La Llamada de la Luna
Una tarde tranquila en la universidad, la lluvia resbalaba por las ventanas mientras el profesor de Historia, el Sr. Manuel, hablaba con seriedad sobre el mundo en el México Prehispánico. Yo, en cambio, miraba hacia afuera, aburrido.
—¿Quién estudia Historia en pleno 2025?--- me dije a mi mismo hundido en mis pensamientos.
—El próximo martes tendrán un examen de Náhuatl— anunció el Sr. Manuel de repente.
Ese comentario me hizo regresar a la realidad. Toda la clase se volteó a ver con cara de fastidio. ¿En serio? ¿Rompernos la cabeza con una lengua muerta? Rodé los ojos y me dejé caer sobre el escritorio.
El timbre sonó con fuerza, fin de la tortura. Aunque, siendo honesto, no sabía qué era peor: las clases de Historia, volver a casa o mi vida en general.
Soy Nathan, estudiante universitario de 19 años. Solitario por elección (o costumbre). Dicen que soy inteligente, aunque la mayoría solo nota mi sarcasmo. La verdad es que no soy tan frío como parezco, pero tampoco me esfuerzo en demostrar lo contrario.
Siempre me gustó mirar al cielo: los planetas, las teorías… sobre todo la Luna. Esa sí que fue mi obsesión desde niño. Pero bueno, ¿a quién le importa? No tengo familia, no tengo amigos, y la verdad nunca he buscado tenerlos. Estoy mejor solo.
Bueno… solo en la vida real. Porque en internet soy otra versión de mí: más abierto, más divertido, más yo. Ahí me permito convivir con extraños que nunca conoceré. Supongo que ese es mi escape.
Pero basta de monólogos existenciales. Ahora mismo caminó hacia mi casa, dispuesto a estudiar para ese maldito examen de náhuatl.
Después de caminar unas cuantas calles llegué a mi casa. Vivir tan cerca de la universidad era, tal vez, mi única buena suerte.
Abrí lentamente la puerta y entré, cerrándola sin mirar atrás. Me dirigí a mi habitación para comenzar a estudiar para ese estúpido examen de náhuatl.
Me senté en mi escritorio; la silla no era precisamente cómoda, pero ¿qué se le va a hacer?
Las horas pasaban mientras repasaba los apuntes de la clase e investigaba un poco más en internet. Un suspiro de cansancio se escapó de mi boca mientras estiraba los brazos y las piernas.
Estaba agotado y aburrido. Lo único que quería era dormir y dejar de estudiar. ¿Para qué torturarme tanto si el examen era hasta el próximo martes?
La verdad, nunca me ha gustado dejar las cosas para el último día. Siempre hago todo lo más rápido posible para poder descansar después.
Mis ojos se sentían cada vez más pesados mientras seguía repasando las notas. Decidí dejar todo en el escritorio y, con paso lento, caminé hacia la cama. Me acosté boca abajo y cerré los ojos.
—Mañana seguiré estudiando —murmuré, dejándome llevar por el sueño.
Al día siguiente, la alarma del celular sonó como de costumbre. La apagué, me senté en la cama y me froté la cara con las manos. Siempre me ha molestado ese maldito sonido.
Me levanté y caminé hasta el baño. Debía bañarme antes de ir a la universidad.
—Sonará narcisista, pero la verdad es que soy muy guapo —dije mientras me miraba en el espejo y empezaba a desvestirme.
Giré un poco el torso y observé el tatuaje en mi espalda: una pequeña luna justo debajo de la nuca. No era muy grande, pero me gustaba cómo se veía.
Después de modelar un segundo para mí mismo, me apresuré a bañarme. En pocos minutos ya estaba fuera, vistiendo ropa cómoda, cepillando mi cabello y rociando un poco de perfume. Metí en la mochila los apuntes que había estudiado la noche anterior.
Agarré mis cosas y salí rumbo a la universidad. Al llegar, caminé directo a mi salón, me senté en mi lugar de siempre y esperé a que comenzara la clase.
El Sr. Manuel entró, se instaló en su escritorio y saludó.
—Buenos días, chicos. En la clase de hoy investigarán algo relacionado con algún dios azteca que ustedes elijan —anunció.
Todos eligieron un dios al azar solo para cumplir. Yo, en cambio, me tomé mi tiempo.
¿Qué dios azteca debería investigar? Tal vez alguno relacionado con la Luna.
Saqué el celular de la mochila y empecé a buscar.
—La diosa de la Luna… ¿cómo se llamaba? ¿Coyolxauhqui? —susurré mientras escribía en el buscador.
Encontré la información y leí en voz baja:
—“Coyolxauhqui, la diosa azteca de la luna y la Vía Láctea, desmembrada por su hermano Huitzilopochtli, dios del sol y la guerra. Se le asocia con la noche, lo femenino, el frío, el pulque y los conejos. Su monumento de piedra, el monolito de la Coyolxauhqui, fue descubierto en 1978 en la base del Templo Mayor de Tenochtitlán…” —
Apunté los datos en mi cuaderno mientras seguía investigando.
—Al parecer esta diosa solo tiene un monumento de piedra, no hay más reliquias. Qué lástima —murmuré.
La curiosidad me llevó a la sección de imágenes. Había muchas fotos del monolito: las extremidades de la diosa estaban desprendidas. Observé cada detalle, cada color, completamente absorto.
Ni siquiera noté que mis compañeros ya estaban entregando sus trabajos. Tomé el mío y me ubiqué en la fila que se había formado.
Cuando llegó mi turno, el Sr. Manuel tomó mi libreta y la hojeó.
—¿Te gusta mucho la luna, no, Nathan? —comentó.
—Todos tus trabajos siempre terminan relacionados con ella.
—Sí, profesor, siempre me ha llamado la atención desde que era niño —respondí con naturalidad.
—Es bueno investigar lo que te apasiona —asintió, devolviéndome la libreta.
Volví a mi asiento con una pequeña sonrisa. Alrededor, algunos compañeros murmuraban que yo era “el fanático de la luna”.
—Después del examen del martes, iremos de excursión a la pirámide de Tenochtitlan —anunció el profesor—. Vengan preparados para ese día.
La clase se emocionó; tal vez por entusiasmo genuino, o quizá solo porque eso implicaba menos tiempo de estudio.
Por un momento me olvidé del examen del martes.
A decir verdad, no estoy preocupado por eso: soy muy bueno para memorizar cosas y, no es por presumir, pero siempre paso mis exámenes con buenas notas.
Aunque aún no entiendo por qué el profesor se aferra a enseñarnos una lengua que nadie habla en la actualidad. Lo considero una pérdida de tiempo… pero bueno, todo sea por pasar la materia.
El tiempo pasaba, las clases también.
Yo seguía sentado en mi asiento, pensando en la excursión. De verdad estaba emocionado por ir a Tenochtitlan.
Al cabo de un rato las clases terminaron; ya era hora de regresar a casa.
Guardé mis cosas en la mochila y caminé hacia la salida.
En el trayecto, una calle antes de llegar a mi casa, me percaté de que estaban inaugurando una tienda.
—¿Una tienda de antigüedades? —dije en voz alta, ladeando la cabeza con curiosidad—. ¿Cómo no me había enterado de eso?
Me detuve un momento, intrigado.
—¿Debería acercarme a echar un vistazo? —me pregunté a mí mismo.