno de los soldados no resiste más: ante la desesperación de verlo acercándose, grita, alzando el arma con torpeza y...

—¡Aún no! —ruge el anciano, dictando una orden.

Pero es demasiado tarde, el soldado ya no escucha, no razona, solo aprieta el gatillo con tal desesperación que parece querer vaciar su alma a tiros.

El refugio entero se enciende con los destellos rabiosos y entre los estruendos, los demás se suman de inmediato a tal acción, disparando más al miedo que centrándose al objetivo.

Cuando la locura termina, lo último que queda entre las luces del techo parpadeantes, es humo, el olor metálico de la pólvora y el clic insistente de sus armas aun cuando ya no hay nada más en ellas que escupir.

—¡No... no podremos detenerlo! —balbucea uno, con la voz quebrada—. ¡Es imposible!

La lluvia de balas no dejó ni una marca sobre su piel, y en ese instante todos lo entendieron, lo que está frente a ellos, es totalmente ajeno a su insistencia de sobrevivir, esos seres ahora son los nuevos dueños de lo que antes fue su mundo.

El demonio abre la mandíbula. Sus dientes afilados que desbordan sobre la parte inferior se despliegan de forma antinatural, lo suficiente como para devorar a un niño entero.

Entonces, de su interior brota un rugido profundo y denso que sacude el aire, haciendo vibrar los huesos y el pecho de todos los presentes.

Algunos caen de rodillas, otros se cubren los oídos.

Ya no hay nada que logre detener la ola de terror que los arrasa.

El rugido aún vibra en el aire cuando el demonio avanza con una calma que parece burlarse de quienes alguna vez creyeron poder hacerlo desaparecer. Dejando que sus garras, capaces de abrir carne y hueso con un simple roce, se arrastren por el suelo, marcando surcos profundos a su paso.

El anciano tiembla, pero aun así logra recomponer la postura. Aprieta la mandíbula. Levanta el arma. Apunta y Dispara.

El estruendo del rifle llena la habitación mientras las balas de alto calibre atraviesan el aire y golpea a la criatura una y tras vez, en una ráfaga desesperada que debería destrozarlo.

Pero no lo hace.

La criatura gira la cabeza y fija sus iris, en quien tuvo la osadía de atacarla.

—La habitación se llena de gritos. ¡Mierda! —grita el anciano, retrocediendo a pasos largos hasta chocar contra la pared.

El demonio ya no espera más, se lanza sobre él.

Su largo brazo desciende con la velocidad de un rayo. El grito de dolor del anciano se corta en seco cuando el golpe lo atraviesa de abajo hacia arriba. Su cuerpo es desgarrado, como si la carne no ofreciera resistencia.

Como un avispero sacudido, la desesperación se extiende entre los demás. Ya no tienen por donde huir, se encuentran atrapados, acorralados entre la pared del fondo y la criatura. Aunque en el fondo saben que ya no pueden hacer nada para escapar o detenerlo, aun así… esperan que ocurra un milagro, que todo sea solo una pesadilla, que alguien llegue para ayudarlos.

La criatura inclina la cabeza hacia ellos.

— Por favor Dioses, no nos abandonen.— . susurra uno de los soldados entre sollozos y temblando.

Algunos solo se tapan los ojos, resignados ante lo inevitable, incapaces de mirar lo que se acerca.

Nadie quiere ser el primero.

Como si ya se cansara de jugar, la criatura emite un gorgoteo grave desde su garganta, un sonido tan profundo como el de un animal anunciando su cacería.

Y entonces…

Ataca.

Sus garras caen como cuchillas sobre el pecho del primer soldado.

El grito apenas logra escapar antes de desaparecer.

Otro de los soldados intenta escapar por un lado de la criatura para correr hacia la puerta, pero no llega lejos, una garra lo alcanza por la espalda. Sus ojos se abren, sorprendidos, incapaz siquiera de esbozar un grito. Viendo como la imagen de su única salida se desvanece al mismo tiempo que su vida mientras su cuerpo se desploma al suelo, sin fuerza alguna que lo sostenga.

La criatura continua con el resto de quienes ya no oponen resistencia.

Y así, en cuestión de segundos.

Solo queda el silencio. Como si la propia habitación contuviera el aliento ante lo que acaba de suceder.

Mientras las luces parpadean, luchando por mantenerse vivas en un mundo que parece haber dejado de estarlo. Encendiéndose y apagándose, pasa iluminar apenas el cruel final de quienes intentaron sobrevivir a la oscuridad.

Como si esto fuera el inicio de un juicio final…uno que la humanidad jamás imaginó tener que enfrentar.

En el que durante siglos el hombre caminó sobre la tierra como si fuera el dueño absoluto, dejando tras de sí guerras, ambición y sangre. Creyó que podía destruirlo todo sin pagar el precio.

Y ahora, han sido llamados a pagar su deuda…

Aunque tal vez no sea así. Tal vez esto solo sea el momento en que la humanidad deba mirar lo que ha hecho… y preguntarse si aún merece ser perdonados.

—¡¿Me escuchan?! —el ruido repentino de la radio irrumpe en la quietud—. ¡Salgan de ahí! Repito... ¡salgan de...! — la voz continúa, entrecortada — Al parecer algunas personas... ha... despert...ado...—la radio chisporrotea, con interferencias— y ... están...

La transmisión se corta y le silencio retorna.

La radio deja completamente de funcionar.