ANTES DE DARNOS CUENTA

Summary

Yoongi siempre huele a menta caramelizada Lo que empezó como una amistad cómoda, se ha ido transformando en algo que ninguno de los dos se atreve a nombrar. Porque cuando el mismo alfa que te deja dormir siete horas seguidas también es el que te hace temblar entre sus brazos… ¿cómo se supone que sigas fingiendo que es “solo amistad”? Una historia sobre darse cuenta demasiado tarde de que el hogar siempre fue la persona que tenías al lado.

Genre
Romance
Author
Hería
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

Jimin entró al departamento como si el lugar le perteneciera desde siempre. Arrastraba los pies con ese cansancio pesado que solo dejan las guardias eternas. El hospital estaba apenas a una cuadra; cruzar la calle después de salir por urgencias era mil veces más fácil que volver a su propio piso al otro lado de la ciudad. Además, aquí siempre había comida decente y una presencia que, aunque refunfuñara, lo hacía sentir en casa.

Se quitó los zapatos con los talones, dejó caer la mochila junto al sofá y caminó directo a la nevera. La luz blanca le iluminó la cara exhausta: piel clara, cabello rubio revuelto, labios prominentes que se curvaron en una sonrisa suave al ver los tuppers perfectamente etiquetados.

—Bendita señora Min —murmuró, sacando el de bulgogi con arroz y kimchi. La mamá de Yoongi seguía tratándolo como si fuera otro hijo, aunque Jimin sospechaba que era también una forma tranquila de asegurarse de que el alfa comiera algo que no fuera solo café y estrés.

El microondas sonó justo cuando Min Yoongi apareció en el umbral del estudio, auriculares colgando del cuello y esa ceja ligeramente levantada. La misma cara de gato que descubre que ya no está solo.

—Otra vez aquí, Park —dijo con voz ronca, sin sorpresa—. ¿Sabes que la gente normal toca el timbre?

Jimin se giró con el tupper en la mano, comiendo ya directamente del recipiente con los palillos que siempre estaban en el mismo cajón.

—Nunca me he considerado muy normal. Además, tu mamá me quiere más que a ti. Mira esto —levantó el envase—. Sin zanahoria. Perfecto para mí.

Yoongi soltó una risa baja, casi solo aire, y se apoyó en la isla de la cocina. Esa sonrisa pequeña que le salía cuando Jimin llegaba roto después de un parto complicado o cuando se quejaba de algún paciente difícil.

—Estás hecho polvo —comentó tranquilo—. Deberías dormir un poco.

—Gracias, siempre tan dulce —Jimin se metió otro bocado y señaló la barra con los palillos—. Hoy nació un bebé de dos kilos ochocientos. Creímos que iba a ser cesárea porque no se acomodaba, pero al final decidió salir solo. Va a ser valiente.

Yoongi se sirvió un vaso de agua y se sentó frente a él. No le ofreció nada; sabía que Jimin se servía solo.

—Seguro que sí. Ojalá no sea tan indeciso toda la vida.

Jimin sonrió con la boca llena, esa sonrisa cálida que solo sacaba con muy pocas personas. Se subió a la barra y se sentó con las piernas cruzadas. Habían compartido cosas peores: lágrimas, cansancio que dolía en los huesos, noches en las que ninguno de los dos hablaba mucho pero se quedaban cerca. Los dos sabían lo mucho que Jimin amaba cuidar bebés y a sus papás.

De pronto bajó la voz.

—Oye… creo que este mes tampoco va a llegar el celo.

Yoongi se encogió de hombros.

—Pero estás bien, ¿verdad?

—Sí, debe ser el estrés otra vez. Tengo cita con el endocrinólogo a fin de mes, pero ayer me hice un ultrasonido y no hay nada. Ningún mini-Yoongi por ahí.

Jimin soltó una risa suave y le lanzó un pedacito de kimchi con los palillos.

Se quedaron así un rato. Jimin comiendo y contando anécdotas del hospital con esa verborrea que solo le salía cuando estaba realmente agotado. Yoongi escuchando, acercándose un poco más cada vez, frunciendo apenas el ceño.

—Otra vez sin aroma —dijo al fin.

Jimin se encogió de hombros.

—Estoy usando inhibidores.

—¿Otra vez?

—Es práctico. No quiero incomodar a nadie… para algunos puede ser demasiado.

—No es que sea intenso, es más…

—No sabes ni qué decir —interrumpió Jimin, divertido—. Ignora que prácticamente no huelo a nada. Hoy no doy más. Me voy a dormir en tu cama, ¿vale? Tú quédate en el estudio si quieres.

Yoongi lo miró con esa expresión gatuna, entre resignada y suave.

—Como si alguna vez me hubieras pedido permiso, Park.

Jimin sonrió, bajó de un salto y le revolvió el pelo al pasar. Un gesto tonto y cariñoso que solo ellos entendían.

—Buenas noches, hyung.

—Duerme bien.

Mientras Jimin desaparecía por el pasillo, Yoongi se quedó recogiendo el pequeño desastre de la cocina, con una media sonrisa que no se borraba.



Jimin abrió los ojos en la penumbra. El reloj marcaba las 4:07. Siete horas seguidas. Un lujo casi culpable. Se estiró bajo las sábanas, sintiendo los músculos flojos por primera vez en días. Caminó descalzo hasta la sala sin encender ninguna luz.

Ahí estaba Yoongi, hundido en el sofá modular gris que habían elegido juntos hacía un mes. Piernas estiradas, portátil en el regazo, ceño fruncido. Esa arruguita exacta entre las cejas que Jimin conocía mejor que nadie. No era enfado. Era solo que algo no terminaba de encajar.

Jimin no dijo nada. Solo caminó, se subió al sofá y se dejó caer a horcajadas sobre él sin pedir permiso. El portátil se tambaleó. Yoongi lo cerró con una mano y lo dejó a un lado, mirándolo como siempre hacía cuando Jimin invadía su espacio.

—¿Siete horas y ya estás despierto? —preguntó con voz ronca—. Creí que ibas a dormir más.

Jimin apoyó las manos en su pecho, sintiendo el calor que traspasaba la camiseta fina.

—Vi tu cara de “este cliente es imposible”. ¿Qué pasó esta vez? ¿Otra vez el del puente?

Yoongi soltó una risa corta y dejó caer la cabeza contra el respaldo.

—Peor. Quiere que el drop suene “más épico” pero sin subir el volumen. Me mandó tres audios. Llevo dos horas peleando con el bajo y el tipo sigue hablando de “punch”. Ni siquiera sé qué significa eso.

Jimin asintió, comprensivo, pero ya con esa chispa traviesa en los ojos. Se inclinó un poco más.

—Suena horrible. Deberías desestresarte.

Yoongi levantó una ceja, divertido. Conocía ese tono demasiado bien.

—¿Y te ofreces de voluntario, Park? Qué generoso.

—Totalmente altruista —Jimin se acomodó mejor sobre sus caderas—. Yo también necesito apagar el cerebro. Además… hace rato que no pasa.

El alfa soltó el aire por la nariz, fingiendo fastidio, pero sus manos ya subían despacio por los muslos desnudos de Jimin, bajo el borde de la sudadera. Calor contra calor.

—Eres imposible.

—Y tú estás tenso —Jimin bajó la cara hasta casi rozar su nariz—. Relájate, hyung. Solo estamos nosotros.

No esperó respuesta. Se inclinó y lo besó. Lento. Sin prisa. Un beso que sabía a menta y a todas las noches que ya habían compartido. Yoongi respondió con la misma calma, una mano subiendo hasta su nuca, sosteniéndolo ahí con suavidad. El beso se fue haciendo más profundo, más dulce, entre sonrisas que se escapaban contra los labios del otro.

—Mmm… sabes a menta —murmuró Yoongi.

—Cállate —Jimin se rio bajito y le mordió el labio inferior—. Me lavé los dientes antes de venir a buscarte.

—Ya lo tenías planeado.

Las manos de Yoongi se colaron bajo la sudadera, recorriendo la espalda clara con lentitud. Jimin suspiró contra su boca, arqueándose apenas hacia el toque. No había urgencia. Solo el placer tranquilo de saber exactamente dónde tocar para que el otro se derritiera un poco más.

Se separaron apenas para respirar. Jimin apoyó la frente contra la de Yoongi, ojos entrecerrados, sonrisa perezosa.

—¿Mejor? —susurró.

—Un poco —admitió Yoongi, y su pulgar rozó el labio inferior del omega—. Pero creo que vas a tener que esforzarte más.

Jimin soltó una risa suave y volvió a besarlo. Esta vez con más intención. Sus caderas se movieron en un balanceo lento, casi perezoso. Las manos exploraban sin prisa: un roce en la cintura, un apretón suave en el muslo, la sudadera subiendo poco a poco. Todo seguía siendo ligero, divertido, exactamente como siempre entre ellos. Dos amigos que se conocían demasiado bien como para complicar algo tan simple como el deseo.

El televisor murmuraba olvidado en el fondo. Fuera, la ciudad dormía. Dentro, solo existían ellos dos, el calor que se iba acumulando despacio y la certeza de que esto no cambiaba nada.

Jimin inclinó la cabeza, exponiendo el cuello sin pensarlo. Yoongi lo tomó como una invitación silenciosa. Bajó los labios hasta la clavícula, luego más abajo, dejando besos húmedos y lentos que hacían que Jimin contuviera el aliento. No era prisa. Era un mapa. Cada roce, cada respiración compartida.

—Hyung… —murmuró Jimin, voz ronca de sueño y de algo más suave.

Yoongi levantó la sudadera despacio y lo giró con cuidado hasta dejarlo de espaldas contra su pecho. Le acarició el torso, pulgares rozando los pezones en círculos lentos. Jimin dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola en su hombro. Un gemido bajito se escapó.

—Estás sensible hoy —susurró Yoongi contra su cuello, casi un ronroneo.

Jimin giró la cabeza y lo besó de lado, torpe y perfecto. Las manos de Yoongi bajaron, explorando con paciencia. Jimin se movió inquieto, buscando más. Yoongi lo sujetó con suavidad.

—Despacio —dijo contra su oído, aliento caliente—. Todavía no.

Pero al final cedió. Lo tocó como sabía que le gustaba, lento, preciso, manteniéndolo justo al borde. Jimin temblaba, respiraciones entrecortadas, pequeños “hyung” que se le escapaban como súplicas suaves.

Cuando por fin lo penetró, fue despacio. Centímetro a centímetro. Hasta que sus cuerpos encajaron como si siempre hubieran sabido cómo hacerlo. Se quedaron quietos un momento, respirando el mismo aire, sintiendo el calor que los envolvía todo.

Después vino el movimiento. Lento al principio, profundo, como una ola que crecía sin prisa. Jimin se deshacía entre sus brazos, gemidos suaves, espalda arqueada, manos aferradas a cualquier parte de Yoongi que pudiera alcanzar. El placer se fue acumulando como miel caliente, espeso y dulce.

Cuando llegó el primero, Jimin tembló entero, apretando los ojos, un gemido largo y roto que se perdió contra el cuello del alfa. Yoongi no paró. Siguió moviéndose, prolongando cada sensación, hasta que el segundo orgasmo lo atravesó más intenso, más profundo. Lágrimas de puro placer brillaron en las pestañas de Jimin.

Solo entonces Yoongi se dejó ir. Salió con cuidado y se derramó sobre su vientre, caliente y espeso. El nudo se hinchó rápido. Jimin, aún temblando, lo envolvió con la mano, masajeándolo con esa delicadeza que siempre sabía usar. Yoongi gruñó bajito, cabeza cayendo hacia adelante, cuerpo temblando contra el suyo.

Se quedaron pegados. Con la respiraciones agitadas que poco a poco se fueron calmando. El olor de los dos mezclado flotaba en el aire, dulce y cálido. Caramelo intenso y menta.

Yoongi besó su sien, perezoso y agotado.

—Estás hecho polvo —murmuró con esa voz ronca que siempre salía después.

Jimin soltó una risa débil, temblorosa.

—Tú también, hyung…

Yoongi se incorporó despacio, limpiándolo con toallitas húmedas y movimientos suaves, como si Jimin fuera algo frágil y precioso. Le pasó la botella de agua.

—Bebe. Te deshidrataste como loco.

Jimin bebió varios tragos largos y se dejó caer otra vez contra los cojines. Miró al techo un segundo.

—Hyung… tenemos que comprar condones. Hoy fue excepción porque no había, pero… no quiero arriesgarme otra vez.

Yoongi asintió sin dudar.

—Mañana paso por la farmacia.

Jimin sonrió, cansado pero cálido.

—Eres un desastre organizado, lo sabes, ¿verdad?

—Y tú tienes que trabajar en dos horas —respondió Yoongi mientras agarraba la manta fina y lo cubría hasta la cintura. Se acomodó a su lado y lo atrajo contra su pecho.

Jimin apoyó la cabeza allí, escuchando el latido que todavía iba rápido pero se iba calmando. Yoongi le apartó el cabello húmedo de la frente con dedos suaves.

—¿Te duele algo?

Jimin negó con la cabeza, frotando la nariz contra su clavícula. Olía a menta caramelizada.

—Solo estoy… bien. Muy bien.

Silencio cómodo. El televisor seguía encendido en mute, proyectando luces suaves que bailaban en las paredes. Afuera, la ciudad empezaba a despertar despacio.

Yoongi besó su coronilla. Un gesto automático. Solo porque estaba ahí.

—Duerme un rato más si quieres. Yo me quedo aquí.

Jimin murmuró algo incoherente, ya medio dormido, y se acurrucó más cerca. Yoongi se quedó mirando el techo un rato, sintiendo el peso cálido del omega contra él. No pensó en nada profundo. Se sentía bien tener a alguien que lo conociera tan bien sin que eso tuviera que significar nada más.

Y con eso, cerró los ojos también.