Capítulo 1
El día que el destino fallo
Presente - Elizabeth
Bajo el manto de una noche estrellada, en el corazón del Imperium de la Luz Estelar, el reino de Aurelia descansaba en un silencio expectante.
El viento soplaba desde las montañas, trayendo consigo el olor metálico de la lluvia y del hierro. En las torres más altas del palacio, las antorchas parpadeaban como ojos inquietos, mientras la reina esperaba.
Elizabeth Beaumont no acostumbraba a esperar.
Era ella quien dictaba el ritmo de los días, quien ordenaba cuándo debía salir el sol y cuándo convenía que el mundo permaneciera en penumbra.
Pero esa noche… había cedido el control.
Sus guardias estaban en camino. Y si todo salía como había planeado, el reino de Sobreluna pagaría por los años de humillación, por cada tierra robada, por cada gota de sangre derramada en nombre de su linaje.
El eco de los cascos sobre el empedrado la sacó de sus pensamientos. La puerta principal del patio se abrió con un chirrido largo, metálico. Dos soldadas arrastraban a un joven encapuchado, con las manos atadas y la ropa empapada.
Elizabeth bajó los escalones con calma.
—¿Lo trajeron con vida? —preguntó sin levantar la voz.
—Sí, mi reina —respondió una de las guardias—. El príncipe estaba viajando solo, con escolta mínima. Lo interceptamos antes de que llegara al paso norte.
Elizabeth asintió. Su plan se había cumplido a la perfección. Se detuvo frente al príncipe.
—Quítenle la capucha —ordenó.
La guardia obedeció.
El aire pareció detenerse.
El príncipe levantó la cabeza, y por un instante, Elizabeth pensó que el destino le estaba jugando una mala broma. No era el rostro que esperaba. No era el arrogante heredero de Sobreluna con su sonrisa altiva y su reputación de bestia domada a medias.
No.
Frente a ella, arrodillado en el barro, estaba un príncipe joven de mirada insólita: un ojo azul como el hielo y el otro verde, brillante y desafiante. Su cabello negro, corto y enmarañado, le caía sobre la frente, sucio, húmedo, y aun así, había algo... casi insolente en la forma en que intentaba mantener la compostura.
—¿Qué es esto? —la voz de Elizabeth se tensó, fría y afilada—. ¿Dónde está el príncipe Arion?
El silencio que siguió fue incómodo. Las armaduras de sus guardias chirriaron apenas cuando se miraron entre sí, como si esperaran que alguna tuviera el valor de hablar. Finalmente, una de ellas dio un paso adelante, con el rostro pálido.
—Mi reina… Este es el príncipe Arion.
Elizabeth entrecerró los ojos. El joven alzó la cabeza, y una risa seca, casi incrédula, escapó de sus labios. Esa risa fue peor que una provocación.
—¿Arion? —repitió ella, apretando los dientes—. Arion no tiene los ojos de dos colores.
Las guardias palidecieron aún más.
—Él es Edward. Quinto hijo del rey Klaudius. Hermano menor de Arion. —musito Elizabeth, saboreando la palabra como si le dejara ceniza en la boca—. Pedí un lobo… y me traen un cordero.
El joven levantó la cabeza con lentitud. Tenía barro en las mejillas, sangre seca en los dientes delanteros, y aun así, una sonrisa diminuta, burlona, se abrió paso.
—Tal vez el cordero sea quien muerda primero, Su Majestad —dijo con voz rasposa, cargada de un descaro que bordeaba la provocación.
—A la reina Elizabeth se le dice “Mi Reina” —intervino una de las guardias, empujándolo con el extremo de la lanza.
Edward volvió a enderezarse.
—Lo siento, mi reina —dijo al fin, arrastrando las palabras con una ironía tan evidente que la guardia casi volvió a golpearlo.
Elizabeth levantó una mano y el gesto bastó para que las dos se inmovilizaran. Caminó hacia él, despacio. La curiosidad, esa vieja enemiga suya, se había despertado.
—¿Sabes quién soy? —preguntó
—La reina Elizabeth de Aurelia —respondió sin titubear.
—¿Y no me temes?
El principe, sostuvo su mirada sin parpadear.
—No le temo a simples rumores.
Elizabeth lo observó en silencio, analizando cada gesto, cada respiración. No era solo insolencia. Había algo más en él. Orgullo, sí, pero también una especie de lucidez extraña.
—Llévenlo a las mazmorras del ala oeste —ordenó, apartándose. —No quiero que nadie lo toque. Nadie.
Mientras Edward era escoltado, Elizabeth se encaminó hacia la sala de guerra, William apareció a su lado.
—Dime que es una broma, Elizabeth. Me vas a decir que todo esto fue una confusión pasajera y que el heredero real vendrá mañana, ¿verdad?
Elizabeth no respondió.
Camino de un extremo al otro, la mirada fija en los mapas extendidos sobre la mesa. Sus dedos seguían las fronteras marcadas en tinta, las líneas que separaban Aurelia de Sobreluna.
—No lo trajeron por error —dijo al fin, deteniéndose frente al fuego—. Lo hicieron porque no escucharon bien mis órdenes. O porque el destino decidió burlarse de mí.
William cruzó los brazos, esbozando una media sonrisa. —Entonces… ¿qué hacemos con nuestro invitado?
Elizabeth lo miró. Su expresión era serena, pero sus ojos ardían con una furia contenida.
—No es un invitado. Es una herramienta.
—¿Una herramienta para qué, exactamente? —replicó él, alzando una ceja—. No puedes negociar con un quinto heredero. No tiene poder, ni influencia, ni voz en el consejo. Ni siquiera lo recordarán en su palacio cuando noten que ha desaparecido.
Elizabeth apretó la mandíbula.
—Por eso mismo. Nadie vendrá a buscarlo. Nadie preguntará por él. —Se giró hacia la ventana, observando cómo el agua formaba ríos sobre el cristal—. Lo mantendremos aquí. Lo observaremos. Tal vez pueda servirnos de otra forma.
William bufó.
—No sabemos quién es, ni qué tan hábil puede ser manipulando. Un príncipe educado en la sombra aprende a escuchar antes que hablar.
Elizabeth se volvió lentamente.
—Ya lo vi. Y no parece alguien capaz de manipular a nadie.
—Eso lo hace más peligroso. —William dio un paso más cerca—. Los hombres silenciosos son los que más fácilmente siembran dudas.
Ella lo observó con calma.
—¿Dudas en mí, William?
—Solo en tu corazón. —Sus palabras cayeron como una piedra en el agua.
El silencio se estiró. Elizabeth apartó la vista antes de que la conversación se volviera personal.
—¿Cual es el plan? —preguntó él.
Elizabeth se acercó a la mesa y apoyó las manos sobre el mapa, observando las fronteras con una intensidad casi devocional.
—Veremos qué tan valioso puede ser un hombre al que su propio reino ha olvidado.
William la miró por un largo momento.
—Tarde o temprano, ese chico te va a cambiar el juego, Beth. Lo presiento.
Ella alzó una ceja, sin sonreír.
—Entonces que el juego empiece.
El sonido de los pasos en el pasillo los interrumpió. Una guardia se inclinó en la puerta abierta.
—Mi reina, el prisionero ha pedido verla. Dice que no hablará con nadie más.
William soltó una carcajada baja.
—Vaya. Apenas llega y ya exige audiencia. Qué interesante corderito has traído a tu palacio.
Elizabeth se ajustó su capa con serenidad.
—Los lobos siempre reconocen a otro, William. Solo hay que saber mirar.
Y sin esperar respuesta, salió. El eco de sus pasos se perdió en el pasillo de piedra. Los pasillos del ala oeste estaban sumidos en penumbra.
Las antorchas chispeaban contra la piedra húmeda, y el sonido de las botas resonaba como un compás. Elizabeth avanzaba con paso firme, la capa ondeando detrás de ella.
Las guardias se cuadraron al verla pasar.
—Mi reina —saludaron al unísono, inclinando la cabeza.
—Nadie entra hasta que yo salga.
Las mujeres obedecieron sin cuestionar. El chirrido del metal al abrir la puerta cortó el silencio como una herida.
Dentro, la celda era pequeña pero limpia. Una lámpara de aceite proyectaba sombras que se movían sobre la pared, y el olor a lluvia se mezclaba con el del hierro húmedo.
Edward estaba sentado en el suelo, con las muñecas y piernas encadenadas a la silla, el cabello pegado a la frente. No parecía un príncipe; más bien un muchacho exiliado.
Elizabeth cruzó el umbral.
No dijo nada.
Él tampoco.
Pasaron varios segundos antes de que Edward levantara la vista. Sus ojos eran tan tranquilos que resultaban inquietantes. El barro y la sangre no lograban ocultar que era joven, dos o tres años que ella. Pero su mirada —ese contraste brutal entre el verde y el azul— la mantenía atrapada como una trampa que ella misma había pisado.
—Pensé que las reinas dormían mejor después de ganar.
—No he ganado nada —respondió—. Aún no sé si vale el riesgo que he corrido por usted.
Una media sonrisa, apenas un reflejo, apareció en los labios de él.
—Entonces vine a decepcionarla antes de tiempo.
Elizabeth entrecerró los ojos.
—¿Sabe por qué estás aquí?
—Porque sus soldados confunden a los príncipes —replicó—. Y porque cree que aún puede recuperar lo que Sobreluna le arrebató.
—Habla demasiado para alguien encadenado.
Edward bajó la mirada a las cadenas.
—¿Me las quitarás, entonces?
—Depende de lo que diga.
—¿Y si no digo nada?
—Entonces seguirá aquí.
Él asintió, sin protestar.
—He estado en lugares peores.
Esa frase la tomó por sorpresa.
Elizabeth dio un paso más cerca, lo suficiente para que su sombra cubriera parte del suelo.
—¿Peores que las mazmorras de una reina enemiga?
—No creo que sea peor que un padre abusivo.
El silencio cayó como una losa entre ambos. Por primera vez, Elizabeth no encontró una respuesta inmediata.
—No tiene por qué fingir dureza, mi reina —dijo, sin apartar la mirada—. No me asusta.
—No intento asustarlo —respondió, demasiado rápido.
El leve temblor en su voz la irritó. Lo vio sonreír, lento, apenas un movimiento en los labios, pero suficiente para que quisiera borrárselo con un golpe.
—Entonces es natural.
—Tiene una lengua peligrosa. En otros tiempos, ya la habría mandado cortar.
—En otros tiempos, reinas como usted no habrían necesitado hacerlo —contestó, sin un ápice de miedo.
—¿Sabes que tu insolencia podría costarte la cabeza? —preguntó.
—Supongo. Pero al menos moriría mirándola de frente.
—¿Siempre habla así con las reinas enemigas?
—Solo con las que me parecen interesantes.
Elizabeth dejó escapar una risita breve. No tenía humor, pero tampoco lo necesitaba.
—Cuidado, principito. A veces, lo interesante termina ardiendo.
—Entonces espero hacer valer la hoguera.
Por un segundo, el aire se tensó. No quedaba nada de la distancia fría del principio; ahora era electricidad pura, peligrosa, contenida. Elizabeth giró apenas el rostro, lo suficiente para ocultar la sonrisa que amenazaba con escapársele.
—Es un problema, príncipe —dijo finalmente, con un suspiro casi teatral.
—¿Y eso la asusta?
—No. Pero me aburre la facilidad con la que los problemas terminan rogando clemencia.
Él inclinó la cabeza, burlón.
—Tal vez sea el primero que no lo haga.
—Veremos cuánto dura esa valentía cuando duermas bajo mi techo —dijo ella al fin, dándole la espalda—. O cuando empiece a entender qué clase de reina soy.
—Oh, creo que ya empiezo a hacerlo —replicó, su voz siguiéndola como una sombra.
Cerró la puerta tras de sí con un golpe seco. En el pasillo, las guardias esperaban firmes.
—¿Órdenes, mi reina?
Elizabeth se ajustó la capa, la mirada fija en la oscuridad del corredor.
—Que nadie lo toque. Vigilado. Tres comidas al día.
—Sí, mi reina.
Elizabeth comenzó a caminar. No se dio cuenta hasta llegar al final del pasillo que aún tenía las manos cerradas con fuerza. Y que, sin saber por qué, había estado temblando.
El amanecer llegó demasiado pronto. Los primeros rayos de luz apenas lograban filtrarse por los ventanales del salón del consejo de guerra, bañando los tapices dorados en un resplandor pálido.
Elizabeth estaba de pie junto a la mesa, con los mapas aún desplegados y una copa de vino vacía en el suelo para no ser vista.
No había dormido. No podía.
Las puertas se abrieron, y William entró acompañado de Sebastian.
—Mi reina —saludó Sebastian, su consejero real que también había sido de su padre antes de su muerte—. No encontraron rastro de refuerzos de Sobreluna.
Elizabeth asintió, sin apartar la vista del mapa. —No vendrán a buscarlo.
William apoyó las manos sobre la mesa.
—O no los hemos provocado lo suficiente.
—No los provocaremos —respondió ella, seca—. Aún no.
Sebastian intercambió una mirada rápida con William.
—Con respeto, mi reina… Mantener a un príncipe encerrado en nuestras mazmorras no es precisamente un acto de prudencia.
Elizabeth levantó la mirada lentamente.
—No es un prisionero.
—Está encadenado, bajo tierra, rodeado de piedra y guardias armadas —replicó William—. Si eso no es un prisionero, necesito que me expliques tu nueva definición.
Ella sostuvo la mirada de ambos hombres, sin pestañear.
—Está con vida. Eso es más de lo que su propio padre le habría concedido.
William frunció el ceño.
—¿Desde cuándo te preocupas por el bienestar de los príncipes de Sobreluna?
Un silencio se instaló en el salón. Elizabeth se apartó de la mesa, caminando hacia la ventana.
—No me preocupa su bienestar —dijo por fin—. Me preocupa lo que representa.
—¿Y qué representa exactamente? —preguntó Sebastian, con cautela.
Elizabeth se volvió hacia ellos.
—Un hueco en la línea de sucesión. Un nombre que el rey Claudius de Sobreluna no puede permitirse que desaparezca… y al mismo tiempo, uno que no puede reclamar públicamente sin revelar su debilidad.
William la observó con atención. —Entonces planeas usarlo.
—Planeo entender cómo piensa —respondió ella—. Qué siente, qué teme. Si no puedo vencer a Sobreluna por la espada, lo haré por dentro.
Sebastian asintió con lentitud. —¿Y si ese príncipe decide callar?
—Entonces aprenderá que el silencio también se quiebra, si se presiona lo suficiente.
William suspiró, frotándose la sien.
—No sé si esto es estrategia o venganza disfrazada.
—A estas alturas, ¿importa la diferencia?
La noche volvió a caer sobre Aurelia, y con ella, el peso del silencio.
Las antorchas titilaban en los pasillos del castillo, proyectando sombras largas sobre las paredes doradas. Desde su balcón, Elizabeth observaba la ciudad dormida, las luces lejanas de las casas, el resplandor tenue de las torres de vigilancia.
Todo parecía en calma. Y, sin embargo, dentro de ella… no lo estaba.
Habían pasado apenas dos días desde el secuestro, y ya sentía el equilibrio de su reino tambalear, no por la amenaza de Sobreluna, sino por algo mucho más peligroso: la duda.
William y Sebastian le habían insistido en que el príncipe no valía nada. Que era un peso muerto, un trofeo inútil.
Pero Elizabeth sabía que el poder no siempre residía en los títulos, sino en las grietas que uno era capaz de abrir en el enemigo.
Y Edward…
Edward tenía la mirada de alguien que conocía las grietas humanas demasiado bien.
“Un cordero”, se había dicho a sí misma.
Pero los corderos no hablaban con calma bajo amenaza. No observaban como si estuvieran midiendo el alma de quien los mira.
Ella lo había hecho traer por error, y aun así, cada palabra suya parecía un desafío velado.
Una provocación.
Un recordatorio de que incluso el hierro puede doblarse con el calor suficiente.
Un golpe seco en la puerta quebró el silencio de la habitación. Elizabeth alzó la vista del fuego que se consumía en la chimenea y, sin girarse, indicó que podían entrar.
Una de las guardias cruzó el umbral. Se inclinó, manteniendo la cabeza gacha.
—Mi reina, el prisionero sigue negándose a comer.
Elizabeth no se sorprendió. Por alguna razón, lo había esperado.
—¿Ha dicho algo? —preguntó, con un tono tranquilo que no delataba el leve interés que le despertaba ese “prisionero”.
—Solo pidió un libro, mi reina. Dijo que si iba a morir aquí, al menos quería hacerlo leyendo.
La reina soltó una exhalación breve. Un libro. Qué cosa más absurda… y, sin embargo, tan distinta de los hombres que había tenido ante ella antes. Ninguno de ellos pidió algo tan humano.
—Denle uno —ordenó.
La guardia vaciló.
—¿Cualquier libro, mi reina?
Elizabeth levantó la mirada del fuego.
—No. —Se permitió una sonrisa casi imperceptible—. Denle Los Cantares de Invierno. Quiero saber si entiende de tragedias.
La guardia asintió con rapidez.
—Sí, mi reina.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, el silencio regresó. Elizabeth se levantó del sofá y caminó hasta el espejo. Durante un instante, no vio la figura de la reina de Aurelia, la mujer que todos temían nombrar en voz alta.
Solo vio una sombra.
La de una joven con los ojos cansados, las manos que aún temblaban —no por miedo, sino por costumbre— y una expresión que se esforzaba por no quebrarse.
Pero el reflejo no le devolvió ironía, sino algo mucho más cruel: el recuerdo.
La sombra que la miraba desde el espejo no era la reina. Era la hija traicionada. La niña que había visto su hogar arder. La que había aprendido que para sobrevivir debía endurecer el corazón hasta olvidar que alguna vez latía.
Apretó los labios, cerró los ojos y apoyó una mano en el borde frío del tocador. El pasado seguía ahí, como una herida mal cerrada.
Y en medio de esa punzada de memoria, una voz, insolente y tranquila, se filtró en su mente:
“No me asusta, mi reina.”
Elizabeth abrió los ojos de golpe.
—Veremos cuánto dura eso —murmuró, aunque no había nadie allí para escucharla.