Guardian de la Cenizas

All Rights Reserved ©

Summary

En un mundo donde el cielo es de ceniza y el silencio es la única constante, habita un hombre que el tiempo parece haber olvidado. Simon no es solo un guerrero; es el último pilar de una realidad que se desmorona bajo el peso de un frío absoluto. Oculto tras una máscara de hierro partida y envuelto en el misterio de sus poderes de hielo y electricidad, Simon camina por un bosque de árboles negros, vigilando un horizonte que ya no promete un mañana. Él es una anomalía, una "constante" que se niega a ser borrada por la Entidad, protegiendo con su vida un fragmento de mundo que todos los demás han abandonado.

Genre
Action
Author
Jeremias
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1:El Dersertor del clan Arghic

En el undo de los Arghic, no existe el nombre, solo la letalidad. Pertenecer a este clan significa ser un arma antes que un hombre, un guerrero entrenado para matar sin cuestionar. Pero Simon Arghic era diferente; mientras sus hermanos de sangre encontraban gloria en el acero y la conquista, él solo veía el vacío de una guerra sin sentido.


Una tarde, asfixiado por la brutalidad del entrenamiento obligatorio, Simon decidió escapar hacia las montañas en busca de un momento de paz. Sin embargo, la naturaleza en este mundo no perdona a los desertores.


De entre la maleza surgió el Osiporonte, una bestia deforme de extremidades extrañas y fuerza devastadora. El ataque fue brutal. Aunque Simon poseía el talento innato de su clan, el oso lo hirió de gravedad, proyectando su cuerpo por el desfiladero. El joven guerrero cayó por la ladera de la montaña hasta quedar inconsciente en una carretera olvidada, con la nieve tiñéndose de rojo bajo su cuerpo.


Allí lo encontró Lisa Andher-tani.


Lisa no era una mujer común; pertenecía a la rama más alta del mando de los Andher-tani. A pesar del riesgo, ella lo acogió. Durante once meses, Simon vivió oculto bajo su protección, conociendo por primera vez el calor de un hogar junto a los hijos de Lisa: Nancy y Alien. Por casi un año, Simon Arghic dejó de ser un arma para convertirse en parte de una familia.


Pero los secretos de los clanes más temidos no permanecen ocultos para siempre.


La rama principal de los Andher-tani descubrió la traición: Lisa estaba refugiando a un Arghic, un miembro del clan enemigo más letal. El asalto fue rápido y despiadado. Los soldados capturaron a todos. El juicio fue una carnicería disfrazada de justicia: ejecutaron a Lisa y a la joven Nancy frente a los ojos de Simon. A Alien le perdonaron la vida, no por piedad, sino porque su sangre lo obligaba a convertirse en el futuro jefe de los altos mandos.


El dolor rompió algo dentro de Simon, pero despertó su verdadera naturaleza. Con la fuerza de su entrenamiento y la furia de la pérdida, Simon masacró a los guardias en un estallido de violencia pura y logró escapar hacia la noche.


No llegó muy lejos antes de que una sombra le cortara el paso. Era Canin.


La batalla que siguió fue larga y destructiva. Acero contra acero, instinto contra instinto. En medio del intercambio de golpes, Canin se detuvo, reconociendo los movimientos precisos y la fuerza sobrehumana de su oponente.


—Ese estilo... —susurró Canin, bloqueando un ataque mortal—. Solo un Arghic pelea estilo... —susurró Canin, bloqueando un ataque mortal—. Solo un Arghic pelea con esa ferocidad.

Simon intentó levantarse, pero sus piernas cedieron. El frío y el hambre le habían robado las fuerzas. Canin se acercó lentamente, manteniendo las manos a la vista para no parecer una amenaza.

— No vas a sobrevivir otra noche aquí afuera, muchacho —dijo Canin con voz ronca pero tranquila—. Mis caballos están cansados y mi hogar no está lejos. Tengo fuego, pan y un techo que no gotea. No te pregunto de dónde vienes, solo te ofrezco no morir hoy.

Simon lo miró con sospecha, apretando los puños.

— ¿Por qué ayudarías a un extraño? —preguntó Simon, su voz era apenas un susurro.

Canin soltó un suspiro, mirando hacia las montañas.

— Porque este mundo ya tiene demasiados muertos, y tú te ves como alguien que todavía tiene una historia que contar. Ven conmigo, Simon. No como un prisionero, sino como alguien que busca un nuevo comienzo.

Canin bajó un poco la guardia y suspiró, mirando el rastro de la pelea.

— Oye, niño... ya dejemos de pelear —dijo con voz cansada—. Veo que no eres de aquí. Y mis condolencias por esa familia; nadie merece pasar por algo así.

Simon apretó el agarre de su arma, con los ojos fijos en el hombre frente a él.

— ¿Quién eres? —logró decir, con la voz entrecortada por la tensión.

— Me llamo Canin —respondió el hombre secamente, omitiendo cualquier apellido o título—. Y el tuyo? ¿Cómo te llamas tú?

Simon no respondió. En lugar de eso, entrecerró los ojos y puso una cara de sospecha, apretando la mandíbula. Guardó un silencio pesado, analizando cada movimiento de Canin, como si revelar su nombre fuera entregarle su propia vida.

—Niño, esos soldados te buscarán por donde sea —dijo Canin, mirando hacia el horizonte con preocupación—. Te ayudaré a esconderte. Te dije que mi casa estaba cerca, pero en realidad está lejos; lo dije para no asustarte, pero me daría mucha pena dejar a un muchacho casi muerto aquí solo. Te llevaré a mi nación, se llama Koda-ran. ¿Aceptas?

Simon lo miró en silencio, procesando la oferta mientras sentía el peso de su cansancio.

—¿Me darás comida y una cama para descansar? —preguntó Simon con voz débil. Luego, lo miró fijamente a los ojos—. Noto que no eres una mala persona, pero de verdad quisiera saber que no me harás daño.

Canin esbozó una pequeña y honesta sonrisa.

—Tranquilo, muchacho. Te ayudaré.

Sin decir más, ambos emprendieron el largo viaje, dejando atrás la sangre y la nieve para dirigirse a las tierras de Koda-ran.

Lo condujo a través de fronteras ocultas hasta llegar a la Nación Koda-ran.

Al cruzar las puertas, Simon no podía creer lo que veían sus ojos. Koda-ran era un bastión de luz y orden, una sociedad de guerreros poderosos pero profundamente generosos. A diferencia de la tiranía de los clanes que conocía, aquí imperaba una democracia impecable. En Koda-ran, el destino no estaba escrito con sangre desde el nacimiento; cada ciudadano tenía el derecho sagrado de elegir su camino, decidiendo libremente si deseaba portar el uniforme de soldado o dedicarse a las artes de la paz.

Mientras caminaban por las vibrantes calles, Simon, movido por un impulso que su entrenamiento nunca pudo borrar, tomó una manzana de un puesto sin que nadie lo notara. Sin embargo, no la guardó para él. Al ver a un hombre que yacía en un rincón con el rostro marcado por el hambre, se acercó con un gesto rápido y le entregó la fruta.

Canin, que no perdía detalle de los movimientos del joven, lo tomó del hombro con firmeza y lo regañó en voz baja, no por el robo, sino por el riesgo de ser descubierto en una tierra que le estaba abriendo las puertas. Sin más distracciones, lo llevó hasta su hogar para ponerlo a salvo.

Una vez instalados, bajo el refugio de una casa que respiraba una calma desconocida para un Arghic, Canin lo miró fijamente y lanzó la pregunta que había guardado durante todo el viaje:

—¿De dónde vienes realmente, muchacho?

Simon guardó silencio por un instante, mirando sus manos que aún conservaban el rastro de la batalla.

—La verdad... no sé exactamente dónde vivo —respondió Simon con una sinceridad cortante—. Pero sé que el lugar se llama Arghic.

Al escuchar el nombre de aquel clan prohibido, el rostro de Canin se tensó al instante. Sabía perfectamente que los Arghic eran guerreros de un poder devastador, armas vivientes forjadas en la crueldad. Sin embargo, al mirar al muchacho frente a él, no encontró el brillo del odio ni la sed de conquista. Había algo diferente en Simon; una vulnerabilidad que no encajaba con las leyendas de su estirpe.

Simon, impulsado por esa confianza natural y rápida que lo caracterizaba, bajó la mirada. El peso de los últimos días finalmente lo alcanzó.

—Estoy triste —confesó Simon, y su voz se quebró ligeramente—. Me siento culpable por la muerte de esa familia. Siento que la culpa me carcome por dentro.

Canin suspiró, suavizando su expresión.

—Niño, entiendo ese sentimiento —respondió con calma—, pero ahora mismo tienes que mantenerte activo y esconderte en esta nación. Los soldados de Andher-tani no descansarán hasta encontrarte. Te querrán muerto simplemente por ser un Arghic.

Simon frunció el ceño, confundido por la lógica de un mundo que apenas empezaba a conocer fuera de su entrenamiento.

—¿Pero por qué? —preguntó—. ¿Solo por nacer en una nación? ¿Qué hay de malo en ser un Arghic?

—Te lo diré, muchacho —dijo Canin, acercándose—. Los Andher-tani son un clan despiadado. No aceptan extranjeros, y mucho menos si provienen de clanes sumamente poderosos como el tuyo. Para ellos, tu existencia es una amenaza que debe ser eliminada.

—¿Por esa estupidez? —soltó Simon con amargura.

Canin lo observó en silencio un momento antes de lanzar una pregunta punzante:

—¿Y no te sientes mal por haber asesinado a varios de sus soldados durante tu escape?

Simon levantó la vista, y esta vez no hubo duda en sus ojos.

—La verdad es que no —respondió con firmeza—. Ellos asesinaron inocentes.

Canin asintió lentamente ante la respuesta de Simon. Había una justicia cruda en sus palabras que no podía refutar. El muchacho no era un asesino por placer; era una consecuencia de la crueldad de los clanes.

—Escúchame bien, Simon Arghic —dijo Canin, bajando el tono de voz para que no saliera de las cuatro paredes de la habitación—. En esta nación estarás a salvo mientras nadie reconozca tu estilo de pelea. Pero el mundo allá afuera no olvida tan rápido. Los Andher-tani han perdido soldados de élite, y eso es una mancha que solo lavarán con tu sangre.

Simon apretó los puños. Por un momento, el aire a su alrededor pareció volverse más pesado, cargado con una energía estática que hacía que el vello de sus brazos se erizara.

—No me importa su orgullo —replicó Simon—. Ellos me quitaron lo único que me hacía sentir humano. Si vienen por mí, solo encontrarán lo que el clan Arghic me obligó a ser.

Canin vio en ese instante el brillo azulado en los ojos del joven, una chispa de poder que aún no comprendía del todo. Supo entonces que no estaba ante un simple refugiado, sino ante alguien que podría cambiar el equilibrio de poder entre las naciones.

—Entonces empieza por aprender a vivir —concluyó Canin, dándole una palmada en el hombro—. Mañana decidiremos si te unes a la guardia o si buscas un camino diferente. Por ahora, descansa. Es la primera noche en un año que no tienes que vigilar tu espalda.

Simon se quedó solo frente a la ventana, mirando las luces de Koda-ran. Por primera vez en mucho tiempo, el silencio no era una amenaza, sino una promesa. Pero en el fondo de su mente, el rostro de Lisa y el llanto de Nancy seguían ardiendo, recordándole que, aunque estuviera en una tierra de libertad, él siempre sería un hijo de la guerra.