anomalí XY

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Summary

En un mundo dominado por mujeres, un chico aparece de la nada. Lo que debería significar el sueño de muchos, poco a poco se convierte en un completo desafío; el peligro acecha por todos lados y el derecho humano parece importar poco o nada cuando la continuidad de la sociedad esté en juego.

Genre
Scifi
Author
edudvara
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Un dolor leve en la espalda fue lo primero que sentí al despertar. Abrí los ojos despacio, con un zumbido incómodo en la cabeza, como si alguien hubiera dejado un mosquito atrapado dentro de mi cráneo. Me quedé mirando el techo, tratando de recordar qué había pasado.

Ayer había salido del gimnasio con mis amigos. Nada fuera de lo normal. Llevaba casi un año entrenando; no porque estuviera mal físicamente, sino porque quería mejorar, sentirme más fuerte, más seguro. Aunque, siendo honesto, solo en los últimos meses me lo había tomado en serio de verdad. Antes era más intención que disciplina.

Parpadeé varias veces.

Ese no era mi techo.

Me incorporé de golpe. El aire olía a humedad. Las paredes estaban manchadas de moho y el suelo era de concreto frío. No era mi cuarto. No era mi casa. Ni siquiera era un lugar que pudiera reconocer.

El corazón empezó a latirme más rápido.

Intenté recordar en qué momento había llegado allí. No había ningún recuerdo después de salir del gimnasio. Nada. Como si alguien hubiera borrado esa parte de mi vida con una goma gigante.

Revisé mis bolsillos con manos temblorosas. Mi billetera estaba ahí. Mi celular también… sin batería. No tenía heridas, ni golpes visibles, ni señales de que me hubieran robado.

Eso lo hacía todavía más extraño.

Me levanté y corrí hacia la puerta: una vieja lámina de acero oxidado. Empujé con fuerza. Nada. Volví a intentarlo, esta vez con el hombro. Ni se movió. Era demasiado pesada.

-Genial… -murmuré, sintiendo cómo el pánico empezaba a asomarse.

Miré alrededor buscando otra salida. La única opción era una ventana pequeña, cubierta con tres varillas de hierro completamente oxidadas. Me acerqué y las moví con cuidado. Cedieron un poco.

-Vamos… vamos…

Me tomó varios minutos y más esfuerzo del que quería admitir, pero logré arrancarlas. Con una de ellas rompí el vidrio y, cuidando no cortarme, conseguí salir al exterior.

El aire fresco me golpeó el rostro y, por un segundo, sentí alivio.

Duró exactamente tres segundos.

Frente a mí no había ninguna calle conocida, ni edificios familiares. El lugar parecía un almacén abandonado en medio de una propiedad enorme. Y a unos cincuenta metros, como salida de una película, se levantaba una mansión gigantesca.

Era elegante, perfectamente cuidada, con una fuente en el jardín delantero y árboles alineados como si alguien los hubiera colocado con regla. Todo se veía demasiado perfecto.

El cielo empezaba a teñirse de rojo; el atardecer no estaba lejos.

Tragué saliva.

Si alguien sabía qué estaba pasando, debía estar allí.

Caminé hacia la mansión intentando no pensar en escenarios catastróficos. Tal vez había tenido un accidente. Tal vez alguien me había llevado allí para ayudarme. Tal vez todo tenía una explicación lógica.

Eso esperaba.

Llegué a la puerta principal y toqué con los nudillos, intentando que no se notara lo nervioso que estaba. Mientras esperaba, ensayé mentalmente lo que diría.

La puerta se abrió.

Una chica de unos veinte años apareció frente a mí. Llevaba gafas, el cabello recogido en una cola ordenada y un uniforme de sirvienta impecable. Era bonita, de esas personas que no necesitan llamar la atención para que te quedes mirándolas un segundo de más.

Me obligué a concentrarme.

-Hola… -dije, señalando hacia el almacén-. Acabo de despertar allí y… bueno, esto va a sonar raro, pero no recuerdo cómo llegué. ¿Sabes algo de eso?

Intenté sonreír de forma amable.

Ella no respondió.

Sus ojos estaban abiertos de par en par, mirándome como si acabara de ver algo imposible. No parecía asustada. Más bien… sorprendida. Demasiado sorprendida.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

-¿Me… me estás entendiendo? -pregunté, pero ella seguía ahí sin dejar de mirarme.

Hasta que una voz femenina, firme y tranquila, resonó desde el interior.

-¿Quién está en la puerta, Anna?

Así que sí hablaban español.

Segundos después apareció otra mujer. A diferencia de la chica, su presencia llenó el espacio de inmediato. Cabello rojo oscuro, mirada intensa, postura segura, hermosa, increíblemente hermosa y un cuerpo que solo vi en revistas. No necesitaba alzar la voz para imponer respeto.

La observé un segundo más de lo apropiado antes de reaccionar.

-Buenas tardes -me apresuré a decir-. Me llamo Jonathan. Desperté en ese edificio de allá y no recuerdo nada desde ayer. Solo… necesito un teléfono o que me digan dónde estoy.

Ambas me miraban con la misma expresión extraña. Como si yo fuera el que no encajaba en la escena.

El silencio se hizo pesado, sentía que algo no andaba bien.

Finalmente, la mujer mayor sonrió ligeramente.

-No hay problema. Puedes pasar.

Entré.

El interior era todavía más impresionante: una sala enorme, escaleras dobles que llevaban al segundo piso, un candelabro de cristal suspendido sobre mi cabeza y sillones que parecían demasiado cómodos para ser reales.

Me indicaron que me sentara. La chica regresó con una bandeja. Sobre ella había un teléfono… y varios frascos pequeños con polvos y pastillas de distintos colores.

Fruncí el ceño; tenía mis dudas sobre lo que había en esos frascos.

La mujer notó mi expresión.

-Si no son de tu agrado, podemos conseguir otra cosa -dijo con naturalidad-. ¿Prefieres fumar o inyectar?

Sentí que el estómago se me hacía un nudo; como puede ofrecer estas cosas como si fuera lo mas normal del mundo, pero no era momento de perderme en mis pensamientos; por ahora mi prioridad es poder contactar a mi familia.

-No, no… gracias. Solo necesito hacer una llamada.

Tomé el teléfono e intenté marcar el número de mi mamá.

Error.

Probé con mi papá.

Error.

Amigos. Taxis. Cualquier número que recordara.

Todos inexistentes.

Mi respiración empezó a acelerarse. Intenté mantener la calma, pero cada tono fallido era como un pequeño golpe en el pecho.

Una mano se apoyó suavemente en mi hombro.

-¿Te encuentras bien? -preguntó la mujer.

Me giré hacia ella.

-¿El teléfono funciona? -pregunté-. Tal vez está dañado. ¿Tiene otro? ¿O un cargador? El mío se quedó sin batería.

Saqué mi celular y se lo mostré.

Lo observó con detenimiento.

-No reconozco este modelo -dijo finalmente.

Me quedé helado.

Era un teléfono completamente normal. Nada especial. Nada raro.

Todo el mundo sabía qué modelo era.

¿Verdad?

Entonces ella hizo otra señal a la muchacha y regreso con varios teléfonos; repetí la misma rutina con cada uno de ellos.

Nada.

No podía contactar con nadie.

La mujer siguió examinando mi celular como si tuviera en las manos una pieza de museo.

-De verdad, nunca he visto algo así -murmuró-. Y ninguno de mis cargadores encaja.

Sentí un nudo en el estómago.

No era un modelo raro. No era experimental. Era… normal. Lo tenía medio mundo.

El miedo empezó a colarse en mi cabeza, lento pero constante. ¿Y si no quería que me comunicara con nadie? ¿Y si todo esto era una especie de trampa?

-Está bien -dije, intentando sonar tranquilo-. Entonces, ¿podría decirme dónde queda el pueblo más cercano? Puedo ir caminando.

Ella sonrió, como si mi preocupación fuera adorable.

-No te angusties. Llamaré a la policía. Ellas sabrán qué hacer.

Ellas.

No sé por qué, pero ese detalle me hizo sentir incómodo.

Aun así, asentí. La policía sonaba bien. Normal. Seguro.

Tomó uno de los teléfonos de la bandeja y marcó. La llamada conectó al primer tono.

-Tengo a una persona desorientada en mi propiedad -explicó con voz calmada-. Sí… entiendo… Es un caso RFC 001.

Sentí que algo dentro de mí se congelaba.

RFC 001.

No sabía qué significaba, pero el silencio que se produjo al otro lado de la línea fue demasiado largo. Demasiado pesado. Ella siguió hablando como si nada, agradeció y colgó.

Mi instinto gritó.

Algo estaba mal.

-¿Podría usar el baño? -pregunté de repente.

-Por supuesto -respondió-. Sígueme.

-Gracias -me apresuré a decir.

Las dos caminaron conmigo por el pasillo. A mitad de camino apareció otra sirvienta, mucho más alta, imponente, que al verme se quedó completamente inmóvil. Sus ojos me recorrieron como si estuviera viendo un fantasma.

O algo más raro que un fantasma.

Llegamos al baño. Intentaron entrar detrás de mí.

Cerré la puerta rápido y giré el seguro.

-Solo necesito un minuto -dije, intentando que mi voz no temblara.

Abrí el grifo para que el ruido del agua cubriera cualquier sonido. Mi corazón latía tan fuerte que pensé que podrían escucharlo desde afuera.

Miré alrededor.

Ventana.

Pequeña. Ajustada. Pero posible.

-¿Todo bien? -preguntó la mujer desde el otro lado, golpeando suavemente.

-Sí, sí… ya salgo.

Me subí al lavabo, empujé la ventana con cuidado y logré abrirla sin hacer demasiado ruido. El aire frío me golpeó el rostro.

Sin pensarlo más, salí.

Caí en la parte trasera de la mansión. Desde ahí pude ver que la propiedad era gigantesca. Había otros dos edificios más pequeños y jardines perfectamente cuidados.

Escuché un golpe seco.

Habían tirado la puerta del baño.

-¡Encuéntrenlo! -gritó la mujer.

Corrí.

No sabía hacia dónde, solo corrí.

Entonces comenzaron las sirenas.

Me escondí detrás de unos arbustos y vi llegar una caravana de patrullas, motocicletas, camionetas negras… incluso un helicóptero sobrevolando la zona.

Por un segundo sentí alivio.

Hasta que lo noté.

Todas eran mujeres.

Las policías. Las conductoras. Las que bajaban de las motos. No había ni un solo hombre.

Ni uno.

El alivio se convirtió en otra cosa. Algo más oscuro.

Salí del escondite y me interné en la pradera, alejándome de la casa mientras veía cómo las patrullas entraban sin siquiera tocar la puerta.

Corrí hasta que me ardieron los pulmones.

Tal vez solo había despertado en la casa equivocada. Tal vez eran ricas excéntricas con demasiado poder.

Eso tenía que ser.