Cicatrices bajo la luna

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Summary

Jessica Mincheldan, inmersa en la oscuridad en la que vivía, buscaba alcanzar a todas las personas de su edad que veía pasar a diario. Anhelaba tener esa naturalidad para enfrentar la vida como ellos; y, sin saberlo, Marco Soltrand, al acercarse a ella con la normalidad que tanto anhelaba, le quitó la monotonía que la consumía. Pero a veces eso no es suficiente para salvar a las personas de la soledad que las acompaña; y eso solo lo entenderá Marcos Soltran mientras intenta alcanzarla. Sin embargo, dicen que si las personas no quieren ser salvadas, solo tienes que soltarlas y dejarlas ir. ¿Podrá Marcos aceptar que hay batallas que no puede ganar, o se aferrará a Jessica hasta perderse a sí mismo? Advertencia de contenido: Esta historia aborda temas sensibles como violencia psicológica, autolesión, ansiedad, culpa y conflictos familiares. El contenido puede resultar perturbador para algunos lectores. Se recomienda discreción.

Genre
Drama
Author
Anonimo
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo y Capítulos I, II

Prólogo

—¿Quién eres? —preguntó alguien dentro de mi cabeza mientras observábamos mi reflejo en el espejo.

—¿Quién quieres que sea? —cuestioné en voz alta sin apartar la mirada.

—Jess.

La voz de mi madre me distrajo, y con visible reticencia aparté la mirada del espejo y salí del baño. Especialmente hoy, la voz en mi cabeza parecía no querer guardar silencio. Era frustrante, pero debía mantenerme serena para no provocar a mi madre.

Apreté los dientes y bajé las escaleras con rapidez.

—¿Qué sucede? —pregunté al entrar en la cocina con una curiosidad forzada.

Mi madre levantó la mirada. Nuestros ojos se encontraron; ella resopló molesta y habló con irritación:

—Te dije que sacaras la basura.

Me tensé y sonreí nerviosamente.

—Lo olvidé... —susurré en voz baja, casi un murmullo temeroso. Bajé la mirada al suelo.

—¿Acaso no puedes hacer algo bien por una puta vez? —gritó, alterada. El volumen de su voz me hizo estremecer y retroceder un poco.

—L-Lo siento... —tartamudeé.

Ella solo me dirigió una mirada de reproche antes de pasar por mi lado, empujándome con el hombro y haciéndome tambalear. Se acercó a los botes de basura, amarró la bolsa y la agarró, saliendo por la puerta trasera.

Un silencio tenso invadió el ambiente. Me quedé mirando un punto fijo, sin saber qué decir ni qué hacer. Creí que la voz en mi cabeza había callado, pero entonces resonó:

"Qué estúpida. ¿Olvidarte de algo tan básico? Si yo fuera tu madre también te hubiera insultado."

Solté un suspiro tembloroso y entrelacé mis manos, intentando calmar el dolor en mi pecho.

Caminé hacia la puerta trasera y, al abrirla, me asomé para revisar si mi madre ya se había ido.

Me invadió una punzada de decepción al notar que simplemente había salido a trabajar sin despedirse.

Cerré la puerta con algo más de fuerza de la necesaria. —No debí haber esperado tanto de ella —me regañé a mí misma.

Salí por la puerta principal y me senté en el suelo. Saqué mi caja de cigarrillos, encendí uno con un pulso tembloroso y solté el humo lentamente.

Al instante sentí cómo mi cuerpo se relajaba. Eché la cabeza hacia atrás, entumecida pero satisfecha.

El sonido de hojas siendo pisadas llamó mi atención. Volteé y encontré la mirada de un chico que se acercaba. Enarqué una ceja y me acomodé, enderezando la espalda. Molesta, hablé:

—¿Quién mierda eres tú y qué haces en mi jardín?

El chico me dedicó una sonrisa divertida y señaló un sitio a mi lado. —¿Está ocupado?

Resoplé, fastidiada. Me giré hacia otro lado y di otra calada. A él no pareció importarle mi mal humor. Con toda la confianza del mundo se sentó a mi lado, lo cual me incomodó; terminé alejándome un poco.

—¿Me darías uno? —preguntó.

Lo miré de reojo, confundida.

—¿Qué cosa?

—Un cigarrillo.

Me burlé con una sonrisa corta.

—No. Son míos.

Él enarcó una ceja, apoyó los brazos sobre sus rodillas y preguntó:

—¿No compartes?

Me encogí de hombros.

—No te conozco. ¿Por qué debería darle mis cosas a un desconocido?

Él meditó un segundo antes de responder: —Soy Marco Soltrand.

Lo miré con desinterés. —¿Tengo cara de que me importa? —solté con hostilidad.

Él solo soltó una risa suave. Fruncí el ceño; no sabía si se estaba burlando de mí o qué buscaba. Maldije en voz baja. —Idiota.

Me levanté, sacudí el polvo de mi pantalón y tiré el cigarrillo al suelo, pisándolo para apagarlo.

Él levantó la cabeza.

—¿No me dirás tu nombre? —preguntó.

Lo miré incrédula. —¿Disculpa?

Su sonrisa seguía ahí, molesta y tranquila a la vez. Hice una mueca de disgusto, me di la vuelta y caminé hacia mi casa sin despedirme, ni mirar atrás.


Capitulo uno

Cinco meses atrás

Debo hacerlo. Puedo hacerlo.

Solté un suspiro. Tenía un nudo en la garganta y me obligué a sentarme frente al escritorio de mi habitación. Abrí mi computadora y entré a la página con los enlaces de mis clases virtuales, que estaban por comenzar en cualquier momento.

El miedo me atravesó como una corriente helada.

El estómago se me encogió, las manos me temblaban y el mundo parecía girar demasiado rápido mientras intentaba recuperar el aire que se me escapaba.

No podía controlarlo.

Tenía miedo. Mucho miedo.

Entrelacé mis manos, notando lo frías que estaban.

—No... no puedo —susurré, temblando.

Cerré la computadora con brusquedad, me levanté y empecé a caminar de un lado a otro. Mi cuerpo parecía querer vomitar. Corrí al baño, abrí la puerta de golpe y me arrodillé frente al inodoro justo antes de vomitar.

Me dejé caer a un lado, temblorosa, con un frío que me calaba los huesos. Levanté las piernas y las abracé, buscando alguna clase de consuelo.

—¿Y qué tal fue tu primer día de clases? —

preguntó mi madre.

No sabía si lo decía por interés o por simple obligación. Casi nunca me preguntaba nada.Me tensé. Asentí con la mirada baja.

—Bien —dije, intentando no sonar nerviosa.

Ella se giró para verme y me observó con seriedad.

—¿Le preguntaron su nombre?

Asentí otra vez.

—Sí.Pero no pareció creerme. Me vio con un ojo crítico mientras abría la llave del lavaplatos, se lavaba las manos y se las secaba.

—Cómase todo —dijo finalmente, antes de salir de la cocina.

Cuando quedé sola, solté un suspiro, sintiendo cómo la tensión abandonaba mi cuerpo.


Capitulo dos

Actualidad

Por el trabajo de mi mamá, ella se iba a las ocho de la mañana y regresaba hasta las diez de la noche, así que me tocaba pasar casi todo el día sola en la casa. Ya estaba acostumbrada... o eso creía.

Estaba acostada en mi cama, mirando un punto fijo en el techo, cuando empecé a escuchar ruidos y risas.

Me levanté. Impulsada por la curiosidad, pero tratando de que no me vieran, corrí un poco la cortina y me incliné para asomarme.

Afuera había un grupo de unas diez personas: reían, bromeaban, se empujaban en juego. Me quedé observándolos casi de manera obsesiva.

Y entre ellos, uno me atrapó de inmediato: el chico raro que se había metido a mi jardín. Ahí estaba, sonriendo como si no tuviera una sola preocupación. Algo fuerte me apretó el pecho. Me quedé mirándolos sin parpadear, hasta que se fueron.

Solté la cortina con fastidio y me alejé. Sentí un sabor amargo subiéndome por la lengua, y sonreí con ironía.

—Qué deprimente...

“Por supuesto que lo es. Mientras la gente de tu edad se divierte, tú estás aquí, encerrada. Das pena.”

No pude contradecir esa voz. Tenía razón.Necesitaba apagar mi cabeza y mi corazón. Así que empecé a imaginar despierta. En mi mente, yo era parte de su grupo. Les inventé nombres, personalidades, y me reí sola... hablando como si ellos realmente me escucharan, como si me aceptaran. Por un momento, sentí paz.

Había dormido toda la mañana. No entregué ni un solo trabajo del día. Frustrada, hundí la cara en la almohada y la golpeé con la frente.

—¿Qué mierda estoy haciendo con mi vida? —grité, agotada.

Me levanté con pereza y caminé al baño. Me miré fijamente en el espejo: veía mi cara, pero no la sentía mía. Era como si estuviera viendo a otra persona.

Cuando salí del trance, sacudí la cabeza y me lavé los dientes por segunda vez.

Revisé la hora en el celular y me pregunté a qué hora saldría mi mamá. Así que le escribí.

Martha mincheldan

Yo: Hola, ¿a qué hora llegas hoy?

Martha mincheldan: Tarde.

Yo: ¿Tarde? ¿Por qué?

Martha mincheldan: Porque sí, Jessica, no molestes.

Leí el mensaje varias veces. Sentí el nudo en la garganta. Tiré el celular sobre la cama y bajé a la cocina a prepararme algo de comer.

¿Realmente odias tanto que te hable mamá?

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