Chapter 1
Elena llevaba tres años internada en el Claustro de Santa Lidia, un lugar que parecía más un asilo para almas rotas que un colegio para señoritas. Las paredes eran grises, altas, cubiertas de retratos de monjas muertas hacía siglos, y el aire siempre olía a humedad y secretos.
Era una chica de silencios largos y mirada helada. Le gustaba observar el mundo desde lejos, como si no perteneciera a él. Se encerraba en su habitación a escribir en un cuaderno negro, lleno de palabras que nadie leía. Palabras que dolían. Palabras que sangraban.
Nadie entraba a la habitación 313. Nadie quería hacerlo.
Esa noche, la lluvia golpeaba con rabia los ventanales. El viento aullaba como si quisiera arrancar los muros del convento. Elena dormía con los labios entreabiertos, el cuerpo enredado entre sábanas oscuras. Soñaba con una sombra. Con una voz. Con una mano que le rozaba la piel como si supiera cada sitio donde ardía su alma.
Despertó de golpe. El corazón le latía tan fuerte que creyó oírlo.
Entonces lo vio.
Una figura, sentada al borde de su cama. Alta. Silenciosa. Oscura.
No se movía. Solo la miraba.
Elena no gritó.
No preguntó cómo había entrado.
Solo dijo:
—Sabía que vendrías.
Él ladeó la cabeza, como sorprendido. Sus ojos, de un gris enfermizo, brillaban en la penumbra. Su voz era grave, como el eco de una tormenta contenida:
—¿Por qué?
—Porque siempre he sentido que algo me observa. Que alguien me desea... incluso cuando yo no deseo nada.
El desconocido sonrió. No una sonrisa amable, sino una que desgarraba. Que poseía. Que entendía.
—¿Y si te dijera que no soy un hombre?
—No lo pareces.
—¿Y si te dijera que sé todo sobre ti? Sobre tus pesadillas, tus cicatrices, lo que escondes bajo esa piel que aparenta no sentir...?
Ella tembló, pero no de miedo.
—¿Y si te dijera que no me importa? —susurró.
El silencio fue absoluto. Solo la lluvia y sus respiraciones mezcladas llenaban la habitación.
Él se inclinó. Sus labios quedaron a un suspiro de los de ella. No la tocó, pero Elena sintió que le arrancaba algo: una capa. Una máscara. Un muro.
—Dime tu nombre —exigió.
—Lucián —respondió.
Un nombre que sabía a pecado.
Lucián pasó la yema de sus dedos por su cuello, apenas rozándola. Era una caricia que quemaba más que el fuego.
—Estás llena de grietas. Pero no te rompes. Me gusta eso.
—Y tú estás lleno de sombras —murmuró Elena—. Me gusta eso.
No hubo beso. No todavía.
Solo ese momento suspendido en el aire, donde dos almas heridas se reconocen y no saben si deben amarse... o destruirse.
Él desapareció como si nunca hubiera estado ahí.
Pero al amanecer, sobre su cama, Elena encontró una rosa negra.
Y debajo, una nota escrita a mano:
"No soy un sueño. Volveré cuando tus pensamientos sean míos. Cuando tu cuerpo me pida. Cuando ya no puedas respirar sin mí."
Y ella sonrió por primera vez en mucho tiempo.
Porque en el fondo, ya era suya.